LA NOCHE DISTINTA #2
—Me da igual si lo que buscaba existe o no existe. Lo que me importa es que él creía que había algo que buscar. Y cuando una persona cree algo, toma decisiones de acuerdo con eso. Elige una fecha y no otra. Una hora y no otra. Un camino y no otro.
Cogió un bolígrafo.
—Yo no intento demostrar la teoría de su padre. Intento reconstruir los pasos de un hombre que decidió entrar de noche en un barranco que ya conocía. Si el motivo era un disparate, me sirve igual.
Irene lo miró.
—Nadie me lo había planteado así.
—Yo tampoco hasta ahora.
Correa bajó la vista.
—¿Cuántas veces vino su padre a Tenerife durante el último año?
Irene fue a contestar.
No pudo.
—Varias.
—¿Tres? ¿Diez?
—No lo sé.
—¿Le avisaba?
—A veces. Me decía que venía unos días. Yo le pedía que me llamara al llegar y me llamaba.
Se detuvo.
—Nunca le pregunté para qué venía.
—¿Por qué ?
—Porque siempre venía a lo mismo.
—¿A qué?
Irene tardó apenas un instante.
—A sus cosas.
Las dos palabras quedaron entre ellos.
Sus cosas.
Las había utilizado durante años para no tener que saber qué hacía realmente su padre.
Correa no llenó el silencio.
—La investigación puede intentar reconstruir sus desplazamientos. Fechas, movimientos, lugares. Pero eso solo me dirá cuándo estuvo aquí. No por qué vino esos días y no otros.
Miró a Irene.
—Para eso necesito a alguien que conozca cómo trabajaba.
—Yo no sé cómo pensaba mi padre.
—Es lo más parecido que tengo.
Irene levantó la vista.
—Entonces, si mi padre sabía que aquella noche era distinta...
—Creía —la corrigió Correa—. No sabemos que supiera nada. Eso es precisamente lo que intento averiguar.
Irene guardó silencio unos segundos.
—¿Qué necesita exactamente de mí? —preguntó.
—Que reconstruya el criterio de su padre. Cuándo empezó a interesarse por esa zona. Cuántas veces vino. Qué buscaba. Qué anotaba cuando regresaba. Y, sobre todo, qué diferenciaba aquella noche de las demás.
Señaló la carpeta de Klaus.
—Las otras veces vino y volvió. Aquella noche vino y no volvió.
—Su material está en su casa. En Las Palmas.
—¿Ha entrado desde que desapareció?
—Claro. He regado las plantas, vaciado la nevera...
—¿Y el despacho?
—Entré. Está como siempre, lleno de carpetas, cuadernos, cajas, discos duros, fotocopias... Miré alrededor y salí.
—¿No buscó?
—No. Estaba buscando a mi padre. No estaba buscando entre sus cosas.
Correa asintió.
—Eso es lo que le estoy pidiendo que cambie.
Irene sostuvo su mirada.
—Yo no creo lo que creía mi padre. No lo creía hace un mes y no lo creo ahora. Si leo sus papeles, los voy a leer con todas las dudas puestas.
—Mejor.
—¿Mejor?
—Si me trae una teoría, no me sirve. Tráigame hechos. Y si encuentra algo que no sabe cómo interpretar, tráigamelo también.
Irene asintió.
Correa cambió ligeramente el tono.
—Y cualquier cosa relacionada con cualquiera de las dos desapariciones tiene que llegarme cuando la encuentre. No cuando haya decidido si es importante.
—Lo tendrá.
—Todo.
—Todo.
Correa cerró la carpeta.
En el aparcamiento, Nayra abrió el coche pero no arrancó.
—¿Cuándo te vas?
—Mañana. Si encuentro vuelo.
—Te llevo al aeropuerto.
—Puedo coger un taxi.
—Te llevo.
Irene se rindió.
—¿Y si en esos papeles no hay nada? —preguntó Nayra.
—Entonces sabré que no hay nada. Ahora mismo ni siquiera sé cuántas veces vino mi padre a esta isla. Correa me lo ha preguntado y no he sabido qué responder .
—No tenías por qué saberlo.
—Quizá no. Pero tampoco pregunté cuando todavía podía hacerlo.
Nayra arrancó y regresaron a casa.
Aquella noche Irene compró un billete para el primer vuelo de la mañana.
La casa se fue quedando en silencio.
Manuel se había acostado temprano. Nayra llevaba más de una hora en su habitación. Irene se sentó en el salón frente al ordenador.
No abrió las fotografías de la cueva.
Llevaba tres días sin hacerlo.
Abrió un documento en blanco y escribió:
Viajes de mi padre a Tenerife
El cursor quedó parpadeando debajo.
No sabía por dónde empezar.
Entonces apareció una notificación en la esquina de la pantalla.
BEA.
Irene abrió el correo.
La respuesta era breve.
Bea le decía que había empezado a mirar lo que le había pedido: fotografías antiguas, material descartado e informes que no habían llevado a una conclusión clara. Pero necesitaba que Irene acotara la búsqueda. Había demasiado.
Irene siguió leyendo.
Al final había una posdata.
Se quedó inmóvil.
«Por cierto, tu correo me ha hecho acordarme de tu padre. Hace años me pidió algo bastante parecido.»
Irene volvió a leer la frase.
Luego una tercera vez.
Cogió el teléfono.
Miró la hora .
Dudó unos segundos y llamó.
Bea contestó enseguida.
—Irene, ¿estás bien?
—Sí. Perdona la hora, pero necesito saber qué te preguntó mi padre.
Hubo un breve silencio.
—¿No hay nada nuevo?
—No. Nada.
—Lo siento.
—Gracias. Pero dime, ¿qué te pidió?
—No me acuerdo palabra por palabra, Irene. Han pasado años.
—Pero has dicho que era parecido.
—Porque me suena que me pidió material que se había quedado fuera de algunos trabajos. Cosas que no habían llegado a clasificarse bien. Pero no te puedo decir mucho más. Ha pasado mucho tiempo.
Irene miró el correo que ella misma había enviado la noche anterior.
—¿Te pidió algún símbolo concreto?
—Que yo recuerde, no.
—¿Espirales?
—No me suena.
—Creo que llegué a mandarle algo —añadió Bea—, pero tendría que buscarlo. No sé ni siquiera si conservo aquel correo.
Irene cerró los ojos un instante.
—No lo hagas esta noche.
—¿Seguro?
—Sí. Pero no borres nada.
Bea soltó una pequeña risa.
—Eso puedo prometértelo.
—Bea...
—¿Sí?
—Cuando te escribí ayer, no sabía que él te había pedido algo parecido.
—Ya me lo imaginé.
—¿Por qué?
—Porque si lo hubieras sabido, tu correo habría sido distinto.
Irene no respondió.
—Mañana miro lo que tengo —dijo Bea—. Y te llamo.
—Gracias.
Colgó.
Durante unos segundos no tocó el teclado.
Correa le había pedido que averiguara por qué Klaus había elegido aquella noche.
Ella había escrito a Bea buscando fotografías que otros habían apartado porque no habían sabido qué hacer con ellas.
Y Klaus, años antes, había pedido algo parecido.
Pero por primera vez desde que su padre había desaparecido, Irene sintió algo distinto al miedo de no encontrarlo.
Sintió la incomodidad de estar llegando a una pregunta por un camino que Klaus ya había recorrido.
Miró el documento vacío.
Viajes de mi padre a Tenerife.
Durante diecisiete días había estado buscando a su padre.
Ahora tenía que empezar a caminar sobre sus pasos.