LA NOCHE DISTINTA
Irene fue la primera en levantarse.
Durante unos segundos permaneció sentada en el borde de la cama, todavía medio dormida.
Había vuelto a soñar con la carretera.
Esta vez recordaba algo después del coche detenido.
No podía moverse.
No sabía dónde estaba ni por qué, solo que había intentado levantar una mano y no había podido.
Y había alguien cerca.
Eso era todo lo que conservaba al despertar. Una presencia sin rostro y la certeza absurda de que no estaba sola.
Irene se frotó la cara.
Un sueño. Solo eso.
Luego se vistió sin hacer ruido y salió al salón.
Encendió el ordenador y abrió el correo.
Nada.
Bea todavía no había respondido.
Irene se quedó mirando la bandeja de entrada unos segundos, como si hacerlo pudiera provocar que apareciera un mensaje nuevo. Finalmente cerró el portátil.
No tenía sentido quedarse allí esperando.
Además, había amanecido con un capricho: una palmera de chocolate.
Cogió una chaqueta ligera y salió.
El pueblo empezaba a despertarse. Algunas persianas estaban todavía bajadas y delante de un bar descargaban cajas de una furgoneta. Irene caminó sin prisa. Le vino bien sentir el aire fresco y escuchar ruidos que no tuvieran nada que ver con búsquedas, fotografías, cuevas ni desapariciones.
Durante aquellos días había terminado conociendo algunas calles casi sin darse cuenta.
Entró en una dulcería que había visto varias veces al pasar.
Detrás del mostrador se alineaban bandejas de pasteles, rosquetes, milhojas y palmeras cubiertas de chocolate.
Irene sonrió.
—Una de esas, por favor.
La dependienta envolvió la palmera.
Irene miró el resto del mostrador y cambió de idea.
—Y póngame también unos cuantos pasteles para llevar. Variados.
—¿Cuántos?
Irene calculó mentalmente.
—Seis. Bueno... ocho.
La mujer empezó a preparar una caja.
—¿Algo más?
—No, con eso está bien.
Irene pagó. La dependienta acababa de entregarle la caja cuando se abrió la puerta.
—Buenos días.
Irene reconoció la voz y se volvió.
—Iván.
Él pareció sorprendido al verla.
—Mira qué madrugadora.
—Necesitaba despejarme un poco.
Iván se acercó al mostrador.
La dependienta apenas tuvo que mirarlo.
—¿Te pongo los de siempre, Iván?
—Sí, por favor.
La mujer se agachó para coger varias barras de pan.
Irene levantó ligeramente la caja de pasteles.
—Yo venía solamente a por una palmera y mira cómo he terminado.
Iván sonrió.
—Eso pasa mucho aquí.
La dependienta le entregó una bolsa con los panes.
Iván pagó.
—¿Vuelves a casa de Nayra? —preguntó Irene.
—Sí.
—Entonces vamos juntos.
—Pues sí.
Salieron de la dulcería y caminaron despacio.
Durante los primeros metros hablaron de cosas pequeñas. Del tiempo, de lo tranquilo que estaba el pueblo a aquella hora, de una tienda que todavía no había abierto.
—¿Has podido descansar algo? —preguntó Iván.
—Sí, bastante mejor. Gracias. ¿Y tú?
—Sí. Yo es que madrugo siempre —respondió Iván con una sonrisa.
Irene sonrió también.
—¿Y Manuel?
Iván tardó un instante en responder.
—Está tranquilo. Ayer tuvo un día bastante bueno. Se cansó por la tarde, pero nada fuera de lo normal.
Irene asintió.
—Nayra está muy pendiente de él.
—Sí. Aunque a veces intenta que no se note.
Siguieron caminando.
Iván miró la caja que Irene llevaba entre las manos.
—¿Todo eso es para desayunar?
—No pienso comérmelo yo sola.
—Menos mal.
Irene lo miró de reojo.
—La palmera sí.
Iván soltó una risa.
Fue breve, pero a Irene le sentó bien.
Hacía días que en aquella casa las risas aparecían así: casi por accidente.
Cuando llegaron, Nayra estaba en la cocina preparando café.
—¿Dónde estabas? —preguntó al verla.
Irene dejó la caja encima de la mesa.
—He salido a dar una vuelta.
Nayra miró la caja.
—Veo que ha sido productiva.
—Mucho.
Iván levantó la bolsa del pan.
—Y yo he cumplido mi misión.
Manuel apareció poco después desde el pasillo. Llevaba una pequeña radio en la mano y el pelo todavía revuelto.
—Buenos días.
—Buenos días —respondió Irene.
Durante unos minutos, la cocina tuvo algo parecido a una mañana normal.
Café.
Pan.
Pasteles.
La radio sonando muy baja.
Irene abrió la caja y cogió su palmera de chocolate antes de que alguien pudiera acercarse.
—Esa tiene dueña.
Nayra arqueó una ceja.
—Queda claro.
El teléfono de Irene sonó.
Miró la pantalla.
Eran las nueve y diez.
El número del puesto de la Guardia Civil.
Irene respondió.
—¿Irene?
—Sí.
—Buenos días. Soy Correa.
—Buenos días.
—No tengo novedades —dijo Correa—. Se lo digo primero para que no esté pensando en eso mientras hablamos.
Irene apoyó una mano en la mesa.
—Vale .
—Necesito que se pase por el puesto cuando pueda.
—¿Ha ocurrido algo?
—No. Necesitamos más información sobre su padre, sobre la forma en la que trabajaba. Cualquier cosa que pueda ayudarnos a entender mejor qué estaba haciendo y por qué estuvo allí aquella noche.
Irene miró la mesa.
La palmera seguía intacta delante de ella.
—De acuerdo. En una hora me paso.
—Perfecto. Aquí estaré.
—Hasta ahora.
Colgó.
—¿Qué pasa? —preguntó Nayra.
—Nada nuevo. Correa quiere hacerme algunas preguntas sobre mi padre. Sobre cómo trabajaba y por qué podía haber subido aquella noche.
—¿Ahora?
—No, después de desayunar.
Nayra asintió.
—Pues a desayunar.
Iván señaló la caja.
—Menos mal. Me estaba empezando a preocupar verla ahí entera.
Irene arrancó un trozo.
—Ni se te ocurra.
Iván levantó las manos.
—Yo no he dicho nada.
Nayra sonrió.
Durante un rato siguieron desayunando.
Manuel untó mantequilla en una rebanada de pan. Iván se sirvió otro café. Nayra abrió la caja y eligió uno de los pasteles.
Irene defendió su palmera durante casi todo el desayuno, pero al final arrancó un trozo y se lo ofreció a Nayra.
—Toma.
Nayra la miró sorprendida.
—¿No tenía dueña ?
—Solo un trozo.
Nayra sonrió y lo aceptó.
—Gracias.
—No te acostumbres.
Durante unos minutos más siguieron alrededor de la mesa.
Cerca de las diez, Irene miró la hora.
—Ahora sí.
Nayra dejó la taza.
—Te llevo.
Iván miró a las dos.
—Yo me quedo con Manuel.
Nayra asintió.
—Gracias.
El despacho de Correa olía a papel y a café malo.
Sobre la mesa había dos carpetas separadas por un palmo de madera vacía.
Correa las recibió de pie y les indicó las sillas. Tenía peor cara que la última vez: barba de dos días y el cansancio de quien había dormido en su cama sin descansar en ella.
—Gracias por venir.
—¿Le importa que se quede? —preguntó Irene, señalando a Nayra.
—No.
Correa se sentó y apoyó las manos sobre las carpetas.
—Voy a empezar por lo desagradable. El dispositivo de búsqueda terminó hace días. Los dos expedientes siguen abiertos, pero ahora mismo no tengo una línea nueva. No hay testigos nuevos. No ha aparecido nada más en el barranco.
Nayra cambió ligeramente de postura.
—Prefiero que lo sepan por mí. Y además, de tanto releer lo que tenemos, hay una cosa que ha empezado a molestarme. No es una prueba. Es una pregunta que debería haberme hecho antes.
Miró la carpeta de Klaus.
—Su padre había estado antes en ese barranco.
—Sí.
—Varias veces.
—Sí.
—Y siempre volvió.
Irene abrió la boca, pero no dijo nada.
—Eso es lo que me llama la atención —continuó Correa—. Su padre conocía el barranco. Había subido antes, había hablado varias veces con Manuel Rodríguez, se sentaba con él delante de la cueva, continuaba su camino y luego bajaba. No estoy contándoles nada nuevo.
—No.
—Pero hay algo que sí quiero entender. Si había hecho ese recorrido otras veces y nunca había ocurrido nada, ¿qué esperaba encontrar aquella noche para decidir volver?
Correa dio un golpecito con el dedo sobre la carpeta.
—Eso es lo que quiero averiguar.
Nayra miró el espacio entre los dos expedientes.
—Pero mi hermano nunca tuvo interés por esas cosas. Al menos, yo nunca se lo vi.
Correa asintió.
—Y no tengo ningún dato que diga lo contrario. De momento son dos desapariciones distintas. No habían quedado, no subieron juntos y ni siquiera salieron a la misma hora. Lo único que comparten es el mismo barranco y la misma noche.
—A mí no me parece poco.
—A mí tampoco. Precisamente por eso tengo que tener cuidado. Si decido que están relacionadas antes de poder demostrarlo, empezaré a mirar todo como si lo estuvieran. Y lo que no encaje puede dejar de interesarme sin que me dé cuenta.
Correa acercó ligeramente las carpetas, pero no llegó a juntarlas.
—Cuando tenga algo que las una, se lo diré.
Nayra bajó los ojos.
—Cuénteme cómo trabajaba su padre —dijo Correa.
Irene tardó un instante.
—¿En qué sentido?
—En el más aburrido posible. ¿Improvisaba?
—Nunca. Mi padre preparaba un viaje de varios días como si organizara una campaña. Hacía listas. Anotaba lo que encontraba y también lo que no le salía. Si algo fallaba, intentaba dejar escrito por qué.
—¿Últimamente venía más a Tenerife?
Irene pensó.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Un año. Año y medio. No lo sé exactamente.
La respuesta le molestó nada más pronunciarla.
—¿Le hablaba del barranco de Badajoz?
—Sí. Como me hablaba de otros sitios. Yo escuchaba los nombres. No siempre escuchaba lo demás.
Correa dejó pasar la frase.
—¿Elegía las fechas al azar?
—No.
—¿Sabe cómo las elegía?
Irene se quedó quieta.
—No. No exactamente.
Correa abrió una carpeta y pasó dos hojas.
—Manuel Rodríguez declaró que aquella noche su padre le dijo que se daban unas condiciones que llevaba tiempo esperando.
—Lo sé.
—Lo que quiero entender es qué significa esa frase dicha por su padre. Usted acaba de describirme a un hombre que apuntaba hasta por qué algo no había funcionado. En alguien así, esas «condiciones» pueden significar algo concreto.
Irene miró sus manos.
—Mi padre investigaba cosas que a mí no me parecían serias.
Correa esperó.
—Fenómenos extraños. Historias que cuenta la gente y que nadie comprueba. Me he reído de algunas de esas cosas delante de él más veces de las que me gusta recordar ahora.
—No le estoy preguntando si usted se las creía.
—Ya, pero...
—Irene. A mí me da igual si su padre tenía razón.
Irene levantó los ojos.