LA OTRA PREGUNTA
Manuel se levantó antes que nadie.
Nayra lo oyó desde la cama: la puerta del cuarto, los pasos por el pasillo, el ruido de la nevera.
Miró el techo unos segundos y se levantó también.
No le apetecía admitir por qué.
Cuando llegó a la cocina, Manuel estaba de rodillas delante del fregadero, con medio cuerpo metido en el armario de abajo.
—Buenos días, Nayra.
Ella se quedó parada en la puerta.
Ahí estaba. Su nombre. Primera cosa de la mañana.
Se sintió ridícula por haberlo estado esperando.
—¿Qué haces?
—El grifo. Lleva goteando desde que llegué.
—Ya lo sé.
—Pues por eso.
Manuel sacó la cabeza del armario. Tenía una llave inglesa en la mano, una de las que Iván había traído el día anterior junto con el pan, la fruta y el dominó.
—Abre y cierra cuando te diga.
Nayra se acercó al fregadero.
Estuvieron un rato así, él debajo y ella arriba, diciéndose cosas de una sola palabra.
En un momento dado, Manuel intentó sujetar la llave con la izquierda y no pudo. Cambió de mano sin comentarlo. Nayra lo vio, y tampoco lo comentó, y se limitó a sujetar la pieza mientras él apretaba .
—Ya está —dijo Manuel.
Se quedaron los dos callados, mirando el grifo.
No goteaba.
—Vaya —dijo Nayra.
—Que no se diga.
Manuel se levantó apoyándose en la encimera y guardó la llave en la bolsa con un cuidado exagerado, como si fuera suya.
Dos minutos después, mientras se lavaba las manos, el grifo volvió a gotear.
Manuel siguió secándose sin decir nada.
Nayra tampoco dijo nada.
Manuel se sentó a la mesa y se quedó mirando la cocina con las manos cruzadas, satisfecho, como si acabara de arreglar algo importante.
—Tu madre estuvo dos años diciéndome que arreglara una puerta que rozaba —dijo—. Dos años. Y luego resultó que era cosa de una hora.
Nayra se puso a fregar la taza que ya estaba limpia.
—Papá.
—¿Qué?
—Nada.
Manuel entendió perfectamente lo que era nada. Bajó la vista a la mesa y cambió de tema con una naturalidad que a ella le dolió más que si hubiera insistido.
—¿Has desayunado?
—Ahora.
—Te hago yo algo.
—No hace falta.
—Ya sé que no hace falta.
Se lo hizo igual. Dos tostadas, mal cortadas, con demasiada mantequilla. Nayra se las comió enteras.
No sabía cómo sentirse con él. Seguía dolida por todo lo que había hecho, pero cada día le costaba más mantener aquella distancia.
Sacó el móvil del bolsillo del pantalón.
Ninguna llamada.
Ningún mensaje.
Diecisiete días.
Irene llevaba desde primera hora frente al ordenador. A su lado, la libreta continuaba casi en blanco.
Nayra dejó una taza junto al portátil.
—¿Sigues con las fotografías?
—Sí.
—¿Has encontrado algo?
Irene giró la pantalla. En ella aparecía la pared de la cueva, reconstruida a partir de cientos de imágenes.
—Todos estos grabados comparten irregularidades —explicó—. Excepto este.
La espiral apareció en el centro de la pantalla, atravesada por una línea.
Nayra se inclinó.
—¿Qué tiene?
—Todavía no lo sé. Está en una parte peor de la roca, cuesta verlo. Pero el trazado es demasiado preciso. No parece ejecutado de la misma manera que los demás.
—¿Puede ser de otra época?
—Lo único que sé —dijo— es que no encaja.
Se quitó el lápiz del pelo, se recogió otra vez el moño y volvió a clavárselo.
Nayra bebió un poco de café y volvió a mirar el grabado.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
Irene se quedó pensativa.
—Voy a llamar a algunos contactos. Gente que ha visto muchos grabados, archivos, fotografías... A ver si alguien ha encontrado alguna vez algo parecido.
—¿Crees que habrá algo?
Irene miró de nuevo la pantalla.
—No lo sé. Pero tengo que buscar.
Iván llegó aquella tarde a la misma hora que el día anterior.
Nayra fue quien abrió la puerta.
Durante un instante ninguno de los dos dijo nada.
Él llevaba una bolsa de pan en una mano y el dominó bajo el brazo.
—Hola —dijo Iván.
—Hola.
Nayra se apartó para dejarlo pasar. Los dos se movieron hacia el mismo lado y estuvieron a punto de rozarse.
Iván sonrió.
Ella también.
Desde el salón, Manuel preguntó quién era.
—Iván —respondió Nayra, sin dejar de mirarlo.
Él entró en la casa.
Ninguno mencionó el beso.
Aquella noche la casa se quedó en silencio antes de las once.
Manuel se había acostado pronto, de buen humor, después de ganarle a Iván dos partidas y de recordárselo un número de veces que a Iván le pareció excesivo.
Nayra se había dormido en el sofá con la televisión puesta. Irene le bajó el volumen y la tapó sin despertarla.
Después volvió a la mesa, encendió solo la lámpara pequeña y abrió el ordenador.
Durante unos segundos estuvo a punto de regresar a las mismas fotografías.
No lo hizo.
Llevaba días intentando convencerse de que aquello solo era trabajo.
Una pared. Un grabado. Algo que podía estudiar, comparar y, tarde o temprano, comprender.
Pero ya no se lo creía.
Irene apoyó la espalda en la silla.
Cerró los ojos.
Y volvió a sentirlo.
El calor en la punta del dedo .
Después, aquel frío.
La luz blanca.
Y esa sensación imposible de haber permanecido allí mucho más tiempo del que realmente había pasado.
Abrió los ojos.
La pantalla seguía delante de ella.
Pero no fue la piedra lo primero que apareció en su cabeza.
Fue la carretera.
Otra vez.
El coche detenido.
La oscuridad.
Irene apretó los labios.
Había algo que la inquietaba mucho más que no saber qué era aquel grabado.
La sensación de que, de alguna manera, ya lo conocía.
Irene cogió el bolígrafo.
Pensó en Bea.
Habían trabajado juntas años atrás y seguían hablando de vez en cuando. Bea llevaba más de una década trabajando con archivos antiguos, informes y fotografías que pocas personas llegaban a consultar completos.
Irene le envió un correo.
Le preguntó si podía ayudarla a localizar fotografías antiguas o material no publicado relacionado con conjuntos de grabados geométricos. Fotografías que hubieran quedado fuera de publicaciones, informes antiguos, imágenes que en su momento no hubieran llevado a ninguna conclusión.
Irene cerró el correo, pero dejó el ordenador encendido.
Durante días había intentado averiguar qué significaba aquella figura.
Seguía sin saberlo.
Pero ya no era lo único que necesitaba comprender.
Estaba también lo que había sentido al tocarla.
Irene miró hacia el sofá. Nayra seguía dormida.
No le había contado nada .
Ni pensaba hacerlo. Al menos, todavía no.
Volvió la mirada a la pantalla.
Estaba agotada. Pero el cansancio no era lo peor. Lo peor era sentir que aquel grabado había dejado de ser una incógnita sobre la piedra para convertirse en una pregunta sobre ella misma.
Y no sabía si estaba preparada para conocer la respuesta.
Necesitaba comprender dos cosas.
Qué era aquel grabado.
Y qué había despertado dentro de ella.