EL MINUTO #2
Nayra soltó una carcajada.
Le dolió reírse.
Siguió riéndose de todas formas.
Se quedaron un rato más en el muro, hablando de cualquier cosa, hasta que Nayra miró la hora y decidió que era momento de volver.
Ninguna mencionó lo que acababa de pasar.
No hacía falta ponerle palabras.
—Vamos —dijo Nayra finalmente, levantándose—. Que a estas horas Iván ya se sabe la sintonía del concurso.
Regresaron hacia el coche entre la gente que recorría el paseo.
En algún punto del camino, Irene pasó el brazo por debajo del de Nayra.
Casi sin darse cuenta.
Nayra sí se dio cuenta.
No se apartó.
Cuando entraron en casa, el salón estaba iluminado por la televisión y Manuel seguía en su sitio, con la manta sobre las rodillas.
Se volvió hacia ellas.
—¿Qué tal el paseo?
—Bien.
—Hace viento ahí abajo, ¿eh? Traes el pelo hecho un desastre.
Observó a Nayra de arriba abajo y asintió, satisfecho.
—Pero has cogido color.
Nayra se llevó una mano al pelo.
—¿Habéis comido algo? —preguntó Manuel—. Hay queso en la nevera. Del bueno, el que trajo Iván.
—Sí, picamos algo por ahí.
—Pues os habéis perdido el concurso. Una señora de Murcia llevaba dos mil euros y lo ha perdido todo en la última. Yo esa la sabía.
Chasqueó la lengua.
—Era Portugal.
Irene se rio, dijo que iba a ducharse y desapareció por el pasillo.
Manuel volvió a mirar la televisión.
Subió el volumen él solo.
Estaba bien.
Perfectamente bien.
Nayra llegó a pensar que tenía mejor cara que el día anterior.
Iván ya se había puesto la chaqueta .
Estaba tardando demasiado en irse.
Nayra se dio cuenta cuando lo vio comprobar por segunda vez que llevaba las llaves. Metió la mano en el bolsillo, las tocó y siguió mirando al suelo.
—¿Iván?
Él levantó la vista.
Miró hacia el salón.
La nuca de Manuel se recortaba contra la luz azulada de la televisión.
Bajó la voz.
—Nayra. Antes ha pasado una cosa con tu padre.
Ella cerró la puerta de la cocina.
Ni siquiera se dio cuenta de que lo hacía.
—¿Qué ha pasado?
Iván tardó un segundo.
—Estábamos viendo la tele. Todo normal. Y de repente me ha llamado Álvaro.
Nayra se quedó inmóvil.
—¿Cómo que te ha llamado Álvaro?
—Me pidió un vaso de agua. Me llamó Álvaro. Le dije que era Iván y me miró como si estuviera completamente seguro de que yo era él.
Nayra apoyó una mano en la encimera.
—¿Cuánto duró?
—Muy poco. No sé… quizá un minuto.
—¿Y después?
—Se fue al baño. Cuando volvió me pidió que le subiera el volumen.
—¿Cómo?
—Por mi nombre. «Iván, súbele un poco». Así. Normal.
—¿Volvió a confundirte?
—No. Ni una vez.
Desde el salón seguía llegando la televisión.
Risas.
Aplausos.
Una voz anunciando dinero.
—No sabía si contártelo —dijo Iván—. Pero no me parecía bien no hacerlo.
—Has hecho bien.
Iván se pasó una mano por la nuca.
—Me asustó un poco, Nayra.
—A lo mejor no es nada —continuó Iván—. Igual estaba medio dormido. O se despistó. O…
—Sí —dijo Nayra—. A lo mejor.
Ninguno de los dos se lo creyó.
Iván esperó.
—¿Quieres que me quede?
—No. Vete a casa. Llevas aquí desde esta mañana.
Llegó hasta la puerta.
Ya en el rellano, se volvió.
—Mañana vengo a la misma hora.
—Iván.
Él se volvió.
—¿Qué?
Nayra se acercó.
Durante un instante se limitó a mirarlo. Llevaba días entrando y saliendo de aquella casa, ocupándose de Manuel, haciendo compras y quedándose con él sin que nadie tuviera que pedírselo. Nunca había preguntado cuánto tiempo iba a durar aquello. Nunca había esperado nada a cambio.
—Gracias —dijo.
—No tienes que dármelas.
Iván bajó la mirada, como hacía siempre que permanecían demasiado cerca.
Nayra comprendió entonces que no era indiferencia lo que lo hacía apartarse.
Era miedo.
Le puso una mano en el brazo y lo besó.
Fue un beso breve. Apenas un roce.
Pero Iván no retrocedió .
Cuando ella se separó, él continuó mirándola. Parecía a punto de decir algo que llevaba demasiado tiempo callando.
No lo hizo.
Nayra tampoco se lo pidió.
Aún tenían a Manuel al otro lado de la puerta. Álvaro seguía desaparecido. Sus vidas no les concedían espacio para nada más.
Todavía.
Iván cubrió con su mano la que ella mantenía sobre su brazo y la apretó suavemente.
Después la soltó.
—Mañana a la misma hora —repitió.
Nayra asintió.
Lo vio bajar las escaleras sin llamarlo de nuevo.
Esta vez no necesitaba hacerlo.
Nayra cerró la puerta.
Desde el salón llegó una carcajada.
La de Manuel.
Nayra permaneció quieta unos segundos.
Después caminó hacia él.
Manuel estaba mirando la televisión con una sonrisa, como si aquella tarde no hubiera ocurrido nada.
Al verla, señaló la pantalla.
—Ven, siéntate. Este no llega a la última pregunta.
Nayra lo miró.
Aquel era su padre.
Ahora sí.
Se sentó a su lado.
Manuel levantó un extremo de la manta y se lo dejó caer sobre las piernas.
—Tienes las manos frías.
Nayra acomodó la manta.
En la televisión, el concursante pidió el comodín.
Manuel negó con la cabeza.
—Ya está perdido.
Nayra sonrió .
No sabía cuánto duraría aquel momento.
Solo sabía que Manuel estaba allí, a su lado, riéndose otra vez de la televisión.
Y que, por primera vez desde que había regresado, Nayra tuvo miedo de que aquel hombre pudiera desaparecer antes de marcharse.