El misterio del barranco de Badajoz (Los ocho enigmas 1) EL MINUTO
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EL MINUTO

En casa, sobre la mesa del salón había un dominó abierto.

Manuel tenía varias fichas colocadas delante de él.

Iván miraba las suyas como si escondieran algún tipo de código.

—Te toca —dijo Manuel.

—Estoy pensando.

—Llevas pensando cinco minutos.

—Eso demuestra que me lo estoy tomando en serio.

Manuel negó con la cabeza.

—Estás perdiendo.

—Eso también.

Manuel soltó una carcajada.

Al cabo de un rato terminaron la partida y encendieron la televisión. Había empezado un concurso.

Manuel ocupó su sitio habitual en el sofá, con el mando en una mano y una manta doblada sobre las rodillas que no necesitaba.

Iván se sentó en el sillón de al lado.

—Esta no la sabe —dijo Manuel.

—Que sí.

—Que no. Míralo. Ha puesto cara de no saberla.

El concursante respondió.

Falló.

Manuel levantó una mano, como quien acaba de demostrar un teorema, y no añadió nada. Su manera particular de regodearse consistía en fingir que no se regodeaba.

Iván se levantó, llevó un vaso a la cocina y regresó .

Al pasar junto al sofá vio un cojín en el suelo.

Lo recogió.

Manuel seguía mirando la televisión.

—¿Me puedes traer un vaso de agua, Álvaro?

Iván se quedó quieto.

El cojín entre las manos.

—Manuel… soy Iván.

Manuel volvió la cabeza despacio.

Lo miró.

Y lo peor no fue que pareciera confundido.

Lo peor fue exactamente lo contrario.

Parecía completamente seguro.

—No hagas levantarse a este viejo, anda.

Sonrió.

—Ja, ja.

Iván lo observó durante un instante.

—Voy.

Dejó el cojín sobre el sofá y caminó hacia la cocina.

Llenó un vaso de agua.

Mientras lo hacía, miró hacia el salón.

Manuel seguía pendiente del concurso, como si no hubiera ocurrido nada.

Iván regresó y le tendió el vaso.

—Toma.

—Gracias.

Manuel bebió un poco y lo dejó sobre la mesa.

En la televisión, el público aplaudió. El presentador hizo una broma. Todo el mundo se rio en el momento exacto, obediente, como si allí no acabara de ocurrir nada.

Manuel apoyó una mano en el brazo del sofá y se levantó con esfuerzo.

—Voy al baño.

Iván escuchó sus pasos por el pasillo.

La puerta.

El grifo .

No se movió.

La televisión siguió hablando.

Por un instante, a Iván se le encogió el corazón. Le sabía fatal verlo así, con esos olvidos que de vez en cuando aparecían dejándolo fuera de lugar. Algo que le dejó una presión extraña en el pecho.

No sabía quién iba a salir del baño.

Sonó la cisterna.

El grifo otra vez.

Pasos.

Manuel apareció en el salón, se sentó, se colocó la manta sobre las rodillas y estiró el cuello hacia la televisión.

—Iván, súbele un poco, que estos hablan bajísimo.

Iván cogió el mando.

Durante un segundo no encontró el botón.

Subió el volumen dos rayas.

—¿Qué pasa? —preguntó Manuel.

—Nada.

Manuel lo miró.

—Pues cara de nada no tienes.

—Es el sueño.

Manuel aceptó la explicación sin darle importancia.

Señaló la pantalla con la barbilla.

—Esta tampoco la sabe.

Y siguieron viendo la televisión.

En Candelaria habían cambiado la terraza por el muro del paseo.

Estaban sentadas frente al agua, con los pies colgando por la parte de dentro. El viento se había calmado un poco y el paseo seguía lleno de gente.

A unos metros, un hombre pescaba sin moverse.

Parecía llevar allí desde hacía horas.

—Perdona lo de antes —dijo Irene.

—No has hecho nada .

Irene asintió.

Volvió el silencio.

Esta vez fue Nayra quien lo rompió.

—Mi madre murió hace quince años.

Irene giró la cabeza.

—Fue un accidente. En la carretera. Había salido a hacer una cosa que no tenía ninguna importancia.

Nayra tragó saliva.

—Dijo: «Vuelvo en un rato».

Miró hacia el horizonte.

—Eso fue todo. No hubo nada más.

—Nayra…

—Esa mañana yo estaba enfadada con ella. Ni siquiera recuerdo por qué. Algo de las llaves, de la hora… una tontería. Una de esas cosas que parecen importantes durante cinco minutos y luego resulta que son lo último que dijiste.

Se humedeció los labios.

—Le hablé mal.

El pescador movió el sedal.

Abajo, el agua golpeaba las rocas.

—Y con eso me quedé.

Irene dejó pasar unos segundos antes de responder.

Nayra la miró.

—Era tu madre. Seguro que discutieron cientos de veces, como todas las madres y todas las hijas.

Irene bajó la voz.

—Ella no se fue pensando en aquella discusión. Se fue sabiendo que la querías.

Nayra apartó la vista.

Irene continuó con suavidad.

—Y tú también sabes que te quería. Lo demás… esas últimas palabras, esa mañana, las llaves o lo que fuera… no pueden pesar más que todos los años que vivieron juntas.

Nayra apretó los labios.

—A veces parece que sí.

—Ya.

Irene acercó un poco más la mano a la suya sobre el muro.

—Pero no. Aunque tu cabeza te lo repita mil veces, no.

Nayra respiró hondo.

—Ojalá pudiera creerlo siempre.

—No tienes que creerlo siempre. Con que lo recuerdes de vez en cuando basta.

Nayra la miró.

Irene le sostuvo la mirada.

—Tu madre sabía que la querías.

Nayra bajó los ojos.

Asintió muy despacio.

—Gracias.

Pasó una ola.

Después otra.

—Y luego se fue él —dijo Nayra.

Irene no preguntó quién.

No hacía falta.

—No hubo discusión. No dejó una carta. No hubo una escena final de esas que luego una puede repetir en la cabeza hasta aprenderse cada palabra. Un domingo estaba y al siguiente ya no. Sus cosas tampoco.

Su voz se volvió plana.

Casi burocrática.

A veces el dolor, cuando lleva demasiados años en un sitio, aprende modales.

—Álvaro me preguntó cuándo volvía. Al principio se lo preguntaba yo a él también. Luego dejó de preguntárselo a nadie más y empezó a preguntármelo solo a mí. Todos los días. A la hora de cenar.

—¿Qué le decías?

—Cualquier cosa. Que estaba trabajando fuera. Que llamaría. Que volvería pronto.

Nayra soltó una risa seca .

—Aprendí rápido. Acabé inventando respuestas para que Álvaro dejara de mirarme esperando una que yo no tenía.

Irene permaneció en silencio.

—Lo peor no fue el primer año —continuó Nayra—. Lo peor fue cuando Álvaro dejó de preguntar.

Se miró las manos.

—Un día, simplemente, no preguntó. Ni ese día ni el siguiente. Y yo pensé: bueno. Ya está. Ya se le ha pasado.

Respiró por la nariz.

—Pero no se le había pasado. Se le había quedado dentro.

Calló.

—Todo lo que hizo después…

Negó con la cabeza.

—Da igual.

Un grupo de chavales pasó en bicicleta detrás de ellas, gritándose unos a otros.

Sus voces se perdieron por el paseo.

—Y hace unas semanas llaman a la puerta —continuó Nayra—. Quince años. Quince años y llama a la puerta.

Irene no apartó los ojos de ella.

—¿Y sabes qué pensé?

Nayra sonrió sin humor.

—Nada de lo que había imaginado. Ni alegría. Ni rabia. Ni ganas de pegarle. Ni de abrazarlo. Nada.

Miró al frente.

—Solo pensé: llegas tarde.

Cogió aire.

—Eso pensé. Llegas tarde.

Otro silencio.

Más largo.

—Y ahora resulta que se está muriendo.

La voz se le quebró.

Se detuvo.

Intentó continuar y no pudo.

—Y no es mentira. Eso es lo que me…

La frase se quedó allí.

Nayra cerró los ojos.

Peleó unos segundos con su propia garganta.

—No lo he perdonado —dijo al fin—. Que quede claro. No lo he perdonado. Y no sé si voy a perdonarlo nunca.

Irene esperó.

Nayra abrió los ojos.

—Y no quiero que se muera.

La última palabra salió rota.

Se llevó una mano a la boca y se inclinó hacia delante.

Los hombros empezaron a temblarle.

Intentó llorar sin hacer ruido.

Como si incluso para aquello tuviera que contenerse.

—No sé cómo se ponen esas dos cosas juntas —consiguió decir—. Nadie me ha explicado cómo se hace eso.

Irene no le dijo que el tiempo lo curaba todo.

No le dijo que su padre había vuelto.

No le dijo que debía perdonarlo.

No le dijo ninguna de esas frases perfectamente construidas que sirven para llenar el silencio y casi nunca para aliviarlo.

Simplemente se acercó.

Le puso una mano en la espalda.

Y se quedó allí.

Pasó bastante tiempo.

Nayra acabó secándose la cara con la manga.

Resopló.

—Perdona.

—Ni se te ocurra.

—Es que llevo días sin…

Movió una mano en el aire.

No encontró la palabra.

—Ya —dijo Irene.

Y entonces fue Irene quien se rompió.

Ninguna de las dos lo vio venir.

—Yo no sé si mi padre está vivo.

Lo dijo mirando al agua.

Con serenidad.

Una serenidad que duró exactamente hasta que escuchó sus propias palabras.

—Llevo días haciendo fotos y ordenando carpetas y preguntando cosas a gente que no sabe nada y…

La voz desapareció.

Irene levantó la barbilla y apretó los dientes, pero las lágrimas salieron igualmente. Una detrás de otra. Sin ruido.

—Y es para no tener que pensar en eso —terminó en un hilo de voz—. Solo para eso.

Nayra le cogió la mano.

No dijo nada.

No hacía falta.

Y quizá aquello era lo más extraño: que hasta hacía poco apenas se conocían y ahora estaban sentadas frente al mar, cogidas de la mano, sin necesidad de explicarse.

Una pareja pasó por detrás con un perro.

Los dos miraron hacia otro lado con esa discreta cortesía que conserva la gente cuando encuentra a un desconocido llorando en público.

Poco a poco se les fue pasando.

No del todo.

—Estamos ridículas —dijo Nayra con la nariz taponada.

—Muchísimo.

Nayra señaló discretamente con la barbilla.

—Y el señor ese lleva media hora sin pescar nada.

Irene miró al pescador.

—Es que ahí no hay nada que pescar. Se lo iba a decir.

—Ni se te ocurra.

Irene se rio con la cara todavía mojada y se limpió con el dorso de la mano.

Nayra observó el horizonte.

De pronto sonrió .

—Un año, por mi cumpleaños, Álvaro me regaló una caja. Enorme. Bien envuelta. Con lazo y todo. La abrí y dentro había otra caja.

Irene la miró.

—No.

—Y dentro de esa, otra.

—No.

—Siete cajas. Las conté.

Irene ya estaba riéndose.

—Y en la última había un papel doblado.

—¿Qué ponía?

Nayra tuvo que contener la risa para responder.

—«Nada. Felicidades».

Irene se echó a reír.

—Y él sentado delante, esperando. Muerto de risa. Solo quería verme la cara.

—Qué imbécil.

—Muchísimo. Le tiré una caja a la cabeza.

Nayra volvió a reírse.

Y otra lágrima le bajó por la mejilla al mismo tiempo.

No se la secó.

—Al día siguiente apareció el regalo de verdad debajo de mi almohada. Sin nota. Sin decir nada.

Irene sonrió.

Durante unos segundos miró el mar.

—Yo quería exactamente eso.

—¿Siete cajas vacías?

—Alguien que me sacara de quicio toda la vida.