El misterio del barranco de Badajoz (Los ocho enigmas 1) LO QUE QUEDA
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LO QUE QUEDA

Nayra llevaba varios minutos de pie en la cocina sin recordar qué había ido a buscar.

Abrió un armario.

Lo cerró.

Miró las tres tazas acumuladas en el fregadero y después el cuaderno que había dejado sobre la mesa. Una página entera de cosas pendientes. Algunas estaban tachadas. La mayoría, no.

Intentó recordar qué estaba haciendo antes de entrar allí.

Nada.

Desde que Álvaro había desaparecido, los días se le habían convertido en eso: empezar una cosa y abandonarla a mitad porque sonaba el teléfono, llamaban a la puerta o alguien necesitaba algo.

Preparó café.

Mientras esperaba, apoyó las manos en la encimera y cerró los ojos.

Solo serían cinco minutos.

Cinco minutos sin Guardia Civil, sin preguntas, sin el barranco, sin pensar dónde estaba su hermano.

La cafetera empezó a rugir. La cocina comenzó a oler a café.

Nayra abrió los ojos.

Sirvió dos cafés y llevó las tazas al salón.

Irene seguía delante del ordenador desde primera hora. Tenía el pelo recogido con un lápiz y esa espalda rígida de quien llevaba demasiado tiempo sentada.

—Buenos días, Irene. ¿Has descansado?

Irene tardó un instante en responder .

—Buenos días. No demasiado.

—¿Otra vez?

Irene levantó ligeramente los hombros, como si no quisiera darle demasiada importancia.

—Supongo que todavía no me acostumbro a dormir aquí.

—Pues tienes cara de llevar horas despierta.

—Eso también es verdad.

No le dijo que había vuelto a soñar con la carretera.

Esta vez el sueño había durado un poco más.

La luz. El silencio. Después, nada.

Y luego el coche detenido.

Irene seguía al volante, pero no recordaba haber frenado.

Tampoco sabía cuánto tiempo había pasado.

Nayra dejó una de las tazas junto al ordenador.

—Toma.

—Gracias.

—¿Te apetece que te haga unas tostadas? Hay pan, queso, mermelada… Creo que todavía queda de todo.

—No hace falta, Nayra.

—No te he preguntado si hace falta. Te he preguntado si te apetecen.

Irene sonrió.

—Entonces sí. Unas tostadas me apetecen.

—Eso está mejor.

Nayra regresó a la cocina y metió dos rebanadas de pan en la tostadora.

—Te vas a quedar ahí pegada al ordenador —dijo desde allí.

—Es posible.

—Pues después de desayunar vas a tener que despegarte un rato.

—¿Eso es una orden?

—De momento, una recomendación.

Irene se rio por lo bajo.

Cuando Nayra volvió con las tostadas, alcanzó a ver en la pantalla una pared gris llena de sombras .

Irene bajó la tapa del portátil.

—No hace falta que la cierres.

—Ya. Pero llevo cuatro horas mirando lo mismo.

—¿Y?

Irene dejó las manos sobre el ordenador.

—Nada nuevo.

Desde el cuarto del fondo se escuchaba la radio de Manuel, muy baja. Uno de esos programas en los que la gente llama para contar historias de su pueblo como si el resto del país llevara toda la mañana esperando saber quién había plantado el primer aguacatero de la comarca.

Nayra se apoyó en el respaldo del sofá.

Se quedó allí de pie, sin motivo, mirando por la ventana.

Fuera hacía un día precioso.

Últimamente todos los días eran preciosos.

Aquello empezaba a parecer una provocación.

Sonó el timbre.

Iván apareció con una bolsa de la compra en cada mano, como llevaba haciendo casi dos semanas sin que nadie se lo hubiera pedido.

—He traído pan. Y café. Mmm… qué rico huele.

A Nayra se le escapó una sonrisa.

—¿Te apetece uno?

—Sí, por favor.

Nayra fue a la cocina mientras Iván dejaba las bolsas sobre la mesa. Sirvió otro café y se lo tendió.

—Gracias.

Él dio el primer sorbo y la miró por encima de la taza.

—Tienes mala cara.

—Gracias otra vez.

—Sabes que no lo digo por eso.

Nayra empezó a guardar algunas cosas de la compra.

—Estoy bien.

Iván no respondió enseguida .

Llevaba suficientes días entrando y saliendo de aquella casa para saber que «estoy bien» significaba exactamente lo contrario.

Miró hacia el pasillo.

—Manuel me dijo ayer que hacía años que no jugaba al dominó.

Nayra se volvió hacia él.

—¿Al dominó?

—Sí. Y resulta que yo soy un hombre lleno de talentos ocultos.

—¿Tú sabes jugar?

—Perfectamente.

—Mentiroso.

Iván sonrió.

—Bueno, sé colocar las fichas encima de una mesa. El resto se aprende.

A Nayra se le escapó una risa.

—Pobre Manuel.

—Pobre de mí. Tiene pinta de ser de los que cuentan las fichas.

Iván dejó el café en la encimera.

La sonrisa desapareció poco a poco.

—Sal un rato.

Nayra lo miró.

—¿Qué?

—Que salgas. A dar una vuelta. A comprar cualquier tontería. A sentarte en algún sitio. Lo que quieras.

—Iván…

—Yo me quedo con Manuel.

—No tenías que quedarte hoy.

—Ya. Tampoco tenía pensado jugar al dominó y mira cómo se me está complicando la mañana.

Nayra negó con la cabeza, pero sonrió.

Iván se apoyó contra la encimera.

—En serio. Llevas demasiados días pendiente de todo. De tu padre, del teléfono, de la Guardia Civil, de quién entra, de quién sale…

Señaló la puerta con la barbilla.

—Vete un par de horas.

Nayra miró hacia el pasillo.

Desde el fondo seguía escuchándose la radio de Manuel.

—No sé.

—Yo sí.

Irene, que había permanecido junto al ordenador, cerró el portátil.

—Yo voto con Iván.

Nayra la miró.

—Nadie te ha dado voto.

—Pues lo he cogido.

Iván levantó la taza.

—Mayoría absoluta.

Nayra soltó aire por la nariz.

Miró otra vez por la ventana.

Fuera seguía haciendo un día precioso.

—Vale, ustedes ganan. Pero solo un rato.

Miró a Iván.

—Y me da apuro por ti. Llevas muchos días viniendo, ayudando con mi padre, trayendo cosas… Empiezo a sentir que me estoy aprovechando.

Iván negó enseguida.

—No digas tonterías. Para mí no es ningún problema.

Miró hacia el pasillo y sonrió.

—Además, con Manuel me río un rato. Aunque como juegue al dominó igual de bien que presume con el concurso, hoy salgo de aquí arruinado.

Nayra se rio.

—Eso te pasa por ofrecerte.

—Lo asumiré con dignidad.

Nayra dejó las manos sobre la encimera.

—Bueno, entonces me cambio y nos vamos. Irene, ¿tú también ?

Irene cerró el portátil del todo.

—Por supuesto.

—A Candelaria.

—Perfecto.

—Pero aviso: hoy no quiero hacer nada.

Irene sonrió.

—Ese plan me gusta todavía más.

Iván señaló hacia el pasillo.

—Pues nosotros tenemos una partida pendiente.

Desde el cuarto del fondo, Manuel bajó la radio.

—¿Ha llegado alguien?

Nayra miró hacia el pasillo.

—Es Iván.

—¿Ha traído el dominó?

Iván abrió mucho los ojos.

Nayra se rio.

—Te está esperando.

—Eso parece.

—Suerte.

—Gracias. La voy a necesitar.

Bajaron con la ventanilla medio abierta y la radio apagada.

Durante los primeros diez minutos no hablaron.

Nayra conducía mirando la carretera como si la carretera fuera lo único que existía: curvas, coches, asfalto, una salida, otra salida. Nada que interpretar. Nada que recordar.

También eso era descansar.

Aparcaron lejos y mal.

Bajaron andando hasta la plaza y el viento les golpeó de frente, cargado de sal y de los olores que desprendían los desayunos de las terrazas. Había familias, carritos de bebé y niños persiguiéndose alrededor de un banco.

Abajo, la arena negra.

Detrás, el mar.

Gris en unas partes. Azul en otras. Como si tampoco él terminara de decidirse.

—Hoy no quiero oír ni una palabra sobre piedras —dijo Nayra.

—Ninguna.

—Ni sobre figuras.

—Tampoco.

—Ni sobre siglos.

Irene la miró.

—Estás pidiendo mucho.

Pasaron frente a las estatuas asomadas al muro, enormes y oscuras contra el agua.

Irene aflojó el paso.

Abrió la boca.

La cerró.

Nayra ni siquiera la miró.

—Lo estás haciendo.

—No he dicho nada.

—Lo estabas pensando muy alto.

—Solo iba a decir que están bien hechas.

Nayra se rio.

Pero se rio de verdad.

No aquella pequeña expulsión de aire que llevaba días usando para fingir que algo le hacía gracia. Esta vez la risa le salió de la garganta y le duró varios segundos.

Cuando terminó, se quedó extrañamente seria.

No recordaba cuándo había sido la última vez.

Se sentaron en una terraza, en una mesa de la esquina que daba al paseo, y pidieron dos cortados.

A su lado, dos hombres mayores discutían por un partido jugado hacía cuarenta años con la intensidad de quienes todavía confiaban en cambiar el resultado. Un poco más allá, una niña lloraba porque se le había caído el helado. Su padre le compró otro.

La niña siguió llorando.

Quería el que se había caído.

Nayra la observó un momento.

—Es raro.

—¿El qué?

—Esto. Que todo siga funcionando.

Irene dio una vuelta a la cucharilla dentro del vaso.

—Sigue funcionando aunque tú no estés.

Dejó de moverla.

—Es lo peor que tiene.

Pasó frente a ellas una pareja mayor cogida de la mano, despacio. Detrás, un chico corriendo con auriculares adelantó a los dos.

Nayra siguió a la pareja con la mirada.

—¿Cómo era Álvaro de pequeño? —preguntó Irene.

Nayra tardó en responder.

No porque le doliera.

O no exactamente.

Sino porque hacía días que nadie le preguntaba por Álvaro sin querer saber una hora, una matrícula, un lugar, una llamada, un dato.

Por Álvaro.

No por su desaparición.

—Un desastre —dijo al fin, sonriendo—. Con nueve años encontró un perro cerca del colegio. Sabía que en casa no lo iban a dejar quedárselo, así que lo metió en su cuarto.

—¿Y?

—Y lo tuvo cuatro días.

Irene giró la cabeza.

—¿Cuatro días?

—Cuatro. Le bajaba jamón de la nevera. Lo sacaba de madrugada. Le hablaba bajito.

Nayra empezó a reírse antes de terminar.

—Y el perro era viejo, medio sordo y gordo como un tonel. De todos los perros de Tenerife, Álvaro eligió el peor para esconder.

Irene sonrió.

—¿Cómo lo descubrieron?

—Mi madre pasó la aspiradora.

—¿Y?

—Y el perro, que no oía nada, oyó la aspiradora.

Irene soltó una carcajada y se tapó la boca.

—Mi madre abrió la puerta y se lo encontró encima de la cama. Álvaro estaba delante haciendo de pared, como si pudiera tapar un perro de cuarenta kilos.

—¿Qué hizo tu madre?

—Nada. Eso fue lo mejor. No gritó. Se sentó en la cama y preguntó cómo se llamaba.

—¿Y cómo se llamaba?

—Tobías. Ya le había puesto nombre. Cuatro días y ya tenía nombre.

—¿Se lo quedaron?

Nayra miró el mar.

—Once años estuvo con nosotros.

La risa de Irene se apagó lentamente hasta convertirse en una sonrisa.

Sostuvo el vaso entre las manos.

—Siempre quise tener un hermano.

Lo dijo como quien recuerda que de pequeña quería ser veterinaria.

—Se lo pedí a mis padres cuando tenía seis años. Mi madre dijo que se lo pensaría. A los ocho me regalaron una bicicleta.

Nayra se echó a reír.

—Muy bien resuelto.

—Era una bicicleta buenísima.

Irene hizo una pausa.

—Pero no era lo mismo.

—¿Y no hubo manera?

—No.

Negó con la cabeza.

—Solo yo.

Nayra dejó pasar unos segundos.

—¿Y tu madre?

Esta vez fue Irene quien tardó .

Bebió un poco. Dejó el vaso sobre el plato. Lo desplazó apenas un centímetro y luego otro.

—Murió hace seis años. Estuvo enferma casi dos.

—Lo siento.

Irene sonrió apenas.

—La vida. Todos tenemos el día fijado, supongo.

Se quedaron calladas.

Una ola subió más de lo normal y unos niños salieron corriendo entre chillidos, felices de huir de algo que sabían que no podía alcanzarlos.

—Lo que más recuerdo no es el final —dijo Irene—. Es una tarde cualquiera en el hospital. Mi madre estaba dormida y mi padre estaba sentado en una silla con su cuaderno. Tomando notas.

—¿De sus cosas?

Irene levantó los hombros.

—De sus cosas.

Irene apretó los labios.

—Le quité el cuaderno de las manos y lo tiré al pasillo. Delante de una enfermera. No nos hablamos en todo el día.

—Normal.

—Tardé años en entenderlo.

Miró hacia el mar.

—No sabía dónde poner las manos. Era eso. Nada más. Mi madre lo entendía mejor que yo. Una vez me dijo: «Déjale. Es su forma de respirar».

Nayra guardó silencio.

A veces no decir nada era lo único decente.

—Después nos quedamos los dos —continuó Irene—.

Ya nos llevábamos bien antes, pero después fue distinto.

Me llamaba los domingos. Y los martes. Y a las once de la noche porque tenía que contarme una tontería que, por algún motivo, no podía esperar hasta la mañana siguiente. Comíamos juntos siempre que podíamos.

Sonrió de lado.

—Y discutíamos. Muchísimo.

—¿Por qué?

—Porque se metía dentro de una idea y desaparecía tres semanas. Yo llamaba, él no cogía el teléfono y, cuando reaparecía, me hablaba como si nos hubiéramos visto ayer.

Algo se tensó en su voz.

—Le he dicho cosas horribles alguna vez. De verdad horribles.

Calló.

Miró el agua.

—Y ahora…

La voz se le apagó.

Irene bajó la mirada hacia sus manos y entrelazó los dedos con fuerza.

Lo intentó otra vez.

Abrió la boca, pero no salió nada.

Durante unos segundos se quedó inmóvil, respirando despacio, como si necesitara contener algo que llevaba demasiado tiempo apretando por dentro. La tristeza se le había instalado en los ojos, ya húmedos, aunque todavía luchaba por no dejar caer las lágrimas.

Irene parpadeó varias veces y giró la cara hacia el mar.

—Ahora daría cualquier cosa por poder decirle que…

La frase volvió a romperse.

Apretó los labios.

Negó lentamente con la cabeza.

No pudo terminar.

Nayra tampoco intentó hacerlo por ella.