LA FIGURA AISLADA
Bajaron el barranco en poco más de una hora. El sol estaba alto, la maleta pesaba el doble que por la mañana y ninguna de las dos habló hasta el apartadero.
Fue Nayra quien rompió el silencio, con el coche ya en marcha y las manos en el volante.
—Dime algo.
—No sé qué decirte todavía.
—Cualquier cosa. Llevas dos horas callada.
Irene tenía la libreta abierta sobre las rodillas y no había escrito nada desde que salieron de la cueva.
—Que hay una figura en esa pared que no se comporta como las demás —dijo—. Y que eso puede significar muchas cosas, y casi todas son aburridas.
—¿Y la que no es aburrida?
—Esa es la que no me voy a inventar.
Nayra apretó los labios y no insistió. Bajaron la pista de tierra despacio, esquivando las piedras, y salieron a la carretera del fondo del valle sin volver a mirar hacia arriba.
En casa, Iván les abrió la puerta con el móvil en la mano y cara de haber llamado dos veces sin respuesta.
—Ya iba a subir yo a buscarlas.
—No hay cobertura ahí arriba —dijo Nayra.
—Eso me imaginé.
Sabía perfectamente dónde habían estado. Lo que no sabía era en qué punto del barranco estaban a cada hora, ni por qué habían tardado el doble de lo previsto, ni qué había en aquella pared. Y no preguntó .
—Tu padre ha comido —dijo—. Poco, pero ha comido.
Irene se sentó con el ordenador en la mesa de la cocina a las cinco de la tarde y no se levantó hasta que se le durmió una pierna.
Lo primero fue copiar. Volcó las tarjetas en dos carpetas idénticas, cerró una y no la volvió a abrir: lo que salió de la cámara se quedaba como salió de la cámara. Para analizar las imágenes utilizaría únicamente la copia.
Después ordenó. La libreta le ahorró la parte pesada: cada fotografía tenía su sector, su motivo y su número, y en una hora tenía la pared repartida en cuatro carpetas que se correspondían con las cuatro casillas de su croquis malísimo.
Dentro de cada una, las tomas separadas según de dónde venía la luz.
Las generales aparte. Los cruces aparte.
Solo entonces empezó a mirar.
Subió el contraste de algunas copias, oscureció otras, cambió el punto medio hasta que las sombras de los surcos se despegaron de la roca. Nada de eso tocaba los archivos cerrados. Era como acercarse una hoja a la ventana para leer mejor: la hoja seguía diciendo lo mismo.
Nayra entró a las siete a preparar la cena y se quedó de pie detrás de ella, secándose las manos en el pantalón.
—¿Eso es la pared?
—Eso va a ser la pared, cuando el programa junte las fotos.
En la pantalla, las tomas solapadas iban encajando unas con otras como un suelo de baldosas mal cortadas. Se veían los bordes, las repeticiones, algún trozo movido. Pero se veía la pared entera, de un extremo a otro, con cada motivo en su sitio.
—¿Y cuándo volvemos?
Irene apartó la vista de la pantalla por primera vez en dos horas.
—No volvemos.
—¿Cómo que no?
—No. Ya tengo lo que necesito. —Giró el portátil para que Nayra lo viera de frente—.
Tengo el panel completo, cada motivo por separado, los cruces, la luz desde donde me hizo falta y la espiral fotografiada como si fuera un yacimiento entero ella sola.
Lo que me queda por hacer no está en el barranco. Está aquí.
Nayra miró la pantalla, las carpetas, los números.
—Entonces ya está.
—Ya está lo de subir. Lo demás empieza ahora.
Se quedaron las dos calladas, con el ruido del extractor y el olor del aceite calentándose.
—Hay otra cosa —dijo Irene—. Tenemos que volver a hablar con Correa.
Nayra se volvió despacio.
—¿Por lo que has encontrado hoy?
—Sí. El otro día solo podía decirle que había grabados. Ahora tengo documentación suficiente para que Patrimonio tenga que valorarlos. Y un grabado en una cueva que puede contener restos arqueológicos no es mío ni es tuyo.
—¿Y si la cierran?
—La van a cerrar seguro. —Irene cerró la tapa del portátil hasta la mitad—. Y aun así hay que decirlo. Si entra alguien con un cepillo o con un cubo de agua, se acabó. No hay manera de arreglar eso después.
Nayra se apoyó en la encimera. Tardó en hablar.
—Me lo has enseñado a mí primero.
—Te lo prometí.
—Sí.
—Pues ya está.
Correa las recibió a las nueve y media de la mañana siguiente, en la misma sala de la mesa y las dos sillas. Irene había traído el portátil y una copia de todo en un lápiz de memoria, que dejó encima de la mesa antes de sentarse, a la vista, como quien pone las llaves.
—Buenos días. Siéntense. ¿Ha ocurrido algo?
—Hemos subido a la cueva. Ayer. Las dos.
Correa no cambió la cara.
—Siga.
—Cuando regresé de Las Palmas traje mi equipo para documentar correctamente los grabados que le comenté de la pared del fondo. Hice fotografías generales y de cada figura, con distintas direcciones de luz y sin tocar la roca.
Abrió el portátil y lo giró hacia él.
—Hay grabados. Por sus semejanzas con otros documentados en Tenerife, al menos algunos podrían ser prehispánicos, posiblemente guanches. Los demás tendrán que estudiarlos especialistas antes de decir qué son.
Correa acercó el portátil. Fue pasando las imágenes con el dedo, despacio. Líneas, círculos y formas geométricas aparecían y desaparecían según cambiaba la iluminación.
—¿Puede asegurar que son antiguos?
—No mirando fotografías. Tampoco puedo atribuirlos todos a una misma época ni a las mismas personas. Para eso hace falta una inspección autorizada y un estudio completo. Lo que sí puedo decirle es que hay motivos suficientes para avisar a Patrimonio y proteger la pared hasta que la valoren.
—¿Y esto tiene algo que ver con su padre o con Álvaro?
—No tengo ninguna prueba de que sea así. En las fotografías no aparece un nombre, una fecha ni una señal reciente. El posible hallazgo arqueológico y las desapariciones pueden no tener relación.
Correa volvió a la primera imagen y recorrió el conjunto una vez más.
—Entonces, ¿qué necesita de mí?
—Que el aviso quede registrado, que las fotografías lleguen al departamento competente del Cabildo y que se limite el acceso hasta que alguien pueda inspeccionarlo. Si entra gente por curiosidad y limpia, moja o toca los surcos, puede destruir información que no se recupera después .
Correa miró el lápiz de memoria que Irene había dejado encima de la mesa.
—¿Está todo aquí?
—Todo lo que fotografié ayer. No he apartado nada. Están los archivos originales, una copia ordenada y las notas que indican dónde se encuentra cada imagen en la pared. También he señalado las fotografías más claras, pero prefiero entregar el conjunto completo.
—Bien.
Correa cogió el lápiz de memoria y sacó un folio del cajón.
—Hoy mismo comunicaré el hallazgo a Patrimonio del Cabildo y dejaré constancia de la fecha, de quién entró y de cómo se obtuvieron las imágenes. Yo no voy a decidir si esto es guanche, más reciente o una cosa distinta. Que lo determine un técnico.
—Es exactamente lo que le iba a pedir.
—Hasta que respondan, voy a solicitar que se limite el acceso.
Y ustedes no vuelven a entrar. Ni usted, ni Nayra, ni Iván, ni un primo de Iván.
Tampoco comenten esto fuera. Si mañana se habla en la plaza de dibujos guanches en el barranco, en tres días tengo allí a gente con linternas y con las manos limpiándolo todo.
—No pensaba volver —dijo Irene—. Ya tengo la documentación que necesito. Si hiciera falta otra visita, solicitaría autorización al Cabildo.
—Así es como debe hacerse.
Nayra se movió en la silla.
—¿Y mi hermano?
Correa dejó el bolígrafo.
—Su hermano y Klaus siguen siendo el motivo por el que yo miro esa cueva —dijo—. Lo de la pared es otra cosa. Puede que no tenga nada que ver, pero mientras no lo sepamos prefiero que la cavidad permanezca protegida y sin alterar.
Volvieron andando. Nayra recorrió en silencio las cuatro calles y solo habló al llegar al portal.
—Se ha portado bien.
—Sí.
—¿Crees que vendrán?
—Primero tendrán que valorar las fotografías. Pero el aviso ya ha quedado registrado.
Por la tarde volvió al ordenador.
Trabajó sobre el conjunto de la pared, ya montado, moviéndose de un extremo al otro como si estuviera caminando por delante de ella.
Y a fuerza de recorrerla se dio cuenta de una cosa que en la cueva no había podido ver, porque en la cueva nunca se ve el conjunto: los motivos geométricos se agrupaban.
Se tocaban, se cruzaban, se repetían, compartían la zona buena de la pared, la más lisa, la que quedaba a la altura de la mano.
La espiral no estaba en la zona buena. Estaba en un tramo peor, más bajo, sobre una superficie irregular en la que ningún otro grabado se había molestado en entrar.
Fue pasando las tomas de ese sector una detrás de otra, cambiando la dirección de la luz.
Con el foco de frente, nada. Con el foco desde arriba, nada.
Desde la derecha, una sombra confusa que podría ser cualquier grieta.
La espiral solo aparecía entera con la luz muy baja y muy oblicua, viniendo de la izquierda, y salía entonces con una nitidez que no tenía en ninguna otra imagen.
Irene se echó hacia atrás en la silla.
La espiral podía pasar años delante de cualquiera sin que nadie la viera. A simple vista se confundía con las irregularidades de la roca.
Un guardia con una linterna había pasado por delante de aquella pared sin distinguirla. Manuel había dormido cinco semanas a tres metros y nunca la había mencionado.
Ella había reparado en aquella figura casi por casualidad durante su primera visita a la cueva. Pero su padre no trabajaba por casualidad.
Apartó las manos del teclado .
No podía demostrar que Klaus hubiera entrado en aquella cueva, pero le extrañaba que no lo hubiera hecho. Solo sabía lo que Manuel había declarado ante Correa: aquella noche se internó en el barranco porque, según dijo, se daban unas condiciones que llevaba tiempo esperando.
Irene volvió a mirar la espiral.
Condiciones para qué.