LA LUZ RASANTE
La casa tardó en ponerse en marcha aquel día. Manuel durmió hasta media mañana. Nayra tendió una colada que llevaba dos días olvidada dentro de la lavadora. Nadie habló del barranco hasta después de comer.
Cuando Manuel se quedó dormido, Irene puso la maleta gris encima de la mesa.
—¿Puedo mirar?
—Puedes ayudarme.
Soltó los dos cierres a la vez. Dentro, una espuma gris recortada a la medida de cada instrumento, y cada instrumento en su hueco.
La cámara dentro de su funda. Dos objetivos.
Un trípode de aluminio, corto, de los que se abren casi a ras de suelo.
Dos focos pequeños con pinza. Baterías, cargador, tarjetas de memoria.
Una libreta de tapa dura y dos lápices sujetos con una goma.
Nayra levantó una reglilla de plástico, blanca y negra, numerada.
—¿Y esto?
—Una escala. Se apoya al lado del grabado, sin tocarlo, para que en la fotografía se sepa el tamaño real. Sin eso, una foto no vale para nada. Todo parece igual de grande.
—¿Y luego? ¿Limpias la pared?
—No.
Lo dijo demasiado rápido, y suavizó el gesto enseguida.
—No se toca —repitió—. Ni con un cepillo, ni con agua, ni con el dedo.
Si pasas la mano por un surco, te llevas puesto lo que quieres estudiar.
Yo voy a hacer dos cosas: poner luz y hacer fotografías.
—Encajó una batería en el cargador—. Todo lo que voy a hacer allí arriba se deshace apagando el foco.
—Yo pensaba que llevarías más cosas.
—Las cosas que resuelven algo solas no existen. Existe mirar mucho rato desde muchos sitios.
A las seis de la tarde había baterías cargando en la encimera y en el aparador, y Nayra pasaba por delante de todas ellas cada vez que entraba en la cocina.
Iván llegó a las siete y se quedó de pie en la puerta, mirando la mesa.
—¿Os vais de reportaje?
—Mañana subimos al barranco —dijo Nayra—. Irene tiene que fotografiar unos grabados de la pared de la cueva. Necesito que te quedes con él.
—Hecho.
—No te he dicho cuánto.
—Da igual. ¿Cuánto?
—La subida es una hora larga. Contando lo que ella tenga que hacer allí arriba, cinco o seis horas.
Iván miró la libreta, los focos, el trípode.
—¿Y hace falta permiso para eso o algo?
—Correa confirmó esta mañana que la cueva ya no está restringida —dijo Irene—. Podemos entrar. Lo que no podemos es tocar ni alterar nada.
Iván miró primero a Irene y después a Nayra. Comprendió que faltaba una parte, pero no preguntó.
—A las siete estoy aquí —dijo Iván—. Llevaos agua de sobra.
Manuel apareció en el pasillo cuando estaban recogiendo, agarrado al marco de la puerta con la mano abierta.
—¿Adónde vais?
—A la cueva —dijo Nayra.
Manuel tardó en asentir.
—La entrada no se ve desde el cauce. Hay que estar encima. Si la buscáis de lejos, no la vais a encontrar.
—Ya lo sé. Ya he subido.
—Ya. —Se quedó un momento con la vista en el trípode—. ¿ Va Álvaro con ustedes?
La cocina se quedó sin ruido. Irene no levantó la cabeza de la maleta.
—No —dijo Nayra.
Manuel parpadeó dos veces. Algo le volvió a su sitio por dentro, se le vio en la cara, y fue peor que la pregunta.
—No —repitió él—. Claro que no.
Dio media vuelta y volvió al cuarto sin decir nada más.
Irene terminó de guardar las escalas en su hueco de espuma. Aquella noche se levantó dos veces a comprobar que las baterías seguían cargando.
Salieron a las siete y diez, con la luz todavía por detrás de la montaña.
Nayra aparcó en el apartadero, a unos metros de donde había estado el coche de su hermano durante cuatro días. No lo dijo. Irene tampoco preguntó. Se repartieron el peso —Irene la maleta y la mochila de la cámara, Nayra el trípode, los focos y el agua— y empezaron a subir a las siete y media.
No había nadie.
Eso fue lo primero que notaron las dos, aunque ninguna lo dijo hasta mucho después.
La otra vez habían subido detrás de tres uniformes, con radios que se encendían solas cada pocos minutos.
Ahora solo estaban las piedras del cauce, sus propias botas y un mirlo que iba delante de ellas de mata en mata como si las estuviera acompañando.
Subieron bien la primera hora. Un poco por encima de la presa vieja, el cauce se partía en dos.
Nayra se paró.
—Era por aquí.
—¿Seguro?
—Bastante.
Tiraron por el ramal de la derecha, que era el más ancho y el que parecía más pisado.
Anduvieron veinte minutos, y después cinco más, ya sin hablar.
Las cañas desaparecieron. El suelo cambió a piedra suelta, de esa que se mueve debajo de la bota, y la pared de la izquierda se levantó de golpe, lisa y sin vegetación.
—Esto no lo he visto nunca —dijo Nayra.
—Sigamos un poco más. A veces se reconoce después.
Siguieron otros diez minutos, hasta que el cauce terminó en un salto seco de tres o cuatro metros, con la roca negra de humedad vieja y un charco pequeño abajo. No había manera de pasar sin trepar, y no había ninguna razón para trepar.
Nayra soltó el trípode con más fuerza de la necesaria.
—Dijiste que te acordabas del camino.
—Me acuerdo del camino. No me acuerdo de los desvíos. —Irene dejó la maleta apoyada en una piedra, con cuidado, y se sentó al lado—. La otra vez subí detrás de un guardia mirándole la espalda. Nadie mira el terreno cuando va detrás de alguien.
Nayra no contestó. Se apartó unos metros, bebió agua y estuvo un rato de espaldas. Cuando volvió, se sentó en la misma piedra.
Irene sacó la cámara y encendió la pantalla. Tenía las fotografías generales de la visita anterior, hechas subiendo y casi sin pararse, por costumbre profesional. Fue pasándolas hacia atrás.
—Aquí.
Era una vista del cauce hacia arriba, tomada poco después de la presa. Se veía un paredón de piedra seca medio caído, de los que quedan de los bancales viejos, y a la derecha una higuera seca con las ramas abiertas como una mano.
Nayra miró la pantalla y luego miró alrededor.
—Aquí no hay ninguna higuera.
—Aquí no. —Irene amplió la imagen y señaló el fondo—. Y mira el filo de la ladera. En la foto queda a la derecha del cauce. Aquí lo tenemos enfrente.
—Entonces nos hemos equivocado abajo.
—Nos hemos equivocado abajo.
Cuesta abajo la piedra suelta obligaba a ir despacio, y tardaron casi cuarenta minutos en volver a la bifurcación. El otro ramal era más estrecho y arrancaba escondido detrás de un grupo de cañas. Doce pasos más adelante estaba el paredón. Detrás, la higuera.
—Pasamos por delante —dijo Nayra.
—Dos veces.
Llegaron a la altura de la cueva a las diez menos cuarto. Dos horas y cuarto para un camino de poco más de una hora.
Y aun así no la encontraron a la primera.
Pasaron de largo, se dieron cuenta al llegar a una curva que Nayra no reconocía y volvieron sobre sus pasos.
La entrada no era una boca en la roca: era una sombra estrecha detrás de una mata de vinagrera, a la altura del pecho, invisible desde el cauce y casi invisible desde tres metros.
Fue Nayra quien la vio, y la vio porque se acordó de su padre agarrado al marco de la puerta.
Hay que estar encima.
Se quedaron las dos delante de la entrada, sudando, con el aire caliente subiendo por el barranco.
—La otra vez había un guardia esperando fuera con el reloj en la mano —dijo Nayra—. Y Correa sabía dónde estábamos.
Irene se colgó la mochila del pecho para poder pasar de lado.
—Ahora nadie sabe exactamente dónde estamos —dijo—. Vamos.
Dentro, el aire estaba quieto y frío, y olía a piedra mojada y a humo viejo.
El paso era corto y obligaba a agacharse. Después la roca se abría de golpe y la cámara interior se levantaba hasta casi tres metros, con el suelo de tierra apisonada y una lengua de claridad que entraba por la boca y se moría a los pocos pasos.
Las cosas de Manuel seguían allí. La manta doblada en cuatro sobre el saco, una garrafa vacía, un hornillo pequeño con el cazo encima. Alguien —los guardias, seguramente— lo había movido todo y lo había vuelto a dejar más o menos en su sitio.
Nayra se paró en seco.
—Todavía no me cabe en la cabeza. Mi padre metido aquí. Cinco semanas. A poco más de una hora de mi casa.
Irene montó el trípode delante de la pared del fondo, colocó la cámara y encajó un foco en el soporte; el otro lo dejó suelto, para llevarlo en la mano. Encendió primero el frontal y la pared apareció entera, plana y aburrida, con unas cuantas rayas oscuras que podrían haber sido cualquier cosa.
Después lo apagó.
Encendió el foco de mano y lo fue acercando a la roca hasta que la luz iba casi pegada a la superficie, rozándola. La pared cambió por completo. Cada surco levantó su propia sombra, larga y fina, y lo que un minuto antes era una piedra sucia se convirtió en un panel lleno de trazos.
—¿Eso estaba ahí?
—Estaba ahí. Lo que no había era luz. —Irene movió el foco unos centímetros y las sombras se alargaron hacia el otro lado—. Con la luz de frente, un grabado desaparece. Con la luz rasante, aparece. Es lo primero que se aprende y es casi lo único que hace falta.
Antes de disparar una sola fotografía abrió la libreta e hizo un croquis malísimo de la pared, partida en cuatro sectores numerados. Después vino lo más aburrido: el panel entero, y una serie de tomas solapadas sin saltarse un palmo, para poder recomponer luego la superficie en el ordenador.
Solo entonces bajó a las figuras, una por una, con la escala apoyada al lado y nunca encima, y con el foco rasante girando alrededor como quien recorre las horas de un reloj, porque un surco enseña una cosa a las tres y otra distinta a las nueve.
Los cruces y los surcos, aparte y de cerca.
Entre serie y serie anotaba con letra pequeña: sector, figura, número de fotografía.
Trabajó hora y media casi sin hablar.
Nayra terminó sosteniendo el segundo foco donde Irene le indicaba.
—Un poco más abajo. Ahí. No te muevas.
—¿Qué son ?
Irene acercó la cara a la pared.
—Grabados.
—¿Son guanches?
—Tienen toda la pinta. Pero tendré que estudiarlos con calma.
Continuó recorriendo la pared hasta llegar a él.
Se detuvo.
Era el mismo grabado.
Y volvió a sentirlo.
Una extraña conexión con aquella piedra. Como si, de algún modo, algo en ella respondiera al grabado.
Y entonces llegó aquella necesidad.
Tenía que tocarlo.
Sabía que no debía hacerlo.
Lo sabía perfectamente.
Pero el impulso era irresistible.
Irene bajó la vista hacia su propia mano.
—Nayra, ¿me acercas la libreta? La dejé junto a la mochila.
—Sí.
Nayra dejó el foco junto al equipo y se volvió hacia las mochilas.
Irene esperó apenas un instante.
Su mano comenzó a subir.
Apoyó la yema del índice sobre el surco.
El calor apareció en el dedo.
Después, el frío.
Un frío brutal.
La cueva desapareció.
Y llegó la luz.
Blanca. Inmensa.
No parecía venir de ningún sitio. Estaba en todas partes.
Irene tuvo un pensamiento absurdo: era una luz celestial.
No encontró otra forma de describirla.
Durante un instante sintió que flotaba dentro de ella. No había paredes. No había suelo. Ni siquiera sabía si seguía de pie .
Entonces distinguió algo.
Muy lejos.
Una forma oscura en medio de aquella claridad.
Intentó verla mejor.
La luz pareció acercarla.
—Irene...
Irene apartó el dedo del grabado.
Todo desapareció.
La cueva regresó de golpe.
—¿Dónde dijiste que la habías puesto?
Irene parpadeó.
—¿Qué?
—La libreta.
Nayra seguía de espaldas, buscando junto a las mochilas.
—En el bolsillo pequeño de la mía.
—Ah, vale.
Nayra continuó buscando.
Irene bajó la mirada hacia su índice.
Todavía estaba caliente.
Después miró el grabado.
—¿Tú crees que Álvaro o mi padre llegaron a ver esto?
Irene mantuvo la vista fija en la piedra.
—No lo sé.
A las once y veinte, Irene sacó el móvil.
Buscó la fotografía del grabado del fondo.
La había ampliado tantas veces en Las Palmas que conocía de memoria cada sombra de aquella imagen.
Se colocó donde había estado durante la visita anterior y movió el foco hasta encontrar el ángulo.
Entonces apareció.
Una espiral.
Irene permaneció inmóvil.
La reconocía.
Y esa era precisamente la palabra que llevaba días intentando no utilizar .
No era solo que la hubiera visto antes en aquella pared.
Era la sensación de que ya la conocía desde antes de entrar por primera vez en aquella cueva.
Y desde hacía tres noches soñaba con una carretera que tampoco reconocía.
Irene apartó aquella idea antes de que pudiera unir una cosa con la otra.
—¿Es esa? —preguntó Nayra.
—Sí.
Irene movió el foco unos centímetros.
Junto a la espiral apareció un pequeño hueco redondo excavado en la roca.
—¿Y eso?
—Una cazoleta.
Irene la fotografió y abrió la libreta.
Anotó lo que había encontrado, la posición de los grabados y todo lo que tendría que revisar después con calma.
Luego siguieron con el resto de la cueva.
Las paredes que faltaban. El techo. El suelo.
Irene fotografió, tomó notas y comprobó una última vez que no dejaba ninguna zona sin revisar.
Cuando terminó, cerró la libreta.
—Ya está.
Nayra miró alrededor.
—¿Eso es todo?
—Por hoy, sí.
Irene guardó la cámara y empezó a recoger el equipo.
Irene cerró la maleta.
—Listo.
Nayra comenzó a caminar hacia la salida.
Irene apagó el último foco.
Durante un segundo, la oscuridad fue absoluta.
Entonces volvió a verla.
No la luz.
La carretera.