El misterio del barranco de Badajoz (Los ocho enigmas 1) EL EQUIPO
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EL EQUIPO

El vuelo procedente de Gran Canaria aterrizó con veinte minutos de retraso en el aeropuerto de Los Rodeos. Nayra esperaba en la zona de llegadas y pensó que era la primera vez en dos semanas que esperaba a alguien sabiendo que iba a llegar.

Irene salió por la puerta de llegadas entre los últimos. Llevaba una mochila al hombro, una maleta de ruedas que empujaba sin mirarla y, en la otra mano, una maleta rígida de color gris, más pequeña y evidentemente más pesada, que no arrastraba por el suelo.

—Bienvenida, Irene. ¿Qué tal el vuelo?

—Hola, Nayra. Con retraso, pero bien, gracias.

En el aparcamiento, Nayra abrió el maletero y fue a coger la maleta gris.

—Esa la llevo yo —dijo Irene, y suavizó enseguida el tono—. Perdona. Es que si se cae de canto me quedo sin la mitad del viaje.

La colocó ella misma, tumbada, con la mochila de cuña para que no se moviera. Después cerró el maletero y se quedó un segundo con la mano encima, comprobando algo que solo ella entendía.

Ya dentro del coche, mientras Nayra salía del aparcamiento, Irene la miró de lado. No hizo falta más.

—¿Qué ha pasado?

—Muchas cosas.

Irene esperó.

—Empieza por una.

La salida del aeropuerto, la incorporación a la autopista, los carteles hacia Santa Cruz. Nayra esperó a estar en recto y con el pie estable antes de contestar.

—Rubén ha confesado.

Lo contó en el orden en que ella se había enterado, que no era el orden en que habían ocurrido las cosas.

Que Correa lo había llamado. Que había una huella suya en el móvil de su hermano.

Que aquella noche no se vieron cerca de su casa, sino en el apartadero del barranco, porque Rubén le había pedido que se vieran allí para hablar del dinero que Álvaro le debía.

Que discutieron. Que a Álvaro se le cayó el teléfono sin darse cuenta y se fue barranco arriba con la mochila y la linterna.

Que Rubén se quedó allí, vio el móvil en el suelo, vio la pantalla encenderse y vio el nombre de ella.

—Y lo metió debajo de una mata —dijo.

Irene no dijo nada.

—Trece días. —Nayra tenía las dos manos en el volante y las llevaba demasiado apretadas—.

Vino a casa. Se sentó en mi cocina. Me trajo comida un domingo porque yo no había bajado a comprar.

Me preguntaba todas las noches si había podido dormir.

—Cambió de carril sin necesidad y volvió al suyo—. Todas las noches, Irene. Sabiendo eso.

—¿Y qué le dijiste?

—Que se fuera.

—Bien.

Fue lo único que Irene se permitió durante un rato largo.

No le explicó a Nayra que la gente miente por miedo, ni que Rubén llevaba encima un peso que se hacía más grande cada día, ni ninguna de las cosas razonables que Nayra ya se había dicho a sí misma y que no le servían para nada.

Se quedó mirando la carretera, con las manos quietas sobre las rodillas, y la dejó terminar.

—Lo peor no es lo del teléfono —dijo Nayra al cabo—. Lo peor es que yo lo llamaba a él. Cuando no podía más, lo llamaba a él.

—Ya.

—Y él descolgaba.

Pasaron el desvío de Candelaria. El mar quedaba a la izquierda, plano y sin brillo, con esa luz apagada que tenían algunas tardes en la costa.

Nayra no necesitaba que convirtiera la traición de Rubén en un esquema.

Pasaron varios minutos antes de que Nayra volviera a hablar.

—Dime una cosa de verdad. ¿Tú crees que están vivos?

Irene podría haberle dado una respuesta rápida. Una de esas frases que no significaban nada, pero permitían cruzar los minutos difíciles. No lo hizo.

—No te voy a decir que sí para que se te haga más corto el viaje. Y no me voy a rendir mientras me quede algo que encontrar. Es lo único que puedo decir.

Nayra mantuvo los ojos en la carretera.

—Con eso me vale.

No volvieron a hablar hasta el desvío de Güímar.

Al llegar a casa, Iván les abrió la puerta antes de que llegaran al rellano. Tenía un paño en el hombro y cara de llevar todo el día en una casa que no era la suya.

—Ya era hora —dijo—. Dame eso.

Le quitó a Irene la maleta de ruedas y la mochila con la naturalidad de quien lleva días haciendo cosas por los demás. Irene le dejó las dos. La gris la subió ella.

—¿Qué tal el viaje?

—Bien. El vuelo salió con retraso.

—Comiste, imagino.

—Un bocadillo en el aeropuerto. No preguntes.

Iván negó con la cabeza, divertido.

La casa estaba a media luz. Del pasillo llegaba el silencio espeso de una habitación con alguien dentro.

Irene reconoció, sin necesidad de que se lo dijeran, las cosas que se van acumulando alrededor de un enfermo: el pastillero abierto sobre el aparador, un vaso con una cucharilla dentro, una silla que no pintaba nada allí y que alguien había arrimado a la puerta del cuarto para poder sentarse a escuchar.

—Está dormido desde las seis —dijo Iván, bajando la voz—. Hoy ha sido un día raro.

Irene no preguntó qué quería decir eso. Miró el pasillo un segundo más de la cuenta y luego apartó la vista.

—¿Y tú? —le preguntó a Iván—. ¿Llevas aquí todos estos días?

—Bajo a casa a dormir. —Se encogió de hombros—. Poco más.

Dejó la maleta de ruedas junto al sofá y se fijó entonces en la otra, en cómo Irene la había apoyado en el suelo con las dos manos y no de cualquier manera.

—Déjame ayudarte con eso. Pesa bastante.

—Gracias. Es el material de trabajo.

—Bueno, vamos a cenar. He preparado algo ligero.

Irene lo miró con una sonrisa.

—Vaya, qué sorpresa.

Los tres rieron en voz baja.

Cenaron de pie en la cocina, sin encender la luz grande, hablando de cosas pequeñas: del vuelo, de un compañero de Iván que se había roto una muñeca, del frío que hacía por las noches en Las Palmas comparado con allí. Nadie dijo el nombre de Rubén.

Cuando Iván ya se estaba poniendo la chaqueta, Irene dejó la taza en el fregadero.

—Mañana por la mañana voy a acercarme al puesto —dijo—. Quiero que Correa me cuente cómo va lo de mi padre. Estos días me he enterado de todo por teléfono.

—Entonces nos vemos mañana. Buenas noches.

—Buenas noches —respondió Nayra.

Iván se despidió de las dos y salió de la casa.

Aquella noche Irene tardó en dormirse.

Cuando lo consiguió, volvió a la carretera .

No sabía qué carretera era. Solo que estaba oscuro y que conducía. Delante de ella apareció una luz, demasiado blanca, y durante unos segundos dejó de oír el motor.

Después, nada.

Irene abrió los ojos.

Tardó unos segundos en reconocer el techo de la habitación de Nayra.

Se quedó inmóvil, escuchando su propia respiración.

Era la tercera vez que soñaba lo mismo desde que había regresado a Las Palmas.

Y siempre terminaba en el mismo sitio.

En una parte que no podía recordar.

El puesto olía a lejía y a papel, como todos los sitios en los que se espera. Correa la recibió a las nueve y media y no le dio conversación de cortesía, cosa que Irene le agradeció.

—Buenos días, Irene. Usted dirá.

—Quería saber en qué punto estamos. Con mi padre, sobre todo. Y he oído lo del amigo de Álvaro.

—Ha oído bien. —Correa apoyó los antebrazos en la mesa—.

Prestó una declaración nueva hace dos días.

Se retracta de la anterior y admite que estuvo con Álvaro aquella noche en el apartadero.

Lo demás no se lo puedo detallar, pero le puedo decir que ha entrado en el expediente y que tendrá consecuencias para él.

—¿Cambia algo?

—Cambia el principio de la noche. No cambia el final.

—Correa lo dijo sin dramatismo, como quien ordena piezas encima de una mesa—.

Nosotros ya sabíamos, por la declaración de Manuel, que Álvaro llegó hasta la cueva y que discutieron.

Lo que no sabíamos era de dónde venía ni con quién había estado antes.

Ahora lo sabemos. Pero eso no nos da un sitio nuevo adonde ir.

El último punto en el que consta que alguien lo vio sigue siendo el mismo de hace dos semanas.

Irene asintió despacio.

—¿Y de mi padre?

—De su padre, nada nuevo desde que encontramos sus pertenencias.

—Correa hizo una pausa breve, y por primera vez el tono se le ablandó un poco—.

No le voy a adornar la respuesta. Los dos casos siguen abiertos y así van a seguir.

Cualquier cosa que aparezca, aunque sea de aquí a seis meses, se trabaja.

—Entiendo.

—La investigación continúa, pero el dispositivo de búsqueda terminó hace unos días. El barranco ha vuelto a la normalidad.

—¿La cueva sigue restringida?

Correa la miró.

—Policialmente, no. Ya terminamos la inspección y no quedó precintada. Pero si piensa volver, tenga cuidado. Esa zona sigue siendo peligrosa.

—Lo tendré.

Irene tenía las manos sobre el regazo. No las movió. Se oyó a sí misma preguntar, con el mismo tono con el que había preguntado todo lo demás:

—¿Y si aparece algo, me avisarán a mí o a la familia de Álvaro?

—A las dos. Tienen ustedes mi número.

—Gracias, sargento.

Correa se levantó para acompañarla a la puerta.

—¿Se queda muchos días?

—Unos días más —dijo Irene—. Nayra está sola con su padre.

—Ya. —Correa asintió, y no pareció que estuviera pensando en otra cosa—. Dígale que si necesita algo con el tema del hospital, que me llame. A veces se abren puertas antes por teléfono que por ventanilla.

—Muchas gracias. Se lo diré.

Salió a la calle y bajó despacio hacia la casa. Hacía una mañana limpia, de esas en las que se ve el perfil de la montaña sin bruma, y le pareció que llevaba una semana sin mirarla.

Iván se había ido a la farmacia y Manuel dormía otra vez. La casa estaba en ese silencio de media mañana que en las últimas semanas ya no significaba tranquilidad, sino solo que de momento no pasaba nada.

Irene entró y dejó las llaves en el plato de la entrada. Nayra la vio quitarse la chaqueta y llevarla al respaldo de la silla, y no esperó a que se sentara.

—¿Qué te ha dicho Correa?

—Que los dos casos siguen abiertos. —Irene tardó un momento en decir el resto—. Y que el dispositivo terminó hace unos días. La cueva ya no está restringida.

Nayra dejó el trapo en la encimera. Tenía las manos húmedas y se las secó en el pantalón mientras buscaba la manera de preguntar lo que llevaba queriendo preguntar desde la noche anterior. Al final lo dijo tal cual.

—¿Entonces podemos volver? —preguntó Nayra.

Irene miró hacia la maleta gris.

—Sí.

—¿Cuándo?

Irene se acercó a la maleta y dejó una mano encima.

—Mañana.

Nayra siguió su mirada.

—¿Has traído todo lo que necesitabas?

—Todo.

Esta vez, Irene sabía exactamente lo que quería buscar.