El misterio del barranco de Badajoz (Los ocho enigmas 1) LA PARTE QUE FALTABA
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LA PARTE QUE FALTABA

La llamada de Correa había durado menos de medio minuto. Que se acercara al puesto a las cinco, que era mejor allí que en su casa. Rubén se pasó el resto del día buscando en aquellas dos frases un tono que le adelantara algo, y no lo encontró.

Llegó veinte minutos antes de la hora y esperó dentro del coche, en el aparcamiento, con las manos todavía en el volante y el motor apagado. La primera vez había entrado allí convencido de que aquello duraría media hora. Y eso mismo había durado.

Correa lo recibió en la misma sala: una mesa, dos sillas y una ventana que daba a un patio interior. Sobre la mesa había una carpeta cerrada.

—Siéntese.

La otra vez Correa le había dicho que aquello era solo una conversación. Esta vez no lo dijo, y Rubén se dio cuenta de que se había quedado esperando a que lo dijera.

Correa abrió la carpeta, separó dos folios y los dejó vueltos hacia sí mismo, sin enseñárselos.

—Han llegado los resultados del laboratorio —dijo—. Hay una huella parcial en el lateral de la carcasa del teléfono de Álvaro. Es suya.

Rubén llevaba casi dos semanas preparando esa respuesta sin saber que la estaba preparando, y le salió sola.

—Conozco a Álvaro desde los siete años. He cogido ese teléfono mil veces. Para ver una foto, para poner música en el coche, para lo que sea.

—Puede ser —admitió Correa—. Una huella no viene con la fecha puesta. Eso es verdad y no se lo voy a discutir.

Cerró la carpeta y apoyó encima la mano abierta.

—Le voy a decir lo que sí sabemos. El teléfono no apareció en una casa, ni en un cajón, ni dentro del coche.

Apareció en el barranco, a unos metros del apartadero, metido debajo de una mata.

No se le cayó a nadie de un bolsillo. Alguien lo puso ahí.

—Hizo una pausa que no fue larga—. Y usted me dijo, sentado donde está sentado ahora, que aquella noche no había subido al barranco.

Rubén miró hacia la ventana. Desde la silla solo se veía una de las paredes del patio.

—Piénselo antes de contestar —dijo Correa—. Lo que diga hoy queda escrito, igual que quedó escrito lo que dijo la otra vez.

—Ya le conté lo que pasó.

—Me contó una parte. —Correa lo dejó ahí un momento—. Cuando alguien me cuenta una parte, yo no sé nunca si me falta lo pequeño o lo importante. Por eso vuelvo a preguntar.

—¿Dónde se vieron?

—Cerca de mi casa. Ya se lo dije en...

—¿Dónde se vieron? —repitió Correa, sin levantar la voz.

Rubén tardó en contestar lo que tarda alguien en entender que ya no le queda ningún sitio donde ponerse.

—En el barranco.

Correa no hizo ningún gesto. No anotó nada, no se echó hacia atrás, no cambió de postura. Fue eso, y no la huella, lo que terminó de romperlo.

Lo que siguió ocurrió más despacio. Correa interrumpió las preguntas, le explicó que su situación acababa de cambiar y le leyó sus derechos. La declaración no continuó hasta que llegó un abogado de oficio y se sentó a su lado en una silla que trajeron del pasillo.

—Fui yo el que le pidió que nos viéramos —dijo Rubén—. Le escribí a las diez y cuarenta y siete. «Necesito verte.» No me contestó por escrito. Me llamó a los pocos minutos y quedamos poco después de las once en el apartadero. El sitio lo eligió él. Yo no subía por allí desde hacía años.

—Siga.

—Llegó con una mochila y una linterna. Le dije que necesitaba el dinero, que no podía seguir esperando, que yo también tenía cosas que pagar. Él me dijo que estaba en ello. Se lo dije otra vez. Discutimos. Bastante.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé. Diez minutos. Un cuarto de hora. —Se miró las manos—. Se cansó antes que yo. Me dijo: «Mañana lo arreglamos». Así, como si fuera fácil. De repente se dio la vuelta y echó a andar barranco arriba. Le pregunté adónde iba y me respondió: «A despejarme».

—¿Había alguien más allí arriba? ¿Vio otro coche, una luz, a alguien bajando?

—No. —Rubén lo pensó de verdad antes de repetirlo—. No, no había nadie. Estábamos él y yo.

—¿Y usted?

—Yo me quedé. No sé cuánto. Estaba enfadado, y estaba preocupado por el dinero, que es peor. —Tragó saliva—. Y entonces vi el móvil en el suelo. Estaba sonando. Me agaché y vi el nombre de Nayra en la pantalla. Se le había caído durante la discusión y ninguno de los dos se había dado cuenta.

Correa esperó.

—Me quedé mirando la pantalla y no contesté. Cuando dejó de sonar, lo metí debajo de una mata y volví a mi coche.

—¿Por qué?

—Porque si contestaba, tendría que explicar por qué tenía yo su teléfono, qué hacía allí y por qué habíamos discutido.

Y ella no sabía nada: ni lo del préstamo ni que yo le estaba exigiendo que me devolviera el dinero.

Pensé que, si lo escondía, nadie sabría que habíamos estado allí.

—Se pasó la mano por la cara—. Fue un minuto. Fue una idiotez de un minuto.

—Y al día siguiente.

—Al día siguiente supe que no había vuelto a casa.

—¿Y?

—Y ya no supe cómo decirlo. —Le costaba decirlo de corrido, incluso a esas alturas—. A los dos días era peor que el primero. A los cinco era imposible. Cada mentira hacía la siguiente más fácil y la verdad más imposible.

Correa lo dejó terminar. Después habló despacio, sin dureza, y eso fue lo peor.

—Voy a repetirle lo que ha contado, porque quiero que lo oiga fuera de su cabeza. Por miedo a quedar mal delante de Nayra, vio que un hombre había entrado solo en el barranco de noche sin su teléfono y decidió esconderlo.

—Yo no sabía que iba a...

—No lo sabía —concedió Correa—. No lo sabía nadie. Y no es lo más grave de lo que ha hecho.

Rubén levantó la cabeza.

—Lo más grave vino después. Al día siguiente ya sabía que Álvaro no había aparecido, y repitió la mentira.

Me la repitió a mí, en esta mesa, seis días más tarde.

—Correa apoyó los antebrazos en la mesa—.

Una búsqueda no se organiza con buena voluntad.

Se organiza con una hora y con un lugar.

Usted nos dio una hora falsa y un lugar falso.

Alteró la última franja conocida de Álvaro y nos hizo perder un tiempo que entonces podía ser importante. Y se lo calló durante casi dos semanas.

—Yo me ofrecí a ayudar a buscarlo —dijo Rubén, y se oyó decirlo.

—Ya lo sé. —Correa no lo dijo con desprecio, y de alguna manera fue todavía peor—. Eso tendrá que explicárselo usted a sí mismo. A mí no me hace falta.

Hubo un silencio en el que se oyó una puerta al fondo del pasillo y unos pasos que no venían hacia ellos.

—¿Me va a detener?

—Hoy va a firmar una declaración nueva con lo que acaba de contarme.

Entra en el expediente, y el expediente lo verá un juez.

—Correa abrió otra vez la carpeta y sacó un impreso—.

No le voy a decir esta tarde lo que pasará después, porque no lo sé y no me gusta adelantar cosas.

Lo que sí le digo es que ocultar información en la investigación de una desaparición tiene consecuencias, y que las va a tener que asumir.

Rubén asintió. Firmó donde le señalaron, con una letra que no era la suya.

Cuando ya estaba de pie, se quedó un momento con la mano en el respaldo de la silla.

—Ella se va a enterar.

—Se va a enterar —confirmó Correa.

—Prefiero contárselo yo.

Correa lo miró unos segundos más de los necesarios.

—Entonces hágalo hoy.

La casa llevaba en silencio desde media tarde. Manuel se había dormido con la puerta de la habitación entornada, y Nayra había aprendido en pocos días a moverse por el pasillo sin pisar la tabla que crujía. Estaba recogiendo las cosas de la cena cuando sonó el timbre.

Abrió pensando en cualquier otra persona.

Rubén estaba en el rellano con las llaves del coche en la mano y sin ninguna excusa preparada. No preguntó si había novedades. No dijo que pasaba por allí. Y Nayra, que llevaba trece días viéndolo poner la cara de quien pregunta, le encontró de golpe otra distinta.

—¿Puedo hablar contigo?

—Mi padre está durmiendo —dijo ella—. Habla bajo.

Lo dejó entrar hasta el recibidor y no le ofreció sentarse.

Se quedaron los dos de pie, junto a la puerta cerrada, con la luz de la cocina llegando de lado.

Al fondo del pasillo, la respiración de Manuel entraba y salía despacio, y Nayra pensó, antes que ninguna otra cosa, que aquella conversación no podía despertarlo.

Rubén se lo contó entero. Lo contó mal, sin orden, empezando por el puesto y volviendo atrás, pero no le quitó nada: el mensaje, la deuda, el barranco, la discusión, el teléfono en el suelo, la pantalla encendida con el nombre de ella, la mata, los trece días.

Nayra no lo interrumpió ni una sola vez. Se quedó quieta con un paño de cocina en la mano, escuchando hasta el final, y esa quietud fue lo único que pudo hacer bien aquella noche.

—No sabía que iba a desaparecer —dijo Rubén cuando ya no le quedaba nada más.

—Pero lo supiste al día siguiente.

—Nayra...

—Lo supiste al día siguiente. —No levantó la voz. No hacía falta—. Y viniste aquí. Y te sentaste en esa cocina.

Rubén no contestó.

—¿Cuántas veces me preguntaste cómo estaba, sabiendo que habías hecho eso?

Él abrió la boca. Buscó la respuesta en el suelo, en la pared, en sus propias manos, y no había ninguna en ninguna parte. Fue la primera vez en su vida que Nayra lo vio quedarse sin palabras delante de ella.

Y mientras lo miraba callar, todo se le ordenó de golpe.

El mensaje que habían encontrado en el teléfono de su hermano.

La deuda de la que nunca le habían hablado ninguno de los dos.

El encuentro que Rubén había situado cerca de su casa.

El teléfono que ella se había imaginado perdido entre las piedras, cayéndosele a Álvaro en la oscuridad.

No eran cuatro cosas distintas. Era una sola, contada al revés.

Y había algo más, y fue lo que le dejó las manos frías.

Rubén había sido una de las últimas personas que vieron a su hermano antes de que subiera hacia la cueva.

Durante casi dos semanas, el único que podía haber dicho a qué hora había empezado todo, se había estado sentado a su mesa a preguntarle si había podido dormir.

—Lo siento —dijo Rubén—. Ya sé que no sirve de nada. Lo siento.

Nayra dobló el paño de cocina en dos, muy despacio, y lo dejó sobre el mueble del recibidor. Pensó en todas las cosas que podría decirle, y ninguna le pareció que valiera lo que costaba decirla.

—Vete .

—Nayra, por favor.

—Vete, Rubén.

Él la miró un segundo más, buscando algo en su cara que no estaba, y no volvió a pedirlo.

Rubén bajó las escaleras sin volver la cabeza. Nayra cerró la puerta y apoyó la frente contra la madera.

Durante casi dos semanas había pensado que el teléfono de Álvaro era una pista.

Ahora sabía que también era una traición.