El misterio del barranco de Badajoz (Los ocho enigmas 1) PASADO MAÑANA
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PASADO MAÑANA

Durante los días siguientes no ocurrió nada.

Güímar abría a las ocho. La panadería sacaba las bandejas a la calle, la ferretería subía la persiana de un tirón, y a las nueve menos cuarto la acera se llenaba de niños con las mochilas colgando de un hombro.

A media mañana las terrazas de la plaza estaban ocupadas y se hablaba del agua, del calor y de un accidente en la autopista del sur.

A la una salían los del colegio otra vez.

Por la tarde, los mismos hombres jugaban a las cartas en la misma mesa.

Nayra bajaba a comprar y volvía a subir con el pan bajo el brazo. Le costaba entender que nada se hubiera parado. Su hermano no estaba y el mundo seguía cobrando, abriendo y cerrando, y el martes venía después del lunes como si eso todavía significara algo.

La segunda mañana, la mujer de la panadería le puso el pan en la bolsa y, sin mirarla, le dijo que sentía mucho lo de su hermano.

—No ha muerto —dijo Nayra.

La mujer se quedó con la bolsa en la mano.

—Perdona, hija. Quería decir…

—Ya sé lo que querías decir.

Salió a la calle con las orejas ardiendo y no volvió a esa panadería.

Correa la llamaba cada tarde. Al tercer día, Nayra ya sabía el resultado por las dos primeras palabras: si empezaba con «Nayra», no había nada; si hubiera habido algo, habría empezado de otra manera. Aun así lo dejaba hablar hasta el final, porque colgar antes le parecía una forma de rendirse .

A la mañana siguiente subió al puesto. Correa tenía el mapa cada vez con menos zonas en blanco.

—Ayer estuvimos en el cauce, desde la presa vieja hacia abajo —dijo—. Desde ayer trabajan seis personas sobre el terreno.

—¿Están dejando de buscar?

—No.

—Seis personas.

—Seis sobre el terreno. —Correa apoyó las dos manos en el mapa—.

El caso sigue abierto y lo llevo yo. Cualquier dato que entre, lo trabajamos.

Si mañana alguien nos dice que vio un coche donde no debía, subo con quien haga falta ese mismo día.

Lo que no puedo es tener a doce personas repitiendo las mismas laderas dos semanas más.

Si las quemo ahora, cuando aparezca algo no tendré a nadie fresco para salir corriendo.

Nayra asintió. Se quedó mirando el mapa, las líneas de lápiz cruzadas unas sobre otras hasta no dejar apenas blanco.

—¿Todavía cree que pueden estar vivos?

Correa no contestó enseguida. Cerró el mapa por el doblez y lo apartó a un lado del mostrador, y cuando volvió a mirarla lo hizo de frente.

—Tengo que hablarle con claridad, porque usted no se merece otra cosa —dijo—. Han pasado casi dos semanas. En un terreno como ese, sin una llamada, sin una señal nueva, sin que nadie los haya visto en ningún sitio… las posibilidades son muy pequeñas.

—¿Muy pequeñas cuánto?

—No hay una cifra que pueda darle. —Correa no bajó la voz ni la suavizó—. Solo puedo decirle que cada día que pasa juega en contra.

Nayra tenía las manos en los bolsillos y las apretó allí dentro, donde él no las veía.

—Entonces ¿para qué siguen buscando?

—Para encontrarlos.

—¿Vivos?

Correa tardó un segundo.

—Seguimos buscando a dos personas desaparecidas, Nayra. Y vamos a traer a los dos de vuelta si podemos.

Correa no dijo de qué forma esperaba traerlos de vuelta. No hizo falta.

Ella entendió. Se quedó muy quieta, con la vista en el borde del mostrador.

—No quiero quitarle la esperanza —siguió él—. Pero tampoco quiero que confunda que sigamos buscando con que las posibilidades sean las mismas que el primer día. No lo son. Y sé que usted ya lo había pensado.

—Lo he pensado.

—Ya lo sé. —Correa hizo una pausa—. Y le digo otra cosa. Mientras no sepamos qué ocurrió, yo no voy a dar a ninguno de los dos por muerto. Ni en un papel, ni en esta conversación, ni delante de usted.

Nayra volvió a casa despacio, pegada a la sombra de los edificios. No le había prometido que lo iban a encontrar. Se lo agradeció sin decírselo. Todos los demás llevaban días prometiéndole cosas que no podían cumplir.

Cuando abrió la puerta de casa y oyó a Manuel moverse en la cocina, sintió alivio. La sensación la enfadó. Álvaro podía estar muerto y ella se alegraba de que el hombre que los había abandonado siguiera allí.

No era perdón. Era miedo a quedarse sin nadie.

En casa, la vida se había reducido al tamaño del pasillo.

Manuel tenía la medicación repartida a lo largo del día. Nayra se la preparaba en un pastillero con los días impresos en la tapa, y aquella caja de plástico se convirtió en otra forma de medir el tiempo. Cada compartimento vacío era un día en que Álvaro no había vuelto.

Los primeros días lo hizo todo sin mirarlo. Le dejaba el plato delante, le acercaba el vaso, recogía.

—Tienes que comer.

—No tengo hambre.

—El médico dijo que comieras.

—El médico dijo muchas cosas.

—Y tú no haces caso de ninguna. En eso no has cambiado.

Manuel dejó el tenedor.

—En otras sí.

Nayra entendió que estaba esperando una pregunta. Cogió el plato de la encimera y no se la hizo.

Una mañana lo encontró levantándose solo del sofá, apoyándose en el brazo con las dos manos.

—Quieto.

—Estoy bien.

—La última vez que dijiste eso acabaste con una vía en el brazo.

—No volverá a pasar.

—Eso tampoco lo decides tú.

Se quedó de pie delante de él, con el paño en la mano, hasta que Manuel volvió a sentarse. Después se metió en la cocina, abrió el grifo y lo dejó correr un rato sin necesidad.

Lo que más la desarmaba era lo despacio que iba todo.

Manuel tardaba en levantarse, tardaba en encontrar la palabra que buscaba, y a veces se quedaba parado en mitad de una frase, con la mirada en algún punto de la mesa, hasta que la palabra volvía o hasta que decidía seguir sin ella.

Una tarde le pidió que le acercara «eso de la sal».

Otra tarde llamó su nombre dos veces sin darse cuenta de que ella estaba a un metro.

Nunca duraba mucho. Eso era lo peor: que después volvía a estar entero, y ella tenía que dejar de compadecerlo y empezar otra vez a estar enfadada.

Iván apareció dos tardes durante aquellos días.

Traía fruta que nadie le había pedido y se quedaba media hora sentado en la silla de la cocina, hablando de cosas sin importancia, hasta que Manuel se encontraba con ganas.

—Vete a descansar —le dijo a Nayra la primera tarde—. Damos una vuelta y volvemos en media hora.

—No necesito que me paseen —dijo Manuel .

—Perfecto. Entonces me acompañas tú a mí.

Bajaban despacio hasta la plaza, se sentaban en el banco de la sombra y volvían antes de que se pusiera el sol. Nunca más lejos.

La primera vez, Nayra se metió en la cama con la ropa puesta y durmió una hora entera sin oír nada. Se despertó de golpe, con el corazón disparado, y tardó unos segundos en entender que el silencio no significaba que hubiera pasado algo.

Cuando volvían, Manuel venía más callado y con los ojos enrojecidos por el aire. Nayra sabía que habían hablado de Álvaro. Se lo notaba en la manera de dejar la chaqueta.

—¿De qué habéis hablado?

—Del pueblo —dijo Iván.

Y no le contó nada más. Nayra tampoco insistió. Comprendió que Iván no le estaba escondiendo nada: le estaba dejando a Manuel lo poco que todavía era suyo.

Una de esas tardes, al cerrar la puerta, Iván se quedó un momento en el rellano.

—Dime en qué te ayudo.

—Ya lo estás haciendo.

—Dime otra cosa.

—No hay otra cosa. —Nayra se apoyó en el marco—. Eso es lo peor de todo. Que no hay nada que hacer.

Una tarde pensó por primera vez que Álvaro no iba a volver.

No lo decidió. Estaba tendiendo una camisa y se le apareció una imagen por completo, como una cuenta ya hecha: casi dos semanas, perros, cuerdas, caminos revisados, y nada. La gente que aparece, aparece antes.

Duró dos segundos. Después vino la vergüenza, tan física que tuvo que agarrarse al alambre del tendedero. Le pareció que pensarlo era una manera de soltarle la mano.

Aquella noche puso la mesa para tres antes de acordarse.

Desde entonces, esperar dejó de ser algo que le ocurría y pasó a ser algo que hacía.

Se obligaba. Miraba hacia la puerta cuando oía pasos en la escalera aunque supiera que era el vecino del segundo.

Dejaba el móvil boca arriba en la encimera mientras fregaba.

Por las noches lo metía debajo de la almohada.

Pasaba de la una de la madrugada y Manuel estaba sentado en el sofá, a oscuras, con las manos sobre las rodillas.

—¿Te duele algo?

—No.

—¿Entonces por qué no duermes?

Manuel tardó en contestar.

—Porque cuando cierro los ojos pienso que va a sonar el teléfono y que no lo voy a oír.

Nayra se sentó en el otro extremo del sofá. Tenía el móvil en la mano, como siempre.

—Yo duermo con él debajo de la almohada.

—Eso no puede ser bueno.

—Tú vivías en una cueva. No estás en posición de dar consejos.

Manuel soltó el aire por la nariz. No llegó a ser una risa, pero fue lo más parecido a una risa que había en aquella casa desde la desaparición de Álvaro.

A Nayra se le escapó algo por dentro, algo que se abrió y se cerró enseguida, y se quedó mirando la ventana para que él no se lo viera en la cara.

Estuvieron un rato así, sin hablar, hasta que Manuel dijo:

—Vete a la cama. Si suena, lo oímos los dos.

Al día siguiente, comiendo, Manuel dobló la servilleta.

La dobló por la mitad, y luego otra vez por la mitad, y pasó el pulgar por el doblez antes de dejarla al lado del plato. Nayra se quedó con el vaso en el aire.

Lo hacía en la mesa de la casa vieja, la de la cocina de arriba, cuando ella tenía siete u ocho años y todavía no sabía que su padre se iba a marchar. Lo hacía siempre. Cada día. Y ella se había pasado media vida sin acordarse.

—Hacías eso — dijo.

Manuel miró la servilleta como si acabara de descubrirla ahí.

—Me lo enseñó mi madre. Decía que una servilleta arrugada es una casa mal llevada.

—Tu madre no llegó a ver tu casa.

—No. —Manuel sonrió un poco—. Menos mal.

Nayra soltó una risa corta, de una sola sílaba, y se le cortó en la garganta antes de terminar.

Porque estaba ahí sentada, riéndose con él por primera vez desde que había regresado. Le habían devuelto a su padre con fecha. Podía tenerlo, pero no le iban a dar tiempo para decidir si lo quería.

Se levantó a fregar antes de que se le notara.

Aquella noche, cuando Manuel se quedó dormido en el sofá con la televisión puesta, le echó por encima la manta del respaldo. Le dejó el pastillero y un vaso de agua en la mesita. Después se quedó de pie junto a la puerta un momento, hasta que le vio subir y bajar el pecho, y se fue a la cama.

Irene llamó una noche, a las nueve y media.

—¿Molesto?

—No.

—¿Cómo están?

—Aquí. —Nayra salió al balcón y cerró la cristalera detrás de ella—. Unos días mejor y otros peor. ¿Y tú?

—Llevándolo como puedo.

—Pasado mañana regreso.

Nayra apoyó el codo en la barandilla. Abajo pasó un coche y torció hacia la carretera del fondo.

—¿A qué hora llegas?

—No hace falta que…

—¿A qué hora?

—Nayra, cojo un taxi y ya está. No voy a hacerte bajar hasta el aeropuerto por mí.

—No es ninguna molestia. Es más, tengo ganas de verte.

—Y tu padre.

—Iván puede quedarse esa tarde. —Nayra hizo una pausa—. Y te quedas en casa. Sobra sitio.

—Eso ya no. Busco alojamiento como la otra vez, no hay ningún problema. Bastante tienes con lo tuyo. Lo último que necesitas es alguien más en la casa.

—Irene.

—De verdad que no me cuesta nada…

—No te lo estoy ofreciendo por ti.

Se hizo un silencio corto al otro lado.

—Te lo estoy pidiendo por mí —dijo Nayra.

Se quedó mirando la calle. Le costaba más de lo que había calculado.

—Cuando él se acuesta, esta casa se queda demasiado grande.

Y no tengo con quién hablar de Álvaro. Iván viene y hablamos de la fruta y del tiempo, y se marcha.

Correa me llama y me da un parte. Y todos los demás me preguntan cómo estoy, y yo tengo que decirles que voy tirando, y me paso el día consolando a gente que ha venido a consolarme a mí.

—Cambió el móvil de oreja—. Tú eres la única que no me pregunta cómo estoy.

—Porque ya lo sé.

—Por eso.

Irene tardó en contestar. Cuando lo hizo, tenía la voz distinta.

—Está bien. Me quedo contigo.

Nayra cerró los ojos. No era alivio. Pero se parecía lo suficiente.

—Ahora dime a qué hora llegas.

—A las siete y veinte de la tarde.

—Entonces quedamos. Un beso.

Colgó y se quedó un rato en el balcón. Por primera vez desde la desaparición de Álvaro tenía una hora escrita en alguna parte, y algo dentro de ella se agarró a eso como quien se agarra al pasamanos de una escalera a oscuras.