El misterio del barranco de Badajoz (Los ocho enigmas 1) LO QUE NO DIJO
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LO QUE NO DIJO

Irene llamó a las once menos veinte de la noche.

—¿Te he despertado?

—No —dijo Nayra—. Aquí nadie duerme.

—¿Puedo subir un momento?

Hubo un silencio corto.

—Sube.

Manuel ya estaba acostado. Nayra dejó la puerta entornada, llevó a Irene a la cocina y encendió solo la luz de encima del fregadero, porque la del techo se veía desde el pasillo.

Se sentaron a la mesa, una frente a otra, con el móvil de Irene en medio.

Nayra le ofreció algo para tomar. Irene negó con la cabeza.

—Es una de las fotos de la pared del fondo —dijo Irene—. De la última serie, cuando Guerra nos avisó de la media hora. Tú estabas sujetando la luz a la izquierda, casi pegada a la roca.

—Me acuerdo. Me dolía el brazo.

Irene giró el teléfono hacia ella y amplió con dos dedos.

—Mira aquí.

Nayra se inclinó sobre la pantalla.

—El grabado diferente.

—Sí.

Con aquella luz se veía mejor que durante la primera visita. Las líneas aparecían con más claridad entre los demás grabados de la pared.

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—¿Y qué has descubierto?

—Que es diferente. Eso es lo único que puedo asegurar.

—¿Diferente cómo ?

Irene miró la fotografía.

—No sigue el mismo dibujo que los demás. Necesito estudiarlo bien antes de decirte algo que pueda condicionarnos.

Nayra siguió mirando la pantalla.

—¿Y por qué te preocupa tanto ese?

Irene no respondió enseguida.

Podía habérselo contado.

El tropiezo. El calor de la piedra. Aquel frío recorriéndole el cuerpo mientras, al mismo tiempo, sentía una calma que nunca había experimentado. Y aquella sensación imposible de que el segundo durante el que había apoyado la mano había durado mucho más.

—Porque no sé qué es —dijo.

Eso fue todo.

—¿Entonces hay que volver?

—Sí. Pero esta vez con mi equipo. Quiero documentar la pared como corresponde y comparar los grabados con calma.

Nayra miró la puerta cerrada del pasillo. Al otro lado no llegaba ningún ruido.

—Hay que contárselo a Correa.

—Sí.

Nayra levantó la cabeza, sorprendida.

—¿Se lo vas a decir?

—Que hay grabados, sí. Eso no tengo ningún motivo para ocultárselo. Otra cosa es decir qué significan cuando todavía no lo sé.

—¿Y el diferente?

—También está ahí. Pero antes de sacar conclusiones necesito estudiarlo.

Nayra apartó el vaso unos centímetros.

—¿Crees que puede tener relación con Álvaro?

—No lo sé. Mi padre había subido más de una vez a esa zona sin contarme qué hacía allí. Tu hermano estuvo dentro de esa cueva la noche que desapareció. Por eso quiero saber qué hay en esa pared, pero no voy a convertir una coincidencia en una explicación.

Nayra bajó la vista hacia el teléfono.

—Yo no entiendo de piedras. Me da igual lo que haya en esa pared. Lo que no quiero es que llegue el día en que sepamos qué le pasó a Álvaro y resulte que estaba ahí, y que nosotras lo teníamos delante y no lo miramos.

—Lo sé.

Nayra tardó todavía unos segundos.

—Si descubres qué es, me lo cuentas.

—Antes que a nadie.

Nayra asintió una sola vez, sin apartar la mirada de la mesa, y después se levantó a recoger los vasos.

Al día siguiente, Correa tenía el mapa abierto sobre la mesa, con menos marcas nuevas que el día anterior.

—Anoche terminamos con la repisa alta —dijo, sin que nadie preguntara—. Los perros han vuelto a bajar sin marcar nada. Hoy seguimos, pero mañana tengo que devolver gente.

Nayra se quedó de pie junto al mostrador, con las manos en los bolsillos.

—Sargento, tengo que volver unos días a Gran Canaria —dijo Irene.

Correa levantó la vista.

—¿Ahora?

—Tengo trabajo pendiente. Vine en cuanto usted me llamó, con una bolsa de mano porque pensé que estaría aquí uno o dos días. Llevo aquí casi una semana y tengo cosas que no pueden esperar mucho más.

Era verdad. Tenía dos informes sin entregar y un correo del jueves que no había abierto.

Correa dejó el lápiz sobre el mapa.

—¿Y sacó algo de todas esas fotografías?

—Sí. Hay grabados en la pared del fondo.

Correa levantó la vista.

—¿Está segura?

—De que son grabados, sí. De su antigüedad y de quién los hizo, no. Para eso necesito estudiarlos correctamente.

—¿Y tienen algo que ver con su padre o con la desaparición?

—No puedo decir eso. Solo sé que mi padre pasó por esa zona varias veces y que los grabados están allí.

Correa la observó unos segundos.

—Informaré para que quede constancia. Mientras siga el dispositivo, nadie entra allí sin autorización.

—De acuerdo.

Correa volvió al mapa.

—Su padre sigue desaparecido.

—Lo sé.

—No se lo digo por reprocharle nada. —Alisó una esquina del papel con el canto de la mano—. Se lo digo porque si mañana aparece algo, la voy a necesitar aquí y no quiero estar buscándola.

—Estaré localizable a cualquier hora. Y vuelvo.

—¿Cuándo?

—En unos días.

Correa la miró un segundo más de la cuenta y no preguntó nada más.

—Deje un número donde la localice siempre. Y coja el teléfono cuando sea yo.

Durante toda la conversación, Nayra no había dicho una sola palabra.

Fuera, el sol caía sobre la plaza. Un camión de reparto maniobraba delante de la farmacia y alguien le indicaba con la mano desde la acera.

Caminaron hasta la esquina sin hablar.

—Se lo has dicho —dijo Nayra.

—Lo que puedo asegurar.

—Pero no le has hablado del grabado diferente.

—Le he dicho que hay grabados. Lo demás tengo que estudiarlo antes de convertirlo en una conclusión.

Nayra miró hacia la carretera que subía hacia el fondo del valle.

—Yo quiero volver a entrar —dijo—. No por la pared. Es el último sitio donde se sabe que estuvo mi hermano y estuve dentro dos veces sin mirar nada.

—Ya lo sé.

—Pero no vuelves solo por el trabajo.

Irene guardó el teléfono.

—No.

—¿Qué vas a buscar?

—Todo lo que necesito para que la próxima vez esa pared no pueda ocultarnos nada.

Nayra asintió despacio y echó a andar hacia el portal.

—Date prisa.