El misterio del barranco de Badajoz (Los ocho enigmas 1) LAS FOTOGRAFÍAS
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LAS FOTOGRAFÍAS

Subieron con la primera luz.

La segunda vez el camino se hizo más corto.

Sin Manuel marcando el paso, los cuatro tardaron poco más de una hora, y esta vez Irene sí levantó la vista en los tramos difíciles: las paredes se cerraban en dos puntos hasta dejar un paso de hombro, y por encima el barranco seguía subiendo en repisas que nadie estaba pisando aquella mañana.

Las voces del operativo llegaban desde muy lejos, deformadas por la roca.

Ya dentro, la cueva estaba fría.

Olía a ceniza. La luz de la entrada llegaba cuatro o cinco metros y después se acababa de golpe. Cuando Irene encendió la linterna, el polvo apareció suspendido en el haz, quieto otra vez después de la inspección del día anterior.

Guerra se quedó junto a la entrada. Domínguez, dos pasos dentro.

—Dos horas —dijo Guerra—. Empiezan ahora.

Irene trabajó deprisa y con método. Avanzó desde la entrada fotografiando cada pared con tomas solapadas, mientras Nayra iluminaba la roca de lado.

La luz rasante reveló surcos casi invisibles, que Irene fotografió desde distintos ángulos antes de anotar algunas medidas y documentar también el techo, el suelo y los rincones.

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—Ahí no hay nada —dijo Nayra.

—Todavía no lo sé.

Nayra la dejó trabajar y se sentó junto al colchón de Manuel. Álvaro había subido hasta allí durante semanas sin contarle nada. Aquella cueva guardaba una parte de su hermano que ella nunca había conocido.

—Queda media hora —avisó Guerra.

Irene volvió a la pared del fondo.

Hizo una nueva serie, con encuadres amplios, mientras Nayra sostenía la luz desde la izquierda, casi pegada a la roca.

Irene fue siguiendo los grabados con la mirada hasta llegar al que recordaba de la primera visita.

Allí estaba.

Se acercó para verlo mejor.

Al cambiar de posición, pisó mal sobre una piedra suelta y perdió el equilibrio. Fue apenas un movimiento, pero tuvo que apoyar la mano contra la pared para no caer.

La palma quedó justo sobre el grabado.

Para Nayra no duró más de un instante.

Irene apoyó la mano y la retiró enseguida.

Pero para Irene fue distinto.

La piedra estaba caliente.

No templada. Caliente.

Y entonces sintió algo que no supo explicar.

Una calma profunda se extendió por todo su cuerpo. Durante un instante desaparecieron Klaus, la búsqueda, el cansancio, el miedo. Todo quedó lejos.

Estaba en paz.

Y al mismo tiempo sintió frío.

Un frío extraño que le nació por dentro y le recorrió el cuerpo mientras la palma seguía sintiendo el calor de la piedra.

Las dos sensaciones eran imposibles juntas.

Calor en la mano.

Frío por dentro.

Y aquella paz.

Irene tuvo la impresión de que llevaba mucho tiempo así.

En realidad, apenas había pasado un segundo .

Retiró la mano de golpe.

—¿Estás bien? ¿Te has hecho daño? —preguntó Nayra.

Irene miró su mano.

—Sí, estoy bien.

Volvió la vista hacia el grabado.

Todavía sentía aquel frío extraño dentro del cuerpo.

Y el recuerdo del calor de la piedra seguía en la palma.

—Se acabó —dijo Guerra.

Irene bajó el teléfono.

—Ya está.

Salieron a las once y veinte. Detrás de ellas, el rectángulo de luz se cerró y la cueva volvió a quedarse a oscuras.

El descenso les llevó casi el mismo tiempo. Cuando llegaron al pueblo, Guerra y Domínguez regresaron al puesto e Irene se quedó mirando la cafetería de la plaza.

—No hemos comido nada —dijo.

—Yo tampoco.

Entraron y pidieron algo de comer. Durante los primeros minutos no hablaron. Irene tenía el teléfono sobre la mesa, pero no abrió las fotografías.

—¿Has sacado algo en claro? —preguntó Nayra.

—Todavía no. Hay grabados que necesito estudiar con calma. Con las fotografías podré verlos mejor.

—Dentro parecías saber lo que hacías.

—Una cosa es saber cómo documentarlos y otra entender qué significan.

Nayra removió la comida en el plato sin probarla.

—La segunda vez ha sido peor.

—¿Por qué?

—La primera vez estaba pendiente de mi padre. Hoy he tenido tiempo para imaginar a Álvaro allí dentro.

Irene bajó la vista hacia el teléfono. Ella había hecho lo mismo con Klaus durante todo el camino de regreso.

—Seguimos sin saber hacia dónde fueron —dijo Nayra.

—No. Pero ahora tenemos algo que ayer no teníamos.

—¿Qué ?

Irene miró el teléfono, apagado sobre la mesa.

—Tiempo para mirar.

Terminaron de comer y se despidieron en la plaza. Nayra volvió con Manuel. Irene regresó a su habitación, se duchó y durmió un par de horas.

Empezó a revisarlas a las siete de la tarde, sentada en el suelo de la habitación.

De las doscientas cuatro fotografías, descartó las movidas, las quemadas por la linterna y las mal enfocadas. Después ordenó las restantes por paredes y comparó las distintas iluminaciones.

Buscaba especialmente una zona.

La del fondo.

La figura que había visto durante su primera visita seguía dándole vueltas en la cabeza.

Irene avanzó fotografía a fotografía hasta encontrarla.

Se detuvo.

Allí estaba.

En el extremo derecho, justo donde la cavidad se estrechaba, la luz lateral de Nayra había conseguido mostrarla mucho mejor que a simple vista.

Irene amplió la fotografía.

Volvió a sentir lo mismo.

Aquella forma le resultaba familiar.

No sabía de dónde.

Intentó recordar otra vez dónde podía haberla visto: un yacimiento, un artículo, una fotografía, algún trabajo de años atrás.

Nada.

Amplió un poco más.

Las líneas se hicieron más grandes en la pantalla.

Y aquella sensación no desapareció.

Era absurdo. Irene había visto miles de grabados, fotografías y dibujos a lo largo de su carrera. La memoria podía jugar malas pasadas .

Tenía que existir una explicación.

Amplió hasta que la imagen empezó a deshacerse en píxeles.

La fotografía no daba más.

Irene dejó el teléfono sobre la cama.

Miró la palma de su mano.

Desde que había bajado de la cueva había intentado convencerse de que el calor de la piedra tenía una explicación. El sol, la temperatura de la roca, incluso su propia mano.

Pero ninguna terminaba de convencerla.

Lo que menos entendía era el frío.

Y aquella calma.

Cerró la mano y volvió a coger el teléfono.

Necesitaba regresar a la cueva y estudiar aquella pared como debía.

Pero para hacerlo tendría que traer su equipo de investigación.

Y todo seguía en el armario de su casa, en Las Palmas.