LA PARED DEL FONDO
Llegaron a los coches poco después de la una.
Manuel hizo los últimos cien metros agarrado al brazo de Domínguez y se dejó caer en el asiento trasero antes de que terminaran de abrirle la puerta. Tenía la camisa pegada a la espalda y las manos manchadas de tierra hasta las muñecas.
Guerra cerró la puerta y miró a Nayra por encima del techo del coche.
—Yo no lo llevaría directo a casa.
En el centro de salud lo tuvieron media hora tumbado, con una vía y una botella de suero colgada de un gancho.
Le tomaron la tensión dos veces. Después lo mantuvieron en observación mientras comprobaban que el mareo y la tensión se estabilizaban.
Una médica leyó el informe de urgencias del día anterior, hizo tres preguntas y no se sorprendió con ninguna respuesta.
—Esfuerzo y calor —dijo la médica—. Hoy no ha pasado nada nuevo, pero no puede volver a hacer una subida así.
—Solo tendría que llegar hasta la entrada —dijo Manuel.
—No. Ni mañana ni dentro de una semana. —La médica se volvió hacia Nayra—. Con su enfermedad, lo mejor para su padre es llevar una vida tranquila y evitar cualquier esfuerzo.
Manuel bajó la mirada hacia la vía.
—Ya les enseñé dónde está —dijo.
Nayra comprendió que aquella era su manera de aceptar que no volvería. Manuel había cumplido la única misión que todavía podía cumplir: conducirlos hasta la cueva. A partir de ese momento, tendría que quedarse abajo y esperar como los demás .
Salieron a las cuatro. Güímar seguía funcionando como si el barranco no existiera: los comercios abiertos, dos niños con la mochila a rastras, una furgoneta de reparto en doble fila.
Desde la plaza no se veía nada de lo de arriba.
Solo, de vez en cuando, un coche verde y blanco subiendo despacio por la carretera del fondo.
Iván se despidió de ellos a la salida del centro de salud.
—Esta tarde pasaré a ver cómo sigue Manuel —le dijo a Nayra antes de marcharse.
Irene los acompañó hasta el portal. Nayra abrió la puerta y ayudó a Manuel a entrar.
—¿Quieres pasar? —le preguntó—. Podemos tomar algo y descansar un poco.
Irene dudó. Llevaba toda la tarde pensando en volver a su habitación, ducharse y tumbarse, pero ahora que estaba allí no le apetecía quedarse sola.
—Un rato.
Manuel se sentó en el sofá. Nayra le llevó un vaso de agua y esperó a que bebiera.
—Deberías acostarte.
—Estoy bien aquí.
—La médica acaba de decirte que descanses.
Manuel no protestó. Se levantó despacio y caminó hacia la habitación. Antes de cerrar la puerta, miró a Irene y a Nayra.
—Los encontrarán.
No esperó respuesta. Cerró la puerta y las dejó solas.
Nayra fue a la cocina y regresó con dos vasos y una botella de agua fría. Se sentó frente a Irene y durante unos segundos ninguna dijo nada.
—¿Qué te ha parecido? —preguntó Nayra.
Irene entendió que no se refería al camino.
—No lo sé. Esperaba que al entrar encontráramos algo que lo explicara todo.
—Yo también.
—Pero solo hemos encontrado el lugar donde estuvieron.
Nayra bajó la mirada hacia el vaso.
—Sabemos que Álvaro llegó hasta allí, que discutió con mi padre y que después se marchó. Su coche seguía en el apartadero a la mañana siguiente.
—Y que el mío pasó por la cueva antes de desaparecer.
—Eso es todo.
Irene pensó en el interior de la cueva, en el colchón junto a la pared y en la pequeña entrada desapareciendo detrás de ellos durante el descenso.
—No —dijo—. Puede que no sea todo.
Nayra levantó la cabeza.
—¿Viste algo?
—Grabados. En la pared del fondo.
—¿Grabados?
—Sí. Hay bastantes. No pude examinarlos como debería, pero están hechos en la piedra y algunos parecen muy antiguos.
Nayra la observó.
—¿Y eso qué significa?
—Todavía no lo sé.
Irene hizo una pausa.
—Pero había uno diferente.
—¿Diferente cómo?
Irene tardó en responder.
—No sabría explicártelo. No se parecía a los demás.
Nayra esperó.
Irene bajó la mirada hacia el vaso.
Estuvo a punto de contarle la extraña sensación que había tenido al verlo. Aquella impresión absurda de conocer una figura que no recordaba haber visto nunca.
No lo hizo.
—Necesito verlo otra vez —dijo.
—¿Crees que puede tener relación con tu padre?
—No tengo ninguna conclusión. Pero mi padre pasó por allí más de una vez. Quiero volver y examinar esa pared con calma.
Nayra tardó unos segundos en responder.
—Yo también quiero volver.
Irene la miró.
—La primera vez apenas pude pensar — continuó Nayra—. Estaba pendiente de mi padre y esperando que alguien apareciera por la entrada diciendo que habían encontrado a Álvaro. Siento que subí hasta allí y no vi nada.
Permanecieron un momento en silencio.
—Tendremos que pedírselo a Correa —dijo Irene.
—Se lo pediremos las dos.
Correa regresó al puesto pasadas las siete, con el pantalón blanco de polvo hasta la rodilla. Durante casi una hora recibió a los grupos, revisó los informes de cada zona y fue marcando en el mapa los lugares que habían quedado inspeccionados. No había nada nuevo.
A las ocho y cuarto llamó a Nayra.
—Hemos terminado por hoy. No ha habido suerte. Venga mañana a primera hora al puesto y le explicaré cómo ha ido el día.
Después llamó a Irene y le dijo lo mismo.
A la mañana siguiente, cuando llegaron, Correa tenía el mapa abierto sobre la mesa y la radio a un lado.
—Nada —dijo, antes de que ninguna preguntara—.
Hemos peinado la repisa hacia el este y el cauce alto.
El GREIM ha descendido con cuerdas por dos cortados donde podría haber caído alguien y los perros han recorrido el fondo del barranco.
No han encontrado nada. Hoy seguimos más arriba con doce efectivos, pero no puedo mantener ese despliegue indefinidamente.
Nayra asintió. Ya había aprendido a oír aquello sin que se le notara.
—Sargento —dijo Irene—, quería pedirle una cosa.
Correa dejó la radio sobre el mostrador.
—Dígame.
—Quiero volver a entrar en la cueva.
—¿Para qué?
—Soy arqueóloga. Trabajo en arte rupestre y en poblamiento indígena de Canarias. Es a lo que me dedico. —Lo dijo sin énfasis, como quien da un dato de un formulario—. Ayer vi varios grabados en la pared del fondo. No tuve tiempo de examinarlos como debería.
—¿Y qué espera sacar de ahí?
—No lo sé. Puede que nada.
Correa esperó.
—Mi padre pasó por allí muchas veces —siguió Irene—.
Se sentaba fuera y nunca me contó qué hacía allí.
Si en esa pared hay algo que a él pudiera interesarle, quizá me ayude a entender qué estaba haciendo en ese barranco y hacia dónde iba aquella noche.
Es lo único que puedo mirar yo. Lo demás lo están mirando ustedes.
—¿Me está diciendo que esas marcas tienen que ver con la desaparición?
—No. No estoy diciendo eso. —Irene sostuvo la mirada—. Estoy diciendo que no sé por qué mi padre volvía a esa zona.
Correa se quedó callado unos segundos.
—¿Y usted? —dijo, volviéndose hacia Nayra.
—Quiero subir con ella.
—Ayer subió.
—Ayer estuve pendiente de mi padre. —Nayra no bajó la voz—. Es el último sitio donde se sabe que estuvo Álvaro. Estuve dentro veinte minutos y no me acuerdo de la mitad.
Correa cogió la radio y volvió a dejarla, más por hacer algo con las manos que por otra cosa.
—Policía Judicial terminó anoche la inspección de la cueva. No apareció nada que obligue a mantenerla cerrada, pero la zona sigue restringida. Podrán subir mañana.
—Entendido.
—Y si suben, suben con condiciones. Dos horas dentro. Ni una más. —Levantó un dedo—. Van con Guerra y con Domínguez y no se separan de ellos. No limpian, no mojan, no calcan, no mueven nada. Ni una piedra.
—De acuerdo.
—Si ven algo que pueda tener que ver con su padre, con su hermano o con lo que pasó allí, no se acercan, no lo tocan y me avisan por radio.
—Sí.
—Lleven desde abajo todo lo que necesiten, porque nadie va a bajar a buscarles nada. La autorización es para una sola visita.
Irene tardó un segundo.
—¿Puedo hacer fotografías?
—Las fotografías no tocan nada —dijo Correa—. Haga las que quiera.
Cuando salieron del puesto, los comercios acababan de abrir.
Irene compró una libreta de cuadros y dos lápices en una papelería de la calle principal. En una ferretería, una cinta métrica amarilla de tres metros, de las de carpintero, la única que tenían. Guerra le sacó del puesto una linterna de mano con la condición de que se la devolviera al bajar.
No tenía nada más. El equipo que necesitaba estaba en su casa, en Las Palmas. Había cogido un avión con una bolsa de mano y tres mudas porque su padre no contestaba al teléfono.
El resto del día transcurrió sin noticias de Correa.
Aquella noche puso el móvil a cargar y se sentó en la cama a hacer sitio en la memoria.
Borró cuatrocientas fotografías de una campaña de sondeos del año anterior.
Estaban descargadas y respaldadas en el ordenador de su casa desde noviembre; aun así comprobó dos veces la fecha antes de darle a borrar.
Cuando terminó, el teléfono tenía espacio para varios centenares de fotografías.
Solo dispondría de dos horas para hacerlas.