LA ENTRADA
A las seis y cuarto todavía era de noche.
En el patio del puesto había dos todoterrenos con los motores en marcha y ocho agentes cargando material a la luz de los faros: cuerda, cascos, botiquines, garrafas de agua, dos mochilas de rescate.
Otros equipos aguardaban en un segundo punto de acceso.
En total, cerca de veinte personas participarían en el rastreo.
Correa iba de un lado a otro con una lista en la mano y no levantó la vista cuando llegaron.
Nayra ayudó a su padre a bajar del coche. Manuel se había puesto unas botas de montaña de su número que Iván le había conseguido la noche anterior. Llevaba la misma chaqueta manchada de tierra.
—Ustedes dos y su amigo, conmigo —dijo Correa cuando los vio—. Y no hace falta que se lo repita.
—No —dijo Nayra.
—Bien.
Irene apareció un minuto después con una mochila pequeña y el pelo recogido. Iván ya estaba allí desde antes que ellos.
Subieron por la carretera del barranco con las ventanillas abiertas. El cielo empezaba a levantarse por el este, todavía sin color, y el aire olía a tierra fría. Nadie habló durante el trayecto salvo la radio, que soltaba frases cortas y respuestas más cortas todavía.
Los coches se detuvieron en un ensanche del camino de tierra, más arriba del apartadero donde habían encontrado el coche de Álvaro. Nayra reconoció el sitio y apartó la vista .
—A partir de aquí, a pie —dijo Correa—. Señor Manuel, usted delante conmigo. Marque el ritmo que pueda.
Manuel miró hacia la ladera. Aún estaba en penumbra.
—Hay que subir por encima del cauce. Luego se cruza y se sigue por el otro lado.
—Pues vamos.
El primer tramo era ancho y no tenía dificultad. Iban en fila, con las linternas todavía encendidas, y durante veinte minutos el único ruido fue el de las botas sobre las piedras sueltas y la respiración de los que llevaban peso.
Después el barranco se cerró.
El sendero dejó de ser sendero y pasó a ser una idea: una línea más clara entre los tabaibales, un paso entre dos paredes por el que había que entrar de lado, una pendiente de picón suelto en la que cada paso se llevaba un poco de terreno hacia abajo.
Los agentes subían sin quejarse. Iván, que se conocía el barranco desde niño, empezó a mirar alrededor con una expresión distinta.
—Yo por aquí no he subido nunca —dijo, a media voz, sin dirigirse a nadie en particular.
Nadie le contestó.
Manuel se paró por primera vez a los treinta minutos. Se sujetó a una roca con la mano abierta, respiró un rato con la cabeza baja y aceptó la botella que le tendió Nayra sin decir nada. Bebió tres tragos y se la devolvió.
—Cinco minutos —dijo Correa a los suyos. El médico había pedido que Manuel avanzara despacio y descansara con frecuencia. Correa no pensaba concederle menos.
Se sentaron donde pudieron. El sol había salido ya, aunque allí abajo aún no llegaba: la luz iba bajando por la pared de enfrente, muy despacio, como si alguien la fuera derramando desde arriba. Irene se quedó de pie, mirando hacia el fondo del barranco.
—¿Estás bien? —le preguntó Nayra.
—Sí.
No lo estaba. Nayra no insistió.
Reanudaron la marcha. A partir de ahí, Correa detuvo al grupo cada treinta minutos.
Manuel bebía, recuperaba el aliento y se levantaba antes de que nadie se lo pidiera.
En dos pasos especialmente difíciles aceptó el brazo de un agente.
Avanzaba con la cautela de quien llevaba semanas aprendiendo a medir cada apoyo.
—Antes lo subía en una hora y media —dijo, cuando volvió a levantarse—. Cuando llegué a la isla.
—No hay prisa —dijo Correa.
Había prisa, y todos lo sabían, pero nadie lo dijo.
Tardaron casi tres horas.
En la última parte, el barranco volvió a abrirse un poco y apareció una repisa larga, cubierta de vinagreras y de matorral seco, a media altura de la pared derecha. Manuel se detuvo, miró hacia arriba, después hacia abajo, y avanzó unos metros más antes de volver sobre sus pasos.
—Es aquí.
Nayra no vio nada.
Delante de ellos había una pared de roca oscura, un tramo de matorral crecido y, encima, más pared. Ni un hueco, ni una sombra distinta, nada que separara aquel punto de los cien metros anteriores.
Manuel se acercó al matorral, apartó dos ramas con el antebrazo y las sostuvo.
Detrás había una abertura de poco más de un metro de alto, medio tapada por la vegetación y por una piedra plana que alguien había arrimado hacía mucho tiempo. Desde tres pasos más allá era invisible. Desde el sendero, si aquello podía llamarse sendero, no existía.
Ver imagen · TF-02
—Yo pasé dos veces por delante —dijo Manuel.
Correa se agachó y la miró de cerca sin tocar nada.
—Perfecto. Ahora escúchenme los cuatro. —Se enderezó y señaló un punto a diez metros, donde la repisa se ensanchaba—. Ustedes se quedan ahí. Sentados. Guerra se queda con ustedes. No se acercan a la entrada hasta que yo lo diga.
—Es donde vive mi padre —dijo Nayra.
—Y es el lugar en el que estuvo su hermano la noche que desapareció. Primero entramos nosotros. —No lo dijo con dureza. Lo dijo como quien enumera—. Después pasan ustedes.
Nayra asintió.
Correa entró el primero, agachado, con la linterna por delante. Detrás fueron dos agentes con una bolsa de material. Un tercero se quedó junto a la boca de la cueva, de rodillas, fotografiando la entrada y el suelo de alrededor.
Los cuatro se sentaron en las piedras. El agente Guerra se quedó de pie a un lado, con las manos en los bolsillos del pantalón, mirando hacia el barranco.
Fue una espera larga.
Desde fuera se oía poco: pasos, alguna voz que no llegaba entera, el chasquido de un objeto al ser dejado en el suelo. De vez en cuando salía un agente, decía algo por radio y volvía a entrar. Dentro sonaba, cada pocos minutos, el disparo seco de una cámara.
Nayra se levantó.
—Siéntese —dijo Guerra, sin moverse.
Se sentó.
Manuel estaba encorvado, con los codos en las rodillas. Le temblaban las manos más que por la mañana. Nayra le pasó la botella y él la sujetó con las dos.
—¿Cuánto queda? —preguntó Iván.
—Lo que haga falta —dijo Guerra.
Irene no había dicho nada en un buen rato. No apartaba la vista de la entrada. Nayra tampoco.
Al cabo de casi una hora, Correa salió y se sacudió las rodillas.
—Pueden pasar. De uno en uno y sin tocar nada. Si ven algo, me lo dicen y lo dejan donde está.
La entrada obligaba a agacharse tres o cuatro pasos. Después el techo subía de golpe .
Nayra se enderezó y tardó unos segundos en comprender el tamaño del lugar. La cueva era mucho mayor de lo que prometía la entrada: unos doce metros de fondo, seca, con olor a piedra y humo viejo.
A un lado estaba la vida de su padre: un colchón fino con dos mantas y un saco de dormir, una lona azul, una silla de plástico sin un brazo y una caja de fruta usada como mesa, con una vela y un mechero.
Junto al hornillo había una garrafa de agua casi vacía, una bolsa de basura, un cuaderno, una linterna y algo de ropa.
Nayra reconoció una radio de su casa, un jersey gris de Álvaro y un blíster de pastillas vacío.
A los pies del colchón había varias fiambreras con la tapa azul.
Eran las suyas.
Estaban limpias y apiladas boca abajo.
Nayra se agachó, pero no las tocó.
Detrás de ella, Iván se había parado en mitad de la cámara y giraba despacio, mirando el techo, el colchón, las pocas cosas que había allí.
—Álvaro subía aquí —dijo.
No era una pregunta.
—Cada dos o tres días —contestó Manuel desde la entrada.
Iván se pasó la mano por la boca. Se quedó allí de pie, sin decir nada más, hasta que uno de los agentes le pidió que se apartara.
Fuera se oyó la voz de Correa organizando a los suyos.
Durante la espera habían ido llegando los demás equipos por la ruta ya señalada.
Iban a abrirse en tres grupos: uno seguiría la repisa hacia el este, otro intentaría subir al cauce alto y el tercero bajaría a revisar la zona inferior, por si alguien o algo hubiera caído por la ladera.
—Nosotros nos quedamos aquí —dijo Nayra a su padre—. Siéntate.
Manuel había entrado apoyándose en la pared. Dio dos pasos hacia el colchón, se detuvo y cerró los ojos .
—Espera.
Nayra lo cogió del brazo. Manuel se dejó bajar hasta quedar sentado sobre el colchón, con la espalda contra la roca, y se quedó así, respirando por la boca, con la cara del color del papel.
—¿Le doy agua? —preguntó Irene.
—Sí.
Bebió. Tardó un par de minutos en levantar la cabeza.
—Se me pasará —dijo—. Es de subir.
—Ya lo sé.
Guerra se asomó, lo miró y cogió la radio.
—Mi sargento, el señor Rodríguez ha tenido un mareo. Está consciente, pero sigue débil.
La respuesta de Correa llegó entrecortada.
—Que no se mueva. Voy para allá.
Nayra se sentó al lado de su padre. Ninguno de los dos habló.
Irene permaneció de pie mientras Nayra atendía a Manuel.
Miró alrededor.
Hasta entonces apenas había prestado atención a la cueva. Había entrado pensando en Klaus, en Álvaro, en Manuel. Pero ahora, detenida allí dentro, empezó a fijarse en las paredes.
Era inevitable.
Sacó el móvil, encendió la linterna y recorrió lentamente la roca con el haz de luz.
Primero la pared más cercana. Después la del fondo.
Se detuvo.
Había marcas.
Irene acercó un poco más la luz.
Se quedó quieta.
Aquellas marcas no eran arañazos.
Eran líneas hechas en la piedra.
Había muchas. Unas estaban juntas, otras separadas. Algunas eran rectas; otras se cruzaban o formaban figuras. Se notaba que llevaban allí muchísimo tiempo.
Irene pasó la luz lentamente de un lado a otro.
Y entonces entendió lo que estaba viendo.
Eran grabados .
Durante unos segundos se olvidó de todo lo demás.
Acercó la cara a la pared, sin tocarla, y volvió a iluminarla.
—No puede ser... —murmuró.
Siguió mirando.
Había más.
Muchos más de los que había visto al principio.
Irene siguió la pared con la luz del móvil, despacio, intentando ver hasta dónde llegaban.
Entonces se detuvo.
Entre todas aquellas marcas había una diferente.
Volvió atrás con la luz.
Sí.
Estaba allí, rodeada de los demás grabados, pero no se parecía a ninguno.
Irene se acercó un poco más.
La observó en silencio.
Había algo en aquella forma que le llamó la atención de inmediato. No sabía explicar qué. Simplemente, cuanto más la miraba, más extraña le resultaba.
Y, al mismo tiempo, más conocida.
Irene frunció el ceño.
Acercó un poco la luz.
Aquello no tenía sentido.
Intentó recordar dónde podía haber visto algo parecido. En un libro, en una fotografía, durante alguna investigación. Había pasado años estudiando grabados y era posible que aquella forma le recordara a otra sin darse cuenta.
Pero no conseguía encontrarla.
Y la sensación seguía allí.
No era exactamente que se pareciera a algo.
Era peor.
Por algún motivo que no entendía, Irene tenía la sensación de haber visto aquella figura antes.
—¿Todo bien? —preguntó Nayra.
Irene apartó la mirada de la pared.
—Sí.
Guardó el teléfono en el bolsillo.
Pero antes de alejarse volvió a mirar.
La figura seguía allí, apenas visible entre los demás grabados.
No sabía qué era.
Y tampoco entendía por qué tenía la sensación de haberla visto antes.
Correa apareció unos minutos después.
Se agachó delante de Manuel.
—¿Cómo se encuentra?
—Mejor.
Correa lo observó un momento más y se incorporó.
—En cuanto pueda caminar, bajan.
—¿Y la búsqueda? —preguntó Nayra.
—Continúa.
Manuel permaneció sentado un rato más. Bebió agua y poco a poco recuperó algo de color.
Cuando intentó levantarse, Nayra lo ayudó.
Correa negó con la cabeza.
—Despacio. Guerra y Domínguez bajan con ustedes.
—Puedo quedarme —dijo Irene.
—No. Ustedes cuatro bajan. Ya sabemos dónde está la cueva y nosotros sabemos lo que tenemos que buscar.
Nayra miró hacia el interior una última vez.
—¿Me llamará si encuentran algo?
—A la hora que sea.
Empezaron el descenso poco después.
Fue peor que la subida. Las piedras rodaban, las piernas fallaban en los tramos de picón y Manuel tuvo que ir agarrado al brazo de Domínguez durante buena parte del camino. Bajaban despacio, en silencio.
En la primera curva ancha, Nayra se volvió.
La boca de la cueva ya no se veía. Ni siquiera sabiendo dónde estaba. A lo lejos distinguió a algunos agentes repartidos por la ladera .
La búsqueda continuaba sin ellos.
Había pasado siete días imaginando ese sitio. Ahora lo había visto: el colchón, las fiambreras de su cocina limpias y apiladas boca abajo. Sabía dónde había estado su hermano aquella noche, aproximadamente cuándo había llegado y con quién había discutido.
Y seguía sin saber qué había ocurrido después.
Delante de ella, el barranco bajaba en escalones hacia el pueblo. Detrás, subía durante kilómetros, abriéndose en canales, repisas y laderas que nadie había pisado en años.
Habían llegado más lejos que en toda la semana y, sin embargo, mirando hacia arriba, lo único que se veía era todo lo que quedaba por buscar.