LA ÚLTIMA PERSONA
Irene ocupaba una mesa junto a la ventana. Frente a ella, con dos cafés servidos y la chaqueta colgada del respaldo, estaba Iván.
—Me lo encontré en la calle —explicó cuando los vio entrar—. Estaba dando vueltas por aquí y le dije que esperara conmigo.
Nayra retiró una silla para su padre y se sentó a su lado.
—Este es mi padre. Manuel.
Iván lo saludó con una inclinación de cabeza. Ya lo había reconocido aquella mañana en la calle, aunque le hubiera costado tres segundos.
Nayra les contó lo justo. Que su padre había vuelto a la isla, que llevaba semanas en el barranco y que Álvaro lo sabía desde el principio.
Iván dejó la taza a medio camino y la devolvió al plato sin beber.
—Por eso salía a esas horas.
—Le llevaba comida cada dos o tres días.
—Se lo pregunté una vez. —Iván hablaba mirando la mesa—. Le dije que si tenía un problema, que me lo contara. Me contestó que eran cosas suyas y cambió de tema. Yo pensé que era dinero.
Nayra reconoció el gesto. Era el mismo que llevaba haciendo ella desde la noche anterior: coger las últimas semanas y volver a colocarlas todas, una por una, ahora que sabía dónde iban.
El camarero llegó con los cafés. Fue Irene quien habló cuando se marchó.
—Mi padre desapareció esa misma noche.
Manuel la miró.
—Ya lo sé. Me lo contó el sargento esta mañana. Hasta hoy no lo sabía.
—¿Y usted lo conocía?
—Lo conocía.
Irene puso las dos manos alrededor de la taza y no llegó a levantarla.
—Empezó apareciendo por allí arriba —dijo Manuel—. La primera vez pensé que era un excursionista. Me saludó y siguió. A la semana siguiente volvió y se paró a hablar.
—¿Y después?
—Después subía más a menudo. Se sentaba fuera, en la piedra grande de la entrada, y hablábamos un rato. Un día trajo un termo y nos tomamos un café. —Manuel hizo una pausa—. No era hombre de preguntar mucho. Esperaba a que uno hablara.
—¿Le contó usted lo suyo?
—Sí. Con el tiempo, acabé contándoselo. Él escuchaba.
—Él me habló de usted —añadió Manuel.
—¿De mí?
—Me dijo que tenía una hija en Gran Canaria que sabía de esto mucho más que él.
Que había estudiado. Que era buena. —Repitió las palabras despacio, como si tuviera miedo de estropearlas—.
Veía que a usted le interesaba lo que él hacía, y eso le hacía feliz.
Decía que podía compartir con usted cosas que con su madre ya no compartía.
Irene apretó los labios. Iván miró hacia la ventana.
—Álvaro también conoció a su padre —dijo Manuel.
Irene lo miró.
—Al principio subíamos los tres. Klaus quería reconocer algunos senderos y Álvaro se conocía esas laderas desde crío. Pero hubo un par de veces en que yo me quedé atrás y ellos siguieron solos.
—¿Hasta dónde? —preguntó Irene.
—No lo sé. Álvaro nunca me lo dijo. Volvían al cabo de un rato .
Irene dejó la taza.
—¿Y de qué hablaban cuando regresaban?
—Del camino, de alguna piedra, de por dónde habían pasado. Nada que yo entendiera como importante. —Manuel se encogió de hombros—. Se llevaban bien. A Álvaro le hacía gracia el acento.
Nayra no respondió. Su hermano no solo había sabido que Manuel estaba allí. Había recorrido el barranco con Klaus sin contarle tampoco aquello.
Manuel permaneció unos segundos mirando el café.
—La última vez que vi a su padre fue la misma noche que vi a Álvaro.
Irene levantó los ojos.
—¿Esa noche estuvo con usted?
—Sí. Llegó antes que él. Estuvimos hablando un rato y me dijo que iba a internarse más en el barranco. A una zona a la que llevaba tiempo queriendo ir.
—¿Le dijo por qué?
—No con detalle. Hablaba de unas condiciones que tenían que coincidir. Según él, aquella noche podían darse. Creía que allí podía ocurrir algo relacionado con lo que llevaba tiempo investigando.
Irene dejó la cuchara sobre la mesa.
—¿Qué investigaba exactamente?
—Eso nunca me lo explicó. Yo tampoco entendía mucho de esas cosas. Sabía que investigaba sucesos que la gente no acertaba a explicar, pero conmigo nunca entró en detalles. Aquella noche, sin embargo, estaba convencido de que podía encontrar algo.
—¿Cómo estaba?
Manuel se lo pensó antes de contestar.
—Concentrado. Como quien lleva mucho tiempo esperando un día y por fin le ha llegado.
—¿Nervioso?
—Inquieto, quizá. Asustado no. Yo he visto gente asustada. Su padre no lo estaba.
—¿Qué llevaba?
—La mochila de siempre. La linterna grande, la del mango. Sacó la libreta un par de veces. También llevaba una cinta de medir.
—¿Le dijo qué zona era?
—No. Solo que iba más adentro. —Manuel hizo memoria—. Me dijo que si tenía razón, al día siguiente me lo explicaría con calma.
Irene permaneció inmóvil.
—¿Y después?
—Recogió sus cosas y se fue por el sendero de arriba. —Manuel la miró—. No volví a verlo.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Irene se quedó con la vista fija en la mesa. Nayra reconoció aquella quietud porque llevaba siete días entrando y saliendo de ella: el momento en que una información nueva no sirve para aliviar nada, solo para dibujar el hueco con más precisión.
—La gente cree que mi padre perseguía leyendas —dijo Irene en voz baja—. Y no. Comparaba versiones, buscaba coincidencias y esperaba. Si dijo que aquella era la noche, es porque creía haber encontrado algo importante.
—Entonces sabía lo que buscaba —dijo Iván.
—Sabía lo que buscaba y más o menos dónde. —Irene levantó la cara—. Lo que no sé es qué era.
Se quedaron callados. Fuera, un autobús paró y volvió a arrancar.
—Hay caminos por ahí arriba que no salen en ningún mapa —dijo Manuel—. Sendas viejas de cabreros, pasos entre las paredes que si no los conoces no los ves.
Iván ya estaba echando mano de la chaqueta.
—Pues subamos. Yo conozco toda la parte baja.
—Correa nos lo prohibió esta mañana —dijo Nayra—. Dos desaparecidos y una zona que nadie ha registrado. Si subimos hoy y nos pasa algo, mañana estarán buscando a cuatro.
Iván soltó la chaqueta sobre el respaldo.
—Mañana subimos con ellos —dijo Nayra—. Mi padre los llevará hasta la entrada.
Irene la miró.
—Yo también voy.
Nayra tardó un momento en contestar.
—Tendré que preguntárselo a Correa.
—Es mi padre el que desapareció ahí arriba.
—Lo sé. Se lo diré.
Iván se inclinó hacia la mesa.
—Pregúntale si puedo ir yo también.
—Iván...
—Conozco el barranco, Nayra. Y a Álvaro. Si encontramos cualquier cosa suya, puede que yo reconozca algo que ustedes no.
Nayra miró primero a Irene y después a él.
—Se lo preguntaré. Pero decide Correa.
Iván asintió.
—Con eso me vale.
Apuró el café, se levantó, dejó unas monedas sobre la mesa y cogió la chaqueta.
—Llámame en cuanto te diga algo. A la hora que sea.
—Antes de eso tengo que llevar a mi padre al médico —dijo Nayra.
Manuel volvió a protestar, pero Irene se levantó y cogió su bolso.
—Voy con ustedes —dijo Irene.
Nayra la miró, sorprendida.
—No hace falta.
—Ya lo sé.
No hubo que explicarlo. Nayra podía sentarse al lado de su padre, discutir con él, negarle una respuesta y decidir con calma si algún día sería capaz de perdonarlo. Irene ni siquiera sabía si le quedaba esa posibilidad.
En urgencias había poca gente y aun así esperaron casi una hora. Nayra fue a por agua dos veces. Irene se quedó sentada junto a Manuel, sin hablarle demasiado, y en algún momento le acercó el vaso sin que él lo pidiera.
Los llamaron pasada la una y media.
El médico era joven y tenía una manera de escuchar que no interrumpía. Manuel empezó quitándole importancia a todo: el cansancio de la edad, que dormía mal, que llevaba unas semanas comiendo cualquier cosa.
—¿Tiene usted diagnóstico?
Manuel sacó del bolsillo interior de la chaqueta un papel doblado muchas veces y lo dejó sobre la mesa.
—Creutzfeldt-Jakob.
El médico lo leyó sin cambiar de expresión.
—¿Seguimiento?
—Lo dejé antes de venir a la isla.
—¿Cuánto hace?
—Unos meses.
—¿Qué nota usted?
—Mareos. A veces me voy hacia un lado sin querer. Las manos me tiemblan cuando estoy cansado. —Manuel se detuvo—. Y no duermo. Estas últimas semanas ha ido a peor.
—Don Manuel, vamos a realizarle un examen neurológico para evaluar la situación real.
—Lo que haga falta.
Manuel mostró algunos pequeños fallos de equilibrio y coordinación, pero respondió a las preguntas con total firmeza.
Desde su silla, Nayra lo observaba manteniendo cierta distancia, analizando las cosas de forma práctica. Necesitaba estar segura de si su padre sería capaz de aguantar la caminata.
—¿Qué necesitan saber exactamente?
—Mañana tiene que subir a una zona del Barranco de Badajoz para enseñarle un sitio a la Guardia Civil —dijo Nayra—. Necesito saber si puede.
El médico tardó en responder.
—No está en condiciones de hacer una ruta exigente.
Si la Guardia Civil considera imprescindible que los guíe porque no existe otra forma de localizar la entrada, tendrá que ir muy despacio, hacer paradas frecuentes y permanecer acompañado en todo momento.
Si aumenta el mareo, pierde el equilibrio o aparece cualquier síntoma nuevo, se suspende la subida y lo bajan.
—Se volvió hacia Manuel—. Usted señala el lugar y regresa. Nada más.
—De acuerdo —dijo Manuel.
—¿Le importa esperar fuera un momento? Quiero hablar con su hija.
Manuel se levantó apoyándose en el respaldo. Irene salió con él y volvió a entrar sola al cabo de unos segundos. Se quedó de pie junto a la puerta, sin acercarse.
—Usted sabe lo que tiene su padre —dijo el médico.
—Sé el nombre.
—Entonces le voy a decir lo que significa. —Juntó las manos sobre la mesa—. Es una enfermedad neurológica degenerativa. Muy poco frecuente. No tiene cura y no hay nada que la detenga.
—Eso ya me lo ha dicho él.
—Lo que quizá no le ha dicho es a qué velocidad va. —El médico hizo una pausa breve—. En esta enfermedad los cambios no se miden en años. Se miden en meses, a veces en semanas. Lo que usted ve hoy no es lo que va a ver dentro de dos meses.
Nayra no dijo nada.
—Va a afectarle al equilibrio y a la coordinación, que ya lo está haciendo.
Después, o al mismo tiempo, a la memoria, al habla y a la orientación.
Habrá días mejores y días peores, y la línea general irá hacia abajo.
—Bajó un poco la voz—. La medicación que tomaba podía aliviar algunos síntomas y ayudarlo a dormir. Nada más. No frena la enfermedad.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Nayra, y se oyó a sí misma preguntarlo.
—No se lo puedo decir. Nadie puede darle una fecha. —El médico sostuvo su mirada—. Lo que sí le digo es que su padre necesita seguimiento en neurología esta misma semana, y que va a necesitar ayuda para cosas que hoy todavía hace solo. Cada vez más. Y no va a tardar mucho.
Nayra asintió porque era lo único que podía hacer con la cara.
Había sabido lo de la enfermedad la noche anterior.
La había colocado en algún sitio, junto al abandono y a los quince años, como un dato más de un hombre sobre el que aún no había decidido nada.
Ahora, en aquella consulta pequeña con olor a desinfectante, entendió que no le iban a dar tiempo para decidirlo despacio.
Que el hombre que le sujetaba el sillín de la bicicleta, y el que se marchó sin explicaciones, y el que esperaba al otro lado de la puerta apoyado en la pared, se iban a ir todos a la vez y no dentro de mucho.
Y que si Álvaro no aparecía, iba a perderlos a los dos casi seguidos.
—Se lo dejo escrito —dijo el médico—. Lo de neurología no es una recomendación.
—Gracias.
Irene seguía junto a la puerta. No dijo nada. Cuando Nayra pasó a su lado, le puso una mano en el brazo un segundo y la retiró enseguida.
En el pasillo, Manuel se detuvo para abrocharse la chaqueta y no pudo con el segundo botón. Lo intentó dos veces. Nayra le apartó las manos y se lo abrochó ella.
Salieron a la calle poco después de las tres. El sol pegaba de lleno y a Nayra le costó acostumbrarse a la luz.
El teléfono sonó cuando llegaban a la parada.
—Dígame, Correa.
—Nayra. Salimos mañana a las seis y media desde el puesto. Que su padre esté aquí a las seis y cuarto, descansado y con calzado en condiciones. —Correa hablaba deprisa, con ruido de fondo—. ¿Han ido al médico?
—Acabamos de salir. Puede llevarnos hasta la cueva y nada más. Tendrá que estar siempre acompañado .
—Con eso me vale. Irá en el centro del grupo y, si empeora, bajará acompañado por dos agentes. Nos enseña la entrada de la cueva y nada más.
Nayra miró a Irene antes de continuar.
—Correa, Irene quiere acompañarnos. E Iván también.
Hubo unos segundos de silencio al otro lado.
—¿Iván?
—Conoce bien la parte baja del barranco. Y era amigo de Álvaro.
Correa tardó un poco más en responder.
—Los dos a las seis y cuarto en el puesto. Pero vienen conmigo y hacen exactamente lo que yo diga. Si les digo que se queden, se quedan. Si les digo que bajen, bajan.
Nayra miró a Irene.
—De acuerdo.
—Dígales a Irene y a Iván que lleven calzado adecuado. Y que descansen. Mañana puede ser un día duro.
—Se lo diré.
Colgó.
—Nos deja ir —dijo Nayra.
Irene asintió. Iván no estaba allí para oírlo, pero Nayra ya estaba buscando su número.
Irene volvió andando a su alojamiento cuando ya era de noche.
Se sentó en el borde de la cama, como todas las noches desde que había llegado, y no encendió más luz que la de la mesilla. Sacó el teléfono, abrió los audios de su padre, pero no le dio a ninguno.
En vez de eso se puso a pensar en una cueva que no había visto.
Una entrada pequeña, tapada por la vegetación, invisible desde el sendero. Aquel hombre enfermo durmiendo en un colchón junto a la boca. Y su padre subiendo semana tras semana con un termo, sentándose en la piedra de fuera a hablar del tiempo con un desconocido .
Klaus no perdía las tardes. Nunca las había perdido.
Entonces le vino, entera, una frase de hacía años.
Se la había dicho en una cavidad del sur de Gran Canaria en la que ella, con veintitrés años y muchas ganas de tener razón, había asegurado que no había nada que ver.
Su padre le hizo agacharse y le señaló la abertura, tan estrecha que había que entrar de lado.
«Los sitios engañan con el tamaño, hija. Una puerta pequeña casi nunca guarda una habitación pequeña».
Irene apagó la luz.
Manuel le había hablado de su padre, de su acento y de los cafés en la piedra de la entrada. Pero Klaus había vuelto una y otra vez a aquel lugar sin contarle a su hija qué esperaba encontrar en el barranco.
Al amanecer, ella atravesaría aquella abertura.
Y quizá al otro lado encontrara la primera señal de lo que su padre llevaba tanto tiempo esperando.