El misterio del barranco de Badajoz (Los ocho enigmas 1) LA DECLARACIÓN
31%

LA DECLARACIÓN

Nayra se despertó antes de que sonara el despertador y se quedó un rato mirando el techo, escuchando la casa.

Había un ruido nuevo. Una respiración en el salón, al otro lado del pasillo.

Cuando salió, Manuel ya estaba sentado en el sofá, con la manta doblada a su lado y los zapatos puestos. No parecía haber dormido mucho.

—Buenos días —dijo él.

—Hay café.

No preguntó cómo había pasado la noche. Puso la cafetera, sacó dos tazas y dejó una delante de él sin mirarlo. Manuel la rodeó con las dos manos, más para calentárselas que para beber.

En la mesa seguía la silla en la que se había sentado la noche anterior. Nayra desayunó de pie, apoyada en la encimera, igual que llevaba haciendo seis días.

—¿A qué hora? —preguntó Manuel.

—Salimos ya.

Él asintió y se levantó apoyándose en el brazo del sofá. Tardó un segundo de más en enderezarse del todo. Nayra hizo el gesto de acercarse y se detuvo a mitad de camino.

—¿Puedes andar hasta allí?

—Puedo.

Cogió del respaldo de una silla la chaqueta manchada de tierra y se la puso. Nayra pensó en ofrecerle ropa de Álvaro y descartó la idea antes de terminar de formularla.

Salieron a la calle poco después de las ocho .

Bajaron sin hablar. Manuel caminaba despacio, midiendo el suelo, con la mano cerca de las fachadas. En un bordillo perdió el equilibrio y se sujetó a una farola. Nayra se paró dos pasos por delante, de espaldas, esperando sin volverse del todo.

—Estoy bien.

—Ya.

Siguieron. Güímar despertaba alrededor: persianas subiendo, un camión de reparto, dos mujeres hablando en un portal. Nayra se preguntó cuántos de ellos reconocerían a aquel hombre si lo miraran de frente. Ella misma había necesitado un segundo.

—Nayra.

Iván venía desde la otra acera con una bolsa de la panadería en la mano. Se detuvo a media calle.

Miró a Manuel. Después a Nayra. Después otra vez a Manuel, más despacio, como quien intenta encajar una pieza que no encaja.

—¿Manuel?

Manuel bajó un poco la cabeza.

—Iván.

Nayra vio el momento exacto en que su amigo lo entendió: no fue en los ojos, sino en los hombros, que se le quedaron a medio movimiento.

Iván no dijo nada durante un instante demasiado largo. Se pasó la bolsa de una mano a la otra.

—Pensaba que estaba... —No terminó la frase—. ¿Están bien?

—Vamos al puesto de la Guardia Civil —dijo Nayra.

—¿Ha pasado algo? ¿Han encontrado…?

—No. —Se adelantó a la pregunta antes de que la terminara, porque no quería oírla entera—. Mi padre tiene que declarar. Es sobre Álvaro.

—¿Sobre Álvaro?

—Después te lo cuento. Ahora no puedo .

Iván los miró a los dos. Nayra reconoció la pelea que estaba teniendo consigo mismo, las preguntas que se estaba tragando por respeto y no por falta de ganas.

—Está bien. —Levantó un poco la bolsa, como si le sirviera de excusa para irse—. Llámame cuando salgan.

—Lo haré.

Se cruzaron. Cuando llevaban unos metros, Nayra volvió la cabeza y vio que Iván seguía parado en la acera, mirándolos alejarse.

El puesto de la Guardia Civil estaba dos calles más abajo. Irene salía por la puerta cuando ellos llegaban.

Traía la cara de quien acaba de recibir la misma respuesta de siempre.

—Nada —dijo, antes de que Nayra preguntara—. Vine a ver si sabían algo de mi padre. Siguen igual.

Después reparó en el hombre que estaba detrás de ella. Lo miró un segundo más de lo educado y apartó la vista.

—Es mi padre —dijo Nayra—. Manuel.

Irene tardó en reaccionar. Nayra le había contado muchas cosas en aquellos dos días. Su padre no había sido una de ellas.

—Encantada.

Manuel le tendió la mano. La de él temblaba un poco y la de ella lo notó.

—Venimos a declarar —añadió Nayra—. Es largo.

Irene los miró a los dos y no preguntó nada más. Nayra se lo agradeció sin decirlo.

—¿Quedamos luego? —propuso Irene—. En la cafetería donde nos conocimos. Estaré allí.

—Sí. En cuanto salgamos.

Irene se apartó para dejarlos pasar y se quedó un momento en la puerta, mirando cómo entraban.

El sargento Correa los recibió en la misma sala pequeña en la que Nayra había reconocido el teléfono de su hermano. La mesa estaba vacía esta vez. Solo un cuaderno, un bolígrafo y una carpeta cerrada .

—Siéntense, por favor.

Manuel se sentó despacio. Correa esperó a que estuviera acomodado antes de abrir el cuaderno.

—Su hija me adelantó anoche parte de la situación —dijo—. Sé que regresó hace unas semanas y que Álvaro era la única persona que conocía su presencia en la isla. Ahora necesito que me cuente lo ocurrido con sus propias palabras y que quede constancia de todo.

Manuel asintió.

—Volví porque estoy enfermo de Creutzfeldt-Jakob. No tiene cura y va deprisa. Quería ver a mis hijos otra vez. Intentar arreglar algo antes de que fuera tarde.

Correa anotó el nombre de la enfermedad.

Después le pidió que explicara cuándo había regresado, dónde se había instalado y por qué había permanecido oculto.

Manuel respondió sin apartar las manos de la mesa.

Había llegado de la Península tres o cuatro semanas antes y se había refugiado en una cueva situada en una zona profunda del barranco, lejos de los senderos habituales.

La entrada era pequeña, estaba casi cubierta por la vegetación y daba paso a una cámara mucho más amplia. Nadie del pueblo podía verlo allí.

También explicó que había llamado a Álvaro nada más llegar.

Su hijo había subido a buscarlo durante la segunda semana y, al descubrir las condiciones en las que vivía, quiso sacarlo de la cueva y encontrarle una habitación.

Manuel se negó. No quería que Nayra ni nadie del pueblo supieran todavía que había regresado.

Álvaro terminó aceptando el secreto. Desde entonces subía cada dos o tres días con comida, ropa y medicinas para los mareos y para dormir.

Correa escuchó sin interrumpirlo. Solo levantó la vista cuando Manuel terminó.

—Hablemos de la última noche —dijo—. ¿Fue usted quien lo llamó?

—Sí. Llevaba dos días sin subir y quería verlo.

—¿A qué hora?

—No miré la hora. Era de noche. Tarde.

—¿Y llegó?

—Sí, pero más tarde de lo que solía.

—¿En qué estado?

Manuel tardó en contestar.

—Alterado. No como otras veces. Le pregunté si le pasaba algo y me dijo que no. Yo también empezaba a estar harto de toda aquella situación.

Correa lo anotó y subrayó algo.

—¿De qué hablaron?

—Discutimos. Solo quería que nos viéramos los tres.

—¿Cómo terminó?

—Se levantó enfadado. Me dijo que al día siguiente intentaría solucionarlo y se marchó.

Correa pasó una página.

—¿Recuerda alguna otra cosa que le dijera su hijo?

—No.

—¿Por qué tardó tanto en ir a buscarlo?

Ante aquella pregunta, Manuel pareció encogerse.

—Los primeros días pensé que le habría surgido algo. Luego me dije que había cambiado de opinión, que se había cansado de mí. Es lo que me merecía. —Tragó saliva—. Al sexto día ya no me lo creía. Bajé al pueblo y fui a casa de mi hija.

—¿No se le ocurrió avisar antes?

—¿A quién? —Manuel abrió las manos—. Solo tenía el número de Álvaro. No conozco a nadie y llevo quince años sin poder mirar a mis hijos a la cara. Pensé que si aparecía en el pueblo iba a estropearlo todo. Me equivoqué.

Correa lo dejó estar. Nayra se lo agradeció y a la vez le pareció insuficiente.

El sargento sacó entonces un mapa de la carpeta y lo giró sobre la mesa.

—Señáleme la cueva.

Manuel se inclinó. Estuvo un buen rato con el dedo suspendido sobre el papel, moviéndolo hacia arriba y hacia abajo por la línea del barranco.

—Por aquí. En esta zona. —Apoyó la yema en un punto y la retiró enseguida, como si el papel no le sirviera—. Pero así no la van a encontrar. La entrada no se ve. Yo pasé dos veces por delante antes de dar con ella.

Correa marcó el punto con el bolígrafo y no dijo si le parecía bien o mal.

—Una última pregunta. ¿Le suena el nombre de Klaus Zander?

Manuel levantó la cabeza.

—Klaus.

—¿Lo conoce?

—Apareció por allí varias veces. Al principio pensé que era un excursionista. Después empezó a saludarme. Hablamos alguna vez. Un día subió con un termo y nos tomamos un café sentados fuera.

Nayra se volvió hacia él.

—¿Y de qué hablaban? —preguntó Correa.

—Al principio, de cosas sin importancia.

Del tiempo, de la isla, del barranco. Después empezamos a tener más confianza.

Me preguntó por qué estaba viviendo allí y terminé contándole que estaba enfermo y que había vuelto para intentar reconciliarme con mis hijos.

Él también me habló de su hija. Incluso Álvaro nos acompañó en varias ocasiones por los alrededores.

Klaus quería reconocer algunos senderos y mi hijo conocía mejor la zona que yo.

Correa cerró el cuaderno.

—Klaus Zander también lleva siete días desaparecido.

Manuel lo miró sin entender.

—¿Cómo?

—Encontramos su cartera, sus gafas, su linterna y una libreta en dos puntos del barranco. Separados. Él no ha aparecido. ¿Cuándo fue la última vez que lo vio?

—Esa misma noche, antes de que llegara Álvaro. Pasó a saludarme y me invitó a tomar algo caliente. Me dijo que iba a internarse más en el barranco. Creía que aquella noche podía encontrar algo relacionado con sus investigaciones. Estuvimos hablando un rato y después se marchó.

Correa dejó de escribir.

—¿Le dijo qué zona?

—No. Solo que estaba más adentro.

—¿Y cuánto tiempo después llegó Álvaro?

—No sabría decirle. Un rato. Quizá una hora.

Correa anotó también aquello. Cuando terminó, se quedó mirando el cuaderno un momento más de lo necesario, y Nayra comprendió que acababa de ocurrir algo importante dentro de aquella sala.

Dos hombres desaparecidos en el mismo barranco. Los dos habían pasado por aquella cueva la misma noche.

—Señor Manuel, voy a organizar un dispositivo para subir hasta esa cueva.

—Correa se puso de pie—. Necesito reunir a los agentes, avisar al equipo y preparar el material.

—Fue tajante sin levantar la voz—. Escúchenme bien los dos.

No suban por su cuenta. Ni ustedes ni nadie.

Es una zona en la que han desaparecido dos personas y no vamos a meter allí a civiles solos.

—¿Cuándo comenzarán la búsqueda? —preguntó Nayra.

—Todavía no lo sé. Tengo que reunir al equipo y coordinar el dispositivo. Para cuando podamos llegar a esa zona será demasiado tarde para iniciar una búsqueda con seguridad. Empezaremos mañana a primera hora.

—¿Van a esperar hasta mañana?

—No vamos a perder el día. Esta tarde prepararemos el recorrido, revisaremos los mapas y desplazaremos el material. Pero no voy a introducir un equipo en una zona desconocida cuando nos queden pocas horas de luz.

Nayra apretó los labios, pero no discutió .

—Dejen el teléfono a mano y no se alejen de Güímar. Los llamaré en cuanto tenga confirmada la hora. Su padre nos guiará hasta la cueva.

—De acuerdo.

Correa acompañó a Manuel hasta la puerta, más despacio de lo que acostumbraba.

—Ha hecho bien en venir —dijo—. Habría sido mejor hace seis días.

—Lo sé.

Correa miró a Nayra.

—Intente llevar a su padre a urgencias y explíqueles su enfermedad y el estado en el que se encuentra. Necesitamos estar seguros de que está en condiciones de acompañarnos mañana hasta la cueva.

—Lo llevaré.

—No hace falta —dijo Manuel.

—Sí —respondió Nayra—. Hace falta.

Salieron a la calle. La mañana se había abierto del todo y el sol pegaba ya en las fachadas blancas. Nayra sacó el teléfono, comprobó que tenía cobertura y volvió a guardarlo.

—Vamos —dijo—. Le dije a Irene que la vería al salir, en la cafetería.