El misterio del barranco de Badajoz (Los ocho enigmas 1) EL HOMBRE EN LA PUERTA
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EL HOMBRE EN LA PUERTA

Irene se marchó poco después de las diez.

Nayra la acompañó hasta la puerta y esperó a que llegara al final de la calle.

Habían pasado la última hora repasando lo poco que tenían: nombres, horas, dos desapariciones que solo se tocaban en un punto del mapa.

Al despedirse, Irene le dijo que descansara.

Nayra respondió que lo intentaría. Ninguna de las dos se lo creyó.

Cuando cerró, el silencio volvió a ocupar la casa.

Era un silencio que había aprendido a reconocer en seis días. No el de una casa vacía, sino el de una casa a la que le falta un ruido concreto. La puerta de la habitación de Álvaro al cerrarse mal. El grifo abierto demasiado tiempo. La televisión a un volumen que ella siempre le pedía bajar.

Recogió la loza del desayuno que había dejado sobre la mesa y la llevó al fregadero. Se quedó allí, con las manos apoyadas en el borde. El cansancio ya no era una sensación pasajera. Se había instalado en algún sitio detrás de los ojos.

Entonces oyó los golpes.

No fue el timbre. Fueron tres golpes en la puerta, espaciados, demasiado suaves para alguien que quisiera despertar a la casa entera. Nayra se quedó quieta. Podía ser Iván.

Se acercó a la puerta y la abrió.

El hombre que había al otro lado tenía una mano apoyada en el marco.

Nayra lo reconoció antes de entender lo que estaba viendo, y esa fue la parte peor: reconocerlo. Estaba mucho más delgado. La barba blanca, descuidada. La chaqueta manchada de tierra en los codos y en un costado. Olía a intemperie, a humo frío, a ropa que llevaba días sin quitarse.

No le salió la voz.

—Nayra —dijo él.

Su padre.

Los años que llevaba sin verlo le vinieron de golpe, sin necesidad de contarlos, mientras seguía sujetando el pomo de la puerta.

—¿Qué haces aquí?

Manuel movió los labios sin llegar a decir nada. Después bajó la mano del marco y el cuerpo le acompañó medio paso, como si el suelo se hubiera inclinado. Se agarró otra vez, con más fuerza.

Nayra no se movió para ayudarlo. Se dio cuenta un segundo después de que tampoco había cerrado la puerta.

—Necesito hablar contigo.

—Todos estos años —dijo ella—. Y apareces así, de noche, dando golpes en mi puerta.

—Lo sé.

—No lo sabes.

Él aguantó aquello con la cabeza baja. No se defendió, y esa docilidad le dio más rabia todavía, porque no dejaba nada contra lo que empujar.

Manuel volvió a inclinarse. Esta vez tuvo que apoyar el hombro en el marco.

Nayra se apartó de la puerta.

—Entra. No porque quiera. Porque te vas a caer ahí fuera.

Él entró despacio, mirando el pasillo como quien reconoce un sitio y, al mismo tiempo, comprueba que ya no le pertenece. Se sentó en la primera silla que encontró, sin llegar al salón, y dejó las manos sobre los muslos. Le temblaban un poco. Nayra lo vio y apartó la mirada.

Se quedó de pie, al otro lado de la mesa.

—¿Álvaro está en casa? —preguntó Manuel.

—No.

—¿No ha vuelto todavía?

Nayra tardó en entender la pregunta. No era la de alguien que pasa a saludar.

—Álvaro lleva seis días desaparecido.

Manuel levantó la cabeza. La mano que tenía sobre el muslo se movió hacia el borde de la mesa y se quedó allí, agarrada.

—Hay una denuncia. La Guardia Civil lo está buscando. Encontraron su coche en el barranco, cerrado y vacío. —Le costaba decirlo de corrido, incluso a esas alturas—. Llevo seis días preguntando por él casa por casa.

—No lo sabía —dijo Manuel muy despacio—. Al principio pensé que algo se lo había impedido. Después creí que había decidido no volver. Al sexto día dejé de creérmelo. Por eso he bajado esta noche.

Algo se le tensó a Nayra en el pecho.

—¿Volver a verte?

Manuel bajó la vista hacia sus manos.

—Estuvo conmigo esa noche.

Nayra apoyó las dos manos en el respaldo de la silla que tenía delante.

—¿Qué?

—La noche que salió de casa. Fue a verme.

—Eso no es posible.

—Llegó tarde. Más tarde de lo que solía.

—De lo que solía —repitió ella.

Manuel asintió, y en aquel gesto había una confesión completa.

—Llevaba unas semanas ayudándome. Desde que volví.

Nayra oyó la frase y necesitó unos instantes para colocarla en algún sitio. Unas semanas. No una noche ni una casualidad. Semanas en las que su hermano había salido de aquella casa, había vuelto, había cenado con ella y había dicho buenas noches.

—¿Dónde?

—En el barranco. Hay una cueva bastante adentro, apartada de los senderos.

La entrada es pequeña y está casi cubierta por la vegetación.

Desde fuera apenas se distingue. Por dentro se abre y forma una cámara mucho más grande.

Tengo un colchón cerca de la entrada. No es sitio para vivir, pero me estoy quedando allí.

—¿Y cómo se enteró Álvaro?

—Lo llamé yo, al poco de volver a la isla. Le dije dónde estaba.

Manuel tomó aire antes de continuar.

—Subió a verme. No le gustó encontrarme allí. A pesar de todo lo que había pasado entre nosotros, yo seguía siendo su padre. Se enfadó al ver en qué condiciones estaba viviendo. Me dijo que buscaría otro sitio para mí, que me ayudaría a salir del barranco.

—¿Y qué le dijiste?

—Le dije que no. Que, de momento, solo quería mantener el contacto con él y que me ayudara a verte. A intentar arreglar, hasta donde fuera posible, lo que había quedado roto entre los tres. Y disfrutar juntos una última vez.

Nayra sostuvo su mirada.

—¿Una última vez?

Manuel no respondió.

—¿Y Álvaro aceptó ayudarte?

—No al principio. La primera vez me dijo que me fuera y no volviera a aparecer. Tardó varios días en regresar. Después empezó a subir cada pocos días. Me llevaba comida. Medicinas. Miraba cómo estaba y se marchaba.

—Medicinas.

—Sí.

Nayra se quedó con aquella palabra encima, sin saber todavía dónde ponerla.

La mochila. Álvaro había cogido una mochila vieja aquella noche, al salir. Ella lo había visto y no le había dado ninguna importancia, porque estaba pendiente del móvil, del nombre de Rubén, de la frase que había alcanzado a leer en la pantalla.

Y antes de la mochila, la llamada.

Álvaro en el balcón, con la puerta entornada, bajando la voz.

Te dije que no volvieras a llamarme.

No. Esta noche no.

Ya voy.

Nayra había pasado seis días intentando averiguar quién estaba al otro lado de aquella llamada. Había repetido las palabras a Correa sin poder ponerles un nombre. Ahora lo tenía delante.

—Esa noche lo llamaste tú.

—Sí. Llevaba dos días sin verlo y quería hablar con él.

Nayra apretó los dientes. Aquellas tres frases habían permanecido seis días encima de la mesa, delante de todos, sin señalar a nadie. Ahora conducían hasta Manuel.

—Semanas —dijo—. Semanas saliendo de aquí para ir a verte y volviendo con la misma cara de siempre.

—No fue culpa suya.

—No estoy hablando de culpa.

Y era verdad. Lo que sentía no tenía la forma limpia del reproche.

Su hermano había estado atrapado entre un padre escondido en una cueva y una hermana a la que no sabía cómo contárselo, y había elegido callar hasta encontrar la manera.

Le dolía como una traición y sabía, al mismo tiempo, que no lo era del todo.

—¿Qué pasó esa noche?

Manuel se pasó la lengua por los labios.

—Discutimos.

—¿Por qué?

—Porque yo ya no quería esperar más. Llevábamos semanas hablando de sentarnos los tres y siempre había un motivo para dejarlo. Esa noche le dije que quería verte ya. Esa misma semana. Que bajara conmigo y te lo contáramos juntos.

—¿Y él?

—Él decía que no estabas preparada. Que si aparecía de golpe en tu puerta, te haría más daño. Quería contártelo primero y darte tiempo para decidir si querías verme. —Manuel bajó la voz—. Yo lo entendí como otra manera de retrasarlo. Insistí. Insistí demasiado.

—¿Y luego?

—Se levantó. Me dijo que estaba harto de aquella situación, que ya no podía más y que necesitaba despejar la cabeza. Antes de irse me dijo que volvería al día siguiente y me explicaría cómo íbamos a preparar el encuentro contigo. Se despidió y se marchó.

Su padre era la última persona conocida que había visto a Álvaro. No Rubén. No un desconocido en una carretera. Él. Un hombre escondido en una cueva, que había visto a su hijo marcharse la misma noche de su desaparición.

—Tienes que contárselo a la Guardia Civil. Mañana por la mañana. Hay un sargento, Correa.

—Iré donde haga falta.

Nayra se quedó de pie junto a la ventana, con la vista en el cristal negro. Detrás de ella, la respiración de Manuel sonaba corta, con un ruido de fondo que llevaba oyendo desde que había abierto la puerta.

Se volvió.

—Explícame una cosa. Después de tantos años sin llamar, ¿por qué de repente no podías esperar ni una semana más a que Álvaro me lo contara?

Manuel no contestó enseguida. Se sujetó al borde de la mesa con las dos manos, como si necesitara asegurarse de que seguía firme.

—Tengo una enfermedad llamada Creutzfeldt-Jakob. No tiene cura. Lo que me llevaba tu hermano solo servía para los mareos y para dormir algo. —Habló despacio, sin adornarlo—. Va deprisa. Cuando llegué a la isla estaba mucho mejor que ahora.

Algo se movió dentro de Nayra, en contra de su voluntad.

Su padre había cometido un error que les había hecho daño a Álvaro y a ella. Los había abandonado quince años atrás y había dejado tras de sí un vacío que ninguno de los dos había conseguido llenar del todo. Pero también era cierto que, antes de aquello, había sido un padre maravilloso.

Recordó sus manos sujetando el sillín de la bicicleta mientras ella aprendía a mantener el equilibrio. Las noches en las que se sentaba junto a su cama hasta que dejaba de tener miedo. Las excursiones de los tres, cuando Álvaro y ella competían por caminar a su lado.

Ambas cosas eran verdad. El hombre que los había abandonado y el padre al que habían querido seguían estando dentro de la misma persona.

No era perdón. Todavía no.

Pero, por más que le doliera admitirlo, si Álvaro no aparecía, aquel hombre sería la única familia que le quedaba. La idea no le produjo consuelo, sino un miedo nuevo: el de perderlos a los dos antes de haber recuperado a ninguno.

Y, por primera vez en muchos años, odiarlo dejó de parecerle sencillo.

Nayra miró hacia la puerta. Fuera solo quedaban la oscuridad y el camino de vuelta al barranco.

—Esta noche te quedas aquí —dijo.

Manuel la miró sin decir nada.

—Es demasiado tarde para que vuelvas allí en ese estado. Mañana, a primera hora, iremos al puesto de la Guardia Civil. Yo te acompañaré y se lo contarás todo a Correa.

—No tienes que hacer esto por mí.

—No lo hago por ti.

La respuesta salió con más dureza de la que pretendía. Nayra bajó la vista.

—Lo hago por Álvaro.

Sacó una manta del armario y la dejó sobre el respaldo del sofá. Cuando regresó, Manuel seguía sentado en la misma posición, con las manos juntas y la vista clavada en el suelo.

—Él dijo que volvería al día siguiente —murmuró—. Que vendría a buscarme para preparar el encuentro contigo.

Nayra se detuvo en la entrada del pasillo.

—Lo encontraremos.

Manuel levantó la cabeza. Pareció a punto de decir algo. Solo asintió .

Nayra apagó la luz del salón y dejó encendida la del pasillo. Al fondo, la puerta de la habitación de Álvaro permanecía cerrada.

Aquella noche, después de quince años, su padre volvería a dormir bajo el mismo techo que ella.

Pero el hijo que había conseguido reunirlos no estaba allí para verlo.