El misterio del barranco de Badajoz (Los ocho enigmas 1) LOS DOS AMIGOS
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LOS DOS AMIGOS

Tras el fracaso de la búsqueda en el barranco, Iván dejó a Nayra en casa poco después de las nueve. Irene bajó con ella; había aceptado quedarse un rato antes de regresar a su alojamiento, cerca del cuartel.

Mientras se alejaba en el coche, Iván solo tenía a Rubén en mente. Necesitaba hablar con su amigo.

Condujo hasta su casa y llamó al timbre. Tardó en abrir. Cuando lo hizo, llevaba la camisa a medio abotonar y una expresión de quien no esperaba visitas a esas horas.

—Iván.

—¿Tienes un momento?

—Claro.

Rubén miró hacia la calle, como si comprobara que estaba solo, y se apartó para dejarlo pasar.

La cocina olía a café. Sobre la mesa había varias facturas, documentos de la empresa y un vaso con un poco de agua. Rubén reunió los papeles para dejarle sitio.

—¿Quieres tomar algo?

—No, gracias.

Iván se sentó.

—¿Sabes algo? —preguntó Rubén.

—Nada nuevo. Por eso he venido.

Rubén se apoyó en la encimera, los brazos cruzados.

—Ya hablé con Correa. Le conté todo lo que sabía.

—Lo sé. Nayra me contó lo del mensaje.

Algo cambió en el gesto de Rubén, apenas un segundo, antes de recomponerse .

—Sí.

—¿Por qué esa noche?

—Para mí era una noche cualquiera, Iván. Lo que la cambió fue que Álvaro desapareciera.

—Pero necesitabas hablar con él.

—Llevaba varios días intentando hacerlo.

—¿Para qué?

—Por un dinero que le había prestado. Era una cantidad importante. Necesitaba recuperar al menos una parte porque tengo facturas pendientes que pagar. Los proveedores no esperan.

—¿Se vieron?

—Sí. Poco después del mensaje me llamó y quedamos.

—¿Dónde quedaron?

—Cerca de aquí. En la calle.

—¿Y después?

—Se subió al coche y se marchó.

—¿Te dijo adónde iba?

—No. Lo que no entiendo es qué fue a hacer al barranco.

Iván intentó imaginar a Álvaro marchándose después de aquella conversación. No estaba buscando contradicciones en las palabras de Rubén. Buscaba cualquier detalle que le permitiera comprender cómo había terminado su amigo en el barranco.

Conocía a Rubén desde niño y sabía que nunca le había resultado fácil hablar de aquello que le preocupaba. Esa noche lo encontraba más cerrado de lo habitual, pero lo atribuyó al cansancio y a la culpa por haberle reclamado el dinero a Álvaro poco antes de su desaparición.

—Hemos estado buscando en el barranco —dijo Iván—. Nayra, Irene y yo.

—¿Quién es esa?

—La hija de un hombre que también ha desaparecido. Un investigador que llegó de Gran Canaria hace poco. Encontraron varias pertenencias suyas en el mismo barranco.

Rubén se quedó quieto un momento, con el vaso vacío entre las manos.

—¿Y creéis que tiene algo que ver?

—No lo sabemos. Por eso buscamos.

Rubén dejó el vaso sobre la encimera.

—¿Y habéis encontrado algo?

—Nada. Solo la parte de siempre, la que conocemos desde niños.

Rubén asintió sin decir nada.

—¿Y ellos? ¿Os cuentan algo?

—A Nayra, lo justo. Siguen con las cosas que sacaron del barranco.

Rubén tardó un momento en volver a hablar.

—Correa me pidió las huellas —dijo—. Para compararlas con las que aparezcan en el teléfono de Álvaro, según él.

—Es normal, ¿no?

—Sí. Supongo.

Pero lo dijo mirando hacia la ventana, no hacia Iván, y se quedó así unos segundos de más.

—¿Pasa algo?

—No. Es solo que no me gusta que me traten como si hubiera hecho algo.

—Nadie ha dicho eso.

—Ya. Pero se nota igual.

Iván dejó pasar el silencio. Comprendía que Rubén se sintiera incómodo después de hablar con la Guardia Civil. Pensó que estaba asustado, como todos, y no quiso insistir.

—¿Volviste a verlo después de que se marchara?

—No.

—¿Te comentó si pensaba encontrarse con alguien más?

—No dijo nada.

Iván asintió. Había acudido con la esperanza de que Rubén recordara algún detalle que pudiera ayudarlos, no para exigirle explicaciones.

—Si recuerdas cualquier cosa, aunque te parezca una tontería, llámame.

—Lo haré.

—Mañana volveremos a buscar.

—Avísame si puedo ayudar.

Iván se levantó.

—Claro.

Rubén lo acompañó hasta la puerta.

—Quiero que aparezca tanto como vosotros —dijo—. Es de las pocas personas con las que podía hablar de verdad.

—Lo sé.

Iván salió de la casa algo más tranquilo, aunque sin la respuesta que esperaba encontrar. Rubén le había hablado de la deuda y de la marcha de Álvaro, pero nada explicaba por qué su amigo había terminado en el barranco.

Rubén cerró la puerta y esperó hasta que el motor del coche de Iván se perdió calle abajo.

En la cocina, su vaso continuaba sobre la encimera. Lo llevó al fregadero, pero no abrió el grifo.

Acababa de ofrecerse para participar en la búsqueda.

Avísame si puedo ayudar.

Durante seis días había contestado a las llamadas de Nayra, había preguntado por Álvaro y había repetido la misma historia. Como habría hecho cualquier amigo.

Solo que nunca la contaba completa.

A Nayra le había dado una parte. A Iván, aquella noche, la misma. A Correa le había entregado algo más: sus huellas.

El sargento le había explicado para qué las necesitaba. Querían compararlas con las que pudieran aparecer en el teléfono de Álvaro para poder descartarlas.

Pero antes de descartar una huella, había que encontrarla.

Se quedó quieto un momento.

Entonces regresó el recuerdo .

El barranco a oscuras. El teléfono de Álvaro en el suelo. La pantalla encendiéndose de golpe.

Nayra.

Su nombre ocupándolo todo.

Ahí se detuvo.

Ahí se detenía siempre.

Llevaba seis días apartando el recuerdo en el mismo punto, como quien aprende a evitar un escalón roto sin volver a mirarlo. Lo que venía después continuaba allí. Entero. Esperando.

Apagó la luz de la cocina. Desde la ventana se veía la calle vacía y, por encima de los tejados, la línea oscura de la montaña.

Pensó en la posibilidad de que Iván lo llamara a la mañana siguiente para subir con ellos. Se había ofrecido a ayudar. Negarse ahora resultaría extraño.

Aceptar significaría regresar de día al mismo lugar en el que había asegurado no haber estado aquella noche.

Se apartó de la ventana.

Tarde o temprano alguien descubriría que había mentido.

Y para entonces quizá ya sería demasiado tarde para explicar por qué.