LA COARTADA
Los registros mostraban también una llamada posterior de Álvaro a Rubén, realizada pocos minutos después de que saliera de casa.
Marcó el número.
—¿Sí?
—Buenos días. ¿Rubén?
—Soy yo.
—Soy el sargento Correa, de la Guardia Civil de Güímar. Le llamo por Álvaro Rodríguez.
—Sí, claro. ¿Ha aparecido?
—Todavía no. Han aparecido unos datos y necesito que vuelva al cuartel para ampliar su declaración. ¿Podría acercarse hoy?
—Cuando quiera.
—¿Le viene bien a las doce?
—Allí estaré.
Correa colgó y anotó la hora junto al nombre.
Habían pasado seis días desde la desaparición de Álvaro. El coche seguía retenido tras aparecer en un apartadero del Barranco de Badajoz .
Rubén llegó puntual. Correa lo hizo pasar a una sala pequeña, con una mesa, dos sillas y una ventana que daba a un patio interior.
—Necesito repasar algunas respuestas de su primera declaración —dijo Correa—. Siéntese.
—Lo que necesite.
Correa comenzó por las preguntas más sencillas, las mismas que ya le habían formulado durante las primeras horas.
—¿Desde cuándo se conocen?
—Desde niños. Toda la vida, prácticamente.
—¿Cómo lo notó estos últimos meses?
—Normal —Rubén se detuvo un instante—. Un poco más callado, quizá. No sabría decirle por qué.
—¿Algún problema? ¿Trabajo, dinero, algo personal?
—No que yo sepa.
Correa dejó pasar la respuesta sin comentarla.
—¿Y usted? ¿Cómo van sus cosas?
—¿Por qué me pregunta eso?
—Porque conocer el entorno de Álvaro incluye conocer el suyo.
Rubén tardó en responder.
—El negocio no pasa por su mejor momento.
—¿Álvaro lo sabía?
—Sí. Yo le había prestado una cantidad importante unos meses antes. Necesitaba que me la devolviera.
—¿Se la había devuelto?
—Todavía no. Estábamos hablando de eso.
Correa anotó la respuesta con la misma letra tranquila con la que había anotado todo lo demás.
—Hablemos de esa noche. A las veintidós cuarenta y siete usted le envió un mensaje: «Necesito verte».
Rubén tardó un instante en responder.
—Sí. Se lo mandé yo.
—¿Por qué a esa hora?
—Llevaba días queriendo hablar del dinero. Esa noche me decidí.
—¿Le contestó?
—Me llamó poco después.
—¿De qué hablaron?
—Le pedí que me devolviera parte de lo que le había prestado. No se lo tomó bien, pero dijo que hablaríamos en persona.
—¿Se vieron esa noche?
Fue la primera pregunta que Rubén no respondió enseguida.
—Sí. Un momento.
—¿Dónde?
—Cerca de mi casa. En la calle. No fue nada largo.
—¿A qué hora?
—Después de las once.
—¿Y de qué hablaron?
—Del dinero, otra vez. Me dijo que al día siguiente lo arreglábamos, que me tranquilizara.
—¿A qué hora se separaron?
—Cerca de medianoche. Se subió al coche y se fue.
—Ya sabrá que encontramos su coche en el Barranco de Badajoz.
—Me enteré, sí.
—¿Se le ocurre algún motivo por el que fuera hasta allí?
—Ninguno. De más jóvenes íbamos alguna vez, pero de eso hace mucho. No se me ocurre por qué iría ahora.
Correa cambió de tono, sin prisa.
—Hemos recuperado el teléfono de Álvaro y estamos analizando las huellas que pueda contener. Si no tiene inconveniente, necesitaríamos tomarle las suyas para compararlas. Estamos recogiendo las de las personas cercanas a él para distinguirlas de cualquier otra que pueda aparecer en el teléfono.
—Claro. No hay problema.
—¿Qué han encontrado?
—Todavía estamos con eso.
Un agente entró con el material necesario y tomó sus huellas para incorporarlas a la comparación.
—Gracias por su tiempo —dijo Correa, acompañándolo a la puerta—. Si recuerda algo más, llámeme.
—Espero que aparezca pronto.
—Yo también.
Correa volvió a la sala y releyó sus anotaciones.
Cerca de mi casa. En la calle. Después de las once. Cerca de medianoche.
Cuatro respuestas imprecisas. Ninguna permitía comprobar dónde había estado realmente. Una coartada que no podía comprobarse tampoco era una coartada.
Manuel llevaba seis días esperando a Álvaro en la cueva.
Antes de marcharse, su hijo le había dicho que regresaría al día siguiente para explicarle cómo prepararían el encuentro con Nayra. Manuel lo vio alejarse por el sendero y esperó que cumpliera su palabra.
Al día siguiente, Álvaro no regresó.
Los dos primeros días, Manuel se dijo que algo se lo habría impedido. Un imprevisto, un problema en casa, cualquier cosa que un hijo no siempre puede explicar a tiempo.
Al tercero empezó a pensar que quizá Álvaro había cambiado de idea. Que el peso de lo que le estaba pidiendo, guardar el secreto, sostener la mentira ante su hermana, había resultado demasiado.
Al sexto, dejó de buscar explicaciones.
Algo había ocurrido. Algo que no tenía que ver con Álvaro cambiando de opinión, sino con Álvaro sin poder volver. Y si estaba herido en algún lugar, cada hora que Manuel permaneciera allí sin hacer nada podía importar.
No podía seguir esperando en la penumbra de la cueva, contando las horas por los cambios de luz en la entrada .
Se levantó despacio, se apoyó en la pared un momento y esperó a que el mareo pasara, como llevaba haciendo desde hacía semanas. Después salió.
El aire de fuera olía distinto al del interior de la cueva. Tardó un rato en acostumbrarse a caminar sin pensar en cada paso.
Salió del barranco al anochecer, cuando las sombras se alargaban y las calles del pueblo empezaban a vaciarse.
Reconocía cada esquina, aunque llevaba mucho tiempo sin pisarlas. Pasó frente a la cafetería donde Álvaro solía desayunar los fines de semana y observó el interior desde la otra acera.
No preguntó a nadie por su hijo. No podía permitirse que alguien reconociera su cara y corriera la voz de que había vuelto.
Recorrió otras calles que Álvaro solía frecuentar. Ninguna le dio nada.
Antes de llegar había visto pasar, dos calles más abajo, un coche de la Guardia Civil. Circulaba despacio, como si buscara algo. La presencia del vehículo lo inquietó, pero no llegó a relacionarla con Álvaro. Aceleró el paso y se apartó de la luz de las farolas.
Al final solo le quedaba un sitio.
La casa de sus hijos.
Llegó cuando ya había oscurecido del todo. Se detuvo a cierta distancia, junto al muro de una vivienda vecina, desde donde podía ver la ventana del salón sin ser visto.
Dentro estaba Nayra.
Llevaba años imaginando aquel momento de maneras distintas, en todas ellas con Álvaro a su lado, con algo que contar, con una explicación que hiciera soportable lo que había hecho. Nunca lo había imaginado así: solo, sin su hijo, sin nada que ofrecerle a su hija salvo más preguntas.
Entonces vio que Nayra no estaba sola.
Había otra mujer con ella, sentada al otro lado de la mesa. Manuel no la conocía. No sabía su nombre ni qué hacía allí a esas horas.
No era la desconocida quien le detenía los pies. Era Nayra .
Mientras aquella mujer estuviera dentro, no podía acercarse sin exponer el reencuentro a una desconocida, sin provocar preguntas ni arriesgarse a que alguien avisara a la Guardia Civil antes de que él pudiera hablar con Nayra.
Retrocedió un paso, hasta quedar fuera del alcance de la luz que salía de la ventana.
Se dijo que llamaría a la puerta cuando la mujer se marchara. Pero, mientras esperaba, comprendió que su presencia también le servía de excusa para aplazar el momento.
Apoyó la espalda contra el muro y no apartó la vista de la casa.
No sabía qué le daba más miedo: lo que pudiera haberle pasado a Álvaro en el barranco o lo que vería en los ojos de Nayra si alguna vez reunía el valor para cruzar aquella puerta.
Aquella noche volvió a elegir lo único que conocía: esperar.