El misterio del barranco de Badajoz (Los ocho enigmas 1) LA UNIÓN
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LA UNIÓN

Nadie habló durante unos segundos.

Irene permaneció de pie junto a la mesa. Nayra seguía mirándola, como si necesitara comprobar que había entendido bien sus palabras.

—¿Tu padre? —preguntó al fin.

—Klaus.

Nayra reconoció el nombre.

—La cartera.

Irene asintió.

Iván apartó una silla.

—Siéntate.

Irene dudó antes de hacerlo. Había imaginado de muchas maneras aquel primer encuentro con la familia del otro desaparecido, pero ninguna se parecía a aquello: una cafetería casi llena, dos tazas enfriándose y varias personas hablando de leyendas a pocos metros.

—La Guardia Civil me enseñó la cartera ayer —explicó—. La encontraron en el barranco.

—A mí también me hablaron de ella —dijo Nayra—. Me preguntaron si conocía a Klaus o si podía tener alguna relación con Álvaro.

—¿La tenía?

—No que yo sepa. Mi hermano nunca mencionó ese nombre.

Irene miró hacia la fotografía que Nayra había dejado sobre la mesa. Álvaro sonreía a la cámara con la despreocupación de quien todavía no sabe que alguien utilizará esa imagen para buscarlo.

—Mi padre tampoco me habló de él.

—Entonces, ¿por qué aparecieron sus cosas en el mismo barranco?

Irene no respondió.

Nayra apartó la taza.

—Perdona. Sé que tú tampoco lo sabes.

—No sabía ni siquiera que mi padre estaba en Tenerife.

Aquello hizo que Nayra levantara la mirada.

—¿No te dijo que venía?

—No.

—¿De dónde eres?

—De Gran Canaria. Mi padre también vive allí.

—¿Y no te extrañó estar tantos días sin saber de él?

Las palabras sonaron más duras de lo que Nayra pretendía.

—La última vez que hablamos me dijo que estaba ocupado —respondió Irene—. Nada más.

Durante seis días, Irene había aceptado el silencio de Klaus como una de sus ausencias habituales. Desde la llamada de Correa, no dejaba de preguntarse si debería haber sospechado antes.

—A veces se concentra tanto en su trabajo que se olvida de llamar —añadió—. Podían pasar varios días sin que supiera nada de él.

—¿A qué se dedicaba exactamente tu padre?

—Investigaba desapariciones, testimonios extraños y leyendas relacionadas con determinados lugares.

—¿Y tú?

—Soy arqueóloga. Trabajo en arte rupestre y en poblamiento indígena de Canarias.

—Entonces, ¿qué crees que investigaba tu padre en el barranco?

—No lo sé. Si hubiera encontrado algo importante, habría dejado alguna anotación.

—Álvaro no se dedicaba a nada parecido.

—No estoy diciendo que estuvieran trabajando juntos.

—Pero sus cosas aparecieron en el mismo barranco.

—Lo sé.

Nayra bajó la voz.

—Mi hermano tenía problemas, como cualquiera. Pero no perseguía luces ni hombres vestidos de blanco. Si fue hasta allí, tuvo que hacerlo por algún motivo real.

Irene sostuvo su mirada.

—Yo también necesito un motivo real.

La respuesta desarmó a Nayra. Por un momento dejó de ver a la desconocida llegada de Gran Canaria y reconoció algo que llevaba días viendo en su propio reflejo: cansancio, culpa y una pregunta que no permitía descansar.

Iván rompió el silencio.

—Íbamos a acercarnos al barranco, a la parte abierta y accesible. No al perímetro donde está trabajando la Guardia Civil.

Irene se volvió hacia él.

—¿Ahora?

—Queríamos revisar algunos rincones que conocemos desde niños. No sabemos si Álvaro pudo pasar por allí, pero ya no sabemos dónde más buscar.

Irene miró a Nayra.

—¿Puedo acompañarlos?

Nayra tardó en contestar.

—No sé qué esperamos encontrar.

—Yo tampoco.

Irene no intentó convencerla. Se limitó a esperar. Nayra reconoció en aquel silencio la misma impotencia que llevaba días consumiéndola. Por eso aceptó.

Iván condujo.

Durante el trayecto, Nayra permaneció junto a la ventanilla. Reconocía cada curva, cada muro y cada desvío, pero el paisaje había dejado de pertenecerle. Desde la desaparición de Álvaro, cualquier rincón podía ocultar algo que ella no había sabido ver.

Irene viajaba en el asiento trasero con el teléfono entre las manos.

Había vuelto a comprobar los mensajes de Klaus antes de salir de la cafetería. Ninguno mencionaba el barranco. Ninguno explicaba por qué había abandonado Gran Canaria sin decírselo.

—¿Tu padre solía viajar solo? —preguntó Iván.

—Casi siempre.

—¿Y tampoco decía adónde iba?

—Normalmente sí. Esta vez no.

Nayra miró hacia atrás.

—Quizá no pensaba quedarse mucho tiempo.

Irene había considerado esa posibilidad. Un viaje breve, una comprobación rápida, algo que Klaus esperaba resolver antes de que nadie notara su ausencia.

Pero sus pertenencias habían aparecido en el barranco.

Fuera lo que fuese a comprobar, aquel lugar formaba parte de ello.

Iván redujo la velocidad al abandonar la carretera principal.

—A partir de aquí tendremos que seguir a pie.

Aparcó cerca de un sendero y los tres bajaron.

El aire olía a tierra húmeda y vegetación. Desde aquel punto, el barranco parecía menos amenazador que en las historias de la cafetería. Había luz, pájaros entre las ramas y casas no demasiado lejos. Nada que justificara el miedo que Nayra sentía al mirar hacia el interior.

Iván comenzó a caminar.

—Este era uno de nuestros sitios —dijo—. Antes estaba más despejado.

—Álvaro siempre quería seguir hacia el interior —recordó Nayra.

—Y nosotros siempre teníamos que hacerlo volver.

Iván sonrió.

Continuaron avanzando .

Iván les mostró un pequeño claro donde solían esconderse y un desnivel al que llamaban el salto, aunque apenas levantaba un metro del suelo. Revisaron los alrededores, apartaron algunas ramas y buscaron cualquier objeto que pudiera resultarles familiar.

No encontraron nada.

Nayra llamó varias veces a su hermano.

—¡Álvaro!

Su voz chocó contra las paredes del barranco y regresó debilitada.

Esperó.

Solo oyó el movimiento de las hojas.

Siguieron caminando hasta otro punto desde el que se distinguía una antigua conducción de agua. Iván se adelantó para comprobar si podían pasar, pero la maleza había cerrado casi por completo el acceso.

—Por aquí ya no —dijo.

Nayra se llevó las manos a la cintura.

—No sirve de nada.

—Podemos probar más arriba.

Iván regresó junto a ella.

—Descansa un momento.

—No quiero descansar.

—Llevamos un buen rato andando.

—Álvaro lleva días desaparecido.

La frase dejó a Iván sin respuesta.

Nayra se apartó de ellos y volvió a llamar.

—¡Álvaro!

Esta vez el nombre no regresó. Se perdió entre los árboles.

Irene observó el sendero que acababan de recorrer. Desde que habían salido del coche, apenas se habían separado de los caminos conocidos por Iván y Nayra. Habían visitado lugares a los que acudían los niños del pueblo, zonas cercanas a las casas y pasos que cualquier vecino podía reconocer.

Miró hacia lo alto.

El barranco continuaba mucho más allá. La vegetación ocultaba desniveles, ramificaciones y paredes abiertas por antiguas galerías. Desde donde estaban, resultaba imposible adivinar qué podía haber detrás de cada curva.

—¿Esto es todo lo que conocían? —preguntó.

Iván señaló hacia el interior.

—Nos dejaban llegar hasta aquí. Más arriba era peligroso.

—¿Cuánto queda?

—Mucho. El barranco sigue durante kilómetros.

Irene contempló el terreno.

Recordó los viajes de Klaus, sus libretas llenas de mapas y la manera en que descartaba cualquier lugar demasiado evidente. Su padre desconfiaba de los caminos cómodos. Decía que las historias sobrevivían porque todos buscaban donde ya habían buscado otros.

—No creo que mi padre se quedara en esta zona —dijo.

Nayra se volvió bruscamente.

—¿Por qué piensas eso?

—Porque mi padre no habría venido hasta Tenerife para quedarse cerca de un sendero.

Iván miró hacia las paredes del barranco.

—¿Crees que siguió avanzando?

—No lo sé. Pero esto es solo una parte. Una parte pequeña y fácil de localizar.

Nayra se acercó.

—¿Adónde habría ido?

Irene no contestó enseguida. Conocía a Klaus lo suficiente para imaginar lo que habría hecho, pero no para saber hasta dónde lo había llevado aquella vez.

Alzó la vista hacia la zona más profunda. La claridad del día apenas alcanzaba algunos tramos ocultos tras la vegetación.

—Mi padre no buscaba lugares conocidos —dijo—. Buscaba aquello que los demás habían pasado por alto.

Iván siguió la dirección de su mirada.

—¿Y por dónde empezamos ?

Irene observó la oscuridad que se abría más allá del sendero.

—Por donde nadie tendría motivos para buscar.