El misterio del barranco de Badajoz (Los ocho enigmas 1) LA MESA DE AL LADO
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LA MESA DE AL LADO

Irene dejó la maleta cerrada junto a la cama.

La habitación era pequeña y daba a una calle que no conocía. Se alojaba en Güímar, cerca del puesto de la Guardia Civil. No sabía cuánto tendría que quedarse.

Se sentó en el borde de la cama y abrió el teléfono.

La última conversación con Klaus seguía allí.

Seis días atrás.

Intentó recordar cada palabra.

Su padre le había dicho que estaba ocupado y que la llamaría cuando terminara. Irene no preguntó dónde estaba ni qué investigaba. No era la primera vez que Klaus se aislaba durante días tras una historia que solo parecía existir para él.

Hasta aquella tarde, aquellos silencios nunca le habían preocupado.

Revisó sus mensajes. Buscó una frase que hubiera pasado por alto, un nombre, una dirección, cualquier indicio de que pensaba viajar a Tenerife.

No encontró nada.

Solo conversaciones breves, llamadas aplazadas y la misma despedida de siempre: «Cuídate, hija».

Irene volvió a marcar su número.

Nadie respondió.

Dejó el teléfono sobre la cama, pero lo recogió enseguida. Comprobó el sonido, las llamadas perdidas y la cobertura.

Se acercó a la ventana. Fuera, la gente cerraba comercios y regresaba con la compra. Aquella normalidad le resultó casi ofensiva .

Seis días sin saber de su padre.

Seis días en los que ella tampoco lo había llamado.

Irene volvió a la cama y releyó sus mensajes. Después, escuchó una y otra vez los pocos audios que tenía de él.

Esta vez no buscó pistas.

Solo quiso recordar su voz.

A la mañana siguiente, Nayra volvió a preguntar por Álvaro.

Entró en una tienda, luego en un pequeño supermercado, y se acercó a dos hombres que conversaban junto a una furgoneta. No necesitaba enseñar ninguna fotografía. Todos sabían quién era su hermano y que llevaba varios días desaparecido.

Nadie lo había visto aquella noche. Algunos intentaban recordar la última vez que se habían cruzado con él. Otros negaban con la cabeza antes de que Nayra terminara de preguntar.

Ella daba las gracias y continuaba.

Había repetido tantas veces las mismas preguntas que comenzaban a perder su significado.

¿Lo vio aquella noche?

¿Lo escuchó hablar de algún lugar al que pensara ir?

¿Recuerda haber visto su coche?

Las respuestas no cambiaban.

No.

No.

No.

—¡Nayra!

Reconoció la voz antes de volverse.

Iván se acercaba desde la otra acera. Llevaba una chaqueta ligera y el gesto cansado de quien tampoco había dormido bien.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella.

—Buscarte.

—¿Cómo sabías dónde estaba?

—No lo sabía. Pasé por el barrio por si te encontraba.

Nayra intentó sonreír, pero no pudo.

—¿Has averiguado algo? —preguntó Iván.

—Nada.

—¿Has desayunado?

—No tengo hambre.

—Eso no es lo que te he preguntado .

—Acompáñame. Tomamos un café y charlamos un poco.

La cafetería estaba a pocos metros. Iván abrió la puerta y esperó hasta que ella entró.

Irene ocupaba una mesa en el centro del local.

Había pedido café y una tostada que apenas había tocado. Sobre la mesa tenía el teléfono y una hoja en la que había escrito las fechas de sus últimas conversaciones con Klaus.

A su derecha se sentaron Nayra e Iván.

Al otro lado, dos señoras hablaban en voz baja mientras removían sus cafés.

—Tienes que comer algo —dijo Iván.

—No puedo.

—Inténtalo.

Nayra arrancó un trozo pequeño de pan.

Iván esperó hasta que lo probó.

—Imagino que ya habrás preguntado por todas partes.

—Sí.

—Yo he preguntado en los lugares por los que solíamos movernos, pero nadie sabe nada.

Nayra bajó la mirada hacia el plato.

—Iván, ya no sé dónde más preguntar.

—Tenía pensado acercarme al barranco. Hay algunos lugares por allí a los que íbamos a jugar de pequeños. Puede parecer absurdo, pero no se me ocurre nada más.

—Puedo acompañarte.

—Claro.

Nayra levantó la mirada.

Iván estaba allí desde mucho antes de que ninguno de los dos supiera lo que significaba perder a alguien. Habían crecido compartiendo calles, tardes interminables y secretos que entonces parecían importantes. Nunca había necesitado pedirle que se quedara.

Iván simplemente se quedaba.

—No entiendo qué hacía Álvaro en el barranco —dijo él.

En la mesa central, Irene dejó de escribir.

Álvaro.

Correa había pronunciado aquel nombre mientras le mostraba la fotografía del otro desaparecido.

Irene dirigió una mirada discreta hacia la mesa contigua.

—Hacía años que Álvaro no hablaba de ese lugar —respondió Nayra—. Y nunca me dijo que pensara volver aquella noche.

Antes de que Iván pudiera contestar, una de las señoras sentadas al otro lado de Irene dejó caer la palabra desaparecido.

—Otro más en ese barranco —dijo—. Igual que la Niña de las Peras.

—No empieces con eso —respondió la otra.

—Mi abuela contaba la historia.

—Todas las abuelas la contaban.

Irene permaneció inmóvil entre las dos conversaciones.

Nayra dejó el pan sobre el plato.

—¿Qué historia? —preguntó Iván, bajando la voz.

—La niña fue a recoger peras y desapareció —continuó la mujer—. La buscaron sin encontrar ningún rastro. Décadas después regresó con la misma edad.

—Eso es una leyenda.

—Contaba que para ella solo habían pasado unos minutos. Que un ser muy alto, vestido de blanco, la había llevado hasta una cueva.

Un hombre apoyado en la barra volvió la cabeza hacia ellas.

—La niña no fue lo único que ocurrió allí.

Las mujeres lo miraron.

—Dicen que dos trabajadores encontraron seres luminosos dentro de una galería y que les indicaron dónde debían buscar agua. Otros cuentan que salieron huyendo.

—Eso me lo contaba mi padre, en paz descanse — dijo una de las señoras.

—No fue el único —respondió el hombre—. Durante años también se habló de luces por aquella zona.

Irene bajó la vista hacia la hoja que tenía delante.

Klaus llevaba años escuchando historias semejantes sin aceptarlas ni rechazarlas. Las recogía, comparaba versiones y buscaba el fragmento de realidad que pudiera ocultarse detrás de ellas.

Irene no creyó la historia de la niña ni la de los seres luminosos. Pero empezaba a comprender por qué su padre había viajado hasta Tenerife.

Ahora sus pertenencias habían aparecido en el lugar del que hablaban aquellas personas.

Nayra apretó los dedos alrededor de la taza.

—Para ellos es una historia —dijo—. Algo que contar mientras desayunan.

Iván siguió su mirada.

—No saben que eres su hermana.

—No cambiaría nada.

—Podemos irnos.

Nayra negó con la cabeza.

—Ellos pueden hablar de leyendas. Yo solo quiero encontrar a mi hermano.

Irene miró hacia la mesa de al lado. Ya no tenía dudas: la mujer sentada junto a ella era la hermana de Álvaro Rodríguez.

Se levantó. Nayra e Iván dejaron de hablar cuando se acercó.

—Disculpen que los moleste, pero no he podido evitar escuchar la conversación. ¿Eres tú la hermana de Álvaro Rodríguez?

Nayra la observó, sorprendida.

—Sí. ¿Cómo sabes su nombre?

Irene tardó un instante en responder. Cerró los dedos alrededor del teléfono.

—Porque mi padre es el otro hombre al que están buscando.