El misterio del barranco de Badajoz (Los ocho enigmas 1) LA CARTERA
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LA CARTERA

IRENE.

Marcó.

—¿Sí?

—¿Hablo con Irene?

—Soy yo.

—Mi nombre es Antonio Correa. Soy sargento de la Guardia Civil de Güímar, en Tenerife.

Hubo un breve silencio.

—¿De qué se trata?

—Antes necesito confirmar algo. ¿Qué relación tiene usted con Klaus Zander?

—Es mi padre.

—¿Se encuentra con usted?

—No. ¿Ha ocurrido algo?

—¿Cuándo habló con él por última vez?

—Hace cuatro o cinco días.

—¿Es habitual que pasen varios días sin hablar?

—Puede ocurrir. Cuando mi padre se concentra en una investigación, pasa días sin llamar. Se olvida del teléfono y de todo lo demás.

—¿Sabía que estaba en Tenerife?

—No. Me dijo que estaría fuera unos días, pero no dónde. ¿Por qué me pregunta todo esto?

Correa miró la cartera abierta sobre la mesa.

—Hemos encontrado una cartera con documentación a nombre de Klaus Zander.

Irene guardó silencio.

—¿Se la han robado?

—No podemos asegurarlo.

—¿Dónde apareció?

—En el Barranco de Badajoz.

—¿Y mi padre?

Correa tardó en responder.

—Eso es lo que estamos intentando averiguar.

La respiración de Irene cambió.

—Voy a llamarlo.

—Hágalo. Si consigue hablar con él, avíseme.

La llamada terminó.

Irene buscó el nombre de su padre. La última conversación aparecía cinco días atrás. Klaus le había dicho que estaba ocupado y que la llamaría cuando terminara.

No lo había hecho.

Pulsó el botón de llamada.

Esperó hasta que la llamada se cortó y volvió a intentarlo.

Nadie respondió.

Marcó el número de Correa.

—Sargento, soy Irene Zander. No consigo localizarlo.

—Irene, también hemos encontrado otros objetos y necesitamos saber si pertenecen a su padre. Por eso le pido que venga.

—Ahora no puedo. Estoy en Las Palmas de Gran Canaria y necesito tiempo para organizarme y desplazarme hasta Tenerife.

—¿Podría venir mañana por la tarde?

—Creo que sí.

—¿Sobre las cuatro?

—Haré lo posible.

—La esperaré. Pregunte por mí cuando llegue.

A las nueve de la mañana siguiente, Nayra llegó a las dependencias de la Guardia Civil de Güímar .

Correa la condujo hasta una sala pequeña. Sobre la mesa había varias bolsas transparentes.

En la primera estaba el teléfono.

Nayra reconoció la funda azul, la tierra adherida y la pequeña grieta en una esquina de la pantalla.

—Es el suyo.

—¿Está segura?

—Sí.

Había visto aquel móvil cientos de veces en las manos de Álvaro, sobre la mesa durante la cena o abandonado en cualquier rincón de la casa.

Ahora estaba dentro de una bolsa.

—¿Han podido revisarlo?

—Todavía estamos trabajando con él.

Correa le mostró los demás objetos por separado: una libreta gastada, una linterna y unas gafas.

Nayra no reconoció ninguno.

—Nunca se los había visto a mi hermano.

Correa anotó la respuesta.

—¿Álvaro le habló alguna vez de un hombre llamado Klaus Zander?

—No.

—¿Está segura?

—Nunca he oído ese nombre. ¿Quién es?

—Hemos encontrado una cartera con documentación a ese nombre. Como apareció en el barranco, necesitaba saber si su hermano conocía a esta persona.

—¿Lo han localizado?

Correa negó lentamente.

Nayra miró las bolsas alineadas sobre la mesa.

—Entonces también ha desaparecido.

—Seguimos tratando de averiguar qué ocurrió y dónde está.

Cuando terminó de responder a las últimas preguntas y firmó su declaración, ya era media mañana.

Antes de marcharse, Nayra miró una última vez hacia el edificio.

Había entrado esperando reconocer algo más de Álvaro.

Salía sabiendo que en el barranco faltaba alguien más.

A las cuatro de la tarde, Irene Zander se presentó en el puesto de la Guardia Civil de Güímar.

Llevaba un bolso pequeño y el cansancio del viaje en el rostro.

—¿Ha aparecido mi padre? —preguntó antes de que Correa pudiera saludarla.

—No.

La esperanza desapareció de sus ojos.

—Acompáñeme.

Entraron en la misma sala en la que había estado Nayra unas horas antes.

Correa colocó la cartera frente a ella.

—Es de mi padre —dijo Irene.

—¿Está segura?

—Se la regalé yo.

Alargó una mano hacia la bolsa, pero se detuvo antes de tocarla.

Reconoció también las gafas y la linterna. Cuando Correa colocó la libreta sobre la mesa, Irene no necesitó examinarla.

—También es suya.

—¿Sabe qué contiene?

—Notas. Mi padre lo apunta todo.

—¿Sobre qué estaba trabajando?

—No lo sé. Cuando cree que ha encontrado algo importante, no habla hasta estar seguro.

Irene recorrió las cuatro bolsas con la mirada.

La cartera. Las gafas. La linterna. La libreta.

Todo pertenecía a Klaus.

Todo estaba allí.

Menos Klaus.

—¿Dónde encontraron estas cosas?

—En dos puntos del barranco, separados por cierta distancia.

—Dios... Espero que no le haya ocurrido nada.

—No hemos encontrado sangre ni señales claras de que sufriera un accidente.

Irene apoyó las manos en el borde de la mesa.

—Entonces dígame qué sabe.

Correa colocó una fotografía delante de ella.

—¿Reconoce a este hombre?

Irene examinó el rostro de Álvaro.

—No. ¿Quién es?

—Álvaro Rodríguez. Su coche apareció cerca del barranco. También está desaparecido.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace tres días.

—¿Qué tiene que ver con mi padre?

—Las circunstancias hacen pensar que las dos desapariciones podrían estar relacionadas, pero todavía no sabemos cuándo desapareció exactamente su padre.

Durante unos segundos ninguno habló.

Sobre la mesa permanecían las cuatro pertenencias de Klaus.

En otra sala estaba el teléfono de Álvaro.

Dos hombres estaban vinculados al mismo barranco.

Y ninguno aparecía.