El misterio del barranco de Badajoz (Los ocho enigmas 1) EL TELÉFONO
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EL TELÉFONO

La habitación de Álvaro seguía tal como la había dejado. Nayra empujó la puerta por pura costumbre, como tantas otras mañanas, y se quedó en el umbral.

Todo estaba allí. El escritorio, la cama, sus cosas. Sobre la silla había una camiseta.

La cogió para llevarla al cesto de la ropa sucia. Fue un gesto automático, de esos que las manos repiten sin pedir permiso. Pero, al sostenerla contra el pecho, se detuvo.

Olía a Álvaro.

Tres días antes apenas lo habría notado. Ahora aquel olor parecía ser lo único que quedaba de él en la habitación.

Si la lavaba y Álvaro no volvía, aquello también desaparecería.

La dejó sobre la cama y pasó la mano por la tela para quitarle las arrugas, despacio, como si el gesto pudiera conservar algo. Durante un instante esperó oír la voz de su hermano desde la puerta:

—Eso es mío, no toques mis cosas.

Esa frase, tantas veces repetida, tantas veces fastidiosa. Ahora habría dado cualquier cosa por escucharla.

Nadie protestó.

—Vuelve —dijo en voz muy baja.

Solo el silencio le respondió, el de una habitación que llevaba tres días esperando que alguien entrara y volviera a desordenarla.

Nayra salió y cerró la puerta despacio, como quien no quiere despertar a alguien dormido .

Se sentó en el sofá frente a la ventana. La televisión permanecía apagada. No quería escuchar voces que no fueran la de Álvaro.

Cuando oyó el motor de un coche acercándose, se incorporó de golpe.

El sonido pasó de largo.

Y volvió a sentarse.

El teléfono sonó a media tarde. Era Correa.

—Nayra, necesito que me confirme algo —dijo, sin rodeos—. Hemos encontrado un móvil cerca del coche de su hermano. ¿Puede describirme el teléfono que llevaba Álvaro?

—Un Samsung. Con una funda azul, de esas de silicona. Tiene una grieta pequeña en la esquina de arriba. Se le cayó hace meses.

Hubo un silencio breve al otro lado.

—Coincide con el que hemos encontrado —dijo Correa.

Nayra cerró los ojos.

—¿Dónde exactamente lo encontraron?

—Entre los matorrales, apartado del sendero. No estaba junto al camino ni en un punto de paso. Todavía no puedo decirle más que eso; es algo que nos ha llamado la atención y que estamos investigando.

Nayra apretó el teléfono contra la oreja.

—¿Han encontrado algo más?

—Sí. Hemos localizado varios objetos. Necesitamos saber si alguno pertenece a su hermano. Por eso necesito que venga.

—¿Cuándo?

—Mañana por la mañana. ¿Podría pasar sobre las nueve?

—Sí.

—Pregunte por mí cuando llegue.

La conversación terminó poco después. Nayra permaneció de pie en medio del salón, todavía con el teléfono en la mano.

Miró alrededor. La casa seguía exactamente igual. Todo permanecía donde debía estar, excepto Álvaro .

Hasta entonces había intentado aferrarse a una explicación sencilla, dentro de lo terrible: su hermano había entrado en el barranco, se había desorientado o había sufrido una caída. Podía estar herido. Podía no haber encontrado el camino de regreso.

Pero el teléfono introducía algo distinto.

Había aparecido a pocos metros del coche, entre los matorrales, apartado del sendero. Correa no había dicho que estuviera escondido, pero Nayra no pudo evitar preguntarse cómo había llegado hasta allí.

Y estaban los otros objetos. No sabía qué eran ni dónde los habían encontrado. Solo que a la mañana siguiente tendría que mirarlos y decidir si también pertenecían a Álvaro.

Pensó en la camiseta sobre la cama, en el olor que no había querido borrar y en aquella protesta que habría dado cualquier cosa por volver a escuchar.

Hasta esa tarde, Nayra había temido que su hermano se hubiera perdido en el barranco.

Ahora empezaba a temer que allí hubiera ocurrido algo más.