CORREA
—Sargento.
—El hombre que le comenté antes ya está en su casa. Podemos hablar con él cuando quiera.
—¿Ha confirmado que pasó anoche por aquí?
—Sí. Y que vio el coche.
Correa miró hacia el vehículo gris de Álvaro.
—¿Le han preguntado algo más?
—Solo lo imprescindible.
—Bien. En cuanto terminemos aquí, vamos a verlo.
—De acuerdo.
El agente se alejó.
En cuanto dejó encaminadas la inspección del coche y la búsqueda en los accesos, Correa se dirigió a la casa del hombre.
Lo recibió todavía con cierta extrañeza por la presencia de la Guardia Civil. Correa fue directamente a lo que necesitaba saber.
—Me han dicho que pasó anoche por la zona del Barranco de Badajoz.
—Sí.
—¿Recuerda haber visto un coche detenido en el apartadero?
—Sí. Un coche gris.
—¿Podría reconocerlo?
—Creo que sí.
Correa le mostró una fotografía del vehículo.
El hombre la observó unos segundos.
—Era ese.
—¿Recuerda a qué hora pasó por allí?
El hombre dudó.
—No sabría decirle la hora exacta. Era tarde.
—¿Puede relacionarlo con algo que hiciera antes o después? Una llamada, la hora a la que salió de algún sitio...
—Miré la hora al salir de Güímar. Eran poco más de las once. Desde allí tardaría unos diez minutos.
La estimación situaba el paso por el apartadero alrededor de las 23:20, pero Correa no la anotó como una hora exacta.
—¿Vio a alguien junto al coche?
—Sí.
—¿A una persona?
—A una seguro.
—¿Pudo verle la cara?
—No. Había poca luz y yo iba pasando.
—¿Hombre o mujer?
—No podría asegurarlo.
Correa esperó.
El hombre parecía estar intentando reconstruir la imagen.
—Hubo otra cosa.
—¿Qué cosa?
—Me pareció ver a alguien más.
—¿Vio a dos personas?
El hombre negó lentamente.
—Vi a una. La otra... no estoy seguro. Pudo ser una sombra, un reflejo. Fue un momento.
—Entonces no sabe si había una segunda persona.
—No.
Correa anotó la respuesta.
Una persona.
Eso era lo que el testigo podía afirmar.
El resto, por el momento, era solo una impresión.
Cuando terminó, Correa regresó al barranco.
La búsqueda se había extendido cada vez más hacia el interior. Varios equipos revisaban el sendero y sus márgenes, avanzando por tramos cada vez más complicados .
Dos agentes aparecieron a lo lejos por el camino.
Correa los vio acercarse desde uno de los tramos que estaban revisando a pie.
Ambos traían algo en las manos.
Correa dejó lo que estaba haciendo y esperó a que llegaran.
Los agentes fueron directamente hacia él.
—Sargento.
Correa miró lo que traían.
—¿Qué habéis encontrado?
Cada agente llevaba una bolsa transparente. En una había una linterna; en la otra, una libreta bastante usada.
—¿Dónde estaban?
—Bastante adentro. Hemos seguido por el barranco hasta donde el acceso empieza a complicarse. Los encontramos entre unos matorrales, pegados al sendero.
Correa señaló los objetos.
—¿Juntos?
—Casi. La libreta estaba entre los matorrales. La linterna apareció unos metros más adelante.
—¿Habéis encontrado algo más?
—De momento, no.
Correa miró hacia el interior del barranco.
—¿Algún rastro de Álvaro Rodríguez?
—Nada.
Volvió a fijarse en los dos objetos.
Observó la bolsa de la libreta sin abrirla.
—¿Habéis fotografiado y marcado el lugar exacto donde apareció cada cosa?
—Sí, sargento.
—Bien. Enviadlas para que las examinen.
—¿Huellas?
—Huellas y cualquier otro indicio que pueda servirnos.
El agente asintió.
—Y volved a esa zona. Quiero que reviséis los alrededores con más detalle.
—Entendido .
Los dos agentes regresaron hacia el interior del barranco.
Pasaron casi tres horas hasta que Correa volvió a distinguirlos en el sendero.
Esta vez tardaron más en llegar.
Venían cansados. Llevaban polvo en las botas y en los pantalones, y uno de ellos tenía restos de vegetación adheridos a la ropa. Era evidente que habían tenido que apartarse del sendero y avanzar por zonas donde caminar resultaba complicado.
Correa salió a su encuentro.
Cuando estuvieron más cerca, vio que uno de ellos traía dos bolsas transparentes.
Los dos llegaron hasta él.
—¿Habéis encontrado algo más?
El agente levantó ligeramente las bolsas.
—Sí, sargento.
Correa se fijó en ellas.
En una había una cartera; en la otra, unas gafas.
—¿Dónde?
—Mucho más adentro que los anteriores. Nos hemos salido bastante del sendero.
—¿Estaban juntas?
—Prácticamente. La cartera estaba entre la vegetación y las gafas aparecieron a menos de un metro.
—¿Habéis marcado el punto?
—Sí, sargento.
Correa volvió a mirar las bolsas.
—¿Había algo más alrededor?
—Hemos revisado varios metros en todas direcciones. Nada.
—¿Algún rastro de una persona?
—Nada.
Correa observó el estado de los dos agentes.
Casi tres horas buscando.
Antes habían encontrado una libreta y una linterna.
Ahora una cartera y unas gafas .
De Álvaro Rodríguez, nada.
—Que vaya todo con lo anterior. Quiero los cuatro objetos documentados por separado y que los examinen.
—De acuerdo.
Correa señaló hacia el barranco.
—Por hoy habéis terminado vosotros. Id a descansar.
Los dos agentes se alejaron.
La búsqueda continuó alrededor del apartadero mientras empezaban a retirar parte de los medios desplegados durante el día.
Una voz llamó a Correa.
—Sargento.
Se volvió.
Uno de los agentes se acercaba desde el margen del apartadero.
—He encontrado un teléfono.
Correa miró inmediatamente hacia él.
—¿Dónde?
—Cerca del coche. Entre la vegetación.
Correa fue con él.
El agente lo condujo unos metros más allá del vehículo, hasta uno de los márgenes cubiertos de matorrales.
—Ahí.
Correa se agachó.
Entre las ramas distinguió un teléfono móvil.
—¿Lo has tocado?
—No.
Correa observó el lugar.
El teléfono no estaba junto al camino. Tampoco en una zona por la que alguien hubiera tenido que pasar necesariamente al bajar del coche.
Estaba metido entre los matorrales.
Correa frunció el ceño.
¿Qué hacía un teléfono allí?
La primera impresión fue que alguien lo había escondido.
Pero una impresión no era una prueba.
—Que nadie lo toque. Fotografiad primero el lugar.
Correa se incorporó y permaneció allí mientras documentaban el hallazgo.
Cuando terminaron, el teléfono fue recogido y guardado para su examen.
—Quiero saber a quién pertenece.
—Sí, sargento.
Correa volvió hacia el apartadero.
Poco después se quedó mirando mientras retiraban el coche de Álvaro para trasladarlo y examinarlo con más detalle.
Vio cómo se lo llevaban hasta que desapareció de su vista.
Después miró hacia el barranco.
Una llave que no abría el coche.
Cinco objetos dispersos entre los matorrales.
Un desaparecido.
Y ninguna explicación.