El misterio del barranco de Badajoz (Los ocho enigmas 1) EL COCHE CERRADO
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EL COCHE CERRADO

Había pasado la noche despertándose a cada ruido, convencida de haber oído el teléfono, el coche de Álvaro entrando en la calle o la puerta de casa al abrirse. El cansancio solo la había vencido al amanecer.

Álvaro no había vuelto.

Lo cogió antes de que terminara la primera vibración.

—¿Sí?

—¿Nayra Rodríguez?

—Sí.

—Soy el sargento Correa, de la Guardia Civil.

Nayra se incorporó.

—Hemos localizado el coche de su hermano.

Durante un instante sintió alivio.

—¿Está Álvaro con ustedes?

Hubo una breve pausa.

—No.

Nayra apartó las sábanas.

—¿Dónde está el coche?

—En las proximidades del Barranco de Badajoz.

El nombre le resultaba conocido. Había oído hablar de aquel lugar muchas veces, como casi cualquiera en Tenerife. Además, había ido allí de niña con Álvaro e Iván, aunque su hermano nunca le había dicho que pensara regresar aquella noche.

—¿Y él?

—Estamos intentando localizarlo.

Nayra se levantó.

—Voy para allá.

—Espere. No quiero que se acerque por su cuenta.

—Es mi hermano.

—Precisamente por eso.

Nayra apretó el teléfono.

—¿Le ha pasado algo?

—No lo sabemos.

—¿Hay sangre?

—No.

El alivio le duró un segundo.

—¿El coche está golpeado?

—No hemos visto daños que indiquen un accidente.

—Entonces ¿qué hace allí?

—Eso es lo que tenemos que averiguar.

Nayra caminó hasta la ventana.

—Quiero verlo.

Correa permaneció unos segundos en silencio.

—Necesitamos hacerle algunas preguntas sobre objetos que se ven en el interior. Puede que usted reconozca alguno. Le indicaré dónde encontrarnos, pero cuando llegue deje el coche donde le diga el agente y no se acerque al vehículo de su hermano hasta que yo se lo permita.

—De acuerdo.

—Y conduzca con calma.

Se vistió deprisa, se recogió el pelo y salió de casa sin desayunar.

Durante el trayecto intentó concentrarse en la carretera, pero las palabras de Correa regresaban una y otra vez.

Hemos localizado el coche de su hermano.

El coche.

No a Álvaro.

A medida que avanzaba, las casas fueron quedando atrás y la carretera empezó a estrecharse entre laderas. Hacía años que no recorría aquel camino.

Poco después distinguió un vehículo de la Guardia Civil .

Redujo la velocidad.

Un agente situado junto a la carretera le hizo una señal para que se detuviera.

Nayra bajó la ventanilla.

—Soy Nayra Rodríguez. El sargento Correa me ha llamado.

El agente asintió y le indicó un lugar donde dejar el coche.

—Aparque ahí, por favor.

Nayra obedeció.

Al bajar vio la cinta que delimitaba parte del apartadero y varios agentes trabajando al otro lado.

Entonces lo vio.

El coche gris de Álvaro.

Echó a andar hacia él.

—Señora, espere.

El agente se interpuso antes de que alcanzara la zona delimitada.

—Es el coche de mi hermano.

—Lo sé, pero no puede pasar.

Nayra intentó mirar por encima de su hombro.

—¿Dónde está Álvaro?

—Tiene que esperar al sargento Correa.

—Él me ha dicho que viniera.

—Sí. Y ahora vendrá a buscarla. Espere aquí, por favor.

Nayra se quedó junto a la cinta.

Desde allí recorrió el lugar con la mirada.

Vio a dos agentes junto al coche. A otro más cerca del camino de tierra.

Buscó a Álvaro entre ellos.

No estaba.

Unos segundos después, Correa salió de detrás del vehículo y caminó hacia ella.

—Gracias por venir.

Nayra apenas apartó la mirada del coche.

—¿Han encontrado algo?

—Estamos revisando el vehículo y los alrededores.

—¿Y de Álvaro?

—De momento, nada.

Correa levantó ligeramente la cinta.

—Puede acompañarme, pero no toque nada y no se separe de mí.

Nayra pasó al otro lado.

El coche estaba ligeramente ladeado en el apartadero, junto al comienzo de un camino de tierra. Las cuatro puertas permanecían cerradas. Las ventanillas estaban intactas.

Cuanto más se acercaba, más normal parecía.

Demasiado normal.

Durante el trayecto había imaginado un cristal roto, una puerta abierta, algún golpe que explicara por qué Álvaro había dejado el coche allí.

No había nada de eso.

—¿Estaba así cuando lo encontraron?

—Sí.

—¿Cerrado?

—Sí.

Nayra observó el interior a través de la ventanilla.

En el asiento trasero reconoció una chaqueta de Álvaro.

—La chaqueta es suya.

Correa miró hacia el interior.

—¿Está segura?

—Sí. Se la he visto muchas veces.

Correa anotó algo.

Poco después se acercó el agente encargado de abrir el vehículo sin dañar la cerradura.

—Sargento, ya podemos abrirlo.

Correa asintió y acompañó a Nayra unos pasos hacia atrás.

—Quédese aquí.

Nayra permaneció junto a él mientras los agentes se acercaban al vehículo.

Una vez abierto, los agentes comenzaron a revisar el coche con cuidado .

Nayra siguió cada movimiento desde donde estaba.

Abrieron la guantera.

Revisaron los asientos.

Miraron debajo de ellos.

Comprobaron el maletero.

Durante los primeros minutos no apareció nada que pareciera explicar qué había ocurrido.

Hasta que uno de los agentes se agachó junto al asiento del conductor.

—Sargento.

Correa se acercó.

El agente había levantado ligeramente la alfombrilla del suelo. Entre esta y la moqueta había aparecido una llave.

La recogieron y la guardaron en una pequeña bolsa transparente.

Correa la observó un instante antes de acercarse a Nayra.

—¿Reconoce esta llave?

Nayra la miró con atención.

—No.

—¿Sabe de qué puede ser?

Ella volvió a fijarse en la llave.

—Ahora mismo, no.

Correa asintió y devolvió la bolsa al agente.

Solo indicó que, una vez documentada, comprobaran si correspondía al vehículo.

La respuesta llegó unos minutos después.

La llave no abría ninguna de las cerraduras.

Había aparecido escondida dentro de un coche cerrado, pero no pertenecía al coche.

Nayra volvió a mirar el coche.

Los agentes continuaron revisándolo.

Durante un rato siguió sus movimientos desde fuera. Extrajeron varios objetos, los fotografiaron y los guardaron por separado antes de continuar con la inspección.

Nada parecía provocar una reacción especial.

Correa regresó junto a ella.

—De momento no hemos encontrado nada que explique por qué apareció el coche aquí.

Nayra miró hacia el camino que se adentraba en el barranco.

—¿Está seguro de que lo dejó él?

Correa tardó un instante en responder.

—El coche llegó hasta aquí, pero todavía no podemos asegurar que fuera él quien lo condujo.

Aquella posibilidad no se le había ocurrido.

Nayra volvió la mirada hacia el vehículo.

Correa señaló hacia el interior del barranco.

—Ya hay gente revisando los accesos y los primeros tramos.

Nayra vio a varios agentes distribuidos por la zona. Algunos avanzaban por el camino; otros inspeccionaban los márgenes.

—Quiero ir con ellos.

—No.

—Si encuentran algo de Álvaro, podría reconocerlo.

—Si necesitamos que identifique algo, la avisaremos.

—Puede estar herido.

—Lo sé.

—Entonces no puedo quedarme aquí sin hacer nada.

Correa la miró.

—Ahora mismo, lo mejor que puede hacer por su hermano es dejarnos trabajar.

Nayra no contestó.

Sabía que tenía razón.

Volvió al lugar que le habían indicado y se quedó observando el movimiento de los agentes.

Cada vez que alguno regresaba por el camino, levantaba la cabeza.

Ninguno traía noticias.

Un guardia civil llegó desde la zona de acceso y se dirigió a Correa.

—Sargento.

Correa se apartó unos metros con él .

Hablaron brevemente.

Nayra los observó, pero no alcanzó a oír nada.

Cuando terminaron, el agente se alejó y Correa regresó junto a ella.

—Nos ha sido de mucha ayuda. Ahora necesitamos seguir trabajando. Lo mejor es que regrese a casa.

Nayra miró hacia el coche de Álvaro.

—Puedo esperar.

—No es necesario. Si necesitamos algo más, la llamaremos.

Correa sacó una tarjeta y se la entregó.

—Mientras tanto, intente recordar cualquier cosa de anoche que se le haya podido pasar por alto. Algo que dijera su hermano, algún comportamiento extraño, cualquier detalle.

—Ya les conté todo lo que recuerdo.

—Lo sé. Pero a veces, cuando pasan unas horas, uno recuerda cosas que en ese momento no parecían importantes.

Correa señaló la tarjeta.

—Si recuerda algo, llámeme.

Nayra la guardó.

—¿Y si saben algo de Álvaro?

—La llamaré.

Nayra volvió la vista hacia el coche de su hermano.

Le costaba marcharse.

Finalmente caminó hacia el suyo.

Antes de subir miró una última vez hacia el apartadero.

El coche de Álvaro seguía allí, rodeado de agentes.

Álvaro no.