LO ESTABAN BUSCANDO
Cuando Nayra abrió los ojos, no necesitó ni un segundo para recordar la noche anterior.
Antes de incorporarse buscó el móvil.
Ningún mensaje.
Se levantó y fue directamente a la habitación de Álvaro. Empujó la puerta y se quedó mirando la cama.
Intacta.
Ni una arruga en las sábanas.
—Álvaro.
Nadie respondió.
Miró en el baño. Después en la cocina, aunque sabía que no iba a encontrarlo allí.
Volvió a llamarlo. El teléfono dio tono, pero él no contestó.
Nayra intentó no preocuparse. Álvaro podía haberse quedado en casa de algún amigo, haberse dormido en cualquier sitio o haber decidido no contestar porque no le apetecía dar explicaciones.
Pero había dicho que no iba a tardar.
Abrió WhatsApp y escribió a Rubén.
¿Álvaro está contigo? Anoche vi tu mensaje y salió poco después. No ha vuelto a casa.
Rubén respondió al cabo de unos segundos.
Sí, estuvo conmigo un rato. Luego se marchó. Pensé que ya había vuelto a casa.
Nayra leyó el mensaje dos veces.
¿A qué hora se fue?
No miré la hora. Cerca de medianoche, supongo .
¿Dijo adónde iba?
No. Solo que se iba.
Nayra dejó el teléfono sobre la mesa. Hasta ese momento había conservado una explicación sencilla: Álvaro se había quedado con Rubén.
Ya no.
Se duchó deprisa, se vistió y salió de casa.
Empezó por los lugares más evidentes. Fue a una cafetería donde Álvaro solía desayunar algunos fines de semana. Preguntó por él. Nadie lo había visto.
Después cogió el coche y recorrió algunas de las calles por las que sabía que solía moverse. Miraba las aceras, los aparcamientos, las terrazas. Buscaba su coche antes que su cara.
Sabía que recorrer calles al azar no tenía mucho sentido, pero quedarse en casa mirando el teléfono tenía todavía menos.
Lo llamó otra vez.
Nada.
A media mañana regresó. Antes de entrar miró hacia donde Álvaro solía dejar el coche.
El espacio seguía vacío.
Volvió a escribirle.
Llámame cuando veas esto.
Junto al mensaje aparecieron dos marcas grises. No hubo respuesta.
A mediodía llamó a Iván, el mejor amigo de Álvaro.
—¿Sabes algo de él?
—No. ¿Qué pasa?
—Salió anoche y todavía no ha vuelto.
Hubo una pausa.
—¿Has hablado con Rubén?
—Sí. Dice que estuvo con él un rato y que después se marchó.
—Pues conmigo no está. Si sé algo, te llamo.
—Hazlo, por favor.
Después llamó a Rubén.
—¿Sabes algo?
—No. ¿Todavía no ha vuelto?
—No.
—Ayer estaba bien cuando se fue —dijo Rubén .
Nayra frunció el ceño.
—¿Bien?
—Sí. Normal.
—¿Discutisteis?
—Nada importante. Hablamos de nuestras cosas, ya sabes.
—Vale.
—No te preocupes. Seguro que aparece.
Nayra no respondió. Era casi lo mismo que llevaba diciéndose desde que había despertado, pero en boca de Rubén sonó menos convincente.
Quiso creerlo.
Pasó la tarde esperando. Cada vez que oía un coche en la calle se acercaba a la ventana.
Ninguno era el de Álvaro.
Cuando empezó a oscurecer, dejó de esperar.
Cogió las llaves y salió.
En el puesto de la Guardia Civil explicó que su hermano había salido la noche anterior y todavía no había regresado.
El agente que la atendió no le pidió que esperara veinticuatro horas. Le preguntó cuándo lo había visto por última vez.
—Anoche. Salió de casa poco antes de las once.
—¿Dijo adónde iba?
—No.
—¿Iba en su coche?
—Sí.
—¿Llevaba el teléfono?
—Sí, pero no contesta.
Le pidieron una fotografía reciente. Nayra abrió la galería y pasó varias imágenes demasiado deprisa: Álvaro riéndose, mirando hacia otro lado, con unas gafas de sol. Eligió una en la que se le veía bien la cara.
Después llegaron más preguntas .
Qué ropa llevaba.
Qué coche conducía.
La matrícula.
Si tenía problemas económicos.
Si había discutido con alguien.
Si tomaba medicación.
Si había desaparecido antes.
Si existía algún motivo por el que pudiera querer marcharse sin avisar.
Nayra respondió una por una. Las preguntas reducían a su hermano a una lista de datos: ropa, coche, amistades, costumbres.
Cuando mencionó a Rubén, el agente levantó la vista.
—¿Quién es Rubén?
—Un amigo de mi hermano.
—¿Por qué lo menciona?
—Anoche le envió un mensaje. Lo vi antes de que Álvaro saliera de casa. Cuando le pregunté si iba a verlo, no me lo negó.
—¿Ha hablado con él?
—Sí. Esta mañana.
—¿Qué le ha dicho?
—Que estuvieron juntos un rato y que después Álvaro se marchó. Me dijo que, por la hora que era, entendió que regresaba a casa.
El agente anotó el nombre.
—¿Ocurrió algo más antes de que se marchara?
Nayra recordó la llamada.
—Sí. Recibió una llamada.
—¿Sabe quién era?
—No. Salió al balcón para contestar. Solo pude oír lo que decía él.
—¿Qué dijo?
Nayra cerró los ojos un instante. La escena regresó con una claridad que no había tenido la noche anterior: Álvaro en el balcón, el teléfono pegado al oído, la voz cada vez más baja.
—Primero le dijo que no volviera a llamarlo. Después dijo: «No. Esta noche no». Y al final: «Ya voy».
—¿Le preguntó quién era?
—Sí. Me dijo que nadie.
El agente volvió a escribir.
Nayra observó el bolígrafo moverse sobre el papel. Hasta ese momento todo había ocurrido dentro de su cabeza: la preocupación, las llamadas, las horas sin respuesta.
Ahora alguien lo estaba anotando.
Su hermano había dejado de ser simplemente alguien que no había vuelto a casa.
Lo estaban buscando.