El misterio del barranco de Badajoz (Los ocho enigmas 1) EL MENSAJE
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El misterio del barranco de Badajoz (Los ocho enigmas 1)

El misterio del barranco de Badajoz (Los ocho enigmas 1)

Por J.L. Rodriguez

© inepub.com

EL MENSAJE

Nayra levantó la vista.

Su hermano no.

Álvaro siguió cortando la carne.

Despacio.

Demasiado despacio.

—¿No lo miras?

—Luego.

Nayra lo conocía desde antes de que supiera mentir. De niño, cuando rompía algo o hacía alguna trastada, se delataba mirando demasiado fijo, como si bastara con parecer inocente. Con los años había aprendido a sonreír, a encogerse de hombros y a cambiar de tema.

Pero seguían quedándole las manos.

Las manos nunca habían aprendido a mentir.

Aquella noche sostenía el cuchillo con tanta fuerza que los nudillos empezaban a blanquear.

La pantalla volvió a iluminarse. Esta vez Nayra alcanzó a leer el nombre y una frase antes de que Álvaro cubriera el teléfono con la mano.

Rubén.

Necesito verte.

—¿Desde cuándo Rubén te escribe así a estas horas?

—Desde que tiene mi número.

Nayra dejó el tenedor sobre el plato.

—No tiene gracia.

—Ya.

Álvaro apartó la mirada y no volvió a probar la comida.

Dos minutos después llegó la llamada.

Álvaro miró la pantalla. Esta vez no fingió indiferencia.

—Ahora vuelvo.

Cruzó el salón, salió al balcón y dejó la puerta entornada. Nayra permaneció sentada. No podía oír la voz al otro lado, solo la de su hermano, amortiguada por el cristal.

—Te dije que no volvieras a llamarme.

Silencio.

Álvaro caminó hasta la barandilla.

—No. Esta noche no.

Otro silencio.

Nayra dejó de fingir que miraba el plato.

Álvaro se pasó una mano por la nuca y bajó la voz.

—Ya voy.

Cuando regresó al salón, Nayra había apartado los cubiertos.

—¿Quién era?

—Nadie.

Ella arqueó una ceja.

—A nadie no le dices que no vuelva a llamarte.

Álvaro no respondió. Cogió las llaves del coche del mueble de la entrada y sacó una mochila vieja del armario.

—¿Qué haces?

—Tengo que salir un momento.

—¿Por Rubén?

Álvaro dejó escapar el aire por la nariz.

—Nayra, no empieces.

—¿Que no empiece qué? Eres tú el que se va de casa a estas horas después de recibir un mensaje y una llamada de alguien a quien no quieres ni nombrar.

Álvaro cerró los ojos un instante.

—Mañana te lo cuento.

Ella soltó una risa breve, sin humor.

—Eso dices siempre.

La frase les dolió a los dos porque era verdad.

Álvaro abrió la puerta.

—No voy a tardar.

Nayra miró el reloj de la cocina: 22:58.

—¿No puede esperar a mañana?

Álvaro tenía una mano sobre el picaporte. Dudó.

—No.

—¿Tan urgente es?

Él se volvió. Durante un segundo, Nayra creyó que por fin iba a hablar. Álvaro la miró como si tuviera demasiadas cosas que decir y ninguna pudiera atravesarle la garganta.

Al final se acercó y le rozó el brazo.

—Mañana.

Y salió.

Nayra permaneció quieta unos segundos antes de acercarse a la ventana. Desde allí vio a Álvaro cruzar la calle, abrir el coche y lanzar la mochila en el asiento. Después se sentó al volante.

El motor arrancó. Los faros iluminaron la fachada del edificio de enfrente y el coche desapareció calle abajo.

Nayra siguió mirando incluso cuando ya no había nada que ver.

A las once y media lo llamó.

Había recogido los platos, limpiado la mesa y encendido la televisión. Llevaba varios minutos cambiando de canal sin prestar atención a ninguno.

No podía quitarse de la cabeza la forma en que Álvaro había dicho mañana.

Como una promesa.

O como una despedida.

Marcó su número. La llamada dio varios tonos antes de cortarse.

Nadie respondió .

Pensó en escribir a Rubén. Incluso abrió la conversación, pero no llegó a teclear nada. Álvaro tenía treinta y cuatro años. Era absurdo perseguirlo cada vez que salía sin dar explicaciones. Al menos eso se dijo.

A medianoche volvió a mirar el teléfono.

Nada.

Cerca de la una terminó escribiéndole.

¿Todo bien?

Junto al mensaje aparecieron dos marcas grises, pero no hubo respuesta.

Nayra dejó el móvil boca abajo sobre la mesa. Cinco minutos después volvió a cogerlo.

Nada.

A la una y media, vencida por el cansancio, se metió en la cama y dejó el teléfono sobre la mesilla. Apagó la luz.

Durante unos minutos permaneció despierta, escuchando los ruidos del edificio: una tubería, el ascensor lejano, pasos en algún piso superior.

Cerró los ojos.

Los volvió a abrir.

Cogió el teléfono por última vez.

01:34.

Abrió la conversación.

¿Todo bien?

Dos marcas grises.

Ninguna respuesta.

Nayra dejó el móvil en la mesilla.

Esta vez no volvió a cogerlo.

Álvaro seguía sin responder.