El Misterio de Ravenscroft: El Hilo de la Traición Capítulo 4 La Geometría del Engaño
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Capítulo 4 La Geometría del Engaño

La pesada puerta de roble se cerró a sus espaldas con un chasquido metálico, aislando los murmullos de la policía en el pasillo. De pronto, el silencio dentro del estudio de Lord Arthur Ravenscroft fue absoluto, pesado y sofocante.

Elías Sadurní se detuvo en el centro de la alfombra persa, cerró los ojos y aspiró profundamente por la nariz, como un sumiller catando una cosecha mortal.

—Almendras amargas —murmuró, abriendo los ojos—. Un aroma inconfundible. Cianuro.

Victoria Vane no se molestó en oler el aire.

Sus ojos fueron directamente al cadáver.

Lord Arthur yacía desplomado sobre el imponente escritorio de caoba.

Su rostro corpulento, curtido por años de viento marino en los puertos, tenía los ojos muy abiertos y los labios teñidos de un macabro tono azulado.

Con pasos felinos, Victoria rodeó el escritorio y se inclinó cerca del rostro del difunto, estudiándolo con la misma intensidad con la que leería el guion de su próxima película.

—Míralo bien, Elías —dijo ella, señalando la postura de los brazos del muerto—.

No hay tensión en los hombros. No intentó levantarse ni cubrirse el rostro.

Estaba relajado, leyendo o escribiendo algo.

La persona que vertió el veneno en su taza no lo hizo a escondidas; estaba parada exactamente donde estoy yo.

Lord Arthur la estaba mirando a los ojos mientras lo hacía.

—Confianza —concluyó Elías, acercándose al escritorio—. La emoción más letal en el tablero.

Elías ignoró el cuerpo por un momento y se centró en la taza de porcelana volcada.

El té Earl Grey había formado un charco oscuro sobre la madera, empapando un documento escrito a pluma.

Con cuidado de no mancharse las yemas de los dedos, Elías separó las hojas húmedas.

La tinta se había corrido, pero las palabras clave sobrevivían como faros en la niebla.

—"...debido a sus imperdonables deudas y recientes traiciones, retiro a mi socio, el Sr. Sterling, de todo control sobre la Compañía... mi esposa, Eleanor, recibirá únicamente la pensión mínima..." —leyó Elías en voz alta.

Victoria dejó escapar un silbido bajo y melodioso. —Un testamento de última hora. Lo desheredó todo. Y a juzgar por la caligrafía apresurada, el viejo estibador estaba furioso. Alguien debió enseñarle una muy mala carta esta noche.

—Y yo sé dónde terminó esa carta —dijo Elías, su mirada gris clavada en la chimenea encendida.

Tomó unas largas pinzas de bronce y hurgó entre las brasas agonizantes.

Con un movimiento rápido, rescató un trozo de cartulina fotográfica con los bordes chamuscados.

La sopló ligeramente y se la tendió a Victoria.

En el fragmento, a salvo del fuego, se veía la mano de una mujer con un vestido de encaje entrelazada con la mano de un hombre.

En el dedo anular de él brillaba un pesado anillo de sello con el emblema de un águila.

—La viuda y el socio —sonrió Victoria, encantada con el drama—. Qué predecibles son los aristócratas, Elías. Sus chequeras son grandes, pero su imaginación para el adulterio es pobrísima. Arthur encontró esta foto, estalló en cólera, la arrojó al fuego y se sentó a destruirles la vida.

—Y ellos se dieron cuenta de que el juego había terminado —añadió Elías, caminando ahora hacia la puerta por la que acababan de entrar. Se arrodilló, manchando el fino tejido de sus pantalones a medida, y sacó una lupa del bolsillo de su chaleco.

Pegó el rostro a las tablas del suelo, examinando el umbral.

—El Inspector Graves está convencido de que esto es brujería o un túnel secreto, Victoria. Porque la puerta estaba cerrada por dentro. Pero la magia no existe, solo existe la fricción y la física.

Con un movimiento preciso de sus pinzas de relojero, Elías arrancó algo minúsculo de una astilla en la parte inferior de la puerta. Se levantó y lo sostuvo bajo la luz de la lámpara de gas. Era una delgadísima hebra de seda negra.

—El asesino ató un hilo al ojal de la llave.

Salió, cerró la puerta, y tiró del hilo por debajo de la rendija para girar la cerradura desde el pasillo.

Al dar un tirón final para recuperar el hilo, esta hebra se rasgó con la madera —Elías guardó el hilo en una pequeña caja de metal—. Un truco elegante para un cobarde.

—Bien, tenemos el motivo, la foto y el método de la puerta —Victoria se cruzó de brazos, apoyándose en el escritorio sin tocar el té envenenado—.

Pero algo no encaja en la obra de teatro, Sadurní.

El cianuro huele a kilómetros. Si Sterling se lo puso en el té, Arthur se habría dado cuenta.

Sterling es torpe, lo leí en sus ojos en el pasillo.

—Sterling no sirvió el té —corroboró Elías, caminando hacia el gran ventanal de la habitación—. Arthur acababa de descubrir la traición; jamás habría aceptado una bebida de su socio. Fue la esposa. Eleanor. Una "oferta de paz" envenenada mientras el socio se escondía en las sombras.

Elías pasó un dedo por el alféizar interior de la ventana. —Agua. Y barro en el pestillo —murmuró—. La ventana está perfectamente cerrada, no hay goteras, pero hay agua de lluvia adentro.

Limpió el vaho del cristal con la manga y miró hacia abajo, hacia la oscuridad del jardín azotado por la tormenta. —Ahí está. Un frasco de vidrio roto sobre los rosales. Sterling tiró el veneno por aquí para no sacarlo al pasillo y arriesgarse a ser visto.

De pronto, un sonido rítmico captó la atención de ambos. O más bien, la falta de él.

En una esquina de la habitación se alzaba un majestuoso reloj de péndulo. Estaba completamente mudo. Las manecillas marcaban las diez y catorce minutos.

—¿Qué hora tienes, Victoria? —preguntó Elías, acercándose al mueble. —Casi la una de la madrugada —respondió ella, sacando un pequeño reloj de pulsera con incrustaciones—. ¿Se le acabó la cuerda?

—En una casa donde hay un mayordomo tan meticuloso como Bates, los relojes no se detienen por falta de cuerda —Elías abrió la puerta de cristal de la alta caja de caoba—.

Se detienen porque alguien necesita forjar una coartada perfecta.

Si la policía cree que Arthur murió a las 10:14, Sterling y Eleanor solo necesitan probar que a esa hora estaban en el salón tomando jerez frente a los sirvientes.

Elías metió la mano detrás del pesado disco de latón del péndulo. Sus dedos rozaron algo húmedo y suave. Tiró de ello.

Eran unos guantes de seda negra de caballero, completamente empapados de agua de lluvia. Al guante derecho le faltaba un hilo en la punta del dedo índice.

Elías miró los guantes mojados, su mente trabajando a mil por hora. Las ruedas del reloj giraban, pero no estaba satisfecho.

—Tener las pruebas y obligarlo a confesar son dos juegos distintos, Victoria —dijo Elías, sopesando los guantes—.

Si salgo y digo que estos son los guantes de Sterling, su abogado lo negará.

Dirá que Arthur los metió ahí, que son de otra persona.

Necesito atrapar su mano dentro del guante, literal y metafóricamente, frente al Inspector Graves.

Elías se guardó los guantes en el bolsillo y se giró hacia la puerta, ajustándose los puños de la camisa con una precisión gélida.

—Victoria —dijo, deteniéndose en el umbral. No se giró para mirarla, pero una sonrisa ladeada asomó a sus labios—. ¿Sabes qué creo que necesita este lúgubre velorio?

Victoria guardó su reloj de bolsillo con un suave chasquido metálico.

—Sorpréndeme, Sadurní —respondió ella, inclinando levemente la cabeza bajo el ala de su sombrero.

—Creo que la noche es gélida, los nervios están crispados y todos nosotros, incluyendo a los asesinos y al Inspector de policía, necesitamos urgentemente ir a la cocina... a hornear unas galletas.