Capítulo 3 El Arte del Luto
El pasillo del ala este era largo, opresivo y olía a cera de abejas y humedad. Al fondo, franqueada por dos jóvenes agentes de policía que parecían a punto de desmayarse por los nervios, se alzaba la pesada puerta de roble del estudio de Lord Arthur.
Pero el paso estaba bloqueado.
Una mujer de figura esbelta y porte imponente estaba arrinconando a uno de los agentes contra la pared tapizada. Llevaba una bata de seda negra, ceñida con un cinturón de terciopelo. Era Lady Eleanor Ravenscroft.
—...es un ultraje y una falta de respeto a la memoria de mi esposo —siseaba ella, su voz temblando con una indignación que resonaba en todo el corredor—.
¡Tienen a mi casa sitiada como si fuera una taberna de los muelles!
¡Exijo que el cuerpo de Arthur sea trasladado a su alcoba de inmediato para que reciba los ritos adecuados!
El Inspector Graves, de Scotland Yard, sudando frío, intentó adelantarse para apaciguarla. —Milady, le ruego que comprenda. Es una escena del crimen, no podemos mover a Lord Ravenscroft hasta que...
—¿Hasta que un grupo de incompetentes termine de pisotear mis alfombras? —le interrumpió Eleanor, girándose hacia Graves con ojos centelleantes.
Elías Sadurní no se detuvo. Caminó directamente hacia ella, con las manos entrelazadas a la espalda y la pipa apagada asomando por la comisura de los labios.
No hizo ninguna reverencia. No mostró el menor rastro de condolencia.
Se detuvo a medio metro de la viuda y la observó de arriba abajo con la misma frialdad con la que un relojero examina un engranaje defectuoso.
—Una taberna de los muelles, Lady Ravenscroft —murmuró Elías, su voz rasposa cortando el aire—. Curiosa elección de palabras. Aunque, si me lo permite, en las tabernas he visto a mujeres llorar con más convicción la pérdida de un chelín que la que usted muestra por la pérdida de su marido.
Lady Eleanor se quedó paralizada. El insulto fue tan directo, tan desprovisto de la cortesía aristocrática a la que estaba acostumbrada, que literalmente se quedó sin aire.
—¿Quién se atreve...? —tartamudeó, irguiéndose para usar su altura y su estatus como escudo—. ¿Quién es este insolente, Inspector Graves?
—Mi nombre es Elías Sadurní. Y estoy aquí para entender por qué las piezas de su tablero no encajan, milady —Elías dio un paso lateral, rodeándola lentamente como un depredador—.
Por ejemplo, el Inspector Graves ve a una viuda devastada a la que despertaron en mitad de la noche con la peor de las noticias.
Yo, en cambio, veo que su bata de seda negra tiene el nudo del cinturón hecho con un lazo doble y perfecto.
Veo que no hay ni una sola arruga en la seda de su espalda, lo que significa que usted no estaba acostada cuando escuchó la noticia. Y lo más fascinante...
Elías se inclinó levemente hacia ella, aspirando el aire.
—...lleva usted unas gotas de L'Heure Bleue de Guerlain en el cuello. Un perfume de noche, pesado y seductor. Dígame, Lady Eleanor, ¿es costumbre en la alta sociedad perfumarse el cuello a la medianoche para irse a dormir sola?
Eleanor palideció. Sus manos, que hasta ese momento habían estado cerradas en puños de indignación, temblaron y se abrieron instintivamente, buscando la tela de su bata para cubrirse el cuello en un gesto defensivo.
Elías la había desarmado usando solo la fricción de la seda y un rastro olfativo.
Había destrozado su coartada física de "viuda sorprendida en la cama" en diez segundos.
Antes de que la viuda pudiera recomponer su furia para contraatacar, Victoria Vane se deslizó hacia adelante, parándose hombro con hombro junto a Elías.
—No sea tan duro con ella, Elías —dijo Victoria, con una sonrisa dulce y envenenada—. El luto es un papel muy difícil de interpretar. Yo misma tuve que hacerlo en La Condesa Ciega. El director me obligó a repetir la escena diez veces.
Lady Eleanor miró a Victoria con absoluto desprecio. —¿Y usted quién se supone que es? ¿Su ramera personal?
Graves soltó un jadeo ahogado ante el insulto, pero Victoria ni siquiera parpadeó. Su sonrisa solo se ensanchó, afilándose como una navaja.
—Oh, milady, no proyecte sus propios talentos en mí —ronroneó Victoria, acercándose lo suficiente para que solo Eleanor y Elías pudieran escucharla con claridad—.
Como le decía, el director me enseñó algo vital sobre fingir dolor.
Me dijo: "Victoria, querida, cuando una mujer pierde de forma repentina al amor de su vida, sus ojos buscan el cuerpo. Buscan acercarse, buscan negarlo."
Victoria levantó una mano enguantada y señaló con delicadeza el rostro de Eleanor.
—Pero desde que llegamos a este pasillo —continuó Victoria, su tono bajando a un susurro gélido—, usted no ha mirado hacia la puerta de ese estudio ni una sola vez.
Sus ojos están fijos en el Inspector. Y en nosotros.
Usted no está suplicando entrar para ver a su difunto esposo...
está montando un escándalo en el pasillo para asegurarse de que nosotros no entremos.
Tiene miedo, Lady Eleanor. Y el miedo, a diferencia del dolor, no se puede maquillar.
Eleanor retrocedió un paso, como si Victoria la hubiera abofeteado físicamente.
Su pecho subía y bajaba con agitación. El juego de póquer se le había salido de control.
Había intentado ir de farol contra la policía, y de repente se había topado con dos jugadores que leían sus cartas abiertas sobre la mesa.
—Yo... yo no tengo por qué tolerar esto en mi propia casa —balbuceó la viuda, perdiendo toda su compostura.
De las sombras del pasillo, una figura alta y encorvada se materializó en silencio.
Era Bates, el anciano mayordomo. Su rostro era una máscara de piedra, tallada por años de estoicismo inquebrantable, pero sus ojos reflejaban una profunda tristeza que contrastaba brutalmente con el teatro de su señora.
—Si me lo permite, milady —dijo Bates, con una voz profunda que resonó como un violonchelo viejo—. El médico ha sugerido que descanse en el salón. Le he preparado una infusión de tila. Los... caballeros y la dama deben hacer su trabajo. Lord Arthur lo habría querido así.
El nombre de Lord Arthur en boca de su sirviente más leal pareció ser el golpe final.
Lady Eleanor miró a Bates, luego a Elías, y finalmente a Victoria, con un odio puro y destilado.
Se dio la vuelta con un brusco giro de sedas y se alejó por el pasillo, seguida de cerca por el silencioso mayordomo.
Elías sacó su reloj de bolsillo de plata, comprobó la hora y lo volvió a guardar con un chasquido.
—Treinta segundos para quebrar a la principal sospechosa, Victoria. Te estás volviendo lenta —dijo Elías con su habitual ironía.
—Estaba siendo educada. Además, su perfume me dio náuseas —respondió ella, ajustándose el sombrero y sacando su baraja de cartas—. Tu turno, Sadurní. Muéstrame qué hay al otro lado de esa puerta.
Elías se giró hacia los dos jóvenes policías, que los miraban con la boca abierta, aterrorizados.
Con un simple gesto de la mano, los oficiales se apartaron de inmediato.
Elías Sadurní empujó la pesada puerta de roble del estudio y la oscuridad, cargada con el acre olor a almendras amargas, los invitó a entrar al verdadero tablero de juego.