Capítulo 2 El Rey de los Muelles
El traqueteo del motorcar Bentley contra el camino de grava era ensordecedor, compitiendo solo con la lluvia que azotaba los cristales. La noche en los acantilados de Sussex era un abismo de tinta negra.
En el asiento trasero, Elías Sadurní no miraba por la ventana. Sus ojos grises estaban fijos en el vacío del habitáculo, calculando. A su lado, el rítmico y sutil zumbido de una baraja de naipes franceses barajándose a una mano rompía su concentración.
Flick, flick, flick.
—Victoria, si vas a seguir haciendo eso con los naipes, te pediré que bajes a empujar el coche en el próximo charco de barro —murmuró Elías, sin molestarse en mirarla.
Lady Victoria Vane detuvo el naipe de picas justo en la punta de sus largos dedos enguantados.
Llevaba un sombrero de ala asimétrica que ocultaba la mitad de su rostro y un abrigo de terciopelo que delataba un lujo que, irónicamente, Elías pagaba.
Sonrió, una de esas sonrisas de medio lado que en el cine mudo significaban peligro, y deslizó la baraja en el bolsillo de su abrigo.
—Estás tenso, Sadurní. Y cuando estás tenso, no estás viendo el tablero completo —dijo ella con una voz aterciopelada, educada en los mejores salones de Londres, pero afilada en las peores mesas de póquer clandestinas—.
Estás pensando en la cerradura. En cómo alguien mató a Lord Arthur en un cuarto cerrado.
—Es el único movimiento lógico a analizar —respondió él, sacando su pipa apagada solo para juguetear con la boquilla—.
El telegrama de la policía fue claro: el cuerpo está en su estudio, la puerta cerrada por dentro con la llave puesta.
Sin ventanas abiertas, sin túneles secretos. Una jugada mecánicamente perfecta.
—Pero humanamente estúpida —replicó Victoria, apoyando la barbilla en su mano y mirándolo con un brillo de burla—.
Estás olvidando quién era el Rey del tablero, Elías.
Lord Arthur Ravenscroft no nació con ese título.
Era un estibador. Un salvaje de los muelles de Londres que cargaba carbón a los doce años y rompía mandíbulas por unas cuantas monedas a los veinte.
Elías asintió lentamente. Esa era la variable que hacía el caso fascinante.
—Construyó la Compañía Naviera Ravenscroft hundiendo a sus rivales, literalmente, en algunos casos —continuó Elías, hilando el pensamiento de ella—.
Un hombre así, que ha sobrevivido a matones, extorsiones y traiciones, desarrolla una paranoia clínica.
Nunca le daría la espalda a nadie, y jamás permitiría que alguien entrara a su despacho sin mantener una mano cerca del revólver de su cajón.
—Exacto. Un hombre que sube desde el barro no se deja matar en silencio en su propio estudio por un desconocido que se cuela por la chimenea —Victoria se inclinó hacia adelante, la actriz aristócrata entrando en su elemento, leyendo a un muerto—.
No hubo lucha física porque Arthur dejó que el asesino se acercara.
Confió en él. O en ella. Quien lo mató no tuvo que forzar la puerta, Sadurní.
Simplemente supo cómo sonreírle. Jugaron con su única debilidad: creyó que tenía el control.
Elías detuvo el movimiento de su pipa. Las piezas comenzaban a encajar. Victoria tenía razón; el mecanismo del cuarto cerrado era solo el truco de magia después del asesinato, pero el asesinato en sí requería proximidad y confianza.
—Entonces, cuando lleguemos a esa mansión, yo desarmaré el truco físico —sentenció Elías, clavando su mirada calculadora en ella—. Y tú, Victoria, te encargarás de que las piezas hablen. Quiero saber quién está sudando, quién llora lágrimas falsas y quién finge estar sorprendido.
—Déjamelo a mí —sonrió ella, un brillo depredador asomando bajo el ala de su sombrero—. A los aristócratas les encanta fingir que tienen un póquer perfecto, pero siempre les tiembla algo cuando el crupier recoge las fichas.
Un relámpago iluminó el cielo nocturno, rasgando la oscuridad de los acantilados.
A través del cristal empapado, la Mansión Ravenscroft se alzó frente a ellos como una fortaleza de piedra negra.
Parecía un castillo medieval desafiando al mar, con sus torres asomándose al precipicio.
Un monumento a la paranoia y la ambición de un hombre que ahora yacía muerto en su interior.
El Bentley se detuvo frente a la imponente escalinata de entrada, donde la enorme puerta de roble ya los aguardaba flanqueada por lámparas de gas que parpadeaban bajo la tormenta.