El Misterio de Ravenscroft: El Hilo de la Traición
© inepub.com
Capítulo 1 El Humo y la Lógica
El humo de la pipa de brezo era lo único que se movía en el despacho de la calle Baker.
Espeso, gris y cargado con el aroma a tabaco turco fuerte, formaba una nube casi impenetrable bajo la luz de la lámpara de gas.
En el centro de esa niebla, envuelto en una bata de seda sobre su chaleco de traje, estaba él.
Había una pila de carpetas sobre el escritorio. Todas llevaban el sello de Scotland Yard. Todas estaban cerradas. Las había resuelto en menos de tres horas esa misma mañana sin siquiera tener que pisar la calle.
Para el Inspector Jefe de Scotland Yard, el asesinato del banquero en Picadilly había sido "una conspiración internacional".
Para Elías Sadurní, había sido simplemente una cuestión de fricción.
Le había bastado pedir que le trajeran la alfombra del despacho de la víctima y un par de zapatos del principal sospechoso.
Tras frotar el cuero contra la lana durante cinco minutos frente a los atónitos policías, demostró que la estática generada explicaba por qué las cenizas del puro del asesino habían volado hacia la ventana y no hacia la puerta. Caso cerrado.
La policía buscaba grandes conspiraciones; él buscaba las reglas del juego.
Su seguridad en sí mismo rozaba la insolencia, pero nadie en Londres se atrevía a llamarlo arrogante en voz alta, porque jamás se había equivocado.
Su intelecto funcionaba a una velocidad que resultaba insultante para los detectives ordinarios.
Veía el mundo no como un caos de emociones humanas, sino como un intrincado juego.
Para él, la vida era un inmenso tablero donde cada persona ejecutaba su turno, y cada crimen no era más que una nueva partida.
No le interesaba la justicia divina ni la moralidad; su mente solo se enfocaba en encontrar siempre la mejor opción, la decisión óptima que desarmara la estrategia de su oponente y lo dejara sin escapatoria.
Dio una calada profunda a su pipa, dejando que el calor del hornillo reconfortara sus dedos. Era un vicio brutal. Rara vez se le veía sin ella. Afirmaba que el tabaco ralentizaba su corazón lo suficiente para que su cerebro pudiera calcular los movimientos varios turnos por adelantado.
Estaba sumido en un letargo de aburrimiento abrumador —el gran enemigo de un jugador sin un digno rival— cuando los nudillos de su ama de llaves golpearon la puerta del estudio con urgencia.
No esperó a que ella hablara.
—Si es otro inspector de la Yard con un caso de envenenamiento por arsénico que en realidad es una cañería oxidada, dígale que se vaya al diablo, señora Hudson —dijo, sin apartar la vista del fuego de la chimenea.
—No es la Yard, señor —respondió la mujer, asomando la cabeza con expresión de inquietud—. Es un mensajero de telégrafos. Viene empapado hasta los huesos. Dice que el jefe de policía del condado de Sussex solicita su presencia inmediata. Es en la Mansión Ravenscroft.
Elías sacó la pipa de su boca lentamente. La tormenta llevaba azotando las ventanas desde el atardecer, pero el nombre "Ravenscroft" encendió una chispa en sus ojos grises que el aburrimiento había apagado horas atrás. Lord Arthur Ravenscroft no era un hombre que atrajera problemas comunes.