5. See you again #4
Vestida con una camisa azul claro y su abrigo beis, Gumnam, que tenía los hombros hundidos, se enderezó.
Tenía miedo. Temía volver a lastimarse los pies, las manos, el cuerpo e incluso la cara sin darse cuenta siquiera.
No, la realidad era que le aterraba la idea de estar realmente senil y olvidar todas las cosas que amaba.
Tragó saliva. De repente, Haeyeong apareció por el pasillo.
Su chaleco verde ya no cerraba de lo grande que tenía el vientre. Saludó a Munjeong con la mirada.
—¿Todavía no ha pasado, Gumnam?
—No hacía falta que viniera, su servicio está bastante lejos de aquí. Estoy bien. No problem.
Haeyeong tomó la mano libre, fría y tensa de la septuagenaria.
—¿No nota que mis manos están calientes? Es porque dos corazones laten dentro de mí. Eso me da calor, y es gracias a usted.
Gumnam miró fijamente a su interlocutora. Recordó el día en que había sido ella quien le había tomado la mano.
—Gracias, es muy amable. Pero debería volver al trabajo.
Haeyeong le apretó con fuerza la mano antes de soltarla. Por fin, la enfermera la llamó.
Sentado detrás de un escritorio, un médico de unos cincuenta años con gafas consultaba su pantalla con semblante serio.
Ese día, Gumnam recibiría por fin un diagnóstico.
Estaba tensa, como si hubiera asistido a un juicio y el juez se dispusiera a dictar sentencia.
Tras haberse sometido a exámenes para evaluar su memoria, sus capacidades lingüísticas, su percepción del tiempo y otras pruebas destinadas a determinar un posible deterioro de su función cognitiva, ese día recibiría los resultados del tac, de la resonancia magnética y de los análisis de sangre. Era un día importante.
No había hecho más que abrir la puerta; sin embargo, el ritmo cardíaco de Gumnam se aceleró.
Antes incluso de que tuviera tiempo de sentarse, el médico le anunció con aire apenado que padecía alzhéimer.
El corazón le dio un vuelco en el pecho.
Fue como si los recuerdos, la pasión y el amor que había acumulado durante más de setenta años acabaran de caer en un profundo abismo.
El médico continuó hablando mientras miraba a la madre y a la hija, que se daban la mano.
No tuvieron tiempo de asimilar la noticia.
El doctor debía ir deprisa debido a los numerosos pacientes que esperaban.
Les explicó que esa grave enfermedad se debía a un fallo en las capacidades cognitivas, pero que, viendo los resultados, aún no se había desarrollado de forma grave en Gumnam, por lo que era una suerte haber actuado tan rápido.
Continuó diciendo que el hecho de que se hubiera extraviado y hubiera perdido el conocimiento se debía a un delirio provocado por un fuerte impacto que había agravado su estado de manera temporal, pero que mejoraría con tratamiento.
Por lo demás, aconsejó tomar los medicamentos recomendados para que los síntomas aparecieran lo más lentamente posible.
Gumnam ocultó a duras penas el hecho de que le temblaban las piernas.
Cuando se encontraban en el umbral de la puerta, el médico añadió que, si la enfermedad empeoraba, lo mejor para todos sería pensar en una hospitalización para seguir el tratamiento.
La anciana se imaginó vestida con una triste bata de enferma que no era nada elegante mirando por la ventana de una habitación de hospital.
Una vez que salieron, se volvieron a sentar en un banco.
La gente iba y venía sin cesar. Munjeong se había dirigido a la ventanilla del mostrador para que una enfermera le explicara el procedimiento.
Por supuesto, había insistido en que Gumnam no se levantara del banco.
Cuando regresó corriendo, el faldón de su abrigo ondeó.
Gumnam la miró perpleja, como si hubiera sido el viento que soplaba en las orillas del río Hudson el que lo había levantado.
El viento alborotaba el cabello blanco de Gumnam.
Se pasó con suavidad la mano por detrás de la oreja, donde llevaba una de sus perlas.
Estaba sentada en el banco de un ferry blanco que navegaba como una hoja de papel que cruzara el Hudson.
Ese barco permitía ver toda la ciudad, desde Midtown hasta el puente de Brooklyn, así como la estatua de la Libertad.
Gumnam, sentada en uno de los bancos de la cubierta, cerca de la barandilla exterior, tenía una sonrisa en los labios.
Levantó los brazos para gritar «¡hurra!» y sintió el viento acariciar su cuerpo.
Los rayos del sol y las ráfagas de libertad la envolvían.
El puente de Brooklyn, situado en Nueva York y que conectaba Brooklyn con Manhattan, le parecía majestuoso.
Era exactamente lo que esperaba de la ciudad.
Cuando el ferry aceleró, vio la estatua de la Libertad.
Incluso de lejos, era enorme y magnífica.
Cuanto más se acercaba, más rápido le latía el corazón.
Una emoción intensa la invadió hasta el punto de derramar una lágrima.
Esa estatua simbolizaba el sueño americano.
Su existencia representaba todos los sueños y toda la libertad del mundo.
Llevaba en la cabeza una corona de siete puntas, así como una antorcha que nunca se apagaba.
— So wonderful! —exclamó la anciana.
Cerró los ojos y tomó aire para inflar su cuerpo y liberar toda la tensión de golpe. Había cumplido toda su bucket list . Otra lágrima le resbaló por la mejilla.
Ahora, Gumnam se encontraba en un restaurante situado en una planta alta.
Nueva York, que se desplegaba de noche ante sus ojos, estaba espléndida.
Llevaba un vestido negro que le caía hasta las rodillas, unos tacones altos y un collar de perlas alrededor del cuello.
Se sentía feliz de estar hablando únicamente en inglés desde que había entrado y había pedido una mesa cerca de la ventana para disfrutar de las vistas.
Luego, una vez sentada, se había pedido un filete de carne al punto.
Para beber, pidió un zinfandel del valle de Napa.
Se sentía orgullosa de hablar inglés y puso las manos sobre la mesa, donde la llama de una vela desprendía luz, para imitar la elegancia de Audrey Hepburn, a quien había visto en las películas.
La carne, acompañada de espárragos y zanahorias cortadas en forma de flores, llegó poco después en un plato blanco que le llevó un camarero. Otro, vestido de manera igualmente elegante, con un chaleco negro, le sirvió el vino en una copa de cristal transparente. Gumnam bromeó:
— Cheers to your eyes!
El camarero se limitó a devolverle la sonrisa.
Gumnam levantó la copa e hizo girar la muñeca.
Un aroma a roble, intenso y delicado, le rozó la punta de la nariz.
Contempló las vistas y vio el Empire State Building, así como la estatua de la Libertad.
La atmósfera era cautivadora. La septuagenaria grabó esas imágenes en su mente, como si sus ojos se hubieran convertido en el objetivo de una cámara.
— Cheers to my eyes! —brindó esta vez.
Satisfecha, bebió un sorbo de vino. La vela encendida sobre la mesa se consumió rápidamente.
La cera acumulada en el borde se solidificó y la mecha se apagó.
Gumnam giró la cabeza. Los edificios de Manhattan comenzaron a apagarse.
Todo quedó sumido en la oscuridad. El puente de Brooklyn, el Empire State Building, la estatua de la Libertad...
Ya no se veía nada. Ya no veía más que una densa oscuridad.
Cuando se obligó a abrir los ojos, sintió un olor a etanol que emanaba del desinfectante que alguien acababa de usar. Sentada en el banco del hospital, la septuagenaria esbozó una sonrisa amarga.
— It’s very delicious —susurró.
A pesar de estar debilitada por la noticia, Gumnam se levantó de un salto. Los ojos le brillaban de nuevo. Agarró la mano de su hija, que acababa de coger la receta, y la arrastró hacia el exterior del hospital a pasos apresurados.
—¡Mamá! ¿A dónde vas? Tenemos que pasar por la farmacia.
Gumnam no dijo ni una palabra. Cuando llegaron a la acera, paró un taxi.
—¿A dónde vamos? ¿Ves algo más importante que la farmacia?
—Vaya a los grandes almacenes de Apgujeong-dong, por favor —le pidió al conductor.
—¿Para qué?
Por más que Munjeong la interrogaba, Gumnam no respondía.
Era injusto. La septuagenaria no podía aceptar su destino de esa manera.
¿Internarse en un hospital? ¡Ni hablar! Resistir era su manera de luchar contra la demencia.
Furiosa, abrió los ojos de par en par para ver alejarse el hospital. Lo estaba desafiando.
El taxi llegó al lugar deseado. Las dos mujeres bajaron del coche y subieron por las escaleras mecánicas. En lugar de esperar, Gumnam subió los escalones uno a uno, impaciente por llegar a la tienda de marroquinería para comprarse una maleta.
—¡Deme la más grande que tenga! —le ordenó al vendedor.
La mujer, que seguía de cerca a su madre, sonrió. Gumnam temblaba. Su miedo era palpable; sin embargo, había encontrado el valor para actuar como si no pasara nada. Munjeong encontró su actitud impresionante y conmovedora.
—Pienso irme de viaje. Las batas de hospital no quedan bien con mi tono de piel.
—Tienes razón. Vamos a hacer este viaje juntas.
—Nunca seré una carga para ti. Te prometo mantener siempre la mente activa. No te preocupes.
—Ahora es mi turno de hacer de mamá, y tú serás mi hija. Tú me adoptaste, ahora yo te adopto, así estamos en paz.
—No te crie para recibir algo a cambio. ¿Por quién me tomas? Me niego a ser una carga en tu vida.
—Serás mi hija. Si olvidas cómo se escribe, no pasa nada. Te enseñaré las letras una a una. Si no recuerdas cómo cocinar el arroz, te mostraré cómo hacerlo, tal y como tú lo hiciste conmigo. Iremos juntas a Nueva York, y no tienes derecho a negarte.
—Hemos venido a unos grandes almacenes y al parecer ya no tengo miedo —anunció Gumnam.
Munjeong miró a su alrededor y se encogió de hombros.
—No. Tú nunca le has tenido miedo a nada, ¿verdad?