El misterio de las recetas de la señora Jeong 5. See you again #5
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5. See you again #5

Gumnam y su hija se dieron las manos, y las líneas grabadas en ellas se superpusieron las unas a las otras.

El sol aún no había salido. El aroma a arroz hirviendo se mezcló con el olor azucarado del sikhye y salió al exterior por la puerta abierta de par en par de Manna Dosirak.

Un día más, Moon River resonaba en el aire a través del altavoz Marshall de color crema.

Gumnam, con un delantal beis alrededor de las caderas, salió de la cocina con una sonrisa en los labios para colgar en la puerta un mensaje que había redactado cuidadosamente.

MANNA DOSIRAK PERMANECERÁ CERRADO POR VACACIONES A PARTIR DE MAÑANA. ¡HOY, TODAS LAS FIAMbrERAS SON FREE (GRATIS)!

Para Gumnam, era el último día de apertura antes de su partida a Nueva York.

Unos días antes, había tenido el capricho de comprarse una maleta lo suficientemente grande para meter toda su casa, pero se había arrepentido bastante rápido.

Tras largas discusiones con Munjeong y mucha investigación, habían tomado una decisión informada: era mejor irse ahora que escapar más adelante de una habitación de hospital.

Ese viaje era una confrontación, un ataque frontal contra su enfermedad.

Para Gumnam, era una forma de luchar. Continuaría su tratamiento en Nueva York, con su hija, y se tomaría un tiempo para curarse mientras viajaba.

El tiempo era demasiado valioso para pasarlo enfadada y guardándole rencor al mundo entero.

Debía aceptar la situación para seguir adelante con valentía, como ella sabía.

De pie frente al espejo, dio palmas.

— Have a nice day , Gumnam.

Estaba radiante. El amanecer vertía sus colores más hermosos a través de la ventana.

La anciana cerró los ojos para disfrutar del instante.

Tal vez tardaría mucho tiempo en reencontrarse con esos momentos exquisitos.

Regresó a la cocina, donde la esperaba una cesta llena de verduras.

Se masajeó las manos, como un campeón de boxeo calentando antes de subir al cuadrilátero.

—Para el sikhye , basta con dejarlo al fuego.

Para los kimbap , solo tengo que enrollarlos ya sea con atún, kimchi o queso.

Para los tteokbokki , tengo suficientes ingredientes gracias a miss Garaetteok.

Para el bulgogi , tengo que cocinar los champiñones con el marinado.

También hay que poner a hervir los fideos de batata para el japchae .

Después, ya solo me faltará la tortilla enrollada y listo. ¡Perfecto! —enumeró en voz alta.

El teléfono sonó. Era Munjeong.

—Ya voy para allá. No debes trabajar demasiado.

—Me ayudarías más sin hacer nada. Hoy quiero encargarme de todo yo misma. Es el último día que alimento a mis nietos.

—¿A tus nietos?

—Compartir una comida con alguien es formar parte de su familia.

—¿Podrás irte a Nueva York y dejar a todos tus nietos en Seúl? Ni siquiera has comprado billete de vuelta. ¿Seguro que no quieres que compre uno?

—Sí. Quiero un one way . Bueno, estoy busy , luego nos vemos.

—De acuerdo. Llámame si ves que necesitas ayuda.

— Okay.

Gumnam no paraba ni un segundo. Le había dicho a todo el mundo que no fuera porque quería cocinar sola.

Solo una vez que se hubiera marchado, sus clientes podrían ir a por su fiambrera.

Era una forma elegante de decir adiós. Era su estilo.

Detrás de la palabra elegante se escondían sin duda la nostalgia, los lamentos y la tristeza que no admitía sentir.

Empezó a enrollar los kimbap . Ponía tanto relleno que algunos se habían roto por los lados. Después de bañarlos en aceite de sésamo, los cortó en rodajas y espolvoreó semillas de sésamo por encima.

Añadió los pasteles de arroz a la salsa roja y picante que estaba cocinando en una gran sartén de acero inoxidable.

Cortó los largos rollos de arroz, que cayeron en la salsa.

Cuando todo lo demás estaba listo, abrió la arrocera.

De ella emanó un vapor caliente. El arroz blanco y glutinoso brillaba con un bonito resplandor.

El aroma también era maravilloso. Removió el arroz con cuidado para eliminar la humedad residual.

La septuagenaria había terminado de cocinar, pero no por ello se sentía aliviada.

Al contrario, tenía el corazón encogido y se decía a sí misma que debería haber añadido patatas salteadas como acompañamiento.

Abrió las alacenas para ver qué le quedaba y se puso a cortar patatas en rodajas para saltearlas en aceite de oliva.

Antes de colocar la comida en las fiambreras de plástico, hizo varios viajes de un lado a otro y preparó también pastel de pescado salteado, así como tiras de sepia en salsa picante.

Cuanto más levantaba la tapa para ver si el sikhye se estaba haciendo bien, más la invadían los lamentos.

Se dirigió hacia el comedor para sacar los papeles blancos y el aluminio que había preparado el día anterior con su hija.

¿Qué mensaje podía escribir en ese día fatídico?

Llevaba varios días pensando en ello, pero no había encontrado nada apropiado.

A decir verdad, no era consciente de que no podría volver a trabajar y nunca regresaría a Manna Dosirak.

Sentada a una mesa redonda, miró al exterior. El sol se levantaba poco a poco. El cielo lucía sus colores más hermosos. Gumnam cogió un bolígrafo y se puso a escribir.

«To» mis nietos de Manna Dosirak.

«Tal vez utilizar to suena demasiado frío. Lo cambio por dear », pensó.

«Dear» nietos de Manna Dosirak:

Leed atentamente este mensaje, porque tal vez sea el último que yo, Jeong Gumnam, pueda escribiros.

Ahora que me paro a pensarlo, decidí abrir una casa de comidas en lugar de cualquier otro negocio porque, hace mucho tiempo, todos los días pensaba que iba a morir de hambre. Quería que mi cocina fuera generosa y que mis dosiraks estuvieran a rebosar de comida.

Se suele decir que la mano de una madre puede curar y que sus platos son como remedios. Y estoy de acuerdo. Todo lo que he preparado con mis manos os ha hecho sonreír, llorar de emoción u os ha ayudado a levantaros. Esa es mi definición del amor.

Hace unos días, me dije que la vida era como una flor. Florece y se marchita. No cabe duda de que cuando se marchita nos damos cuenta, pero ¿cuándo ha florecido? ¿Quizá en cada instante? ¿Y además con mucho esplendor?

No lo olvidéis. Vuestra vida está en flor.

La mano me empieza a temblar. Este mensaje es demasiado largo. Lo dejo aquí.

Sabed simplemente que mi sueño es ver vuestra vida repleta de amor. Eso es todo.

Me dispongo a partir para un largo viaje. Ya solo necesito amor en mi vida. Por eso he comprado la maleta más grande en la tienda de marroquinería. La bata de hospital no me sienta nada bien.

«Have a nice day!». Sé que algún día nos volveremos a ver.

«See you again!».

Gumnam leía en voz alta mientras escribía.

Con el objetivo de evitar que volviera a desaparecer, Munjeong le había comprado un Apple Watch para localizarla. De repente, el reloj que llevaba en la muñeca vibró. Era un recordatorio para que se tomara la medicación. Gumnam sonrió con amargura y le respondió al objeto:

—Para ya, te he entendido, Siri.

Dobló el papel de aluminio para esconder los mensajes debajo de las montañitas de arroz que añadiría después.

«Cuando los lean, ¿me echarán de menos aún más?

», se preguntó. Sonrió con picardía. Con valentía.

Cuando terminó, colocó los dosiraks en la vitrina.

Los acarició uno a uno, como si se tratara de la espalda o el cabello de cada uno de sus valiosos clientes.

Primero pensó en Heungmin. ¿Diría que su kimchi estaba demasiado picante?

Le habría gustado que Haeyeong eligiera una fiambrera con un kimbap de atún, pero no podía comer picante porque le agravaba las náuseas.

Para Shinpung, que se pasaba todo el día caminando por el barrio, una fiambrera bien llena.

A Saemal, que se había convertido en vendedor de periódicos, le gustaba mezclar el japchae con el arroz antes de comer.

En cuanto a Mister Eggs, solo esperaba que no se saltara ninguna comida, lo cual le ocurría a menudo cuando trabajaba.

Jeongi y Odeuli, por su parte, sin duda se deleitarían con el bulgogi .

Gumnam imaginó con claridad a cada uno de sus nietos, aunque por momentos su visión se volvía borrosa, inundada por las lágrimas.

Pasaron ante sus ojos de un negro brillante y, con ellos, recordó todos los momentos preciosos que había vivido en su pequeño restaurante.

La anciana se detuvo ante la puerta de Manna Dosirak.

Dirigió una última mirada de una ternura desarmante hacia la vitrina llena hasta los topes, la mesa redonda donde se sentaba para escuchar música y cada rincón de la cocina.

La voz de Audrey Hepburn le parecía especialmente triste ese día.

Una escala musical, suave y grave, le atravesó el cuerpo. Todo empezó a ondear.

Finalmente, antes de partir, Gumnam se miró en el espejo.

Vio a una anciana de cabello blanco con patas de gallo, una nariz que parecía encogerse y unos labios afinados por el paso del tiempo y rodeados de arrugas.

Sin embargo, sus pupilas brillaban, al igual que las perlas incansablemente colgadas de los lóbulos de sus orejas.

Sus ojos aún soñaban. Sonrió ante la idea de que sus deseos no habían desaparecido.

Las lágrimas le inundaron los ojos. Se las tragó para sonreír.

En lo más profundo de sus iris, todavía veía con claridad a la joven que había sido una vez.

Su frente prominente le daba un aire encantador a su rostro.

En aquella época, hasta una ráfaga de viento la divertía, y la nieve la maravillaba.

Cuando las lágrimas corrieron por sus mejillas, vio de nuevo a esa anciana de cabello blanco y se esforzó por sonreír aún más. Movió los labios:

—A mi juventud, a mis primaveras, a todos mis recuerdos tan resplandecientes y sólidos como un diamante... See you again.