El misterio de las recetas de la señora Jeong 5. See you again #3
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5. See you again #3

—Cuando mi gata estaba en el hospital, repartía periódicos en Seongbuk-dong para pagar los gastos. Me pareció ver a Gumnam por allí, pero me dije que no podía ser ella a esas horas. Ahora que lo pienso, teniendo en cuenta su desaparición, tal vez sí que era ella.

Todo el mundo lo miró con un destello de esperanza en los ojos.

—¿Qué estaría haciendo por allí? —se preguntó Munjeong mientras sacudía la cabeza con incomprensión.

—Vayamos, nunca se sabe. Voy a por el camión —propuso Eunseok subiéndose las mangas de la sudadera, blanco roto.

Al poco tiempo, el camión azul, provisto de un altavoz, estacionó frente a Manna Dosirak. Todo el mundo salió. El frío era intenso. Las bocas desprendían vaho y las pestañas, bañadas en lágrimas, quedaron congeladas por la helada.

Jeongi, su bebé, Munjeong, Saemal, Shinpung y Heungmin subieron a la parte trasera del vehículo. Haeyeong quiso unirse a ellos, pero Munjeong le sugirió que regresara a casa a descansar y añadió que estaba agradecida de que los hubiera ayudado hasta ese momento.

—Gumnam supo reconfortarme. Sin ella... seguiría siendo una imbécil que ni siquiera entiende sus propias emociones y mi hijo nunca habría venido a mí. Quiero acompañaros. Quiero encontrar a Gumnam —respondió ella con determinación antes de extender la mano para que la ayudaran a subir.

Munjeong comprendió el destello en su mirada.

—En ese caso, siéntese delante. Tendría demasiado frío fuera.

—Tranquila, nos sentaremos todos juntos y eso nos mantendrá calientes.

Haeyeong se unió a ellos y se colocó entre Munjeong y Jeongi. Shinpung se quitó el plumífero para colocarlo sobre los hombros de la mujer embarazada y solo se quedó con un suéter de forro polar. Jeongi envolvió bien a Odeuli en la manta que Eunseok le había pasado.

Eunseok arrancó el camión y rezó en silencio.

Detrás de sus párpados cerrados, vio a Gumnam, quien le había dado fuerzas cuando tenía la córnea herida.

Cada vez que cruzaba la calle, ella le dirigía palabras amables.

En ocasiones se trataba de comentarios mezclados con reproches, pero le resultaban entrañables y permanecían grabados en su memoria.

Pisó suavemente el acelerador y giró el volante para ir hacia Seongbuk-dong.

—Por favor, que esté bien —murmuró Munjeong.

Jeongi, Haeyeong, Saemal, Shinpung y Heungmin susurraron oraciones.

Se oyó el chirrido de un altavoz, y a continuación la voz de Eunseok resonó:

—Estamos buscando a Jeong Gumnam, la dueña del pequeño restaurante Manna Dosirak.

Tiene setenta y tres años, mide un metro sesenta y tres, pesa cuarenta y cinco kilos y lleva un vestido blanco y zapatos beis.

Esta mañana ha salido con el pelo recogido en un moño y suele utilizar palabras en inglés.

También tiene unas arrugas preciosas alrededor de la boca y siempre le brillan las pupilas, como a aquellos que nunca dejan de soñar. Estamos buscando a Jeong Gumnam...

Los pasajeros del vehículo lloraron al escuchar la voz de Eunseok, que tenía un nudo en la garganta causado por la emoción. Todo el mundo echaba de menos a la soñadora.

—¿Y si la abuela Gumnam realmente tiene demencia? ¿Y si ya no se acuerda de nosotros? ¿Eso quiere decir que no ocurrirá un milagro? Un día, me dijo que los recuerdos nos permitían seguir adelante en los momentos más difíciles. ¡Los recuerdos! Ellos son el milagro. ¿Qué va a hacer?

Heungmin escondió la cabeza entre los hombros. Su nariz se llenó de una mucosidad espesa y estalló en sollozos. De repente, todos los momentos en los que había protestado diciendo que había demasiadas zanahorias o que el kimchi picaba demasiado le volvieron a la memoria. Echaba de menos a Gumnam.

Todos los letreros de los comercios que bordeaban la carretera estaban encendidos.

Al girar a la derecha hacia el palacio Changgyeong, cerca de la entrada de la Universidad de Sungkyunkwan, un traqueteo sacudió el camión.

Jeongi atrapó la mano de Haeyeong. Hacía frío, pero sintió rápidamente su calor.

Haeyeong esbozó una sonrisa amarga al ver que los ojos de la joven madre estaban hinchados de tanto llorar.

Lágrimas calientes caían sobre la cabeza de Odeuli, que dormía en sus brazos.

—Odeuli, ¿dónde puede estar la abuela Gumnam? Fue ella quien nos salvó a las dos —murmuró Jeongi.

Pasada la rotonda de Hyehwa-dong, casi en la escuela primaria de Seongbuk-dong, Shinpung vio a varias personas sentadas en la parte trasera de un coche que circulaba junto al camión. Algunos conductores bajaron las ventanillas para oír mejor el anuncio que se repetía en bucle.

—¡Buscamos a una mujer llamada Jeong Gumnam, de setenta y tres años, con un vestido blanco de flores! —les gritó Shinpung.

El camión azul llegó a Seongbuk-dong, donde los edificios mediocres se perdían de vista.

Hasta las luces del polideportivo de la escuela primaria estaban encendidas a esas horas de la noche.

Cuando pasaron por delante del templo Kilsang, posado en la ladera de una colina desde donde se veían los montes Gukak, copos de nieve empezaron a flotar en el aire.

La nieve se posó sobre la cabeza de los pasajeros de la parte trasera del vehículo.

—Con la nieve, puede hacer aún más frío. Espero que Gumnam no coja una hipotermia —dijo Haeyeong preocupada.

Circulaban por una colina en la que se sucedían las mansiones de lujo.

Al cambiar de velocidad, el camión empezó a temblar ruidosamente.

Si el subconsciente de Gumnam no la había llevado ni a su casa ni a su pueblo natal, ¿dónde podía estar?

¿Dónde estaba ese lugar grabado en lo más profundo de su memoria?

—Estamos buscando a Jeong Gumnam, la dueña de la casa de comidas Manna Dosirak.

Todo el mundo se había puesto a repetir el anuncio al unísono, pero nadie respondía. Solo las luces naranjas de las farolas los acompañaban.

Sentado en el asiento del conductor, Eunseok pulsó el botón que encendía el micrófono. Se aclaró la garganta y tragó saliva varias veces para silbar. Tarareó la melodía de Moon River sin parar, a pesar de que la falta de aire le provocaba dolor de cabeza.

Los pasajeros lo imitaron para silbar con él con la esperanza de que la septuagenaria los oyera. Tal vez así recuperaría la cordura. Algunos unieron las manos en señal de plegaria. Poco a poco, el barrio, bastante oscuro a esa hora, empezó a cobrar vida.

Algunas luces se encendieron y las ventanas se abrieron, sin duda para comprender qué estaba pasando fuera. Heungmin golpeó de repente el cristal que comunicaba con el asiento del conductor.

—¡Creo que era por aquí!

Eunseok le hizo un gesto con la mano para indicarle que lo había oído.

La temperatura no dejaba de bajar a medida que subían la pequeña montaña. Les castañeaban los dientes, pero nadie apartaba los ojos del paisaje hasta que, de pronto, Jeongi gritó:

—¡Gumnam!

Golpeó el cristal y el camión se detuvo.

Alguien salió de un bosque apartando con un brazo los matorrales espinosos. Un gato de tres colores seguía sus pasos.

—¿Tree? —gritó Heungmin desconcertado.

La sombra negra se acercó a la enorme mansión de lujo que Heungmin había visto mientras repartía periódicos.

Una persona delgada apareció bajo la luz.

Tenía los cabellos blancos alborotados y una herida visible en la mejilla, seguramente provocada por una rama.

Solo llevaba un zapato. Su otro pie, blanco y seco, chocaba con las piedras y estaba cubierto de moratones que parecían dolorosos con solo mirarlos.

Había una flor de huevo dibujada en su pequeño meñique. Era Gumnam.

Estaba de pie delante del pórtico negro, con la mirada vacía como alguien que ha perdido una parte de su capacidad cerebral. Unió las manos como para rezar y repitió:

—¡Señora! No le he robado el pincel a su hija.

No soy una ladrona. Solo lo he tocado una vez.

Era muy suave. Pero no he hecho nada más.

Déjeme trabajar, por favor. Si no gano dinero, mis hermanas y hermanos pequeños morirán de hambre.

Se lo suplico. Lo siento mucho. No quiero que mueran. Por favor, perdóneme.

Los ojos negros y tristes de Gumnam miraban un pasado de hacía sesenta años. Con su diminuto cuerpo hecho un ovillo, rezaba por que su familia no muriera de hambre.

Nadie se atrevió a moverse ni a hablar. Todos contenían la respiración mientras lágrimas de alivio les recorrían las mejillas. Junto a ella se encontraba Tree, que, agotada, hizo un esfuerzo sobrehumano por ponerse en pie. Lamió la herida de Gumnam.

Munjeong sacudió la cabeza como si quisiera despertar y bajó del camión para poner sobre los hombros de su madre el abrigo de cachemira azul que llevaba. Gumnam no dejó de rezar. Suplicaba que le devolvieran su trabajo para salvar a sus hermanos y hermanas.

Gumnam había hablado en muchas ocasiones con miss Garaetteok, que vendía tentempiés en la puerta del Hospital Universitario de Seúl, pero nunca había entrado.

Era la primera vez. Sentada en un incómodo banco de la sala de espera, estaba aferrada a la mano de Munjeong.

De hecho, Munjeong no la había soltado ni un solo minuto desde que la había encontrado.

Incluso cuando su madre iba al baño, ella esperaba silenciosamente delante de la puerta.

La anciana miró a su alrededor. ¿Qué tipo de personas podrían necesitar consultas de neurología?

Observó a los pacientes. Había jóvenes y mujeres de su edad.

Una estudiante de secundaria esperaba con sus padres.

Cada cinco minutos, la enfermera abría la puerta de la consulta con un expediente médico en la mano y pronunciaba el nombre de una persona que se levantaba para entrar. Luego repetía la operación.