5. See you again #2
Al escuchar estas palabras, tuvo la sensación de recibir un puñetazo. Una niebla le invadió la mente. ¿Estaba Gumnam de verdad enferma? ¿Hasta qué punto? ¿Desde cuándo? ¿Por qué no se había dado cuenta? ¿Dónde podía estar?
Sin esperar más, llamó a emergencias. En el momento en que iba a pulsar la tecla verde para llamar, la puerta se abrió. Era Jeongi, acompañada de Odeuli y de Eunseok.
—¡Hola! ¿Está Gumnam? —preguntó la joven, con el cabello alborotado.
Instintivamente, supo que algo había sucedido.
Al percibir la tensión en el aire, apoyó la cabeza en el rostro de su hija.
Gumnam, que siempre estaba sonriente detrás de su mostrador lleno a reventar de dosiraks, no estaba.
La música pop que salía de los altavoces también había cesado.
Lo peor era que no salía olor a comida de la cocina.
Eunseok sintió de inmediato la ansiedad de Jeongi, y Odeuli se puso a llorar como para pedir que encontraran a la abuela perdida.
—¿Dónde está Gumnam? —terminó por preguntar Jeongi con voz temblorosa.
—Esperad, primero debo avisar a la policía.
Munjeong presionó la tecla verde del móvil para llamar y denunciar la desaparición de su madre.
—Nombre: Jeong Gumnam. Edad: setenta y tres años. Ropa: vestido blanco con estampado de flores. Particularidades: cabello blanco recogido en un moño. Suele llevar pequeñas perlas en las orejas. Probablemente ha desaparecido en Hyehwa-dong.
Al escuchar al policía repetir las indicaciones, Jeongi se sintió mareada. Eunseok le hizo otra pregunta a Munjeong:
—¿La jefa se ha perdido en el barrio?
—Creo que padece demencia. Esta mañana no me ha reconocido, a pesar de que vengo desde hace un año —le explicó Saemal.
—Imposible. Me escribió ayer para decirme que la flor que le había dibujado en el dedo meñique del pie se estaba borrando y que tenía que venir hoy para volvérsela a hacer.
—A mí también. Me llamó para decirme que no hacía falta que le trajera huevos. ¿Está seguro de que no lo reconoció?
—Es normal. La demencia va y viene. A veces uno se acuerda, a veces no. Aunque, si ya está al nivel de no saber quién soy, estoy seguro de que esto no es algo nuevo. ¿Nunca habéis visto nada extraño? ¿Tiene lagunas de memoria? ¿Pasea por la noche?
Jeongi no podía quedarse callada. Así que ¿eso era lo que se sentía cuando todo se desmoronaba? Con los ojos rojos, afirmó con franqueza:
—Cuando estaba en su casa, a veces se iba a pasear. Pensaba que se iba a rezar, porque oía abrirse la puerta principal. Un día me la crucé cuando volvía de una oración matutina, así que creía que era su rutina.
—Yo también la he oído salir alguna vez desde que estoy en su casa —añadió Munjeong con la mano temblorosa.
—Voy a intentar encontrarla. Quedaos aquí, quizá regrese por sí misma —propuso Eunseok mientras salía del pequeño restaurante seguido por Saemal.
—No es posible. ¿Cómo va a padecer demencia? ¡Mi madre no se merece esto! ¿Y qué pasa con Nueva York, entonces? ¿No verá la estatua de la Libertad? —preguntó con una sonrisa amarga en los labios mientras ríos de lágrimas le brotaban de los ojos.
—Estoy segura de que está bien. No hay anciana más increíble que ella. No es nada. Quizá le haya surgido una urgencia. Por eso no ha vuelto aún —intentó tranquilizarla Jeongi, que también tenía los ojos llorosos.
—Todo es culpa mía. Yo soy la culpable.
Munjeong golpeó el suelo con el puño mientras sollozaba. Su cuerpo, ya de por sí frágil, parecía desvanecerse cada vez más. Jeongi, con su bebé en brazos, le acarició la espalda mientras contenía las lágrimas para que no la viera llorar.
Gumnam no regresó. La policía no volvió a llamar a Munjeong. Ni Saemal ni Eunseok daban noticias.
Al atardecer llegaron algunos clientes, pero al ver el escaparate vacío dieron media vuelta.
Heungmin apareció después de sus clases de refuerzo acompañado de Haeyeong.
Al ver el miedo que se había apoderado del rostro de las dos mujeres, ambos comprendieron que algo no iba bien.
El joven abrió la puerta de golpe y se precipitó hacia el exterior al enterarse de la desaparición de su abuela adoptiva.
A pesar de que solía ser muy tímido, ahora gritaba el nombre de Gumnam por todo el barrio.
—¡Gumnam! ¡Gumnam!
Haeyeong también salió. Aceleró el paso sosteniéndose el vientre para hablar con la vendedora de pasteles de arroz. Desgraciadamente, a esa hora ya no estaba en su lugar habitual. Habló con todas las personas del barrio que conocían a Gumnam, pero nadie la había visto, ni siquiera la tarotista.
En cuanto se enteró de la noticia, Shinpung también dejó de lado la venta de sus entradas de teatro para buscar por el barrio.
El recuerdo de Gumnam, que le servía sikhye mientras le decía que no había nada más noble que seguir sus sueños cada vez que fracasaba en una audición, estaba grabado en su mente.
Caminaba más rápido que nadie y se detenía ante cada peatón para preguntar si la había visto.
Sin embargo, la respuesta era siempre la misma. Nadie había visto a la anciana.
Jeongi, que ya no podía quedarse quieta, salió al frío invernal con Odeuli en brazos para ir en su busca.
Caminó desde Manna Dosirak hasta la estación de metro bordeando el callejón flanqueado de pinos y luego se dirigió al parque Marronnier.
Gumnam la había sacado de la oscuridad en varias ocasiones para mostrarle la luz.
—¡Gumnam! ¿Dónde está? He venido a dibujarle flores en los pies. ¿Dónde se ha metido?
Su voz se quebró en un sollozo.
Eunseok también aceleró el paso entre los edificios de ladrillo rojo.
—¡Jeongi! Hace frío. Vuelve a un lugar cálido. Yo seguiré buscándola.
—No tengo nada de frío. Gumnam ha salido sin abrigo.
Ni siquiera iba vestida con ropa de invierno.
Sé cómo es su vestido. Tiene margaritas bordadas en la tela.
Le dije que se parecían a la flor de huevo que tenía en el dedo del pie.
No es una prenda nada apta para el invierno.
Debe de estar helándose de frío —explicó con la voz temblorosa.
A Eunseok se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Dios mío, ¿dónde puede estar?
Los móviles de Jeongi y Eunseok vibraron.
Era un mensaje urgente para anunciar una desaparición.
Policía de Jung-gu: Jeong Gumnam, mujer de 73 años, ha desaparecido en Hyehwa-dong. Mide 1,63 metros, pesa 45 kg, lleva un vestido blanco, zapatos beis, y tiene el pelo blanco y recogido en un moño.
El SMS se había enviado automáticamente tras cierto tiempo sin encontrarla. Eunseok recuperó la esperanza. Jeongi miró a la gente en el parque, pero nadie se puso a buscar como ellos, ni siquiera después de haber leído el mensaje.
Jeongi oyó a un hombre con los auriculares metidos en las orejas quejarse en voz alta de que un mensaje había interrumpido su música. Corrió hacia él.
—¿Te molesta? ¿Reaccionarías así si tu abuela hubiera desaparecido? ¿También te quejarías si alguien a quien quieres se perdiera con este frío?
El desconocido, sorprendido, empujó a Jeongi. Visiblemente enfadado, Eunseok lo asesinó con la mirada y la ayudó a levantarse.
Los peatones que habían ignorado el SMS se habían acercado a observar la disputa. Jeongi gritó en dirección a toda esa gente que emitía un barullo incesante.
—Miren mejor a su alrededor y busquen a una anciana con un vestido blanco. Tiene el pelo blanco y recogido en un moño. Presten un poco de atención, por favor.
En sus brazos, Odeuli se puso a llorar al notar su corazón latiendo a toda velocidad.
A la una de la madrugada, la policía anunció que tal vez se trataba de una huida, ya que ningún médico había emitido un diagnóstico de demencia, y que era mejor esperar. Era cierto, así que Munjeong decidió armarse de paciencia.
Munjeong, que se había quedado en el local por si acaso, se sentía culpable. Pensaba que todo era culpa suya, que su enfermedad había empeorado por el susto que le había dado. Rezó por su regreso.
¡Ding, dong!
La puerta se abrió y entraron Saemal y Shinpung, que habían estado todo el día recorriendo el barrio en busca de Gumnam y parecían agotados. Negaron con la cabeza sin decir una palabra. Pronto regresaron todos: Haeyeong, Heungmin, Jeongi y Eunseok, con el mismo miedo reflejado en el rostro.
—¿Podría estar en algún lugar en el que no hayamos pensado? Aunque sea lejos. ¿O quizá en algún sitio del que suele hablar? ¿En algún lugar al que le apetecía ir?
Las miradas se dirigieron hacia Eunseok. Todos reflexionaron.
—Chungcheong del Sur está demasiado lejos. Es imposible que vaya todas las noches. Allí es donde está su pueblo natal —respondió Munjeong, que quería aferrarse al más mínimo rayo de esperanza, aunque su razonamiento no tuviera sentido.
—Una vez, mi madre hizo un viaje de ese estilo y fui a recogerla a la estación de autobuses —recordó Saemal.
—Si ese fuera el caso, la recepción de la estación ya nos habría llamado para denunciar a una clienta sin billete —anunció Haeyeong.
—Pensemos en un lugar al que pudiera ir por la noche, a pie... Quizá sea ahí a donde va todas las noches —dijo Eunseok llevándose las manos a la cabeza.
Jeongi intentaba calmar a Odeuli, pero la bebé percibía la preocupación de su madre y lloraba sin cesar.
—¿Dónde podría estar? Hace frío y las temperaturas no harán más que bajar con el paso de las horas. ¿No han llamado del hospital? —preguntó.
Munjeong respondió de manera negativa.
El tiempo era extremadamente variable. Unos días antes habían alcanzado los veinte grados; sin embargo, entonces estaban a menos diez.
Un frío glacial había invadido Seúl. Todos los clientes de Gumnam estaban helados por culpa de la temperatura de aquella casa de comidas, de cuya cocina no emanaba ningún calor.
Heungmin estaba tan triste como aquella vez en que Tree había sido hospitalizada.