5. See you again
Al amanecer, la campanilla colgada en la puerta de Manna Dosirak sonó.
Gumnam solo había estado ausente dos días, pero sentía que se encontraba en un lugar desconocido.
¿Cómo se le podían haber hecho tan largos dos días?
La temperatura había bajado bruscamente.
Si bien la semana anterior parecía que el invierno iba a dar paso a la primavera, ese día había regresado.
Las temperaturas habían descendido bajo cero, por lo que había que tener cuidado con las placas de hielo.
La anciana permaneció de pie frente al espejo.
Se colocó el cabello blanco detrás de las orejas y se vio con claridad las arrugas cerca de la boca.
Giró la cabeza para mirarse las mejillas.
Sorprendentemente, estaban igual. Sonrió con tristeza.
¿Cuándo había llegado la vejez? ¿Cuándo el tiempo le había robado su juventud?
Sin embargo, por dentro, seguía siendo la misma mujer joven.
Entrecerró los ojos brillantes. Estaban llorosos. Sonrió de nuevo para darse fuerza.
— Have a nice day , Gumnam.
Una vez terminado el saludo, entró en la cocina.
Como siempre, lavó el arroz escuchando Moon River .
Lo frotaba con las anchas palmas de sus manos.
Lavó la col, la lechuga, las zanahorias y los brotes para la ensalada.
Las minúsculas hojas, del tamaño de la uña de un recién nacido, tenían algo tierno y conmovedor.
Le recordaron a Odeuli. ¡Sus manos eran tan pequeñas!
¿Qué objeto agarraría el día de su primer cumpleaños?
Sonrió, sacó la tabla de madera y colocó en ella las zanahorias, que partió en dos antes de picarlas finamente.
De repente, se acordó del rostro de Heungmin cuando decía que no le gustaban esas verduras naranjas.
—Los trozos son demasiado grandes para él. No, en cualquier caso, las quiera o no, tiene que comérselas. ¡Son buenas para los ojos! —afirmó en voz alta.
Soltó una carcajada. Los brotes le recordaban a Odeuli, las zanahorias a Heungmin y la col a Haeyeong, que no podía comer nada por culpa de las náuseas, salvo las tortitas de kimchi de Gumnam.
—Los echo de menos a todos. ¿Vendrán esta noche?
Sus pupilas oscuras brillaron con un destello intenso.
Saemal, de pie ante la puerta de Manna Dosirak, manoseaba algo en su bolsillo.
Su parka verde y desgastada estaba pasada de moda, pero le tenía cariño porque lo había acompañado durante todo el tiempo que había pasado viviendo en la calle.
No sabía si abrir la puerta, y terminó por sacar el papel que tenía en el bolsillo.
Se trataba del mensaje escrito por Gumnam que había encontrado en el interior de la fiambrera que le había dado a cambio de quinientos wones.
He vivido lo suficiente para saber que hay un montón de puertas en el mundo.
La diferencia entre todos nosotros es que cada uno decide abrir unas y mantener otras cerradas.
Nada más. Pero ¿sabes qué? Estoy segura de que no hay puertas automáticas.
Hay que empujarlas todas. Intenta abrir la tuya. ¡Ánimo! «See you again!».
Saemal recuperó la calma al leer el mensaje y sintió que oía la voz de Gumnam.
Llevaba un año durmiendo en la estación de metro de Hyehwa-dong y conocía Manna Dosirak desde entonces.
Por lo general, pasaba por el pequeño restaurante una vez cada dos días, pero ese día estaba especialmente estresado.
Quizá porque había tomado nuevas decisiones.
Empujó la puerta con convicción. El ruido hizo salir a Gumnam de la cocina. Llevaba un vestido de algodón con un precioso estampado de flores, como siempre. La mano le temblaba mientras el muchacho balbuceaba.
—Señora, voy a intentar abrir mi propia puerta. He decidido lanzarme... a vender periódicos.
Había cerrado los ojos, pero volvió a abrirlos para observar la reacción de su interlocutora. Estaba impaciente, como un niño que espera un cumplido. Gumnam lo miró de arriba abajo, y cuando sus miradas se cruzaron, Saemal sintió un escalofrío.
—¿Quién es usted? —preguntó ella, como si lo estuviera viendo por primera vez.
Saemal no consiguió articular las palabras.
—Aún no he abierto. Apenas estoy lavando el arroz, así que no tengo nada a la venta.
—Pero...
—¿No me diga que viene a pedir limosna?
Saemal quedó desconcertado al escuchar a Gumnam hablar de una manera tan incomprensible.
—¡Señora!
Gumnam observó de nuevo el atuendo de Saemal.
—Escuche, soy la dueña de este lugar, pero no regalo nada. Deme quinientos wones y le daré un dosirak. Trabaje para ganar ese dinero, ¿de acuerdo? Have a nice day! —le dijo, tal y como la primera vez que se habían conocido.
Lo despidió con un gesto de la mano y regresó a la cocina.
—¡Pero..., señora!
La mano de Saemal temblaba. El papel que sostenía hasta entonces cayó al suelo. Se agachó para recogerlo y metérselo en el bolsillo antes de salir del local.
¿Con quién debía hablar de lo que acababa de vivir?
Gumnam ya no se acordaba de él, a pesar de que se habían visto unos días antes.
Esto no era normal. La anciana tenía los mismos síntomas que su madre, quien había desarrollado demencia tras colapsar porque su empresa había quebrado.
Después de aquello, los agentes judiciales habían ido a pegar numerosos papeles rojos por toda la casa para indicar los objetos que serían embargados.
¿A quién podía avisar? Saemal no tenía la menor idea.
Además, con ese aspecto, todo el mundo lo evitaba como si no fuera más que una paloma sucia.
De repente, se acordó de Munjeong. Tenía que contárselo, pero ¿dónde podía encontrarla?
Saemal no paraba de dar vueltas frente a la casa de comidas para mirar a través de la puerta acristalada, pero Gumnam no se movía de la cocina. Era su oportunidad.
Inquieto, se prometió avisar a su hija en cuanto la viera y se marchó recorriendo los callejones del barrio.
El escaparate se vació de sus dosiraks antes de las nueve de la mañana.
Todas las fiambreras provistas de pato ahumado, verduras diversas y una salsa de miel y mostaza se habían vendido.
Gumnam respiró hondo y fue a sentarse en el comedor para descansar un breve instante antes de empezar a preparar los platos del mediodía.
Sintió que el sueño la vencía. ¿Por qué estaba tan somnolienta?
Bostezó, sacudió la cabeza y abrió mucho los ojos para despertarse. En ese momento, Munjeong entró.
—Mamá. Soy yo. Vaya, ¿ya no te queda nada?
—No, lo he vendido todo. Es porque mis dosiraks están buenos. ¿Tu reunión ha ido bien?
—Sí, hemos acordado unas pinturas que representen el mar. ¿Ha pasado ya Saemal?
Cuando Gumnam vio a Munjeong toda sonriente y con una bufanda de cachemira rosa alrededor del cuello, pensó instintivamente en Sunyeong. Cuantos más años cumplía, más se le parecía.
—No, no se ha dejado ver. ¿Tenía que venir?
—Quería saber si se había decidido a vender periódicos.
—¿Te apetece un café? —preguntó Gumnam, bostezando de nuevo.
—¿Quieres que vaya a comprar unos americanos?
—No, hoy me apetece más un café con leche para mojar una galleta.
—¿Qué te pasa? Creía que solo tomabas cafés largos.
—Digamos que... Nada, olvídalo.
Gumnam estuvo a punto de evocar los momentos en que se tomaba un microdescanso con Sunyeong en los grandes almacenes para beber café soluble, pero se contuvo.
—Venga, dímelo. Sabes que detesto que hagas eso.
—¿Y si lo que iba a decir no te gustara? Además, ¡ni siquiera pagas alquiler a pesar de que duermes en mi casa!
Munjeong abrió los ojos de par en par.
—¡Pero si solo me voy a quedar un mes! Te prometo que seré una excelente guía cuando vengas a verme a Nueva York. Podemos decir que es una forma de compensártelo, ¿no?
—De acuerdo. Pero ¿qué haré con el negocio si voy? ¿De verdad puedo cerrar durante un mes? Mis clientes se morirán de hambre.
—¡Mamá! Ya te he dicho que no eres la única que vende dosiraks.
—¡Y yo ya te he dicho que nadie puede igualar mi talento culinario! Quédate aquí, voy a comprar café soluble y galletas. Me apetecen mucho.
Gumnam dejó su delantal y su bandana sobre la mesa, cogió dos billetes de cinco mil wones y se dispuso a salir sin siquiera ponerse el abrigo. Munjeong la detuvo.
—¡Te vas a resfriar! Abrígate más.
—Es justo aquí al lado. No me voy a resfriar por caminar unos metros. No problem.
Gumnam, que había salido con la certeza de que todo iría bien, todavía no había regresado al cabo de una hora, ni tampoco después de dos.
Munjeong fue al supermercado, pero la anciana no estaba allí.
Por si acaso, fue a todas las verdulerías, supermercados y tiendas del barrio, pero nadie había visto a su madre.
¿A dónde había podido ir? Se angustió aún más porque el teléfono de Gumnam se había quedado sobre el mostrador del local.
Por lo general, nunca se lo dejaba con el pretexto de tomar fotos y vídeos para su videoblog.
Dos horas después, Munjeong decidió que debía informar a la policía de la desaparición.
De pronto, Saemal entró en Manna Dosirak.
—Me alegro de que esté aquí —dijo antes de que la mujer tuviera tiempo de saludarlo.
—¿Me estaba buscando?
—¿Su madre no está aquí? —le preguntó a Munjeong, que apretó los puños nerviosa.
—No, me ha dicho que se iba a comprar café soluble, pero todavía no ha vuelto. Me vuelve loca, hasta se ha dejado el móvil aquí —respondió peinándose el flequillo hacia atrás.
—Tiene que avisar a la policía.
—¿Perdón?
—Creo que padece demencia. Tiene los mismos síntomas que mi madre. No...
—¿Quiere decir que olvida cosas? ¿Mi madre?
Munjeong sentía que acababa de recibir un balazo en el pecho. ¿Cómo era posible que ya se hubiera vuelto senil? Miró de reojo a Saemal, que tenía la mirada perdida.
—Cuando he venido esta mañana, no me ha reconocido. Me ha hablado como si no nos conociéramos.