El misterio de las recetas de la señora Jeong 4. Querida Munjeong #9
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4. Querida Munjeong #9

Compraron varios ingredientes en el mercado central de la ciudad y se dirigieron al albergue.

Gracias al ventanal, oían las olas perfectamente.

La habitación estaba equipada con todo tipo de utensilios de cocina.

Gumnam preparó un bibimbap para su hija, que decía que le apetecía.

Cocinó las lonchas de ternera en la sartén, blanqueó las espinacas y los helechos e hirvió los brotes de soja solo unos segundos para que no dejaran de estar crujientes.

Lamentó no tener su aceite de sésamo salado y la pasta de chile casera a base de ternera, pero el aroma era igualmente sabroso, al mismo tiempo dulce, especiado y umami.

Sirvió las espinacas, los helechos y los champiñones en aceite con los brotes de soja y las rodajas de calabacín sobre el arroz condimentado con piñones.

Colocó encima la carne, así como un huevo frito con la yema todavía líquida.

Sonrió, porque le hizo pensar en el que tenía en el dedo.

Añadió una cucharada de pasta de chile y aceite de sésamo y lo removió todo.

Unas pocas semillas de sésamo para el toque final y estuvo terminado.

Munjeong se sentó a la mesa con una cuchara en la mano y esbozó una sonrisa.

Gumnam se sintió aliviada y suspiró de nuevo porque le daba miedo que su hija se obligara a comer sin apetito.

Con ayuda del cubierto, Munjeong explotó la yema del huevo, la mezcló y tomó una cucharada. Masticó lentamente y tragó.

—¡Está bueno!

—Pues claro, lo he hecho yo. Nunca fallo ningún plato, lo sabes mejor que nadie.

Esta vez, Gumnam se tranquilizó por completo. Las dos mujeres sonreían radiantes de felicidad. O, más bien, lloraban de felicidad.

Por la noche, a la hora en la que una delgada media luna se elevaba en el cielo, llegaron los clientes a Manna Dosirak.

Al ver el cartel que indicaba que estaba cerrado temporalmente, dieron media vuelta.

Por supuesto, todos cogieron un pastel de arroz antes de marcharse.

Era propio de Gumnam ocuparse tan bien de sus clientes incluso cuando tenía el establecimiento cerrado.

Todos notaron la calidez de esa mujer que temía obligarlos a marcharse con el estómago vacío.

Cuando solo quedaban unos pocos pasteles, llegó Haeyeong a la puerta con la barriga redonda y no se sirvió ninguno para que los clientes que llegaran después pudieran comer. Shinpung hizo lo mismo. A la hora de marcharse, vio a Heungmin, quien esperaba tan recto y orgulloso como él.

—¡Heungmin! Coge pasteles de arroz. Ya te los comerás en casa.

El adolescente se negó.

—Toma, cógelos.

—No pasa nada, puedo comer ramen instantáneo en el teatro —dijo Shinpung, como si quisiera hacerle un favor.

—He quedado con Minsu dentro de un rato, comeré con él.

—¿Minsu?

—Sí, es mi mejor amigo.

Sorprendido, Shinpung le puso las manos en los hombros al muchacho, visiblemente contento.

—¿Vas al instituto de Hyehwa-dong?

—Sí, ¿por?

—Bueno, el Minsu del que hablas es mi hermano pequeño. ¿Tu amigo es todos los años el mejor de su promoción?

—Eso quiere decir que tú eres el hermano al que sus padres echaron de casa porque abandonó la Facultad de Derecho para convertirse en actor.

—No me echaron, me fui yo con mucho gusto. Es lo que se llama «independizarse», ¿entendido?

Shinpung fanfarroneaba tanto como Minsu. Heungmin se dijo que en algo se tenía que notar que eran hermanos.

—¡Veo que tenéis una buena amistad a mis espaldas! Toma, cómprate algo para comer. Es la paga —añadió Shin­pung con un tono que no tenía nada que envidiar a un personaje de anime.

Se sacó el dinero del bolsillo, se lo entregó a Heungmin, le dio una palmadita en el hombro y se marchó.

El joven abrió la mano. Había dos billetes de mil wones. Estaba confuso, había muy poco dinero para comprar nada. De repente, apareció Haeyeong con cajas de mandarinas en ambos brazos.

—Le ayudo, pesará mucho. ¿Vuelve a su casa?

—¡Heungmin! Puedes dejarlas aquí. No tenía pensado llevármelas.

La enfermera había comprado la fruta para darle las gracias a Gumnam y compartirla con los clientes. Abundaba la comida en la puerta.

—Los pasteles de arroz dan sed. Es mejor comérselos con mandarinas, ¿no te lo parece? Además, tienen mucha vitamina C —añadió con una sonrisa tendiéndole dos piezas de fruta a Heungmin.

El chico se las guardó en el bolsillo del pantalón y pensó en darle una a Minsu cuando lo viera. Por supuesto, comprarían también algo para compartir. Cuando los dos se marcharon, Jeongi bajó del camión de Eunseok con Odeuli en los brazos.

—Está cerrado. ¿Se habrá puesto enferma Gumnam?

—¡Nam! ¡Nam! —balbuceó la bebé.

Jeongi rio a carcajadas al ver que su hija intentaba pronunciar el nombre de su abuela adoptiva.

Eunseok la imitó. Al ver los pasteles de arroz y las frutas, Jeongi no pudo quedarse quieta.

Fue al supermercado más cercano para comprar yogur líquido, sin olvidar las pajitas amarillas.

Mientras tanto, Eunseok fue al gallinero a por una caja de huevos.

Pasteles de arroz hechos por Gumnam, tres kilos de mandarinas, decenas de yogures líquidos y huevos duros. Gracias a los generosos clientes de la casa de comidas, Manna Dosirak se había convertido en un lugar aún más acogedor de lo que ya era.

Gumnam y Munjeong, tumbadas en la cama bajo la colcha, miraban el techo.

—¿Crees que habrán comido? Espero que no les ruja el estómago toda la noche porque el local estaba cerrado.

Gumnam suspiró.

—Me gustaría saber algo.

—¿El qué?

—¿Por qué llamaste al negocio Manna Dosirak? Ahora que lo pienso, no te lo he preguntado nunca.

—Porque manna tiene dos significados. Pronuncia la palabra dos veces para comprenderlo.

—«Manna», «manna» —repitió Munjeong mirando al techo, donde se dibujaban sombras bajo la luz amarilla de la lámpara.

—¿Y bien? Se puede decir manna en el sentido de «reunirse» o manna en el sentido de «delicioso». Para mí, significa reunirse para comer.

—«Manna...». Está bien elegido.

Gumnam se giró de lado hacia Munjeong.

—¿Crees que se habrán quedado sin cenar?

—Mamá, no eres la única que prepara fiambreras.

¡Las venden hasta en los supermercados! Y no solo están buenas, sino que son baratas, permiten acumular puntos de fidelidad e incluso aplicar descuentos.

La última vez probé uno de tus platos porque me lo pediste, pero estaba algo salado.

A este ritmo, perderás clientes. Deberías contenerte.

Por cierto, también me han hablado de Hyeja Dosirak.

Al parecer, las raciones son muy generosas y está muy bien. —Munjeong rio.

—¿De verdad tienes que hablar de Hyeja? Es mi rival en estos momentos. Me dan igual las ventajas, nadie puede igualar el sabor de mis platos. Además, me niego a que mis clientes se mueran de hambre. Tendría que haber preparado más pasteles de arroz.

Gumnam apartó la colcha, inquieta.

—De hecho, en cuanto a Saemal...

—¡Pobre! Siempre está buscando quinientos wones por el suelo, a pesar de que hace un frío de mil demonios.

Gumnam solo había cerrado un día, pero no dejaba de pensar en sus clientes cada vez que se daba la vuelta en la cama.

—Le iría bien si intentara vender periódicos.

Gumnam la abrazó y le dijo:

—Yo creo que a ti te iría bien si hicieras con tu vida lo que realmente quieres.

Munjeong sintió que el viento se colaba entre los brazos de Gumnam.

No la brisa primaveral, sino un frío intenso, un viento tan helado que dolía.

Se pegó contra ella para calentarla. Al acurrucarse a su lado, recordó el mar sin horizonte que se fundía con el cielo.

El paisaje se le había quedado grabado en la cabeza.

Durante todos esos años, había vagado entre su madre biológica y su madre adoptiva igual que Saemal vagaba por las calles sin domicilio fijo.

De repente, le entraron ganas de pintar, de poner azul cobalto en una paleta.

Añadiría una gota de agua y la mezclaría con blanco.

Soñaba con extender ese magnífico color todavía desconocido por el mundo sobre un lienzo.