4. Querida Munjeong #8
La piedra fría y enormemente pesada que tenía en el estómago había acabado cayendo y le había dado a Gumnam de paso.
Había hundido a la septuagenaria en las profundidades del subsuelo.
Ya no tenía energía, ni física ni mental.
¿Qué carga había depositado sobre los hombros de Munjeong sin ser consciente de ello?
De repente, odiaba Nueva York y se le pasaron las ganas de ver la estatua de la Libertad.
Por momentos, su cerebro parecía confundido, como si le hubiera fallado.
El coche rojo iba a toda velocidad por Chuncheon en dirección a Kangwon-do.
Madre e hija llevaban gafas de sol con los cristales negros.
Gumnam había colgado un cartel en la puerta de Manna Dosirak indicando que el pequeño restaurante estaba cerrado de manera excepcional y que regresaría pronto.
A cambio, había dejado una caja bien decorada llena de pasteles de arroz dulces con calabaza y les proponía a sus clientes que se sirvieran libremente.
—¿Seguro que puedes cerrar el local? ¿Y si tus clientes se mueren de hambre?
—¿Cómo? ¡No puedo dejar a mi hija atrapada en una enfermedad que le impide alimentarse! Primero tengo que ocuparme de ti.
Gumnam pisó el acelerador cuando pasaron por delante de la gasolinera de Kapyeong. Conducía en dirección al mar, al lugar en el que Munjeong se había despedido de sus padres cuando tenía trece años.
Tras recorrer la autopista de Chuncheon, la conductora llegó a la de Yangyang y atravesó varios túneles.
En la salida, cada paisaje que recorrían era más invernal que el anterior.
A pesar de que era principios de primavera, la nieve permanecía intacta en las cimas de las montañas.
La anciana ya llevaba tres horas conduciendo sin descansar.
Le dolía la espalda, pero no se detuvo. Quería llegar al mar cuanto antes, al lugar en el que reposaban los padres de Munjeong, donde rompían las olas sin cesar.
Los limpiaparabrisas se activaron de manera automática. Había empezado a llover. A pesar de que el cielo estaba despejado, caía una fina lluvia. Un arcoíris se dibujó a lo largo de la costa justo antes de que el vehículo saliera a Seorak-ro.
Gumnam tomó la palabra.
—¡Mira, Munjeong! ¡Un arcoíris!
Su hija, con la cabeza apoyada en la ventana, se fijó. Sonrió.
—¡Solo tenemos que intentar alcanzarlo! ¡Vamos!
Estaba muy agradecida con su madre adoptiva porque se comportaba como si no hubiera sucedido nada el día anterior.
Pasara lo que pasara, sabía que seguiría amándola con todo su corazón.
Dijera lo que dijera, al día siguiente, estaría ahí para prepararle una comida caliente y añadirle guarnición mientras comía.
Ella era su familia. A Munjeong se le acumularon las lágrimas en los ojos.
Se sentía culpable y se arrepentía de haberle confesado lo que le oprimía el corazón.
—Solo queda media hora. Hemos llegado pronto. ¿Tienes ham...? Eh... Pensemos qué comer —propuso Gumnam con las manos en el volante, vestida con un abrigo beis y un pañuelo de seda.
Por culpa del dolor de espalda, se sentaba aún más erguida que de costumbre. Unos minutos después, vio un cartel que decía: «Playa Hwajinpo». Era un día de entre semana de temporada baja, así que el aparcamiento estaba vacío. Solo había una autocaravana. Las dos mujeres salieron del coche.
Atravesaron una densa pineda y recorrieron un camino lleno de piñas dejando sus huellas marcadas en la arena hasta que vieron la playa.
Se trataba de un punto situado en el extremo norte de la costa este.
Los granos de arena blanca y fina, acumulada durante milenios gracias al roce de las conchas contra las rocas, eran tan delicados y ligeros que se los llevaba el viento.
El olor a mar les invadió las fosas nasales.
Tras unos pasos más, oyeron las olas que rompían contra la costa.
—Ve. Llámalos. Diles que has venido a verlos —la animó Gumnam.
Munjeong corrió hacia el agua con sus botas beis acolchadas. Cuando llegó a la arena mojada, se puso las manos delante de la cara y gritó:
—¡Mamá!
Silencio.
—¡Mamá!
No hubo respuesta. Solo se oía el murmullo incansable de las olas.
Daba lo mismo, se sentía aliviada. Llamar a su madre con todas sus fuerzas ante el inmenso mar azul, cuyo color se confundía con el del cielo, le había sentado bien.
Tenía la impresión de dirigirse al mismo tiempo a la madre que descansaba en el cielo y a Gumnam, que esperaba a su lado.
Munjeong gritó de todo a pleno pulmón. Lloraba con lágrimas ardientes llamando a los padres de los que se había despedido esparciendo sus cenizas en ese mismo lugar, treinta años antes. Las olas se llevaban sus lamentaciones.
Cuando era pequeña, solía acudir a ese lugar con su madre biológica y se tumbaban en la arena a contemplar las estrellas.
Aspiraban el olor de la tierra natal de su madre mezclado con un aroma a quemado que no sabían si era de leña o de residuos incinerados.
Recuerdos olvidados flotaron hasta la superficie.
Su madre había insistido en que esparcieran sus cenizas por la costa después de su muerte.
¿Por qué quería disfrutar del descanso eterno en el lugar en el que Munjeong había vivido sus mejores momentos con ella?
A veces, le guardaba rencor por ese motivo.
Pero acababa de comprender que era un modo de decirle que la visitara a menudo, que llorara si tenía ganas, que lavara su dolor y rememorara los mejores momentos.
Su madre había hecho que ese lugar se convirtiera en un refugio para ella.
Gumnam, que se había quedado atrás, juntó las manos, cerró los ojos y rezó por que Munjeong fuera feliz.
Se acordó de todos los momentos que a partir de entonces le harían sentir culpa: del día que la había felicitado por ganar un concurso de pintura, de la vez que le había comprado unos pinceles muy caros, de cada ocasión en la que le había insistido en que no dudara en pedirle material cuando lo necesitara, del viaje a Los Ángeles en el que había llorado delante de los cuadros de su hija...
Lamentaba mucho pensar en todos esos instantes que habían conseguido aumentar el resentimiento de su hija.
Quería llorar, pero se tragó las lágrimas.
—Sunyeong... Perdóname —murmuró.
Munjeong regresó al cabo de un largo rato.
Con el rostro relajado, cogió a Gumnam del brazo.
Madre e hija pasearon juntas por la arena mojada con las gafas de sol en la cabeza.
Gumnam se quitó las zapatillas y las cogió con la mano.
El agua se le metía entre los dedos de los pies y se retiraba acariciando la costa.
En el meñique, la flor de huevo aguantaba.
El pañuelo de seda de color naranja con motivos dorados se alzó con el viento.
—Qué bonito que lleves pintado el meñique del pie. ¿Sabes? Cada vez que te lo veía, me daba lástima —confesó Munjeong.
—Sí que es bonito, sí —respondió Gumnam recolocándole el cabello despeinado a su hija.
Al rato, condujeron en dirección a Sokcho, donde habían reservado una habitación para pasar la noche en la zona. Al acercarse a la playa, una enorme noria apareció en el parabrisas. Giraba de arriba abajo, del mar hacia el cielo.
—¡Venga, vamos a subir! —exclamó Munjeong señalando la atracción con el dedo.
Como conducía ella, aparcó el coche cerca de la taquilla.
El vendedor le preguntó si estaba segura de subir a la noria con su edad, pero la anciana estaba decidida y no le daban miedo las alturas.
De todas formas, lo único que hacía esa máquina era subir y bajar.
La edad no cambiaría nada. Ayudada por Munjeong, subió a una de las cabinas y su hija se sentó a su lado.
Una vez dentro, la atracción daba la sensación de girar más rápido de lo que parecía desde fuera.
Salía música clásica de los altavoces. Gumnam presumió de saber lo que estaba escuchando.
—Es el Canon de Pachelbel —reconoció Munjeong.
—¿Habrías preferido estudiar música en lugar de artes plásticas? —preguntó Gumnam con precaución.
Negó con la cabeza.
—Quería convertirme en arquitecta para construir edificios sólidos y no como esa chatarra gigante que mató a mamá y papá.
—Aún estás a tiempo.
—Sí, pero...
—Pero ¿qué?
Gumnam le cogió la mano a su hija, que se había quedado callada.
—Creo que todo eso eran excusas. De repente, me han entrado ganas de pintar el mar que se extiende bajo nuestros pies.
Munjeong miró por la ventana de la cabina. La línea del horizonte era casi invisible y daba la sensación de que el mar se fundía con el cielo. Sin decir nada, Gumnam le sostuvo la mano con firmeza.
—No hace falta que te fuerces. Una vida es demasiado poco tiempo para amarse. También es demasiado corta para hacer y comer todo lo que queremos.
—No me fuerzo. Solo he cambiado de opinión.
Munjeong, que soltó una risilla, vio que su madre derramaba lágrimas. Una de ellas le resbaló por la mejilla y le cayó en la mano.
—Mamá, tengo hambre —afirmó apoyando la cabeza en el hombro de la que se había convertido en su madre.
La anciana por fin dejó escapar un suspiro de alivio.