El misterio de las recetas de la señora Jeong 4. Querida Munjeong #7
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4. Querida Munjeong #7

—¿Has dormido con las ventanas abiertas? ¿Tan dormida estabas que no te has dado cuenta? Fuera hace frío, podrías ponerte enferma. ¡Este mes pagarás tú la factura del gas! ¡La calefacción sigue encendida!

Escupió en el inodoro y tiró de la cadena.

El agua fue succionada con un ruido estrepitoso y volvió a ascender poco a poco.

Deseó que alguien le sacara del mismo modo lo que tenía en el vientre.

Se cogió la cabeza. No se oía nada fuera desde que Gumnam había sacado el pollo frito.

Oyó unos pocos pasos y luego, nada. Desconcertada, abrió la puerta lentamente.

Entonces la vio con su caja de medicamentos en la mano y el rostro pálido.

—¿Qué es esto? —preguntó su madre, temblorosa.

—Nada.

—¡Deja de burlarte de mí! ¡Hay muchos medicamentos!

—Te aseguro que no es nada.

Al ver que su hija flaqueaba, insistió.

—Cuéntamelo todo. Sabes que puedes contarme cualquier cosa.

—Mi riñón y mi hígado... no están bien. Me dijeron que había desarrollado problemas de alimentación porque bebía demasiado sin comer bien. ¿Querías saber por qué no respondía a tus llamadas? Era porque estaba borracha o vomitando en el baño.

En ese instante, el olor del pollo le llegó a las fosas nasales. Le entraron arcadas de nuevo. No pudo más y devolvió ahí mismo.

—¡Munjeong!

Gumnam se sorprendió al ver el jugo gástrico verde que le salía por la boca.

—¡No te acerques! —le gritó.

Siguió vomitando todo lo que tenía, aunque no era gran cosa, aparte de los trozos de yuja del té que se había tomado al amanecer en casa de Jeongi.

—¡Munjeong!

—¡No te acerques, por favor!

La mujer juntó el líquido como si quisiera limpiarlo.

Gumnam se apresuró a coger una toalla para secarle las manos a su hija, quien volvió a vomitar.

El líquido le manchó la ropa, pero no se inmutó y siguió limpiando a Munjeong.

Esta última intentaba empujarla gritándole que se apartara. La anciana le dio un abrazo a su hija.

—Hija mía, por Dios. Dime qué te pasa. Te escucho.

—Echaba mucho de menos a mi madre, mamá —sollozó la delgada Munjeong.

—Estoy aquí. Todo va bien. Voy a curarte, ya lo verás. Una madre puede curar todas las enfermedades de sus hijos.

Úlcera gástrica, cáncer de estómago, cáncer de hígado... Toda una retahíla de enfermedades se le pasaron a Gumnam por la cabeza, pero Munjeong negó con la cabeza.

—Tenía muchas ganas de ver a mi madre. Sé que no tendría que decirte esto y que te pondrás muy triste, pero no puedo más. Necesito ver a mi verdadera madre. Ya no quiero pintar. ¡Detesto los pinceles y el olor de la pintura! ¡Me dan náuseas!

A Gumnam le dio un vuelco el corazón en el pecho.

«Su verdadera madre». Esas palabras la destrozaron, pero no dijo nada porque, efectivamente, Munjeong no había pasado nueve meses en su vientre antes de nacer rodeada de dolor.

No era su madre biológica. Munjeong se convirtió en su hija cuando ya tenía trece años.

—Tienes suerte. Tu hija es muy guapa, amable y buena en los estudios. Nadie puede competir con Munjeong —dijo Gumnam intentando servir comida para llevar en un centro comercial.

—¡Vaya si lo es! Para cubrir sus necesidades, tengo que trabajar duro. Me ha dicho que quiere ir a la universidad —se enorgulleció Sunyeong, la madre de Munjeong, que llevaba el mismo atuendo que Gumnam.

—Tienes que hacer todo lo posible por pagar los gastos de la matrícula.

Hay que apoyar a los niños que quieren estudiar.

Para mí fue muy complicado, como solo terminé la escuela elemental...

Conseguí el graduado, pero hoy en día no tiene nada que ver.

Ahora los estudios están muy bien. Si no hubiera perdido tanto tiempo en esa fábrica de termómetros, podría haber tenido una niña tan buena como la tuya.

—Puedes considerarla hija tuya, también. Te agradezco mucho todo lo que haces por ella. Le das dinero, le compras libros... Francamente, no tienes por qué.

—¿Y entonces qué hago? ¿Es mi sobrina o no? Por cierto, ¿cómo se dice sobrina en inglés? Siempre está repasando su vocabulario, hasta cuando espera a que el semáforo se ponga verde delante del centro comercial. Es adorable que venga a buscarte cuando terminas de trabajar.

—Espero que tenga una buena vida, no como la mía —añadió Sunyeong echando col fermentada en una caja.

—¿Munjeong no se marcha de excursión escolar pasado mañana? Deberías acompañarla. Luego estarás varios días sin verla.

—Es cierto, pero trabajo por la mañana el día que se va.

—¿Y qué problema hay? —preguntó Gumnam encogiéndose de hombros—. Puedo cambiarte el turno, es mi día de descanso.

—¿No te importa? En ese caso, mañana te sustituyo y así aprovechas el día.

—¡Genial! Iré a ver una exposición en el museo que hay junto al palacio Deoksugung. ¡Me muero de ganas!

Al día siguiente, 29 de junio de 1995, el centro comercial se derrumbó.

Sunyeong y su marido, con quien se llevaba tan bien que la acompañaba al trabajo, fueron aplastados por los escombros.

No recuperaron su cuerpo hasta dos semanas más tarde.

Munjeong nunca volvió a ver a su madre. Gumnam, que era compañera de Sunyeong, adoptó a la huérfana, que no tenía a dónde ir.

Eso hizo que rompiera con su novio de aquel entonces.

Él había aceptado que Gumnam se hubiera quedado estéril por culpa de los productos químicos que manipulaba en la fábrica, pero le era imposible considerar adoptar una hija ya adolescente, así que ella le propuso romper.

La consumía la culpa de haberle cambiado el día libre a Sunyeong y no podía abandonar a su hija.

Ella tendría que haber estado en el edificio cuando se derrumbó.

Incluso décadas después, el recuerdo seguía resultándole tremendamente doloroso.

Era uno de los motivos por los que había decidido criar a la niña como si fuera su propia hija, con mayor cariño aún que una madre.

Gumnam, quien solo mostraba su expresión radiante a Munjeong, decía por todas partes que tenía una hija preciosa y que no tenía celos de nadie.

La niña sabía muy bien lo que sentía su madre adoptiva, así que abandonó su sueño de convertirse en arquitecta para evitar que los edificios se derrumbaran y cogió un pincel como Gumnam soñaba.

Era una manera de agradecérselo, lo mejor que podía hacer por esa mujer que la había adoptado y que siempre le estaba preparando kimbap .

Munjeong pintaba con furia. Exponía sus obras en Estados Unidos, un país que Gumnam admiraba, y llegó a casarse con un estadounidense medio. Era su modo de devolverle lo que le debía. Llevó a cabo su sueño, que consistía en acabar de pasar sus días en Estados Unidos, a costa de su propia vida.

Pero, un día, el sueño salió mal. El corazón empezó a pesarle tanto como una piedra en el estómago y le dolía tanto que no podía dormir por las noches.

Al principio, el alcohol la ayudaba a dormir, pero luego su cuerpo se acostumbró.

Necesitaba más. Cada vez que tenía que preparar una nueva exposición, se le aceleraba el ritmo cardíaco.

Bebía una copa y luego otra hasta perder el conocimiento en la cama.

Pronto, pasó a necesitar una botella entera para conseguir el mismo efecto.

El médico le dio un diagnóstico: tenía los riñones y el hígado destrozados.

Por suerte, desde ese día, Munjeong aprendió a controlarse, pero seguía sufriendo de insomnio severo.

Su cuerpo empezó a adelgazar poco a poco.

Cuando tenía que preparar una exposición, se sentaba delante de un lienzo en blanco y trazaba líneas con gestos enérgicos, sin pensar.

Era casi un desperdicio de material. Se decía que el público analizaría su obra como quisiera.

¿Acaso no era eso el arte? Expresaba en el lienzo todo lo que no lograba decir y todo lo que prefería ocultar por miedo a que descubrieran que odiaba la pintura.

En ese estado mental, era normal que los colores estuvieran desordenados, que la armonía, el equilibrio y la uniformidad fueran un caos.

El estilo de Munjeong había cambiado drásticamente.

Tuvieron que anular la exposición porque no había pintado lienzos suficientes.

También tuvo que indemnizar a la galería.

Su marido, que siempre había sido su mayor apoyo, empezó a cansarse de sus desengaños físicos y mentales.

La artista decidió huir de su vida y regresar a Corea del Sur.

Se había convertido en un despojo devastado por un trastorno alimentario.

Gumnam lloraba. Se lamentaba con Munjeong en sus brazos. Las lágrimas le empapaban las mejillas.

—Tendrías que habérmelo dicho. ¡Nadie te pidió que vivieras la vida que a mí me habría gustado tener! —exclamó, desolada, al descubrir lo mucho que sufría Munjeong, que llevaba treinta años siendo su hija.

Esta sacó por fin todo lo que llevaba dentro.

—¡Nunca volveré a sentarme delante de un lienzo! Ya no quiero hacer nada, y menos sostener un pincel.

—Eso está muy bien. No te fuerces.

Munjeong negó con la cabeza para alejar a Gumnam, pero esta la abrazó con todas sus fuerzas.

—Vayamos a ver a tu madre. Vayamos juntas —murmuró acariciándole la espalda a su hija adoptiva.

La mujer acabó calmándose poco a poco.

—Lo siento —le dijo a Gumnam.

Era consciente de que soltar de repente todo lo que llevaba años acumulando le haría daño a su madre, pero esta estaba más preocupada por ella, como de costumbre.

—No tienes que disculparte por nada. Es culpa mía. No vuelvas a Estados Unidos si no quieres. Puedes vivir aquí, conmigo.

—Tendría que haber hecho realidad tu sueño, pero no puedo más. Lamento no ser capaz de sostener esta vida, lo lamento mucho, mamá. Además, por mi culpa, vives sola.