4. Querida Munjeong #6
Cuando llegaron al mercado, Munjeong sacó el carro de la compra y siguió a su madre.
Gumnam quería preparar pasteles de arroz dulces con judías rojas y calabaza para merendar.
Entró en una tienda de la que era clienta habitual para comprar guisantes y alubias negras y rojas.
Luego eligió una vieja calabaza que sería perfecta para láminas secas.
Iba tan rápido que a Munjeong le costaba seguirle el paso.
Arrastrando el carrito, fue hasta una vendedora de pasteles de arroz.
La propietaria y su hijo le dieron una cálida bienvenida a Gumnam y le ofrecieron café, pero ella lo rechazó porque no quería molestar.
«¡Menos mal!», se dijo Munjeong, quien no habría podido aguantar el aroma.
Mientras compraban, los olores de la comida habían empeorado sus náuseas y el olor de la harina de arroz la incomodaba demasiado.
Mientras su madre encargaba las rodajas de calabaza, estuvo a punto de vomitar, pero logró contenerse.
Miró la lámpara cubierta de harina para despejarse, pero, en cuanto la dependienta abrió la vaporera con los pasteles calientes y humeantes, el olor le dio arcadas y echó a correr en busca del baño.
Se cubría la boca con la mano. Avanzó todo lo que pudo por el camino mal asfaltado.
Como le había indicado la dependienta, vio el cartel de «Servicios» al subir las escaleras.
Eran tan viejos que tenían cal incrustada en el fondo, pero no podía ponerse exquisita.
En cuanto retiró la mano, el líquido le subió desde el estómago.
Sacó enseguida los medicamentos de su bolso Saint Laurent y se los tragó con fuerza para que bajaran. Entonces pudo respirar de nuevo.
El semblante de Gumnam, que esperaba al pie de la escalera con el carrito, se había ensombrecido.
Su madre todavía no la había visto comer nada desde que había llegado.
Los últimos años, su hija siempre le insistía para que le preparara kimbap .
Esta vez, no le había pedido ninguno de sus platos preferidos: ni kimbap ni ragú de kimchi ni bulgogi .
Y mucho menos bibimbap . Rechazaba hasta las algas saladas que le permitían pasar las náuseas.
Cuando Gumnam había preparado ramen, había saboreado el caldo, pero no había tragado nada.
—¡Iba a subir a acariciarte la espalda!
—No hace falta, estoy mejor. No creía que el desfase horario me afectara tanto.
Pero Gumnam no era tonta y, cuando Munjeong se disponía a coger el carrito, le preguntó:
—¿Qué te pasa? Dime la verdad.
—Ya te lo he dicho. Es por el desfase horario.
—¡Y un cuerno! No me has pedido ni un solo kimbap y no has probado ni una cucharada de arroz desde que llegaste.
—Cuando me acostumbre, comeré mucho más. Vamos a Manna Dosirak o llegarás tarde —dijo Munjeong cogiéndole la mano a su madre, todavía inquieta.
Gumnam y Munjeong entraron juntas en la casa de comidas. Como todos los días, la septuagenaria se colocó frente al espejo para pronunciar su mantra.
— Have a nice day!
—¿Te lo dices a ti misma? —preguntó Munjeong, divertida.
— Yes! Me prometo que el día irá bien.
—Te pega. Good!
Gumnam se echó a reír al ver que su hija la imitaba. Sin embargo, no conseguía quitarse de encima la preocupante sensación de que algo le pasaba.
Junto al mostrador, la anciana se colocó el delantal blanco con una rosa roja y se puso la bandana de margaritas en el pelo. Conectó el iPhone al altavoz por Bluetooth y puso música. New York, New York sonó por todo el local. Era una canción alegre, animada por el sonido del saxofón.
—¡Ahora me encanta esta canción! ¡Es muy emocionante!
Munjeong sonrió al ver tan entusiasmada a su madre, que cogió el delantal de las fresias y se lo puso a su hija en la cintura.
—¿Podrás preparar brotes de soja adobados?
Gumnam esbozó una sonrisa radiante. Su hija la imitó.
El olor terroso de las espinacas le resultaba desagradable, pero no hasta el punto de provocarle náuseas, así que empezó a preparar las verduras que le daba su madre.
Mientras tanto, la cocinera cantaba echando sirope en una olla de acero inoxidable para endulzar el sikhye .
Articulaba todo lo posible arrastrando la lengua, lo cual le hacía mucha gracia a su hija, que, de vez en cuando, corregía su pronunciación de las palabras en inglés.
Cuando la anciana vio que todavía tenía las espinacas entre las manos, la regañó.
—¿Qué? ¿Todavía no has acabado con las espinacas? Hay que pasar ya a los brotes de soja. Se nota que normalmente solo sostienes un pincel. Los cuchillos no son lo tuyo. ¡No avanzas nada!
—Estoy yendo rápido. ¡Ay!
Retirando la nervadura de las espinacas, Munjeong se cortó el dedo. Una gota de sangre brotó de la yema.
—¡Ups! Espera aquí, voy a por una tirita.
—No hace falta. Si hago presión, dejará de sangrar.
Gumnam abrió enseguida el armario que había bajo el mostrador y sacó lo necesario para curar a su hija. Le pegó una tirita en el dedo.
—Ay, qué lástima verte la mano herida. Pobrecilla. ¿Ahora cómo vas a pintar?
Al oír la palabra pintar , a Munjeong le entraron de nuevo náuseas.
El corazón le había dado un vuelco en el pecho.
Últimamente, le bastaba con ver un cuadro para notar que el cuerpo se le hundía en el suelo.
Notó que se mareaba y cerró los ojos. Hacía todo lo posible por que Gumnam no se enterara.
En su cabeza, no dejaba de repetirse que todo iría bien.
De repente, se abrió la puerta del restaurante.
Era Saemal. Munjeong se sobresaltó al verlo, pero su madre la tranquilizó poniéndole las manos en los hombros.
—¿Tienes quinientos wones?
La dueña sabía que acudía a la hora de apertura cuando estaba sola por temor a molestar a los demás clientes. Saemal se sacó algo de la parka de color caqui. Era la cantidad que le había pedido.
—¡Vaya! ¿Por fin has ganado dinero? ¿Cómo lo has hecho?
Saemal vio una chispa de entusiasmo en los ojos de la septuagenaria. Abrió la boca dejando ver unos dientes amarillentos.
—Estaba en el suelo.
Saemal le dio el dinero. Todavía estaba caliente. Gumnam no pudo evitar sentir lástima por él. Seguro que llevaba los quinientos wones sujetos en la mano dentro del bolsillo por miedo a que alguien se los robara.
—Bueno... ¡Fingiremos que ha sido por trabajar! Espera aquí, voy a prepararte un dosirak. Ah, esta es mi hija. Es pintora en Nueva York.
—Buenos días —la saludó Saemal, avergonzado.
La mujer se contentó con responderle con un asentimiento. Gumnam se metió en la cocina y los dejó solos. Munjeong, aún con la tirita en el dedo, fue la primera en romper el silencio.
—¿Conoce Big Issue ?
—¿ Big qué?
—Es un periódico de servicio público. Es para las personas sin hogar. De hecho, ellos tienen el monopolio de venta con el objetivo de ayudarlos a recuperar su autonomía. Recibí una propuesta suya. Me pidieron que pintara una portada. Me he acordado al verle. ¿No le gustaría probar?
—¿Podría hacerlo?
—Sí. Un solo periódico le proporcionaría más de quinientos wones.
Gumnam plantó la oreja en la cocina mientras cogía aluminio y papel. ¿Por qué no se le había ocurrido antes? Su hija tenía respuesta para todo.
—Nadie querrá comprarme nada.
—¿Por qué? Inténtelo y ya verá.
Gumnam salió con una fiambrera en las manos para dársela a Saemal.
—Tiene razón. Además, no cuesta nada. ¡Estoy segura de que puedes hacerlo!
Saemal no sabía cuál era la guarnición del día, pero el dosirak olía mucho a arroz.
A Munjeong le volvieron las náuseas. Ya había vomitado en el mercado y, si volvía a pasarle, su madre acabaría sospechando algo.
Tenía vértigo. Mientras estaba sumida en sus pensamientos, Saemal salió repitiendo en voz baja:
— Big Issue.
De vuelta en la cocina, Gumnam gritó:
—¡Ups!
Había olvidado darle un sikhye gratuito a Saemal. Munjeong aprovechó para cogerlo y salir a la calle.
Corrió hasta el final de la calle rodeada de pinos para sacar lo poco que tenía en el estómago. No podía quedarse más tiempo en el local. Cualquier olor a comida le provocaba náuseas. A ese ritmo, no tendría suficiente con los medicamentos que había llevado.
Alguien le dio un golpecito en la espalda. Se giró. Era Saemal.
—¿Ha bebido demasiado? Sé lo que es ese líquido verde. Aparece cuando alguien ha bebido tanto que le explota el estómago.
—No le diga nada a mi madre, por favor. Tome. El sikhye es para usted. A mi madre se le ha olvidado dárselo. ¡Y no olvide mirar lo de Big Issue !
Munjeong se incorporó limpiándose la boca con la manga y volvió a Manna Dosirak. Saemal parecía inquieto. De nuevo, repitió para sí mismo:
— Big Issue.
Munjeong volvió a casa con la excusa de que tenía que terminar la portada del número siguiente del periódico.
Sintió que renacía. Como salía el olor de la comida que había en la nevera, abrió la ventana de par en par.
Hacía frío, pero por fin estaba cómoda. Se tumbó en el suelo del salón.
La lámpara parecía girar de nuevo sobre su cabeza, al igual que el día de su llegada.
Cerró los ojos. Los recuerdos surgieron a la superficie.
—¡Mamá! ¡Mamá! —gritó.
Las lágrimas le cayeron por las sienes y se le metieron en las orejas. Estaba mojada. Un sudor frío le cubría la columna vertebral. Fuera ya era de noche. Se había puesto el sol.
En ese instante, oyó que se abría la puerta. Era su madre. Llevaba una bolsa llena de pollo frito. Una vez más, tuvo que obligarse a soportar el olor.
— I am back! ¿Qué? ¿Otra vez has dormido aquí? Sí que tienes que estar cansada. Estaba segura de que no te apetecería sopa, así que he traído pollo frito. Necesitas carne para revitalizarte.
Gumnam fue hacia el armario perfectamente ordenado para dejar su chaqueta de aviador en el styler 1 y lo activó. Fue al salón vestida con unas mallas, una camiseta blanca de algodón y un delicado chaleco de flores.
Munjeong se refugió en el baño para recuperar el aliento y oyó decir a su madre: