4. Querida Munjeong #5
Gumnam añadió unos puñados de sal gruesa a la bolsa y la dejó de nuevo en el congelador. A continuación, se sentó junto a su hija en el sofá del salón.
—¿Qué te ha hecho venir de forma tan inesperada? ¡Me ha sorprendido mucho verte esta mañana! ¿Has discutido con tu marido?
—En absoluto. ¿Nos has visto pelear alguna vez?
—No, por eso lo pregunto. Me ha preocupado que vinieras así como así. He estado a punto de llamarlo, pero me he contenido.
—Solo estaba muy nostálgica después de la exposición, no podía guardarme tanta emoción. Además, ¿por qué debería hacerlo? Era más fácil comprar un billete y venir.
—Tienes razón. Si echas de menos Corea, solo tienes que venir. Has hecho bien. Me parece admirable. En efecto, no sirve de nada contenerse.
Gumnam miró a su hija como se mira a un perro enfermo.
—¿Qué series están teniendo éxito ahora aquí? —preguntó Munjeong cogiendo el mando de la tele.
—Como de costumbre, diría que las que tienen giros argumentales. ¡Ja, ja! Echan una un poco más tarde en KBS.
—¿Qué es eso exactamente?
—Es un género nuevo. Mezcla drama y humanidad con un escenario siempre exagerado. Es fascinante.
Munjeong sonrió, al igual que su madre.
Mientras ella navegaba entre los canales de la tele, Gumnam volvió a la cocina para cortar un pepino a rodajas finas. Las colocó en un plato que llevó al salón y se sentó de nuevo en el sofá. Las puso una a una en el rostro de su hija. El pepino traslúcido se adhirió a su piel con facilidad.
—Si no quieres comer, al menos tienes que nutrir tu piel. Siempre se sufre de deshidratación después de un vuelo tan largo.
El aroma de la verdura debajo de la nariz hizo que le entraran náuseas, pero se esforzó por disimularlo.
—¿Sí? Pues ponme mucho.
—Estoy haciendo todo lo posible para que no quede ni un centímetro sin cubrir.
Las relaciones madre e hija eran extraordinarias. Incluso después de dos años sin verse, no había nada raro en estar pegadas la una a la otra. Un poco como con una mejor amiga.
Empezó un nuevo capítulo de una serie que echaban todos los días. Gumnam le presentó a los personajes. Uno era un cabrón que engañaba a su mujer y, la otra, una mujer casada que le tiraba los tejos al amigo de su marido. En el capítulo de hoy, el personaje principal iba a descubrirlo todo.
Aunque Gumnam hacía todo lo posible por ser tan elegante como Audrey Hepburn, Meryl Streep o Yoon Yeo-jeong, cuando veía una serie coreana participaba en las discusiones de los protagonistas gritándoles «idiota», «zorra» o cualquier otro insulto. Ver a su madre así le hizo gracia a Munjeong.
—¿Cómo quieres que me contenga cuando veo a un tipo que va de gran señor engañando a su mujer? ¡Es imposible! —replicó Gumnam.
Cuando terminó, la anciana estaba totalmente metida en la historia y observó con atención los avances del capítulo siguiente. Munjeong se levantó, se estiró y se acercó a la pared.
—Mamá, ¿qué es esta caligrafía? ¿La has hecho tú en el centro cultural?
—Sí. Cheon-saeng-bae-pil . Quiere decir «aquel que está destinado a mí».
—¿Aquel que está destinado a mí?
—Sí.
—No existe.
—Claro que sí. No tiene por qué ser en el sentido romántico. Puede tratarse de una madre y una hija, como tú y yo.
De repente, a Munjeong se le llenaron los ojos de lágrimas. Pronto, se le puso la nariz roja.
—Tú y yo, Munjeong... Es como si el cielo hubiera decidido que íbamos a conocernos, ¿no te lo parece? En cualquier caso, eso es lo que siento. Si no, ¿cómo sería posible que te quisiera tanto?
Munjeong le dio la espalda a Gumnam, quien la miraba con intensidad.
La joven era incapaz de girarse. Si su madre le veía las lágrimas, también se entristecería. Se quitó las rodajas de pepino una a una.
—¡Tienes que dejártelas diez minutos más!
Esas palabras consiguieron que se le dibujara una sonrisa a Munjeong.
Antes de ir a Manna Dosirak a trabajar, Gumnam arrancó su coche, que llevaba bastante tiempo aparcado en el garaje. Era un pequeño Mercedes SUV rojo. Conectó el móvil para activar el CarPlay. Tras varios minutos buscando una canción, acabó preguntándole a Munjeong:
—¿Cuál era mi contraseña? Era tu cumpleaños, pero...
Gumnam nunca había olvidado el cumpleaños de su hija y esta la miró, desconcertada.
—¿No te acuerdas?
—¡Sí! ¡Es el 30 de junio! Como ahora hay que añadir una mayúscula y un carácter especial, no me cuadraba.
—A mí también se me olvidan las contraseñas —dijo Munjeong, aliviada—. Así que ahora utilizo la misma para todo.
—¿No te da miedo que te pirateen?
—Tampoco tengo dinero que puedan robarme. Solo soy una artista sin sueldo.
—Cambia al menos una cifra por si acaso. Veamos la ruta. Gyeonggi-do...
Munjeong puso el GPS. Con el maletero lleno de guarniciones, empezando por anchoas asadas y carne de ternera sazonada, las dos mujeres fueron a casa de Jeongi.
—Qué locura que le lleves guarniciones antes incluso de abrir la tienda. Debió de ser muy amable contigo.
—¡Más que amable, es adorable! Y su hija también.
El coche, de un rojo tan llamativo como la personalidad de Gumnam, arrancó.
A esas horas, había pocos coches en la carretera, así que apenas tardaron treinta minutos en llegar a su destino.
Gumnam aparcó delante del edificio de Jeongi y abrió el maletero.
Munjeong se cubrió la nariz con una mano para evitar que el olor de la comida le diera náuseas.
Luego giró la cabeza. A Gumnam le pareció muy extraño.
—¿Qué te pasa?
—Todavía tengo ganas de vomitar. Se me hace muy duro volar. Es la vejez —respondió mirando a su madre.
—¿Es que...?
—¿Es que qué?
—¿Estás embarazada? You have a baby?
—¡Uf! —resopló.
—Ya lo sabes, sigas siendo una DINK o tengas un hijo, nunca diré nada. Tu vida, tu decisión.
—¿La gente se mete contigo porque no tengo hijos?
—Bueno, a la gente le gusta hablar. Algunos creen que eres estéril y me toca explicarles lo que quiere decir DINK . Y, a veces, tengo que repetírselo a menudo, como a esa vendedora de pasteles de arroz.
—Pues diles que soy estéril. Será más cómodo para ti, ¿no? En el peor de los casos, te mirarán cinco minutos con pena y ya está. Pero, si empiezas a explicarles por qué soy una DINK, tardarás horas. Eres demasiado mayor para esas tonterías.
—Lo más importante es que es tu vida y tus decisiones.
A decir verdad, a Gumnam le preocupaba dejar algún día a su hija sola sin hijos, únicamente con su marido. Sin embargo, siempre se había mordido la lengua para no decírselo. Un hijo le vendría bien, pero no quería presionarla.
Jeongi abrió la puerta vestida con un pijama amarillo. Hablaba en voz baja para no despertar a Odeuli, dormida en su habitación. Sin embargo, la chispa de su mirada revelaba su alegría. Jeongi se mostró algo tímida delante de Munjeong porque no la conocía todavía y la saludó.
Sin darse cuenta, la examinó de arriba abajo. Su mirada se detuvo en los largos y finos dedos de Munjeong. ¿Pintaba tan bien gracias a ellos? ¡Gumnam estaba muy orgullosa del trabajo de su hija!
La anciana abrió la puerta de la habitación con cuidado para ver dormir a Odeuli.
Su cabello de bebé había desaparecido y había sido sustituido por unos adorables rizos.
En unos meses, celebraría su primer cumpleaños.
En la tradición coreana, los niños debían elegir un objeto entre muchos para determinar su profesión futura.
Gumnam se imaginó a la pequeña en su fiesta.
¿Qué escogería? Cuando terminó su ensoñación, se dirigió en silencio a la cocina.
—Tengan, es té de yuja —anunció Jeongi dejando una taza sobre la mesa.
Gumnam le sonrió.
—La última vez que vine solo tenías una taza. ¡Ahora hay dos! ¿Es la de Mister Eggs? ¡Ja, ja!
Jeongi se puso roja y Munjeong le dio un golpecito a su madre en el hombro.
—¡Mamá!
—¿Qué? De todas formas, ya estás al corriente.
—No me lo podía perder. Me lo contaste todo en tiempo real por FaceTime. ¡Sé que le cantó ‘O sole mio !
Jeongi rio observándolas y Gumnam y Munjeong se unieron a sus risas.
Jeongi siempre había envidiado a Munjeong y ahora todavía más. Por ningún motivo en particular. Giró la cabeza hacia la habitación en la que dormía su hija.
Las dos mujeres se subieron de nuevo al coche.
En esa ocasión se puso Munjeong al volante.
A esas horas no había coches pasando en todos los sentidos, pero, a fuerza de mirar el GPS con concentración, Munjeong sintió que la invadía la fatiga.
Gumnam le indicó a su hija el nombre del mercado y se hundió en el asiento.
—Mamá, ¿no te cansa mantener el restaurante?
Llevo pocos días aquí y ya he visto la cantidad de tiempo que le dedicas.
No solo trabajas mientras está abierto. Haces muchas cosas desde que amanece, como si fuera tu casa.
Me gustaría que descansaras un poco. Ya no eres tan joven —afirmó con delicadeza.
Con la cabeza apoyada en el reposacabezas y los ojos cerrados, Gumnam le respondió en voz baja:
—¿Me has visto alguna vez cerrar el restaurante entre semana? No. Además, ya te has dado cuenta de que, en parte, es mi casa.
Girando el volante para salir de un callejón, Munjeong esbozó una sonrisa.
—Es cierto. Puede que pases más tiempo ahí que en casa.
—Abriré todo lo que pueda. Todo el mundo es welcome y seguiré diciendo see you again a mis clientes. Es lo mínimo que puedo hacer por la gente que se come lo que cocino.
—Por cierto, ¿a dónde fuiste anoche?
—¿Anoche?
—Estoy segura de que te oí.
—¡En tus sueños! Estoy cansada. Voy a dormir un poco. ¡Conduce bien!
Gumnam bostezó y Munjeong bajó el volumen de la música enseguida.