El misterio de las recetas de la señora Jeong 4. Querida Munjeong #4
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4. Querida Munjeong #4

Eunseok se subió de nuevo al camión con una sonrisa tímida en los labios y se alejó poco a poco del pequeño restaurante.

Gumnam sacó la nervadura central de las espinacas, cortó los calabacines en rodajas y las zanahorias en dados.

Mientras se ocupaba de las verduras, la puerta se abrió de nuevo.

Era Saemal, un cuarentón sin domicilio fijo que llevaba un año rondando por el barrio.

Farfullaba algo con inseguridad, vestido con una parka de color caqui que había encontrado en un viejo contenedor de ropa y con un sombrero de pescador en la cabeza.

—¿Puedo pedirle las sobras de ayer? —preguntó.

Gumnam se lavó las manos, se las secó en el delantal y salió de la cocina.

—Mi casa de comidas tiene mucho éxito. ¿De verdad crees que queda algo? Ya es hora de que pienses en comer arroz de hoy y no el de ayer. ¡Y para eso debes trabajar! Mírate, tienes buena salud —lo regañó.

—Para eso necesitaría un empleo...

Gumnam frunció el ceño.

—¡Basta con encontrar uno! Hay muchas empresas buscando personal. Podrían incluso formarte en la obra. Siempre hace falta gente para poner ladrillos y cemento.

—Me duele mucho la espalda desde que duermo en la calle, no puedo levantar cosas pesadas.

—¡Un indigente no puede ponerse exigente, Saemal!

La tristeza se reflejó en el rostro del hombre.

—Piense en cómo puede sentirse el indigente que la escucha.

—Deja de mendigar. Intenta conseguir las cosas por ti mismo. Ya te lo dije la primera vez que nos vimos. Si quieres uno de mis dosiraks, te lo venderé por quinientos wones. No es nada caro. Sal y gánate ese dinero. No me hagas perder el tiempo, tengo que preparar el sikhye .

A Saemal se le hizo la boca agua al pensar en el sikhye casero.

—¿Podría darme un poco?

—¡Uf! Siéntate.

Cada vez que Gumnam veía a Saemal, la invadía la lástima.

¿Cómo podía haber acabado en esa situación si no tenía ningún problema físico?

No comprendía por qué seguía conformándose con mendigar comida en los restaurantes del barrio.

Para ella, era importante poder cuidar de uno mismo.

Curiosa por su pasado, dudó si preguntarle cómo había llegado hasta ahí, pero todo el mundo tenía su historia y se dijo que más valía no hacer demasiadas preguntas.

Salió de la cocina con un vaso transparente lleno hasta el borde en una mano y se lo tendió a Saemal.

—¡Muchas gracias!

—Quinientos wones. Ni más ni menos. ¿De acuerdo?

—Haré todo lo que pueda.

Saemal cogió el vaso con las dos manos y salió del local. Al verlo de espaldas, Gumnam suspiró y le dijo:

—¡ Have a nice day tú también, Saemal! See you again!

Volvió a la cocina y terminó los preparativos sin dejar de pensar en Saemal.

—¿Tendría que haberle dado algo de comer? No. Debo ayudarlo a valerse por sí mismo. Sí, esa es la respuesta adecuada.

La fiambrera del día se componía de espinacas marinadas, tortitas de calabacín y kimchi sin especias. El plato principal era pechuga de pollo al curri. Antes de colocar el arroz, fue al cajón a sacar los papelitos para escribir el mensaje del día con un estilo caligráfico particular.

He vuelto a poner mi creatividad al servicio de mis queridos clientes.

¡Hoy invito yo!

«Have a nice day & see you again!».

Cuando los tuvo listos, colocó los dosiraks en la vitrina de exposición. Poco después de las siete y media, se abrió la puerta. Entró una mujer con una maleta gris en la mano. Llevaba un abrigo azul marino y el cabello castaño ondulado hasta los hombros. Era Munjeong.

—Bienvenida a Manna...

Gumnam dio una palmada de sorpresa al ver a su hija.

—¿Munjeong? ¿Eres tú de verdad?

—¡Dame un abrazo, que hace dos años que no nos vemos!

Munjeong soltó la maleta y se acercó al mostrador para darle un abrazo a su madre. Gumnam le acarició la espalda a su hija.

—¿Qué haces tú aquí? No me habías avisado.

—He venido en cuanto se ha terminado la exposición. Tenía muchas ganas de volver a Corea. Cuesta creer que lo añore —dijo Munjeong dejando el abrigo sobre una de las mesas redondas del pequeño restaurante.

Llevaba los dos primeros botones del jersey azul marino desatados, lo cual dejaba al descubierto sus omóplatos raquíticos y su cuello delgado.

—¿Por qué has adelgazado tanto? ¡Estás demasiado skinny ! ¿Seguro que va todo bien? ¡Abultas lo mismo que un brote de sorgo!

—Ya te dije que me cuesta comer antes de una exposición. Estoy todo el día sentada pintando, si como demasiado, me siento hinchada. Y si me pongo a andar para encontrarme mejor, no trabajo.

Gumnam le acarició la cara a su hija, a quien seguía encontrando demasiado delgada.

—Eres mi primera clienta de hoy. I am so happy! Deja que te sirva un dosirak. Empieza por el arroz. Supongo que tendrás hambre después de las raciones tan pequeñas que sirven en el avión.

—No, estoy bien. He repetido. Ahora que ya te he visto, puedo ir a casa —dijo evitando la mirada de su madre.

—Es cierto, estarás cansada después del viaje. También tienes que acostumbrarte a la diferencia horaria. Hoy me has hecho un bonito regalo. Últimamente estaba siendo algo difícil.

—¿Qué? ¿Alguien te molesta? ¿Quién es? Iré a cantarle las cuarenta.

—¡Era por ti, Munjeong!

Munjeong levantó la mano.

—Reconozco mis defectos y he venido a disculparme.

—Vas a tener que coger peso mientras estés aquí.

—Voy a casa a descansar, pero volveré a ayudarte durante la pausa.

—Creía que ni siquiera podías tocar las orejas marinas porque te daban asco. Tus manos están hechas para sujetar delicados pinceles. Tú descansa, hija mía. Cuidado con la carretera. ¿Te acuerdas del código de acceso?

Agotada, Munjeong cogió la maleta y salió del local.

Gumnam estaba muy contenta. Era cierto que Munjeong no tenía buena cara, pero por fin había vuelto a ver a su hija tras dos años de ausencia. El carrillón de la entrada sonó de nuevo. Era ella otra vez. Abrió una de sus bolsas y sacó una crema de manos Jo Malone que le dio a su madre.

—La compré para ti en un centro comercial. Casi se me olvida.

—Podrías habérmela dado en casa. No hacía falta cansarte aún más volviendo.

—Quería dártela cuanto antes. Bueno, ahora me voy de verdad.

Gumnam observó a su hija marchándose con unas botas negras que le llegaban hasta las rodillas. ¿Cuándo había crecido tanto? El tiempo pasaba muy rápido... ¡Qué tristeza!

Hacía mucho que Munjeong no abría la puerta de la casa de Hyehwa-dong.

Pasó por delante de las botas UGG de Gumnam sobre el zapatero y corrió al baño.

Se arrodilló en el suelo y vomitó todo lo que tenía en el estómago.

Sin embargo, no había gran cosa porque no había comido nada en el avión, más allá de un paquete de cacahuetes y dos latas de cerveza.

Los jugos gástricos le quemaron el esófago.

No podía más. Dejó escapar un profundo suspiro.

Avanzó hasta el salón casi arrastrando la maleta y la abrió para sacar unas cajas de medicamentos enrolladas en una fina camisa.

Se tragó cinco pastillas blancas sin una gota de agua por temor a que el líquido la hiciera vomitar de nuevo.

Tras guardar de nuevo los medicamentos en la camisa, se tumbó en el suelo en mitad de la estancia con las botas todavía puestas.

Miró el techo. La lámpara colgada que reflejaba la luz anaranjada que tanto le gustaba a Gumnam parecía girar a toda velocidad.

En dos años, no había cambiado nada. Había un cuadro viejo digno de la película Vacaciones en Roma colgado de la pared. Dentro, había un retrato de la elegante Audrey Hepburn con una sonrisa. La única novedad era un papel caligrafiado donde se leía « Cheon-saeng-bae-pil ».

— Cheon-saeng-bae-pil... —murmuró Munjeong.

Cerró los ojos lentamente. Unas escenas más nítidas, como extractos de películas mal montadas, salieron a la superficie. Luego, se durmió.

Cuando terminó de hacer las tareas en la casa de comidas, Gumnam volvió a entrar y se sorprendió por el espectáculo que descubrió ante ella.

¿Tan cansada estaba su hija para dormirse en el salón con los zapatos aún puestos?

Por otra parte, ¿estaba dormida? Preocupada porque su hija no se hubiera despertado con el ruido de la puerta, le sacudió los hombros levemente.

—¿Mamá?

—El vuelo te ha dejado agotada. Y con lo delgada que estás... Acuéstate en la cama. Debes descansar hasta que te acostumbres al desfase horario.

Munjeong se levantó y rio al ver las botas que llevaba en los pies.

—¿Me he dormido así?

—Sí, date una buena ducha, ponte el pijama y ve a dormir como es debido.

—¿Puedo dejar mis cosas en la habitación de allí? —preguntó señalando el dormitorio que había ocupado hasta que se casó.

Ahora la habitación estaba llena de los pasatiempos de Gumnam. En el escritorio había un cuaderno de notas para caligrafía, partituras de ukelele, libros de recetas de cocina occidental y otro sinfín de tesoros.

—¡No tendrías suficiente con cien años para almacenar toda la información que contienen esos libros!

—Espera, voy a pasar la mopa por la habitación —dijo Gumnam.

—Ya está limpia, me basta así.

Tumbó la maleta en el suelo y la abrió para elegir ropa que ponerse por casa.

Ante todo, tenía que ocultar bien su cuerpo.

Munjeong había perdido diecisiete kilos en dos años.

Gumnam se hundiría si se enterara de que su hija, que medía un metro setenta, pesaba poco más de cuarenta kilos. ¿Qué le había pasado a Munjeong?

Con una camiseta blanca holgada a juego con su pantalón de chándal, se presentó en el salón. Gumnam estaba ocupada cortando ingredientes en la cocina. Sin darse cuenta, Munjeong frunció el ceño.

—Los vuelos de larga distancia provocan náuseas. Voy a preparar una sopa de pescado picante. ¿O prefieres ramen? —le propuso a su hija mientras sacaba bacalao de una bolsa negra.

—No tengo nada de hambre. Llevas todo el día cocinando, descansa. Ya comeré mañana.

—No deberías acostarte con el estómago vacío. Cuando te he abrazado antes, me he dado cuenta de que estás esquelética. Debes recuperar peso.

—No pasa nada. Sinceramente, prefiero que guardes el bacalao para mañana.