El misterio de las recetas de la señora Jeong 4. Querida Munjeong #3
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4. Querida Munjeong #3

Solo había una consigna en la pizarra: «Utilicen cuatro caracteres para describir algo que les remueva el corazón». Gumnam cogió la tinta con precaución y la frotó contra la piedra. Cerró los ojos. Cuando la tinta se asentó, los sinogramas florecieron en su mente.

« Cheon-saeng-bae-pil ».

Cheon quería decir «cielo»; saeng , «nacer»; bae , «compañero»; y pil , «cónyuge». La expresión entera significaba «compañía enviada por el cielo», equivalente a «alma gemela».

Gumnam mojó la punta del pincel en la tinta líquida.

Lo afinó e hizo un trazo sobre el papel.

Tenía talento y su caligrafía era de gran calidad.

Plasmar sinogramas sobre el papel le daba fuerzas.

Le gustó tanto el resultado que quiso enmarcarlo para colgarlo en su salón, junto al retrato de Audrey Hepburn.

Cuando terminó la clase, las señoras Jeong, Kim, Park y Song se dirigieron a los grandes almacenes.

Las señoras Lee y Jang tenían reserva en el simulador de golf y no pudieron acompañarlas a desayunar.

Las mujeres subieron hasta la quinta planta, donde había restaurantes coreanos, japoneses y occidentales y siguieron hasta la cafetería especializada en brunch a la que iban siempre.

Gumnam y la señora Kim dejaron el bolso en el banco.

Frente a ellas, las señoras Song y Park se sentaron en sillas. Le pidieron al camarero una ensalada de ricota con granada, otra de pollo a la parrilla y una pizza con rúcula. Todo para compartir.

—¿Hoy solo comemos ensalada? —preguntó Gumnam, quien se lo había pasado de maravilla en la clase de caligrafía.

—Conforme nos hacemos mayores cogemos peso más rápido. Por mucho que haga ejercicio, la grasa no desaparece. Tampoco como muchas verduras, me da pereza lavarlas —respondió la señora Song alisándose la falda negra.

Las señoras Park y Kim asintieron.

—Hay que sumergir la fruta y la verdura en agua con vinagre y, después, enjuagarla con agua bicarbonatada. Es cierto que lleva tiempo. ¡Pero es bueno para el cuerpo y la salud! —afirmó Gumnam.

—Además, cuando vienen mis nietos el finde, compro una caja de fresas, pero solo se comen una cada uno. Bueno, mejor eso que nada.

Gumnam dio una palmada contra la mesa cuando la señora Song se puso a hablar una vez más de sus nietos.

—¡Debe poner dinero en el fondo común cada vez que hable de ellos! —exclamó.

—Eso es cierto. Dijimos que ya no hablaríamos de los nietos porque Gumnam no tiene —espetó la señora Park sin ningún miramiento.

—¡Sí, estoy celosa! A mí también me gustaría que mi pequeña Munjeong tuviera un hijo que se le pareciera.

¡Llevo al menos diez años pensándolo! ¿Y bien?

Mi hija es una DINK. Respeto su elección.

¡No puedo pedirle que tenga un hijo y sufra una vida que no quiere solo porque a mí me gustaría hacerle carantoñas a su bebé!

—Munjeong tiene cuarenta y dos años, ¿no?

Sigue siendo posible tener hijos. Intente convencerla.

Sabemos que la vida sin niños es muy triste, lo hemos vivido.

Además, lo normal es ofrecer nietos a los padres para darles las gracias por habernos criado.

¿No se lo parece, señora Kim? —respondió la señora Song.

—No debería decir eso. La vida de nuestros hijos no nos pertenece. ¿Acaso sigue viviendo en la época Joseon? ¡Haga sus necesidades en una bacinilla, ya que estamos!

—No me tome por una mujer anticuada. ¡Soy una suegra muy moderna! Cuando preparo kimchi en invierno, no espero que me ayude nadie. Lo hago sola y luego invito a mis hijos.

—¡Una suegra moderna no se jacta enviando fotos de su kimchi al grupo de chat!

¿No ha cocinado nunca en su vida? Sé que les pide a sus nueras que vayan cuando lo prepara.

Y usted también, señora Kim. Se la lleva a la casa de sus padres en Yeoju, donde la explota para convertir cien cabezas de col en kimchi.

La señora Kim tosió como si quisiera atenuar el golpe. La señora Park, que se había mantenido callada, se contentó con observarlas discutir con los ojos desorbitados. El camarero llegó con los platos y la señora Song aprovechó para meterse con Gumnam.

—¿Su menopausia empeoró porque vive sola sin marido?

Lo preguntó en un tono tranquilo y refinado, pero hiriente de todos modos.

—¿Cómo? —exclamó la aludida antes de resoplar.

—Nunca nos ha hablado de su esposo. ¿Falleció? ¿O es que se divorció? —preguntó la señora Song con indiscreción.

—¿De verdad quiere que lleguemos a las manos? —replicó Gumnam adelantando los brazos.

—No, solo tengo curiosidad —respondió la señora Song, y tomó un trago de agua.

Sonrió porque, en esa ronda, se había hecho con una victoria aplastante.

Una rabia incontrolable ardía en el fondo de Gumnam.

Desde la historia con el tarot, sabía que iba a tener un mal día.

La clase de caligrafía solo había sido un breve respiro.

La rabia se apoderó de ella de nuevo. Sus emociones estaban descontroladas.

Cogió su mochila y se levantó. Las señoras Kim y Park le dijeron que comiera antes de irse, pero ella salió del restaurante asegurando que pagaría su parte de la cuenta por Kakao Pay.

«¡La señora Song es una zorra! ¡No quiero volver a verla!

», exclamó Gumnam para sí misma. Era cierto que, cuando estaban con sus maridos, la señora Song no decía ni una palabra fuera de lugar.

Se contentaba con reír y secarse las comisuras de la boca fingiendo ser una señora educada.

En cambio, cuando ellos se iban, intentaba meter el dedo en la llaga siempre que podía. «Esa mujer es so ugly », se dijo.

Gumnam fue hasta la parada del bus para coger el 301, pero no consiguió calmarse.

A veces hablaba sola insultando en voz alta para desahogarse, pero no encontró alivio.

Sentía que se estaba volviendo loca y le daba la impresión de haberse convertido en un erizo espinoso.

¿Era un efecto secundario de la menopausia?

¿Era posible pasarla dos veces? Estaba tan alterada que sentía que ya no podía contenerse.

La temperatura era ideal, como si la primavera se hubiera adelantado.

Costaba creer que era la primera semana de febrero, teniendo en cuenta el buen tiempo que hacía.

Casi había llegado el momento de guardar las UGG en el armario.

Gumnam salió con la bufanda rosa de cachemira alrededor del cuello, igual que la de Jeongi.

Recorrió la calle rodeada de pinos que había detrás de la salida número cuatro de la estación de metro de Hyehwa-dong.

A pesar de que era invierno, con ese ambiente tan agradable daba la sensación de que el sol salía más temprano.

El cielo lucía sus mejores tonos de violeta, rosa y azul claro.

A Gumnam le resultaba placentero el aire fresco de la mañana cuando iba de camino a Manna Dosirak.

Como cada día, estaba decidida a preparar los platos más deliciosos.

Desde hacía un tiempo, ya no escribía en el chat grupal que compartía con la señora Song.

De repente, se preguntó qué le pasaba. Últimamente no se reconocía y estaba extremadamente susceptible, así que decidió llamar a la señora Song para proponerle hacer las paces como buenas adultas, a pesar de que hubiera preferido frotarla con un estropajo para librarla de la malicia que tenía dentro.

La señora Song se disculpó y admitió que había ido demasiado lejos.

Las dos mujeres se reconciliaron y dejaron a un lado el rencor que llevaba acumulándose desde su último encuentro.

Gumnam pasó por delante de los escape games y los fotomatones que había en la calle, lo cual le recordó a la tarotista. Ese tema era como una espina de pescado atascada en su garganta. Normalmente, le habría dado sikhye ese día y se sintió obligada a continuar. Aceleró el paso.

Como siempre, la dueña fue la primera en llegar a la puerta de Manna Dosirak. El carrillón tintineó alegremente. La anciana había cogido la costumbre de colocarse delante del espejo para dedicarse palabras bonitas con ternura.

—¡ Have a nice day , bonita mía!

Ese era el lema que se repetía para empezar el día.

Las perlas radiantes que le colgaban de las orejas atrajeron su mirada.

Dejó el abrigo y la bufanda en el perchero y prendió la luz.

Unos rayos amarillos iluminaron la sala de la casa de comidas.

Se puso un delantal amarillo con estampado de fresias y una bandana blanca en la cabeza.

Luego, entró en la cocina para ocuparse del arroz de gran calidad proveniente de Icheon.

Echó una buena cantidad en una olla enorme que llenó de agua para lavarlo.

Lo removió con las manos, cambió el agua varias veces y, cuando los cereales ya se habían librado de sus impurezas, volvió a echar agua ajustando las proporciones y agregó aceite de cocción.

A continuación, fue a por las cajas de verduras que le había dejado el repartidor en la puerta.

Había espinacas, calabacines y zanahorias.

—Las espinacas tienen buena pinta. Y las zanahorias y los calabacines también. Excellent! —exclamó en voz alta.

Tras comprobar el contenido de la caja, la llevó hasta la cocina. De repente, se cayó.

—¡Ups! Eso es porque hace un tiempo que no hago pilates. Mis piernas ya no me sostienen. ¿Debería apuntarme a Full Power Gym?

En el local, Gumnam hablaba sola a menudo para contrarrestar la soledad.

Recogió las verduras que habían caído al suelo.

¡Ding, ding!

Se abrió la puerta. Era Eunseok con los huevos.

—¡Buenos días, Gumnam!

—¡Mister Eggs! —exclamó ella levantándose para saludar.

—¡Le dejo los huevos en la cocina!

—¿Viste a Jeongi y a Odeuli ayer? —preguntó con una cálida sonrisa en los labios.

Eunseok se ruborizó.

—Sí. Y también me inscribí a las audiciones de un concurso de canto para la televisión.

Gumnam apoyó las manos en los hombros del joven.

— Amazing! ¡Has hecho bien! No te arrepentirás, te lo aseguro.