El misterio de las recetas de la señora Jeong 4. Querida Munjeong #2
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4. Querida Munjeong #2

Su cabellera blanca era la prueba de cada día que había pasado esforzándose al máximo por sobrevivir y no tenía ganas de volver atrás.

No se sentía vieja, sino adulta. De repente, se detuvo delante de una tienda de dalgona , donde había una sombrilla amarilla abierta.

Desde el éxito de El juego del calamar , había muchos clientes haciendo cola para comprar esos dulces, mientras que antes estaban desapareciendo poco a poco.

Sombrillas, corazones, figuras humanas y estrellas se habían dibujado sobre el azúcar moreno que, una vez solidificado, se había introducido en una bolsita transparente. El aroma dulce llamó a Gumnam.

— Hi! ¡Lo tiene lleno, señora Shin! Su establecimiento es un hot place .

La señora Shin, que removía con unas varillas de madera el azúcar fundido en una olla colocada sobre unas llamas azules, levantó la cabeza y sonrió al verla.

—¡Gumnam! Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.

—Entre semana tengo que ocuparme del negocio y, por las tardes, voy a casa de Jeongi. La conoce, ¿verdad? Aunque ahora está mejor y ya no necesita que vaya tanto a su casa.

Cuando el azúcar se transformó en un jarabe espeso, la señora Shin introdujo las varillas en bicarbonato blanco para que se integrase bien y empezó a remover la sustancia a toda velocidad.

A continuación, vertió la mezcla sobre una placa en la que había espolvoreado azúcar.

Con una prensa para pasta, aplastó el dalgona y le estampó un paraguas.

La pareja sentada en un banco con un palillo en la mano parecía entusiasmada.

—Es un sello muy bonito —murmuró Gumnam para sí misma.

La señora Shin echó tres cucharadas de azúcar en la olla.

—Los que comen sus dosiraks disfrutan de la buena vida. De hecho, todos los habitantes del barrio los han probado ya.

—No exagere. ¿Me enseñará a preparar dalgona algún día? Subiré el vídeo a YouTube. ¡Será un tutorial para hacer K-snacks!

—¡Es verdad! Se ha abierto un canal. Estoy suscrita, que lo sepa. ¿Es «SeeYouAgainGumnam»?

—Sí. Y le agradecería mucho que me hiciera algo de publicidad. ¡Que vaya bien el día!

—Igualmente.

Ver a tanta gente haciendo cola para comprar dalgona puso a Gumnam de buen humor.

De joven, se había visto obligada a trabajar duro, así que se alegraba de saber que una serie de televisión había funcionado tan bien.

¿Cuánta gente hacía falta para lograr que un episodio fuera un éxito?

El poder de los medios y de las redes sociales era admirable.

Estaba decidida a grabar su día para montar un videoblog.

Las UGG de Gumnam se detuvieron de nuevo delante de una tienda roja, dentro de la cual había una tarotista instalada.

—¿Ha salido? —le preguntó la señora Kim.

Era una mujer de unos cuarenta años con unas gafas de montura roja. Tenía más o menos la edad de Munjeong, así que Gumnam se había encariñado con ella y le llevaba un vaso de sikhye de vez en cuando.

—Sí, voy al centro cultural. ¿Ya está trabajando?

—Sí, los fines de semana es cuando más ingreso, así que he venido temprano. Si no está demasiado ocupada, ¿le apetece que le eche las cartas? Nunca me ha preguntado nada, ni siquiera las predicciones para el próximo año.

—¿De verdad?

—Sí, además, usted siempre me trae sikhye . Siéntese. Tranquila, es rápido.

La señora Kim cogió el mazo, mezcló las cartas con preciosos motivos barrocos y las extendió sobre la mesa.

—Esta tirada es para leer el próximo año. Elija tres cartas con la mano izquierda —indicó la señora Kim subiéndose las gafas.

—¿Con la izquierda?

—Sí. No pierda la concentración.

Algo nerviosa porque era la primera vez que elegía cartas en toda su vida, Gumnam seleccionó una de la izquierda, una del centro y una de la derecha.

La señora Kim respiró hondo y les dio la vuelta con un gesto enérgico. Un león encogido con el cuello torcido, un emperador sentado en un trono deslumbrante con una balanza en la mano y un reloj de arena cuyo tiempo ya se había agotado. Eso es lo que vio ante ella.

Gumnam se puso más nerviosa aún al ver que la señora Kim frunció el ceño.

—El tiempo... del que dispone está llegando a su fin.

—¿Qué quiere decir eso?

—Es lo que dicen las cartas. Puede ver que ya no queda arena en la parte de arriba del reloj. No tendría que haber elegido esta.

La señora Kim evitaba la mirada de Gumnam y escogía sus palabras con cuidado. La septuagenaria se enfadó. ¿Cómo podía decirle a una anciana que se le había acabado el tiempo como si estuviera en su lecho de muerte?

—¡Eso me da igual! ¿Cómo se atreve a soltarme eso cuando ha sido usted quien me ha propuesto echarme las cartas?

Eso significa que voy a morir, ¿no? ¿Es lo que pretende decirme?

¿Yo, Jeong Gumnam, voy a morir? ¿Sabe qué edad tengo según las pruebas médicas que me hicieron la semana pasada? ¡Sesenta años!

Al contrario de lo que solía suceder, Gumnam había perdido los estribos.

Roja de rabia, le gritó a la señora Kim, quien guardó silencio.

Si Heungmin o Shinpung hubieran estado ahí, alguno le habría hecho señales a la señora Kim parpadeando repetidamente para que parara, pero ella seguía insistiendo.

—Pero usted también ve las cartas, ¿no? La arena se ha agotado...

Gumnam le dio la vuelta a la carta en cuestión.

—¿Y si la ponemos así? ¡Así está lleno de arena!

—Eso no tiene ningún sentido. El mar de detrás queda en la parte de arriba y el mundo no corresponde a la realid...

—¿La realidad? ¡La realidad es que la arena no se agota nunca para los que viven su vida plenamente! ¡Es lo que he aprendido en mis más de setenta años! ¡No son los jóvenes quienes deben dar lecciones de vida a los viejos!

Se levantó de un salto y derribó la silla de plástico azul en la que se había sentado.

Abrió de golpe la cortina de la tienda roja.

Se alejó furiosa, a paso rápido. ¿Cómo podía la tarotista parar a alguien que iba tan alegre por la calle y soltarle una predicción negativa?

¿Por qué estaba Gumnam tan enfadada? ¿No tendría que haberlo dejado pasar?

Hacía años que había pasado la menopausia, pero últimamente se enfadaba a menudo y sentía picos de tristeza repentinos que no lograba comprender.

¿Era una crisis senil? Se dijo que el mejor modo de calmarse sería deslizando tinta en clase de caligrafía.

—¡Gumnam! —la llamó miss Garaetteok al verla avanzando hacia la parada del bus a grandes zancadas.

—¡Ah, miss!

—¿Tienes el chile en polvo?

—¡Casi se me olvida! No puedo seguir así. —Se sacó de la mochila una bolsita transparente con el polvo rojo—. Envíame el dinero por Kakao Bank.

—No sé cómo funciona eso.

—Pero si ya te lo he enseñado varias veces.

Cuando sepas utilizar Kakao Pay, podrás vender más mercancía.

La gente ya no lleva efectivo encima. Me dijiste que alguien te había prometido que te haría una transferencia y no lo había hecho, ¿verdad?

Se dio cuenta de que no sabías cómo funcionan los bancos en línea.

—¿Por qué te enfadas?

—Cualquier cosa me saca de quicio. Ya me lo pagarás, tengo que irme. ¡Se me hace tarde!

La vendedora de pasteles de arroz inclinó la cabeza, desconcertada. Nunca había visto a Gumnam así.

La septuagenaria subió por fin al bus 301.

Solo quedaban disponibles los lugares reservados para personas mayores, pero Gumnam se negó a sentarse en ellos.

Desde que le habían dicho que se le había acabado el tiempo, todavía tenía menos ganas de que la trataran de vieja.

Se cogió a una barra de apoyo amarilla y no se liberó ningún asiento hasta muchas paradas después, en el parque del Museo de Historia y Cultura de Dongdaemun.

Se sentó a la derecha, junto a la ventana.

Cuando el bus pasaba por el puente Dongho, que atravesaba el río Han, notó que empezaba a calmarse.

Pero, al ver al metro ir más rápido que el bus en el mismo puente, se alteró de nuevo.

Era como una señal de que el tiempo no se detenía, sino que, al contrario, iba cada vez más rápido cuando una tenía setenta años.

Gumnam bajó delante de la tienda Hyundai de Apgujeong-dong.

Atravesó dos pasos de cebra a toda prisa para llegar al centro cultural que había en un edificio contiguo.

Esperó delante del aula, pero no acudió nadie.

Normalmente, las señoras Kim, Park y Song llegaban antes que ella y conversaban mientras esperaban.

¿Por qué no las veía? Unos cinco minutos después del inicio de la clase, le escribió un mensaje a la señora Kim.

¿Hoy no viene a clase de caligrafía?

Es a usted a quien deberíamos preguntárselo. Estamos todas en la clase. ¿No viene hoy?

«¿Qué dice?», se preguntó Gumnam contemplando el aula vacía. En ese momento, se dio cuenta de que no estaba en el lugar al que acudía cada semana. Se trataba de la sala I, tal y como indicaba la puerta. «¿He confundido una I con una H? ¿Yo? ¿Qué me está pasando?».

La septuagenaria se apresuró a recoger sus hojas, sus pinceles y su tintero para ir al aula adecuada.

Abrió la puerta, cubierta de sudor. Las señoras Kim, Park y Song, que ya habían empezado a frotar la tinta contra la piedra, le dieron una cálida bienvenida, contentas de verla.

Las señoras Lee y Jang, con quienes había celebrado la Navidad junto a una buena botella de vino, también la saludaron con la mirada.

Era una clase destinada a personas mayores, pero había algunas jóvenes repartidas.

Eran sobre todo madres que no podían aguantar los gritos de sus hijos todo el día.

Oír solo el susurro de la tinta contra la piedra y el del pincel acariciando el papel durante dos horas a la semana les permitía desconectar y calmarse.

No habían podido quedarse a celebrar la Navidad, pero Gumnam les había ofrecido vino caliente que había preparado ella misma con una botella de tinto de Chile.