4. Querida Munjeong
No se había posado ni una mota de polvo en el tocadiscos.
Gumnam colocó un vinilo. Cuando la aguja, parecida a la rama de un árbol, se acomodó a mitad de la pista, la melodía de una guitarra flotó en el aire.
Pronto, la voz de Audrey Hepburn se mezcló con los instrumentos.
Con las manos cogidas con alegría, tarareó el ritmo.
Se lo había pensado mucho antes de comprar el tocadiscos.
El sonido podía cambiar en función de la aguja, así que había visto un vídeo en YouTube para instalar una nueva.
Podía apreciar una nueva cualidad sonora.
El grano viejo que crepitaba ligeramente como si fuera una hoguera le daba la impresión de que estaba en la joyería Tiffany’s de Nueva York, aunque en realidad estaba a mil leguas de aquel barrio.
¿Qué estaría haciendo su hija, que sí que vivía en esa ciudad gigantesca?
Una vez más, había olvidado llamar a su madre, quien pensó que estaría pintando sin ser consciente de la hora.
Con un pantalón de chándal de color marfil y una sudadera de color menta, Gumnam se acercó a la ventana del salón y abrió la cortina plisada.
Era la época en la que las ranas salían de su letargo.
El aire primaveral acarició el rostro de la septuagenaria, que cerró los ojos para disfrutar de los cálidos rayos del sol.
Siguió tarareando la canción y marcando el ritmo con el pie.
Gracias a Jeongi, siempre tenía una flor de huevo pintada en el meñique.
Al mirarse el pie, sonrió y pensó en la joven, que vivía una preciosa historia de amor con Eunseok.
Le emocionaba ver cómo la muchacha aprendía a amarse poco a poco.
Era como ver una flor brotar en mitad de un campo pedregoso.
La anciana fue a la cocina y cogió el café de civeta que le había regalado la señora Hwang, del curso de caligrafía, cuando había vuelto de Vietnam.
Quería subirse el ánimo con el aroma de avellana que emanaba esa bebida.
Con la mayor simplicidad, colocó un filtro de papel adornado con la silueta del animal sobre una taza blanca y abrió la bolsita cortando por la línea de puntos hasta que vio aparecer el polvo marrón intenso.
Cogió el hervidor que había hecho un pequeño clic para anunciar que había terminado y echó agua hirviendo sobre el café.
El polvo se hinchó como un bizcocho y pronto empezaron a caer gotas en el fondo de la taza. El aroma era irresistible.
«¡Este olor podría hacer que un oso saliera de la hibernación!», se dijo con una sonrisa.
En ese momento, dos rebanadas de pan doradas y crujientes saltaron en la tostadora.
Gumnam sacó la mermelada casera de fresa de la nevera y un aguacate maduro que había estado esperando a que le llegara la hora delante de la ventana.
Con la ayuda de un cuchillo, lo partió por la mitad.
Era tan perfecto que el hueso se podía retirar de forma fácil con la mano.
Cortó la pulpa, que pasaba alegremente de un tono amarillo al verde claro, echó aceite de oliva y lo sazonó con sal y pimienta.
«¿Cuál es el plato más bonito para servir este delicioso desayuno?», se preguntó.
Estaba ante la vitrina del aparador. Había colocado los platos en una balda por orden de belleza.
Cogió el asidero titubeando y seleccionó un plato rosa tan bonito que parecía estar decorado con la imagen de Afrodita.
Puso el aguacate a un lado y las rebanadas de pan al otro.
A continuación, sacó unos cubiertos rosas del cajón.
Cuando estuvo todo dispuesto sobre la mesa, Gumnam se sintió satisfecha.
«¡El rosa es perfecto!», pensó.
Se sentó y encendió el iPad. Tras desbloquearlo gracias al reconocimiento facial, tocó el icono de la aplicación FaceTime para llamar a Munjeong.
En Nueva York eran las seis de la tarde.
Por lo general, aunque estuviera ocupada, solía cenar a esas horas.
Gumnam la admiraba por hacer realidad su sueño de pintar en su lugar, pero a veces le sabía mal por ella.
¿Cómo podía una niña tener el mismo sueño que su madre?
Cuando le dio un mordisco a la tostada en la que había untado mermelada, se dio cuenta de que se le había olvidado hacer una foto. «¡Qué boba!», pensó. No era la primera vez que se le olvidaba sacar fotos, a pesar de que se había prometido a sí misma trabajar en su carrera de «abufluencer».
«Ahora hay migas por todas partes. Ya haré fotos a la hora de la cena», se dijo.
Munjeong contestó por fin cuando su madre tomaba un trago de café.
Tenía el rostro tan delgado que estaba irreconocible. ¿Se podía adelgazar tanto en tan pocos días con la excusa de estar preparando una exposición?
—Ay, my daughter , casi me olvido de tu cara. Últimamente, nunca respondes a mis llamadas. ¡Hoy he tenido suerte!
—Estaba ocupada. No tengo tiempo para pensar en otra cosa.
—¿Eres tú, Munjeong? ¿Alguien te ha secuestrado y te ha matado de hambre? ¡Has perdido mucho peso!
Se le veían los ojos hundidos, y el rostro, pálido y demacrado. Tenía las mejillas tan chupadas que se le marcaba el hueso cigomático y el flequillo oscuro que le caía sobre las cejas hacía que su piel pareciera aún más lívida.
—Sabes que siempre me pongo muy nerviosa antes de una exposición. Está en juego mi reputación. Volveré a engordar cuando termine.
—¡Todo irá bien! ¿Haces tres comidas al día? Por la mañana es imprescindible que comas arroz. Nada de pan, eso no llena el estómago, ¿entendido? ¿Y tu marido?
—¡Ja, ja, ja! ¿Y me dices eso mientras comes pan?
Al ver reír a su hija, Gumnam también soltó una carcajada. Como la había pillado desprevenida, respondió avergonzada.
— My mistake! Tendría que haberte llamado después de comer. Bueno, ¿y tu marido?
Munjeong desvió la mirada.
—Todavía no ha vuelto de trabajar. Se me está acabando la batería. ¡Ya te llamaré!
—Vale. ¡Pero que no se te olvide! Llámame al menos mientras cenas. Si te saltas comidas, te pondrás enferma.
—¡Hasta otra!
— Have a nice day!
Munjeong ya había colgado. Gumnam estaba preocupada por su hija, había adelgazado demasiado. Cuando decidió estudiar arte, ella se alegró, pero, por otra parte, le desasosegaba que hubiera elegido ese camino únicamente por ella.
«Tiene la cara demacrada. Parece un pastel de arroz... ¡Ay! Se me ha olvidado contactar con miss Garaetteok. Le había prometido que le vendería chile en polvo de Hongseong. ¡No puedo seguir así!», se acordó Gumnam.
Esa última frase era el pensamiento más recurrente de la septuagenaria.
Por primera vez en los veinte años que llevaba al mando de la casa de comidas, había recibido una queja.
Le habían dicho que sus brotes de soja marinados estaban tan salados como el mar.
De las cien fiambreras que había servido ese mediodía, solo una persona se lo había comentado y era un cliente nuevo.
Todos los clientes habituales habían dado por sentado que se trataba de una broma por parte de Gumnam.
Al pensarlo, un sudor frío le cubrió la frente porque eso quería decir que había noventa y nueve personas que se habían comido una guarnición demasiado salada sin decirle nada.
Esto le dio ganas de trabajar más concienzudamente todavía para proteger Manna Dosirak.
Gumnam metió los pies en sus botas UGG forradas de pelo que esperaban pacientemente en la entrada.
Esos zapatos, que habían estado de moda hacía veinte años, estaban causando furor de nuevo.
«¡Está claro que las modas vuelven!», pensó, orgullosa, saliendo por la puerta.
Llevaba unos vaqueros pitillo que no le ceñían demasiado y un abrigo beis de cachemira.
Con su gorro azul cobalto, que alegraba su atuendo por lo demás sencillo, se paseaba por las calles de Hyehwa-dong.
Por supuesto, no se le habían olvidado sus pendientes de perlas.
También llevaba una mochila con pinceles y papel de arroz.
Con el moño bajo y el gorro, de espaldas parecía una universitaria de veintisiete años con el cabello decolorado.
De repente, alguien le dio un golpecito en el hombro.
—Disculpa, me parece que eres mi tipo...
Shinpung se llevó una mano a la boca, sorprendido, al comprender que acababa de abordar a Gumnam.
—Señora, ¿es usted?
—¿Shinpung?
—¡No podía ser otra!
Con los ojos entornados, Gumnam sonrió.
—Continúa la frase. Dices que soy tu tipo, ¿y qué más? ¡Anda! ¡Ja, ja!
—¡Se ha pasado! ¡Sabe que, de espaldas, parece una joven de veinte años!
—¿Qué? ¿Acaso no puedo ponerme un gorro por tener setenta años? ¿Tampoco puedo ponerme pitillos? ¿Ni UGG?
—No me refería a eso...
Gracias a las clases de yoga, de pilates y de ballet, Gumnam tenía una silueta esbelta. Era capaz de mantener una postura que les costaba hasta a las jóvenes de veinte años. Era completamente normal que Shinpung se hubiera equivocado.
—¿Vas a vender entradas para el teatro? ¿Has comido ya?
—No, todavía no. Hoy es su día de descanso. Por lo general, paso hambre. No puedo comer en otro sitio. Por su culpa, me he vuelto demasiado exquisito. ¡Usted es culpable de esta situación!
El joven bromista era muy gracioso. Gumnam le dio un puñetazo cariñoso en el hombro.
—¡Déjate de tonterías! Tienes que llenarte el estómago para empezar bien el día.
—¿Y usted? ¿Qué hace aquí?
—Voy a Apgujeong-dong, al centro cultural. Cojo el bus 301 delante del hospital universitario.
—¡Que vaya bien la clase!
—¡Gracias, have a nice day , Shinpung!
Encontrarse de camino con el alegre joven la había puesto de buen humor. Se dirigió a la parada del autobús con paso ligero.
Ese sábado, la avenida de la universidad estaba abarrotada. Hacia el mediodía, había estudiantes haciendo cola delante de los restaurantes mientras que otros estaban sentados junto a las ventanas en las cafeterías. El paisaje desbordaba juventud, pero Gumnam no sentía envidia de ellos.