3. ¡Querido Mister Eggs! #9
Había una pancarta que anunciaba el concurso de canto de los artesanos y comerciantes colgada en la pequeña plaza al lado del parque Marronnier.
La acompañaban unas luces chillonas rojas, amarillas y azules.
Se parecían a las luces psicodélicas de los locales de karaoke.
Eunseok, que miraba el escenario con el corazón acelerado, soltó un leve suspiro.
Llevaba colgada al cuello la credencial que les daban a los participantes.
Así es. Se había decidido a desahogarse con todas sus fuerzas.
A medida que pasaba el tiempo, los espectadores iban llegando.
Sentado en una silla de plástico gris, sacó su móvil.
El presentador era un habitual de los eventos populares y sabía cómo ganarse al público para animar el ambiente.
Se hacían sorteos a intervalos regulares para despertar el entusiasmo de la multitud ofreciendo premios.
Por fin, el concurso de canto comenzó. El ganador se llevaría un televisor de setenta y cinco pulgadas, y cada uno de los participantes tendría derecho a una caja llena de ramen instantáneo. ¿Qué se llevaría Eunseok a casa?
Unos instantes más tarde, llegó su turno de subir al escenario.
El presentador lo llamó por el nombre de «Mister Eggs».
Al escuchar ese apodo, el público soltó una carcajada.
Eunseok escudriñó a los espectadores, pero no la vio.
Habría sido fácil distinguirla, con su hermoso cabello blanco siempre cuidadosamente recogido en un moño.
Gumnam se burlaba de las tendencias actuales que apostaban por los tintes de colores.
Tal vez no había conseguido convencer a Jeongi para que viniera. Eunseok estaba nervioso.
—¿Qué le ha empujado a participar, Mister Eggs? —le preguntó el presentador.
—Me llamo Jeong Eunseok, también conocido como «Mister Eggs» porque reparto huevos a los restauradores del barrio. Hoy voy a cantar porque me mueve el deseo profundo de cuidar a una persona que me importa.
Ante este romántico comentario, el público soltó un «¡oh!» unánime.
—¿Una persona?
En ese instante, Jeongi, que no había logrado vencer la obstinación de Gumnam, se sentó en una silla con Odeuli en brazos.
Llevaba su jersey de Navidad rojo de punto grueso.
Gumnam, vestida con una cazadora de aviador caqui y unos vaqueros anchos, parecía una adolescente de la generación Z.
Le dio una palmadita en la espalda a la muchacha.
La joven madre fingió no haberla sentido y se limitó a mirar a su hija. Tras mucho buscar entre el público, Eunseok la divisó.
—En realidad, son dos.
—Hummm... ¿Un triángulo amoroso? ¡Ja, ja! —rio el presentador.
—Hablo de la mujer a la que amo y su hija. Ellas son las dos personas a las que quiero cuidar.
De nuevo, un murmullo se apoderó del público. Jeongi se levantó. Era demasiado para ella. Estaba segura de que no podría evitar derretirse por él si se quedaba. Gumnam la tomó del brazo. De repente, Eunseok se puso a cantar.
— ‘O sole mio! ‘O sole mio!
La canción, que había empezado a capela, fue rápidamente seguida por la pista de audio. Cuando era cantante, jamás habría imaginado que un día actuaría en un escenario como ese. La potente voz de Eunseok atravesaba los chirridos de los altavoces baratos. Era romántico. Jeongi volvió a sentarse.
Cantó con todo su corazón, con los ojos cerrados y el ceño fruncido, como alguien que se está desahogando.
Su voz, ronca y a veces metálica, ya no tenía la nobleza de antes, pero aun así cantó con todo su ser, como si ya no tuviera nada que perder.
«Mi sol, eres tan radiante que no puedo apartar la mirada de ti», decía la letra. Al final, Jeongi aplaudió.
Gumnam observó la escena con una sonrisa. «Bravo, Mister Eggs», pensó.
Con su premio en los brazos, Eunseok llegó a duras penas a casa de Jeongi, quien se había adelantado para acostar a Odeuli.
Él solo deseaba una cosa: correr para alcanzarla.
Una vez que llegó, recuperó el aliento y llamó al timbre.
Se oyó el piar de un pájaro y luego se encendió el flash de la cámara de seguridad que apuntaba a su rostro.
Eunseok sonrió con torpeza. Jeongi, que acababa de arropar a su hija, entreabrió la puerta.
Con una caja de cartón de ramen en los brazos, él esbozó una amplia sonrisa.
—Toma, Jeongi, esto es para ti —dijo mientras le acercaba la caja.
—No es gran cosa para alguien a quien apodaban Pavarotti.
Jeongi recorrió a Eunseok con la mirada, desconfiada.
—Más que un Pavarot-ti, esto es un penal-ti.
—Gracias por el ramen. Adiós. Cuídate —pronunció Jeongi mientras cogía la caja de cartón antes de cerrar la puerta.
Decepcionado, Eunseok no fue capaz de marcharse. Se quedó delante de su casa. Entonces, al cabo de un rato, la puerta se volvió a entreabrir.
—¿Eunseok?
—¿Sí? —preguntó él, muy tímido, pero sonriente.
—¿Te apetece comer un ramen antes de irte?
Asintió con la cabeza.
Ese día, Eunseok cruzó el umbral, el límite que nunca había logrado superar. Su corazón se iluminó. Gumnam tenía razón. A los enamorados les faltaba tiempo para amarse, así que decidió no volver a hacer otra cosa que amar lo que era invisible a los ojos. Por siempre. Con pasión.