El misterio de las recetas de la señora Jeong 3. ¡Querido Mister Eggs! #8
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3. ¡Querido Mister Eggs! #8

En esa ocasión, arrancó para dirigirse hacia Manna Dosirak.

Hacía dos semanas que había recibido el alta.

Era un día precioso. No había podido ver a Jeongi desde entonces.

No había ido a visitarlo el día de su salida del hospital.

Cuando le enviaba mensajes, respondía con frialdad.

Estaba convencido de que le había pasado algo.

Sin embargo, ella no quería decirle nada.

Entonces, un día, simplemente dejó de responderle.

Era extraño. Eunseok sabía cuál era su dirección, pero no fue a verla ni una sola vez.

No quería incomodarla. Pensaba que, en los momentos difíciles, el más mínimo paso en falso podía hacer que alguien te odiara.

Tampoco quería encontrarse en una posición de vulnerabilidad si le demostraba demasiado su amor.

Le resultaba imposible quitarse de la cabeza todos esos pensamientos enredados.

Cada uno de sus gestos le parecía demasiado o insuficiente, y temía parecer patético a ojos de su amada.

Detenido en un semáforo en rojo, trasteó con el móvil.

Encendió los altavoces de su camión azul mientras se dirigía hacia Hyehwa-dong.

Con las manos apoyadas con firmeza en el volante, contempló la luna, todavía visible al amanecer, bella como una pintura.

Unas semanas antes, no habría creído que podría volver a disfrutar de un paisaje semejante.

El cielo se había vestido de azul, violeta y rosa.

Pasó de largo el camino bordeado de pinos.

Cuanto más se acercaba al pequeño restaurante, más percibía un espeso resplandor amarillo que inundaba el mundo.

Los neones estaban encendidos. Un olor a comida se coló por la ventanilla del vehículo.

Escuchó Moon River , la canción que Gumnam ponía por las mañanas.

La septuagenaria era increíblemente delicada. Lo puso de buen humor.

Eunseok sollozó. Los ojos se le llenaron de lágrimas ante aquella espléndida escena que pensó que jamás volvería a ver.

Como respuesta, empezó a silbar una canción a través del micrófono de sus altavoces.

Pensó en su encuentro con Jeongi. La extrañaba a pesar de que hubiera estado jugando a hacerse la ausente desde su salida del hospital.

—¡Mister Eggs! ¡Mi pequeño Eunseok!

Con el cabello blanco recogido en un moño, Gumnam esbozó una sonrisa radiante al abrir la puerta.

—¡Buenos días!

—Me alegro de oírte silbar. Good morning!

—Gracias por todo, de verdad —dijo él mientras llevaba cinco bandejas de huevos a la cocina.

La anciana se asombró al notar que Eunseok había adelgazado aún más. Cuando regresó al comedor, le preguntó:

—Últimamente ya no me pide que cuide a la pequeña. ¿Ha pasado algo? ¿Os habéis peleado?

—No, nunca. Jeongi ya no me responde. Creo que me está evitando —respondió él con aire abatido.

—¡Lo sabía! Jeongi no sabe disfrutar de la felicidad.

Vive convencida de que no merece ser feliz.

Seguro que está acurrucada en un rincón de su habitación, lamentándose.

Pero ¿sabes qué, Mister Eggs? La gente es así.

Tarda en recuperarse de sus heridas. Jeongi fue abandonada por su madre.

Tú y yo no sabemos lo que se siente. ¡Debe de ser tan doloroso!

En realidad, es una miedosa. Se hace la dura, pero solo es palabrería.

Me rompe el corazón —explicó Gumnam mientras le estrechaba la mano a Eunseok.

Las manos de la abuela del barrio todavía estaban húmedas, porque acababa de lavar el arroz.

—Prefiero ser paciente y esperar.

—Me hacéis reír. ¡Si os amáis, tenéis que veros! ¡Tenéis que abrazaros! Hay que hacer algo. El tiempo que tenéis disponible ya es limitado, así que ¿por qué esperar? ¿Quieres que regañe a Jeongi? A mí me escuchará, ya lo verás.

Eunseok, de nuevo al borde de las lágrimas, respondió con un nudo en la garganta:

—No lo haga. Es frágil y, además, usted es su único apoyo. No le diga nada, por favor.

Gumnam le puso las manos sobre los hombros y señaló la pancarta colgada de los álamos que divisaban a través de la ventana.

—¿Ves eso?

—¿Concurso de canto de artesanos y comerciantes? ¿Qué es eso?

Eunseok negó con la cabeza para expresar su rechazo.

—Espera. Llévate un dosirak, hace mucho que no te veo. También te voy a dar un vaso de sikhye bien frío.

Gumnam, que llevaba un delantal blanco con volantes, regresó a la cocina.

Desde el comedor, la oyó cortar algo sobre una tabla de madera.

Un olor delicioso llenó el aire. Era imposible saber qué estaba cocinando a fuego lento, pero no podía ser otra cosa que algo increíblemente bueno.

Eunseok distinguió el ruido del fogón al encenderse y de los ingredientes al chisporrotear en la sartén.

Era el sonido exquisito que Gumnam producía cuando preparaba una fiambrera.

«A Jeongi le encantan mis platos, es una lástima», pensó de repente.

Mientras esperaba, Eunseok observó la pancarta.

Las inscripciones estaban abiertas hasta ese mismo día, y el concurso se celebraba dos días después.

Su pasado como cantante le parecía tan lejano que ni siquiera recordaba la última vez que se había subido a un escenario.

No sabía con certeza si su voz brotaría de las cuerdas vocales ante el público.

Desanimado, cogió el dosirak y salió del local.

Gumnam lo acompañó hasta el camión y le pidió que tuviera mucho cuidado en la carretera.

Después de su ronda de repartos, sintió la necesidad de tomar el aire, así que se dirigió al parque situado a lo largo del río Han. Una vez en el aparcamiento, puso el freno de mano y apoyó el torso sobre el volante. La superficie del agua estaba congelada. Al igual que su corazón.

Abrió la tapa del dosirak que le había regalado Gumnam.

La comida desprendía un olor suave y dulce a un tiempo.

Filetes, patatas marinadas en soja y chile en polvo, una tortita de calabaza, así como ternera confitada.

De eso estaba compuesta la fiambrera del día.

También había, como siempre, demasiado arroz, hasta el punto de que se pegaba a la tapa de plástico.

Eunseok tomó una cucharada. Cuanto más comía, más pensaba en Jeongi.

A esa hora, seguramente estaría dejando a su hija en la escuela infantil. Siguió comiendo.

Cuando terminó, descubrió la pequeña nota que la anciana le había dejado y desdobló el trozo de papel de aluminio.

Canta para desahogarte. Grita el nombre de la mujer a la que extrañas. ¿Quién sabe? Tal vez te escuche. Escuchará tu voz, pero también tu corazón. Ten cuidado al volante. Bueno, «see you again!».

«¿Cantar para desahogarme?», repitió en su mente. Vio un destello ante sus ojos. Tenía ganas de hacerlo. Quería gritar el nombre de Jeongi.