El misterio de las recetas de la señora Jeong 3. ¡Querido Mister Eggs! #7
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3. ¡Querido Mister Eggs! #7

Eunseok sonrió a modo de respuesta. Su sonrisa conmovió a Jeongi, quien le limpió el rostro con una toalla.

El joven estaba perfectamente afeitado. Luego le colocó una toalla blanca sobre los hombros, justo donde la bata del hospital le quedaba demasiado grande, ya que había adelgazado muchísimo durante el ingreso.

—Parece ser que te quiero mucho, Eunseok —continuó ella en voz baja.

Eunseok se sintió tan feliz que la impaciencia se apoderó de él.

Quería volver a verla. Se preguntaba qué brillo habría brotado de sus ojos al pronunciar esa frase y qué expresión se habría dibujado en su rostro.

Por el momento, solo contaba con sus palabras y su voz tranquila y segura para imaginarse el resto.

Ese momento quedaría grabado para siempre en el olor a manteca de su espuma de afeitar.

Se sentía deslumbrado. Le habían quitado la venda para vestirlo y le dolían los ojos.

Distinguía una luz anaranjada. En cuanto se lo comunicó a una enfermera, esta corrió a llamar a un médico.

Cuando este llegó, le dijo a Eunseok que podía abrir los ojos despacio.

Invadidos por la tensión, los padres de Eunseok tragaron saliva.

Una vez más, su madre juntó las manos para rezar con tanta fuerza que perdieron su color.

El doctor repitió que podía abrir los ojos.

Los párpados de Eunseok temblaron y luego, poco a poco, los levantó como quien sube unas persianas mecánicas.

Por fin. Estaban abiertos. Vio borroso por un instante, ya que a sus iris les costaba enfocar, pero de repente distinguió las pupilas negras del médico.

—¡Ve!

—¡Eunseok! —exclamó su madre.

Su padre le agarró los hombros con fuerza, luego lo abrazó.

—¡Gracias, hijo mío! ¡Gracias! ¡Has luchado mucho!

Su madre le cogió las manos.

—¡Estoy tan agradecida de que vuelvas a ver!

El doctor y la enfermera que se encontraban en la habitación se alegraron tanto como la familia. Exclamaron que era un verdadero milagro.

Eunseok estiró la mano para secar las lágrimas que corrían por las mejillas de su madre.

Pensó en Jeongi. Entre que Gumnam llegaba a su apartamento para encargarse de Odeuli y ella iba hasta el hospital, se harían las ocho.

¿Cómo iba a darle la buena noticia? ¿Cómo iba a decirle que podía volver a verle el rostro?

Un torrente de emoción le inundó el corazón.

¿Qué cara pondría cuando comprendiera que podía volver a perderse en su mirada?

Estaba impaciente. ¿Se quedaría quieta? ¿Gritaría de alegría?

¿Esbozaría una sonrisa con sus hermosos labios?

Se imaginó varios escenarios. Solo deseaba una cosa: verla de nuevo.

Mucho antes de las ocho, Eunseok caminaba de un lado a otro con impaciencia. Susurraba solo frente al espejo colocado junto a la puerta de su habitación.

—Jeongi, ha ocurrido un milagro. Eres tú. Eres el milagro de mi vida. ¡No! Eso suena demasiado cursi.

Pensaba en la manera de darle la noticia.

De repente, la puerta se abrió. Se encontró cara a cara con Jeongi, que sostenía una bolsa de plástico negra llena de mandarinas.

—¿Eunseok?

Jeongi soltó la bolsa. Las frutas naranjas cayeron y salieron rodando al pasillo. Eunseok tomó la palabra.

—Ha ocurrido una vida. Eres tú. Tú eres la vida de mi milagro. Pero ¿qué digo? Eso no tiene ningún sentido. ¡Es un auténtico milagro! Te veo, Jeongi.

Eunseok la contemplaba en silencio. La examinaba detalladamente mientras ella permanecía de pie al otro lado de la puerta. Jeongi también lo observaba. Se perdieron en la mirada del otro sin decir palabra. De repente, ríos de lágrimas brotaron de los ojos de Jeongi.

—No llores. Ahora veo bien —dijo Eunseok con un nudo en la garganta.

Jeongi sollozó.

—¿Ves? ¿Es verdad? ¿De verdad me ves? ¿Eh?

—¡Sí!

—Entonces, ¿los milagros existen? —respondió con la cabeza hundida entre sus hombros temblorosos.

—¡Sí!

Eunseok le acarició la espalda. Unas gotas cayeron al suelo. La culpa que Jeongi había sentido durante el último mes se estaba desvaneciendo igual que la lluvia abandona las nubes pesadas.

—¿No me estás mintiendo? ¿Vas a seguir viendo? No es solo hoy, ¿verdad?

Eunseok le levantó el rostro con manos afectuosas y la miró directamente a los ojos.

—Puedo mirarte durante mucho tiempo, incluso toda la vida.

A pesar de su expresión deformada por el llanto, Jeongi estaba preciosa.

Se tragó las lágrimas y se armó de valor para hablar.

—Ve a recoger las mandarinas. Al fin y al cabo, la bolsa me ha costado cinco mil wones. No deberíamos dejar que se echen a perder.

«¡La adoro!», se dijo Eunseok mientras caminaba a grandes zancadas por el pasillo para recoger los cítricos.

Cuando Jeongi entró en la habitación, los pacientes que estaban acostados la miraron con exasperación, como si se preguntaran: «¿Ya está?

¿Ya habéis acabado con vuestro drama?». Jeongi se sonrojó.

Sentía vergüenza, pero estaba feliz. Muy feliz.

La noche oscura cayó sobre el hospital. Después de un paseo nocturno con Jeongi, Eunseok se durmió plácidamente.

La joven contempló sus párpados cerrados.

Se alegraba de poder verle el rostro completo.

Durante un mes, solo había visto la venda que lo ocultaba.

Sus pestañas eran largas y oscuras. El puente de su nariz era recto y sus bonitos labios solo sabían decir palabras amables.

Sintió un alivio muy sincero. Sin embargo, de tanto mirarlo, notó que la angustia crecía en su interior.

Si Eunseok permanecía a su lado, ¿no corría el riesgo de volver a encontrarse en situaciones peligrosas?

Recordó los brazos de la madre de Eunseok, que la habían abrazado con ternura el día del accidente.

¿No era egoísta por su parte querer vivir junto a personas tan bondadosas?

Muy viejos recuerdos, que en otras ocasiones se habían reducido a simples reminiscencias, también salieron de nuevo a la superficie.

Antes de ser abandonada en el orfanato, Jeongi había sido testigo de discusiones.

Las palabras pronunciadas en aquellos momentos resonaron en su mente: «¡Tu vida se irá a la mierda si te quedas con esta cría!

», «Ya veremos si eres capaz de lograrlo.

Yo, cada vez que le veo la cara, pienso en ese cabrón», «¿A qué viene esa cara de psicópata?

¿A quién se parece?», «No parece una niña.

Tiene algo aterrador», «¡Esta cría trae mala suerte, estoy seguro!

Si te quedas con ella, seguro que te ocurre una desgracia.

Ya verás como tengo razón». Jeongi bajó la cabeza.

No sabía si eran sus padres o sus abuelos quienes hablaban así.

Sus recuerdos eran borrosos, porque, a partir de los cuatro años, no había hecho más que mudarse, por lo que le costaba ubicarlos en el tiempo y el espacio.

En cambio, aquellas palabras sí que eran claras.

Estaban grabadas en cada una de sus células.

Por temor a que cogiera una rabieta y se aferrara a ella llorando, su madre le había puesto un collar alrededor del cuello, raquítico para una niña de cuatro años, y le había dicho que volvería más tarde a buscarla.

Una madre. Suele decirse que Dios creó a las madres porque él no puede estar en todas partes.

La primera vez que Jeongi oyó esta expresión, comprendió que Dios no existía.

Cogió aire. Sintió náuseas. Salió de la habitación y recorrió el pasillo corriendo hacia los baños.

La mujer de la limpieza había pasado por ahí hacía poco tiempo.

Jeongi se aferró al retrete, que todavía olía a lejía, y vomitó un líquido anaranjado compuesto de trozos de mandarina.

Quería deshacerse de esa sensación desagradable y repugnante.

Se metió el dedo índice en la boca para rasparse la garganta hasta el esófago.

Ya no le quedaba nada en el estómago. Empezó a vomitar una bilis verde pálido que se había mezclado con los jugos gástricos.

Ya frente al lavabo, se refrescó el rostro.

La cabeza le daba vueltas, como si se hubiera tomado un medicamento demasiado fuerte, así que decidió salir del edificio para tomar el aire.

De tanto caminar sin rumbo, llegó hasta la colina desde donde se veía perfectamente la entrada del hospital universitario.

Era en ese lugar donde, sentados, se habían besado por primera vez.

Unas voces no dejaban de atormentarla. Eran las mismas que habían humillado a la pequeña Jeongi.

Acurrucada en el banco, se abrazó las rodillas y se tapó los oídos.

Los ojos le temblaban bajo las cejas fruncidas.

«¡Esta cría trae mala suerte, estoy seguro!

Si te quedas con ella, seguro que te ocurre una desgracia.

Ya verás como tengo razón». Odiaba esas voces.

Por culpa suya temía por Eunseok. Estaba convencida de que tenían razón.

A Jeongi le aterraba su propia existencia.

Extrañaba muchísimo a Gumnam y a Odeuli.

De repente, alguien le tocó el hombro. Era Eunseok, vestido con una sudadera gris. La miraba asombrado.

—¿Te duele algo? Tienes la cara...

—Hummm...

—Tranquila. Estoy aquí.

Eunseok le acarició la espalda. Jeongi no dijo ni una palabra. Se levantó, lo tomó entre sus brazos y lo abrazó muy fuerte. Desprendía un dulce olor a manteca.

Eunseok volvió a ponerse al volante del camión.

Afirmaba estar recuperado y, aunque a sus padres no les gustaba que actuara así, cedieron rápidamente ante la sonrisa pícara de su hijo, que ya no aguantaba más sin hacer nada en todo el día.

Eso no impedía que se preocuparan, por lo que lo llamaban con regularidad para saber si todo iba bien.

Insistían en decirle que detuviera el vehículo en cuanto pudiera si sentía síntomas de estrés o si los recuerdos del accidente afloraban de forma repentina mientras conducía.

Eunseok siempre respondía que tendría cuidado.