El misterio de las recetas de la señora Jeong 3. ¡Querido Mister Eggs! #6
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3. ¡Querido Mister Eggs! #6

Era la voz de Jeongi; sin embargo, Eunseok tuvo la impresión de escuchar a Gumnam de lo mucho que el mensaje le recordaba a ella. La anciana sabía reconfortar con amabilidad. Ese era el poder mágico de Gumnam.

Recordó todos los momentos en los que lo había ayudado.

Cuando sus cuerdas vocales se habían dañado, cuando había comprendido que ya no volvería a cantar.

Siempre lo llamaba «Mister Eggs», y aunque al principio no le gustaba, había terminado por acostumbrarse a esa manera de crear un vínculo que lo había mantenido en pie.

Era consciente de que ella era sin duda el motivo por el que lograba levantarse cada mañana.

Ya no veía, pero había decidido creer que era momentáneo.

Que pronto recuperaría la vista. Que toda esa historia tenía como objetivo mostrarle lo que era invisible a los ojos.

Con un nudo en la garganta y voz temblorosa, pronunció unas palabras.

—¿Qué tenemos delante?

Jeongi advirtió las silenciosas olas de angustia que nacían en el corazón de Eunseok y comenzó a describir el paisaje.

—Hay sombras. Las nuestras.

—¿Las nuestras?

—Sí, la de Eunseok y la de Jeongi.

—Así que de verdad tenemos sombras.

—¿Qué crees que están haciendo?

—La de la mujer mira hacia el frente y la del hombre...

Eunseok giró el rostro en dirección a Jeongi.

—La del hombre mira a la mujer.

—¿Cómo?

—Con una mirada tierna. Una mirada tierna y afectuosa.

—¿Y la mujer? ¿Qué cara crees que pone?

—Se derrite bajo esa mirada tan intensa, ya que nunca había visto nada igual.

Eunseok acercó su cuerpo al de Jeongi. Se inclinó hacia ella hasta que sus labios se tocaron.

El árbol de Navidad con las luces rotas volvió a encenderse en el corazón del joven.

La estrella colgada en su copa brilló suavemente mientras las bombillas multicolores resplandecían a su alrededor.

El futuro, que le había parecido tan oscuro, se había iluminado de repente.

Eunseok percibió ese destello único que solo aparece una vez en la vida.

Jeongi sufrió un escalofrío y se le aceleraron los latidos del corazón. Eunseok sintió que el cuerpo le temblaba. Entonces Jeongi cerró los ojos.

Con los párpados cerrados, se veían mejor.

A pesar de la oscuridad, se distinguían claramente.

Eunseok vio las pestañas de Jeongi temblar y cada mechón de su pelo agitarse bajo el viento.

Jeongi vio el corazón de Eunseok latir a toda velocidad, así como su mano cerrada. Lo esencial les era por fin visible.

¿Era un milagro de Navidad? La recuperación de Eunseok tenía algo de anormal.

Los ojos, al principio doloridos, empezaban a picarle.

A veces sentía un líquido espeso deslizarse por sus mejillas, como lágrimas.

El médico le indicó que se trataba de señales positivas, que quizá era un regalo de Dios.

El joven no le dijo ni una palabra a Jeongi.

No quería decepcionarla si nada mejoraba.

Temía que un día se diera cuenta de que era complicado vivir con un ciego y lo dejara.

Durante su convalecencia, Jeongi le había contado muchas cosas, especialmente sobre su vida en el orfanato.

Estaban tan unidos que incluso había confesado haber abandonado a su hija en Manna Dosirak.

Jeongi, a quien le costaba abrirse, también había hablado de que su madre le había dejado un collar de oro, y de su decepción cuando se enteró de que se trataba de una falsificación.

Para cuando esto ocurrió, a Gumnam ya no le cupo duda de que tenían una relación íntima.

Eso animó a Eunseok. Estaba convencido de que algún día volvería a ver a Jeongi y a Odeuli.

Le rezaba a Dios. Era la primera vez en su vida que lo hacía.

Nunca lo había intentado, ni siquiera cuando había perdido la voz.

Pero en ese momento una pasión inexplicable lo consumía mucho más que en aquella época.

No sabía por qué Jeongi, pero quería permanecer a su lado, acompañarla en los momentos de alegría.

Lo había sabido desde que la vio llorar desconsoladamente, como una niña abandonada, desplomada delante de su camión.

Los altavoces emitieron un anuncio que invitaba a los pacientes a asistir al concierto de un coro de voluntarios que había ido a cantar frente al hospital por Año Nuevo. Jeongi, que acababa de llegar tras dejar a Odeuli con Gumnam, dijo:

—¿Te apetece?

El rostro de Eunseok, vuelto hacia la ventana, se iluminó.

—¿Ya estás aquí? ¿No has pasado frío por el camino?

—Todavía no hace tanto frío.

—¿Bajamos?

—¿Te apetece escuchar al coro?

—No mucho, además, la música clásica no me interesa —murmuró, ya que había desarrollado una aversión hacia su antigua pasión.

Al comprender cómo se sentía, Jeongi le respondió con indiferencia que no era para tanto. Eunseok se rascó la cabeza, le daba pena saber que había dicho eso para no hacerle daño.

—De acuerdo, en ese caso, vamos a hacer otra cosa. No vamos a ir al concierto, sino a lavarte el pelo —exclamó sentada junto a Eunseok mientras daba palmaditas en la silla de ruedas.

Él agitó la mano.

—¡Ese no es el motivo por el que me estaba rascando la cabeza! Te aseguro que estoy limpio y, si no fuera el caso, podría ducharme yo solo.

—¡Siéntate! Nunca estarás solo.

—Estoy bien, no necesito ayuda —gruñó en el pasillo después de que Jeongi lo sentara a la fuerza en la silla de ruedas.

Llegaron al fondo del pasillo, donde se encontraba el salón de peluquería destinado a los pacientes, al lado de la sala de espera. La habitación todavía estaba llena de vapor. Alguien acababa de usarla. Un aroma a jabón flotaba en el aire.

Eunseok temblaba. No solo detestaba la idea de molestarla, sino que, además, se negaba a que viera caspa o suciedad anidada en su cráneo. Lamentaba amargamente haberse rascado el cuero cabelludo.

Jeongi empujó la silla de ruedas hacia el interior.

Con el fin de ayudar lo mejor posible a los pacientes que encontraban difícil ducharse o lavarse el pelo, las duchas y los lavabos se habían instalado a la altura de una silla de ruedas.

Detuvo la silla de ruedas cerca de un lavacabezas blanco y le colocó la cabeza sobre él.

Cuando Eunseok la oyó comprobar la temperatura del agua, agitó la mano.

«¡Oh, no, eso no! Por favor, Jeongi, no me gusta que estés tan pendiente de mí», pensó, pero no logró decírselo.

Jeongi intentó calmar a Eunseok como lo hacía con su hija cuando era la hora del baño.

—Todo va a ir bien, mi pequeñín. No te preocupes. ¿Quieres un besito?

Eunseok soltó un profundo suspiro resignado.

—No me gusta que estés tan pendiente de mí. Me recuerda que no soy más que un hombre incapaz de cuidar de sí mismo —admitió.

—Pero estás en esta situación por mi culpa —susurró ella con un suspiro.

El corazón se le encogió. Temía que su amada viviera con esa culpa toda su vida, lo cual, por otra parte, lo motivaba para multiplicar sus esfuerzos por recuperar la vista. Le debía el salir adelante.

Jeongi acercó el cabezal de la ducha a la cabeza de Eunseok. El agua estaba un poco más caliente que templada. Durante el mes transcurrido en el hospital, su pelo, por lo general bien peinado, había crecido como la maleza tanto por delante como por los lados.

La joven hizo correr el agua por el cuero cabelludo de su amado con destreza y colocó el canto de la mano izquierda sobre su frente para no mojarle la cara.

Luego le dobló las orejas para ocuparse de los lados y sacó una bolsa de plástico de la tote bag que había colgado en la empuñadura de la silla de ruedas.

En el interior había champú, una maquinilla y espuma de afeitar.

Había pensado en todo. Primero cogió el champú, abrió la botella blanca y se vertió una gran cantidad de líquido en la mano.

Se frotó las manos para hacer espuma y luego se la aplicó por el cabello húmedo.

Un aroma a lavanda se esparció por el aire.

Distribuyó lentamente el producto, acariciándole con ternura la cabeza.

Después lo enjuagó y lo secó con la ayuda de una toalla. Eunseok se incorporó.

—Esto aún no ha terminado —anunció Jeongi.

Inclinó el torso para acercarse al rostro de Eunseok, que seguía sentado.

Esta vez, le cubrió la parte inferior del rostro con una untuosa espuma de afeitar.

Un olor a manteca con dulces notas de madera flotó entre ellos.

Jeongi cogió la maquinilla de afeitar, de cuchillas bien afiladas, así como el mentón de Eunseok, para arrastrarle la herramienta por la piel.

El corazón del joven latía con fuerza. Lo mismo le ocurría a ella.

—Deja de temblar —ordenó Jeongi con la mano trémula.

—Más bien eres tú la que tiembla, ¿no? —replicó Eunseok con voz suave.

—Si te mueves, corro el riesgo de cortarte —respondió algo intranquila.

En la sala solo se oían sus corazones latiendo al unísono. Al cabo de unos minutos, Jeongi se sintió más segura con las cuchillas y decidió entablar conversación.

—¿Sigues odiando la música? Normalmente, cuando uno está enfermo, piensa en lo que más le gusta, ¿no? Y para ti, eso siempre ha sido cantar.

—La música siempre me ha asustado. Nunca me ha gustado.

—¿Sabes qué? Al parecer, cuando uno ama demasiado algo, termina por tenerle miedo.

Yo, por ejemplo, temo a mi madre. Y eso que nunca la he visto y jamás me ha regañado.

Imagina que se decepcionara al verme. ¿Y si me abandonara de nuevo?

Si te soy sincera, aunque me propusieran verla, creo que me negaría.

Simplemente me da miedo. Sin embargo, sigo buscándola por todas partes, por si acaso, con la esperanza de encontrarla algún día.

Lo he sacrificado todo: mi dinero, mi nombre e incluso mi identidad.

¡Qué idiota! A veces siento miedo cuando regreso por la noche y veo a Odeuli dormida con placidez al lado de Gumnam.

Y tú también me causas el mismo efecto cuando me hablas con ternura.